EL PERIÓDICO DE CATALUNYA, 10 de junio de 2004
LA SOLAPA
Una serena renuncia
ANTONIO RAMÍREZ
Esta es la reseña de un libro que jamás llegará a las librerías. Un amigo, con dilatada experiencia en el mundo editorial, emprendió un día la redacción de un singular tratado propedéutico destinado a los jóvenes autores. Pocas líneas destinaría a los secretos de la escritura y tan sólo un párrafo a cómo hacer llegar el manuscrito al editor. Ni una ni otra son tareas arduas: editores ansiosos por encontrar textos con los que rellenar sus apresurados programas, los hay a montones.
A su tesis central la llamó principio de Scriblerus. Basta que un debutante demuestre algún virtuosismo, por mínimo que éste sea, para que la industria lo engulla y lo convierta en una máquina de escupir textos. Nuevos libros y artículos, opiniones sobre esto y aquello, todo en aras de la pública permanencia. Pero, ¡cuán vana es la ilusión de celebridad! El principio de Scriblerus, también conocido como ley de rendimientos decrecientes de la edición literaria se muestra implacable: dado que el número de lectores es finito y la suma total de horas que en su conjunto dedican a la lectura tiende a descender día tras día, basta dividir el total de páginas publicadas entre el número de horas de lectura globalmente disponibles, se comprenderá que, llegado a un cierto punto, cada nuevo libro, en lugar de sumar lectores, ¡los resta!
A menos que, como latas de judías en la cadena de montaje, cilindros lisos y sin aristas, idénticos, los textos avancen empujándose unos a otros y, de esta forma, cuanto más se acelera su ritmo de circulación más rápido se les olvida. Para que al final, de toda esa enorme masa, los lectores extraigan las poquísimas páginas que merezcan ser leídas, arrojando sin piedad el resto al desguace.
La mejor recomendación para quien aspire a convertirse en escritor, concluía nuestro amigo, acercarse cada mañana a una librería bien surtida, situarse frente a las mesas de novedades, extender los brazos y exclamar en voz alta: "Cuantas cosas que ahora ya no tengo que hacer". Después de revisar concienzudamente su argumentación, decidió no enviar su manuscrito a ninguna editorial. Bien pensado, se dijo, no hace falta ni buscarle un título. Comprendió que, si tenía razón, su propósito era inútil: las cosas seguirán su curso de tinta.
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Columnas de prensa. Temas de actualidad. Otro enfoque
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