El haber aceptado hacer lo que en estos momentos estoy haciendo
ha sido un acto de irresponsabilidad. Cuando la voz del
Colegio de Michoacán me invitó telefónicamente a hablar en la
sesión inaugural de este Coloquio69 y hasta me sugirió como título este que figura en el programa, "Contra el nacionalismo: corrupción de la
nacionalidad", debí, por lo menos, haber titubeado. ¿Qué sé yo de
teoría política? Pero no. Acepté inmediatamente. (La conversación
telefónica duró menos de tres minutos.) Y además, aunque el título
me pareció por un lado un poco raro y por otro un poco fuerte, y
aunque se trataba de una simple sugerencia, también el título acepté;
ni siquiera se me ocurrió proponer otro. Sólo en el momento de escribir
estas cuartillas he sentido miedo, un miedo al que soy especialmente
propenso. Temo decir tonterías, y que el comentario de ustedes, después
de oírme, sea un lapidario y lapidante "Habló el buey y dijo mu".
Veo el programa impreso, y en él mi nombre al lado del de
cinco estudiosos a todas luces mejor preparados que yo. Además, el
título general de esta primera sesión —"Problemas teóricos en torno al
nacionalismo"— parecería ponerme por encima de la brillante pléyade
de historiadores, antropólogos, sociólogos, politólogos encargados de
hablar, en las sesiones venideras, sobre aspectos o problemas prácticos,
como quien dice "a ras de tierra", por debajo del pedestal de la
teoría en que tan intrépidamente he aceptado encaramarme. Y sin embargo aquí estoy. Al recibir hace un par de semanas el programa
impreso, sentí la punzada del miedo, pero ese mismo día me puse a
escribir. La verdad es que me gusta hablar contra el nacionalismo. Lo
he hecho no pocas veces, y sin duda seguiré haciéndolo cada vez que
la ocasión se presente.
La declaración de este gusto, como la de mi irresponsabilidad y la
de mi miedo, no es para ocupar con sentimientos personales los valiosos
veinte minutos que se me han asignado. Con esa declaración he
entrado ya en materia. Estoy diciendo que el tema del nacionalismo
es tan importante, que no puede dejarse exclusivamente en manos de
los especialistas. Ellos, por su especialización misma, han llegado a
cierto grado de objetividad, a ciertas conclusiones científicas o cuasicientíficas
sobre conceptos tan delicados como los de nación,
nacionalidad, nacionalismo, desnacionalización, etcétera. Es bueno que
confronten esa visión objetiva con la visión del profano, forzosamente
subjetiva.
Estoy así en plena postura teórica. Mi yo autobiográfico —mi afición, en este caso, a hablar contra el nacionalismo— aspira a
diluirse, como el viejo yo del Arcipreste de Hita, en un "yodidáctico".70 Al expresarse, mi sentido personal de las cosas aspira a confluir y confundirse con otros sentidos personales, para formar
con ellos eso que se llama sentido común. "Habló el buey y dijo mu"
sería un comentario deprimente. "Alatorre se limitó a decir cosas de
sentido común" sería un comentario francamente positivo (aunque en
el fondo diga lo mismo que el otro).
A veces el yo didáctico se vale de trucos, no para engañar, sino sólo para hacerse oír. Puede decir, por ejemplo: "Yo he visto
más mundo que tú", o simplemente "Yo soy más viejo que tú". Yo,
de joven, digamos hasta los veintidós años, viví mi mexicanidad de la
manera más ingenua, casi diría pueblerina: mi conciencia política era
muy embrionaria, y mi bagaje ideológico casi nulo. Me hallaba en ese
estado de inocencia en que un mexicano dice "¡Qué bonita es mi
tierra!", con sólo pasar por los pinares de Mazamitla, o con sólo ver el
Popocatépetl y el Iztaccíhuatl en un día despejado, y se ufana de cosas
mexicanísimas y buenísimas como el mole de olla, el pipián y los
chiles en nogada, y puede —si no es muy obtuso— ver nuestra
pluralidad como algo positivo, admitiendo alegremente que tan
mexicano es el jalisciense como el sonorense o el yucateco (y hasta
siente dolor, todavía, por la pérdida de Texas, California, Arizona y lo demás). Se trata de reacciones brotadas espontáneamente de la vida,
de la experiencia, sin intromisión de ninguna teoría.71
Así era yo. La "cuestión" del nacionalismo no me preocupaba ni
mucho ni poco a los veintidós años. Pero una vez, en 1944 o 1945,
Juan José Arreóla y yo comentábamos el elogio que un crítico (no
recuerdo quién) le hacía en el periódico Excélsior a cierto pintor (tampoco recuerdo quién): decía que su pintura era buenísima porque
era mexicanísima. Y tiene que haber sido Arreóla quien me hizo ver
que algo rechinaba, que algo andaba mal: ¡como si el ser
mexicanísima una pintura (el representar, por ejemplo, gentes y cosas exclusivamente nuestras) fuera un valor pictórico! (¡Lo fácil que les
sería a nuestros pintores llegar a la excelencia! Les bastaría pintar
charros, nopales, vírgenes de Guadalupe, etcétera.) En todo caso,
recuerdo con qué claridad se me impuso la falacia de esa utilización de
"lo mexicano". Han transcurrido desde entonces cuarenta y dos años, y
puedo asegurar que cada vez que me topo con expresiones parecidas
de nacionalismo pienso lo mismo que entonces, sólo que más
intensamente, de la misma manera que cada vez que caigo sobre el
Quijote mi idea de Cervantes sigue siendo la de mi primera lectura, pero intensificada. Mi experiencia de esos cuarenta y dos años podría
expresarse así: todo lo que tienen de noble y de respetable las
expresiones de la nación, lo tienen de torcido y falso las expresiones
del nacionalismo, el "Como México no hay dos", el "¡Viva México,
hijos de la tal por cual!" En el mejor de los casos, ese nacionalismo
es retórica, es humo; pero generalmente el humo está tapando algo.
El nacionalismo es instrumento de manipulación. Se pretende acallar
las voces de la nación con el estruendo del himno nacional.
Estoy usando el truco de decir "Yo soy más viejo que tú",
pero no necesito valerme de él, de la misma manera que no me valgo
de diplomas de especialización académica, sino de medios comunes y
corrientes: la observación del mundo, la expresión de los
sentimientos, el deseo de explicar lo que ocurre (o, en todo caso, la
necesidad de hacer conjeturas). El que esta ponencia esté escriía en primera persona del singular no significa arrogancia, sino lo contrario.
Asumo mi calidad de Mexicanus vulgaris y me planto en ella. Esclaro, por ejemplo, que el Mexicanus vulgaris vivió con malestar el espectáculo de nacionalismo futbolero que se le ofreció hace unos
meses. Recuerdo las conversaciones de esos días con mis hijos, con
algunos amigos, con varios choferes de taxi. Todos sentíamos más
o menos lo mismo. A todos nos reventaba el histérico gritito
"¡Méxi-có, Méxi-có!", y todos pasábamos, espontáneamente, a hacer
conjeturas sobre los organizadores y manipuladores de la explosión
nacionalista.
El ejemplo que acabo de poner habrá aclarado qué es ese
nacionalismo contra el cual me gusta hablar. A diferencia de la
palabrapriísmo, donde el sufijo -ismo no añade nada al núcleo PRI, en la palabra nacionalismo el sufijo sí tiene carga semántica: le añade algo aladjetivo
nacional, al concepto de nacionalidad, y lo añadido no es bueno. Se trata de una interferencia, de una violencia, probablemente
de una verdadera "corrupción", como la voz del Colegio de
Michoacán me sugirió llamarla. Tal vez la gente que gritaba
"Méxi-có, Méxi-có" ya estaba corrompida. Me lo imagino, pero no lo
sé, y me gustaría saberlo. Quizá entre ustedes hay quienes conocen no
sólo a los manipulados, sino también a los manipuladores de la
explosión nacionalista futbolera, y a lo mejor están escribiendo algo
serio, bien pensado, sobre la filosofía o postura vital de donde emanaba
ese nacionalismo jacarandoso, con la historia toda del
episodio (sin dejar en el tintero la pequeña historia, como el robo de
la lámpara perenne de la Columna de la Independencia y los estropicios
sufridos por la espada de don Vicente Guerrero). Yo, desde luego, me
apunto en la lista de sus lectores. El episodio me pareció monstruoso en
sí, y de mal agüero para el futuro. Recuerden que es un Mexicanusvulgaris quien les habla. ¿Qué tal si le estoy dando al episodio futbolero más seriedad de la que se merece? ¿Qué tal si esos grititos,
en cuanto señal de vida de una juventud sana,72 son buen agüero para
72 La espontaneidad tiene a veces expresiones un poco espeluznantes. En el invierno de 1950-1951 se puso en el teatro del Chátelet, en París, un espectáculo coreográfico llamado
"México" (pronuncíese a la francesa, Mecsicó), profusamente anunciado, con letras gigantescas, en los pasillos de todas las estaciones de metro. Y entre los becarios mexicanos había una
estudiante de química que, a pocas semanas de ausencia, ya sentía el "Qué lejos estoy del suelo
donde he nacido", y nos confesaba que al recorrer esos pasillos y ver "México", "México",
"México", el corazón le daba saltos y se le quena salir del pecho.
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el futuro —tan buen agüero, a lo mejor, como el sentimiento de
solidaridad que se suscitó con ocasión del gran terremoto? El yo
didáctico tiene su derecho normal a equivocarse. Es un yo conjetural,cambiante (o sea, dispuesto al cambio). Cuando ese yo dice que "el nacionalismo es la corrupción de la nacionalidad", parece afirmar,
parece asentar una respuesta, y es porque el estilo del yo didáctico es ése, pero en realidad está haciendo una pregunta. Todo cuanto
digo es cuestionable, y propongo que dialoguemos; que los
estudiosos de la realidad mexicana hagan cada vez más explícitos
sus conceptos básicos; que los sometan a los cuatro vientos de la
crítica; que una palabra como nacionalismo se ponga en tela de juicio no sólo durante el presente Coloquio, sino de manera
permanente.
A mi calidad de Mexicanus vulgaris no puedo agregar sino una pequeña especificación: pertenezco al grupo de los profesoresinvestigadores
de materias lingüísticas y literarias, un grupo que, en el
conjunto de la nación, dista mucho de pesar lo que pesan tantos
otros grupos, digamos el de los economistas, o el de los sociólogos y
politólogos, pero que se ocupa de algo tan trabado a la naturaleza y a
la cultura humanas como es el lenguaje (todo el lenguaje, el hablado
y el escrito, y el escrito hoy igual que el escrito ayer). Estoy en algún
punto intermedio entre los que saben mucho y los que saben poco o
nada de estas cosas. Pero a estas cosas he dedicado mi vida. A los
diecisiete o dieciocho años di mis primeras clases (de griego,
háganme ustedes favor), y desde entonces prácticamente nunca he
dejado de enseñar lo que puedo. He dado muchas conferencias, he escrito
no tanto como quisiera, pero he escrito, y también he
traducido a nuestra lengua unos treinta libros, y he dirigido un centro
de estudios y una revista. Todas estas actividades giran en torno a la
lengua y a la literatura. Un tema que me gusta es el del español
hablado en México, pero, en general, el objeto de mi interés
intelectual no es ciertamente la nación mexicana, sino un campo
mucho más extenso, en el cual, desde luego, tiene amplia cabida lo
mexicano. Maestros y lecturas me han ayudado a dar a mis
sentimientos, a mis modos de sentir, el nombre de "ideas", y estas
ideas no tienen nada de nacionalismo. Soy discípulo de Juan José
Arreóla, denostado en un tiempo por "cosmopolita". Soy discípulo de
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Raimundo Lida, judío europeo injertado en la Argentina y expulsado
de la Argentina porque sus amores, la lengua y la literatura sin
adjetivos, no tenían entrada en la concepción nacionalista de Perón.
Soy discípulo de Marcel Bataillon, francés anti-chauviniste, y tuve el privilegio de traducir su espléndido libro sobre el eco que despertó
en el mundo hispánico del siglo XVI la voz del no-nacionalista por
excelencia, el ciudadano del mundo Erasmo de Rotterdam. Soy
discípulo de Alfonso Reyes y de Jorge Luis Borges, que reconocían y
amaban y criticaban y querían mejorar la literatura nacional (o sea, la
suma de lo escrito por los nacionales de los respectivos países), pero
que detestaban la idea de una literatura con programa nacionalista.
Muchos y graves problemas nacionales se le escapan a mi
sistema nervioso. He tratado de entender, por ejemplo, si la entrada
de México en el GATT es benéfica o no para la nación, y, la verdad,
soy demasiado viejo para soñar que algún día hablaré con voz
propia sobre cosas tan tremendas. Pero cuando una consigna
nacionalista interfiere con lo mío, con lo que yo siento, mis nervios se
ponen a gritar: no les gusta ser tratados a tirones ni violentados en
forma alguna.
Pondré dos ejemplos, uno relativo a la lengua y el otro a la
literatura. A fines del sexenio de López Portillo se desató en las
altas esferas de la Secretaría de Educación una ardiente fiebre
nacionalista. Por decreto presidencial se creó una Comisión de
Defensa del Idioma, encargada de expulsar a cualquier extraño
enemigo que osare meterse en tan nacional territorio. La gente de
la Comisión, activísima, comenzó por preguntarnos a algunos
"pensadores" cómo debería llamarse nuestro idioma. Yo contesté
que nuestro idioma tiene nombre desde hace mucho y que se llama
español. Carlos Monsiváis contestó más o menos lo mismo,
añadiendo que, si tanto urgía rebautizarlo, él proponía que se
llamara naco. Parece increíble, pero esos ilusos llegaron a soñar
con la posibilidad de que nuestro idioma tuviera como nombre
oficial el mexicano. Poder decirle a un español y a un
guatemalteco "Tú hablas español, tú hablas guatemalteco, pero
nosotros —¡nosotros!— hablamos mexicano": tal era una de sus
aspiraciones. Yo dediqué dos de mis conferencias del Colegio
Nacional a cuestionar los presupuestos y las metas de esa
Comisión, y aun su ser mismo, y las habría publicado si la cruzada
nacionalista hubiera seguido adelante, con ganas de que sus
organizadores, Fernando Solana y Elíseo Mendoza Be-rrueto, se
dieran tiempo para dialogar conmigo, aunque fuera para reducir a
polvo mis críticas. Pero no: la campaña no traspuso la frontera del
sexenio.
El otro ejemplo fue también materia de una conferencia, ésta
sí publicada en la revista Diálogos . Por
los mismos días en que la Comisión de Defensa del Idioma
lanzaba sus gritos nacionalistas por radio y televisión, haciéndoles
saber a los obreros que no se dice "Hey tú, pásame el dése", sino
"Hazme el favor de pasarme el martillo", y regañando a los
muchachitos por decir "¿Qué onda?" y "¡Qué buena onda!", por
esos mismos días asistí a un coloquio del candidato Miguel de la
Madrid con un grupo de intelectuales jaliscienses, seis de los
cuales, residentes en el Distrito Federal, nos habíamos trasladado
para ello a Guadalajara. Lo que ocurrió —y aquí resumo lo
publicado en Diálogos— es que varios de los intelectuales
propiamente tapatíos le suplicaron al candidato que, en caso de
llegar a la silla presidencial, siguiera una línea denodadamente
nacionalista; que a los mexicanos que se avergonzaban de serlo (y
que, por lo visto, ya iban siendo muchos) los sometiera a una
terapia intensiva, consistente más o menos en repetir a ojos cerrados,
miles y millones de veces, la fórmula "¡Qué orgullo siento de ser
mexicano!"; que a los pintores de temas y técnicas no nacionalistas les
prohibiera vender sus pinturas, o incluso pintar; y que pusiera un hasta
aquí a la invasión de literaturas extrañas a la nuestra: las librerías de
Guadalajara, atestadas de novelas traducidas del francés, del
alemán, del inglés, estaban corrompiendo a la juventud. A decir
verdad, yo no había ido a Guadalajara más que para hacer a mi
madre y mis hermanas una visita de lujo, pagada por el PRI. Nunca he creído posible el diálogo con los políticos, de manera que me
encontraba en plan de espectador. "Pero allí no me pude aguantar". Dije
algo sobre el tema de la vergüenza y el orgullo, y, en cuanto a las
literaturas extranjeras, observé que Juan Rulfo, allí presente, cuando
lo conocí en esa misma Guadalajara en 1944, leía puras novelas
gringas. El diálogo o pseudodiálogo con el candidato fue brevísimo:
duró apenas lo que tarda uno en tomar el café y el coñac después de
una cena. Tanto más me impresionó la presteza con que los oradores
tapatíos obedecieron al señor Carlos Salinas de Gortari, el cual, en
una reunioncita previa, nos había sugerido, primero, sentir la necesidad
de una sobredosis de nacionalismo, y segundo, expresarle al candidato ese sentir arraigado e íntimo.
No creo que existan actas del extraño coloquio tapatío. Probablemente
no hay más versión impresa que la mía. En ella puse
con todas sus letras el nombre de Carlos Salinas de Gortari con la
esperanza de que él fuera lector de Diálogos y se interesara en mi punto de vista de simple ciudadano mexicano, de Mexicanus vulgaris,
y se diera tiempo para platicar conmigo y explicarme cómo y por qué el
cerebro del PRI, ese IEPES presidido por él a la sazón, había llegado a la conclusión de que para los males de la nación la receta era
"nacionalismo". Desde luego, podría platicar sobre esto con Rafael
Segovia, conocedor de las ruedecillas del mecanismo político y de sus
aceites; pero la explicación de Segovia ya me la imagino; la que me
interesaría oír es la de Salinas de Gortari.
Para volver al campo de mi interés profesional, diré algo que
siempre he sentido y dicho: la lengua española de México, hablada
y escrita, goza de muy buena salud. El error básico de la Comisión
de Defensa del Idioma, o del decreto presidencial que la creó, consistió en declarar necesitado de defensa algo que no la necesita.
Una consecuencia de ese error, en caso de haber prosperado la
campaña, hubiera sido la necesidad de defender, no digamos las
palabras fútbol y chasis, que en efecto son de fabricación extranjera, pero funcionan tranquilamente en nuestra lengua, sino algo
enormemente más importante: las lenguas y culturas no hispánicas de
México. El español se defiende solo. Algunas lenguas indígenas de
México, también. Pero muchas otras están bastante indefensas. De
esto hablé despacio en una de las conferencias del Colegio Nacional.
Parece que en 1982 se planeaba una "aculturación" relámpago. Los
antropólogos lingüistas, como Leonardo Manrique, estaban alarmados.
Como ya se me están acabando los veinte minutos, sacaré, casi
al azar, algunos botones de muestra de mi "ideario". Yo estoy
contento de ser mexicano. Podré envidiar a veces, por ejemplo, a
Italia y a Holanda, pero no me gustaría volverme italiano ni
holandés. Los males de México —de todo México (y más, tal vez,
aquellos que apenas entreveo)— me duelen más que los males de
cualquier otro país. Pero soy optimista. El instinto de conservación y
el instinto de progreso individual son naturales, no necesitan ser
manipulados. Lo único que falta es que se echen a funcionar por
parejo en el conjunto de la nación. Nuestro instinto de conservación y
nuestro instinto de progreso, y no las cambiantes directrices