(Artículos y Notas de la polémica)
I
Página 2ª y otras. Se halla la palabra genio. Ábrase el Diccionario
de la Academia, y se verá que esta palabra no ha significado jamás
la facultad de crear. Para expresar esta idea, los autores clásicos
emplean constantemente la palabra ingenio. Capmany, cuya autoridad
en esta materia es conocida, ha dicho formalmente que el uso de
genio en el sentido de que se trata, es un galicismo.(8)
Página 3ª, Concepción no es la palabra propia para exprimir la idea
concebida por el entendimiento. Debió decirse concepto.
Id. y otras. Los buenos filólogos enseñan que lo como acusativo
masculino de la tercera persona no es correcto, aunque el uso de los
andaluces es diferente.
Página 6ª. Retrazar sólo significa volver a trazar, y no ofrecer o
presentar a la vista.
Página 7ª. Dédalo por laberinto es un purísimo galicismo.
Página 8ª. El señor Mora cita el verbo embellecer como uno de los
neologismos modernos. Consúltese el Diccionario de la Academia, y se
verá que es tan puro como hermosear.
Página 18. ¿Se servirá el señor Mora decirnos en qué consistía la
moderación de Ciro?
Página 19. El prurito de los adelantos. Prurito en español es una
palabra de censura, y no de alabanza. Adelantos no es castellano;
debió decirse adelantamientos.
Página 4ª ¿Qué quiere decirnos el señor Mora en aquello de que el
hombre ha adivinado las esencias materiales? ¿Ignora el director del
Liceo que el hombre sólo conoce los efectos de las cosas, y que los
principios son inaccesibles a su razón, y permanecen ocultos entre
los misterios de la creación?
Id. ¿Qué significa las cantidades metafísicas? ¿La cantidad no es
por sí misma un ente abstracto, y por consiguiente, metafísico? ¿Hay
cantidades que sean más metafísicas que otras?
Página 9ª La topografía de la peregrinación mental es una frase que
junta la impropiedad a la afectación. No se dice topografía, sino
itinerario, cuando se habla de viajes o peregrinaciones; y por otra
parte, no es hacer un gran beneficio a nuestra bella lengua querer
naturalizar en ella el estilo ridículo que la crítica juiciosa de
Moliére desterró largo tiempo ha de la suya.
Pero he aquí la prueba más decisiva de la ignorancia de un hombre
que se precia de literato, y profesa públicamente la elocuencia. En
la página 17, se dice: así disponían de Atenas y de la Grecia toda
Isócrates y Demóstenes; del mundo romano, Calidio y Cicerón. No
decimos nada de la comparación que se hace entre Isócrates y
Demóstenes, aunque los principiantes de retórica saben que Isócrates
no pudo jamás disponer de la Grecia, porque la debilidad de sus
órganos no le permitía subir a la tribuna; que se contentó con abrir
una escuela de elocuencia, y no fue más que un maestro de retórica,
celebrado a la verdad por la pureza de su estilo, y la suavidad y
abundancia de su elocución, pero destituido de aquella cualidad
característica de los oradores populares, de aquella fuerza de
pensamiento y expresiones tan poderosa y tan terrible en la boca de
Demóstenes. ¿Pero qué diremos del que, en un discurso público, en un
discurso inaugural de la clase de oratoria, pone en primer lugar, y
al lado de Cicerón como orador y personaje célebre, a un hombre tan
desconocido como Calidio? ¿Dónde están las arengas de ese orador que
tuvo bastante poder para disponer del mundo romano? ¿Qué cargos
importantes obtuvo en la república? ¿De qué precipicio la salvó?
¿Qué medidas le dictó? ¿Qué leyes conservan su nombre? ¿Qué
historiadores hablan de él? El único testimonio que se halla de él
en toda la antigüedad se encuentra en Cicerón. ¿Y qué idea nos da de
él Cicerón? Que era un abogado que se distinguía bastante por cierta
elegancia, y armonía de dicción; pero que carecía absolutamente de
elevación y vehemencia. He aquí, pues, el hombre que nuestro
profesor de elocuencia nos representa como uno de los dos grandes
motores y reguladores del imperio más poderoso del mundo,
igualándole nada menos que al padre de Roma y de la elocuencia
romana.
II
Sobre la palabra genio. Se ha citado no sólo la autoridad del
Diccionario de la Academia, que el señor Mora tiene demasiados
motivos de recusar, sino la de un escritor que en materia de
lenguaje vale por muchos. Se nos opone el ejemplo de Meléndez,
Quintana y otros. En un escritor que tanto declama contra la
afectación galicana, y que ha tomado sobre sus hombros el arduo
empeño de restaurar la pureza clásica de la lengua, es un triste
efugio acogerse al uso moderno.
El Popular no es palabra propia para exprimir una autoridad en
materia de gusto. Cítese un escritor clásico que diga concepción en
vez de concepto.
El acusativo masculino lo. Si los escritores clásicos han usado
indiferentemente a le y lo como acusativo masculino, y si el uso no
se ha fijado todavía, ¿qué razón ha tenido el señor Mora para
proscribir el le, y para llenar de vituperios a la Academia, porque
este cuerpo ha sido de diferente opinión? ¿Tiene el señor Mora
privilegio exclusivo para decidir, cuando el autor del Quijote
dudaba?
Retrazar. La partícula re antepuesta a un verbo castellano,
significa de ordinario, repetición, v. g. reanimar, reasumir,
rebautizar, reconstruir, reconquistar, reedificar, reponer. Retrazar
es de este número, y no significa lo que los franceses llaman
retracer sino entre los traductores de que habla el director del
Liceo. Cítenos un literato de buena nota que haya usado a retrazar
en este sentido, y le creeremos.
Dédalo por laberinto. El si volet usus al aire es el recurso
ordinario de los que no tienen otro recurso. Compruébese el tal uso,
si existe.
Embellecer. El señor Mora nos pide nada menos que un escritor del
siglo XVI en que se halle este verbo. Pero Meléndez y Quintana con
quienes el restaurador del castellano apadrinaba poco ha la
significación gálica de genio ¿de qué siglo son? ¿y no bastará a
Moratín? ¿Será Moratín otro autor de los muchos cuya autoridad en
materia de lenguaje se admite o se rechaza según el gusto de cada
cual? No lo extrañaríamos. Pero valga lo que valiere, copiaremos
aquí dos pasajes sacados del prólogo que precede a sus comedias en
la última edición de París. El poeta observador de la naturaleza
escoge en ella lo que únicamente conviene a su propósito, lo
distribuye, lo embellece (p. XXI); no es fácil embellecer sin
exageración el diálogo familiar (p. XXIII).
La moderación de Ciro. Los contemporáneos de Jenofonte recibieron la
Ciropedia de este autor como una novela política. Platón cree que
Jenofonte no acertó a bosquejar un príncipe perfecto en la persona
de Ciro [leg. 1. 3], lo que prueba que miraba la Ciropedia como una
obra de pura invención en cuanto al carácter del héroe; pues la
historia no pinta a los hombres como debieron ser sino como fueron.
Heródoto, Ctesias, Diodoro de Sicilia, Justino y Valerio Máximo
contradicen en muchas particularidades importantes la narración de
Jenofonte. El primero de estos historiadores, que es el más antiguo
de todos los profanos, dice que Ciro pereció en una guerra contra
los Escitas, cuya reina Tomiris le mandó cortar la cabeza, y ponerla
en un odre lleno de sangre diciendo: Sáciate de la sangre humana de
que siempre has estado sediento(9). Bien sabido es aquello de
Cicerón: Cirus ille a Xenofonte, non ad historae fidem scriptus sed
ad effigiem justi imperii. ¿Qué más? El mismo Jenofonte, cuando
escribe la historia, pinta las cosas de muy otra manera que en su
novela política. Ciro [en la Anabasis] hace la guerra a su abuelo
Astiajes y se apodera de la Media.
Todos los escritores modernos de alguna nota han confirmado el fallo
de Cicerón; y es preciso ser algo novicio en la literatura francesa
para ignorar lo que dijeron sobre este particular Freret, Millot,
Condillac(10) y La Harpe(11), o para citar a Rollin [escritor por
otra parte apreciable] como voto competente en cuestiones de crítica
histórica.
Esencias materiales. Hablando de los progresos de la filosofía no se
debió decir, ni aun por vía de hipérbole, que los modernos las han
adivinado. Cabalmente una de las cosas que caracterizan a la
filosofía moderna y la distinguen de la jerigonza escolástica, es el
haber trazado con precisión los límites de la razón humana, no
tomando jamás en boca las esencias materiales sino para decirnos que
el autor de la naturaleza las ha cubierto con un velo impenetrable.
Cantidades metafísicas. No es cierto que las del cálculo
infinitesimal sean más metafísicas que las de la geometría ni las
algebraicas más que las aritméticas. Los signos pueden ser más o
menos abstractos, la cantidad no.
La influencia política de Isócrates. Lo que el mismo Isócrates dice
en sus cartas es decisivo en la materia: yo he sido siempre incapaz
de defender los intereses del Estado en las juntas populares, y he
sentido el doble tormento de la ambición y de la imposibilidad de
ser útil. Y en otra parte: ¿De qué me han servido mis talentos? ¿He
obtenido acaso las magistraturas, las distinciones que veo conferir
todos los días a oradores viles que hacen traición a su Patria?(12)
Calidio. ¿Dónde halló V. señor Mora, que Cicerón atribuyese a
Calidio la elevación de conceptos de que V. habla en la traducción
con que se ha servido favorecernos? La expresión de Cicerón es:
reconditas exquisitasque sententias. Cicerón alaba en él la
blandura, trasparencia y soltura del estilo, el acertado uso de las
figuras y otras dotes secundarias de la elocución oratoria; pero
dice también que le faltaba aquel mérito que consiste en conmover e
incitar los ánimos; que no había en él ninguna fuerza, ninguna
vehemencia.(13)
La posteridad rebajó mucho aun este concepto. Ni Quintiliano en la
gran reseña que hace de la literatura griega y romana [lib. X, cap.
1] en que menciona bastante número de oradores eminentes,
contemporáneos de Cicerón [Asinio Polión, César, Mesala, Celio,
Calvo, Servio Sulpicio] ni el autor del Diálogo de los oradores
atribuido a Tácito, que añade a este catálogo el nombre de Bruto,
creyeron que Calidio era digno de figurar con ellos pues le han
pasado en silencio.
En cuanto a las palabras crasa majadería, ignorancia, orgullo,
envidia, pequeñez, mala fe y otras, sólo observaremos que el señor
Mora se engaña mucho si cree que en el público chileno han de pasar
las injurias por razones.
Hemos visto pocos días ha dos artículos en El Mercurio de Valparaíso
en que se ataca al Colegio de Santiago, y aunque el órgano por medio
del cual han visto la luz pública basta para privarlos de todo
crédito, desearíamos que los profesores de este establecimiento
respondiesen a ellos, no pudiendo hacerlo nosotros por no estar
suficientemente instruidos de los hechos.
III
«Ingenio significa una facultad menos elevada y poderosa». Meléndez
mismo, que ha dicho ingenio siempre que se lo ha permitido la medida
del verso, nos servirá para probar lo contrario:
«¡Oh pinceles! ¡Oh alteza peregrina
del grande Rafael! ¡Oh bienhadada
edad, en que hasta el cielo
en alas del Ingenio la divina
invención se vio alzada.»
Odas filos. IV
«¡Oh de ingenio divino
sumo poder! La mente creadora,
émula del gran Ser que le dio vida,
hasta las obras enmendar desea
de su alta, excelsa idea».
Odas filos. XVI.
En este último pasaje Meléndez pudo muy bien decir genio sin faltar
a las leyes del metro; sin embargo prefiere ingenio, aun cuando se
trata de ponderar el poder del entendimiento humano, la altura de
sus conceptos, la fecundidad de sus creaciones.
Pero no podemos decir el ingenio de Newton, el ingenio de Bonaparte.
Concedámoslo. ¿Se sigue de aquí que debemos decir el genio de
Bonaparte en otro sentido que en el de la índole de Bonaparte, que
es el que tiene sancionado tantos siglos ha el uso de la lengua? ¿No
es esto introducir en ella la confusión y la anfibología, a pretexto
de hacerla más filosófica? ¿Cuál innovación es más atrevida, cuál
hace más violencia a la lengua, la que para significar la mente
creadora en la estrategia, en la política, en las investigaciones
científicas, se vale de la palabra que significa la misma facultad
creadora en las artes, o la que se vale de una palabra que siempre,
y hoy mismo nos ha denotado una cosa totalmente diversa? ¿Qué se
gana con dar de mano a la voz ingenio porque suele tomarse a veces
en otro sentido, si se le sustituye una voz que ofrece el mismo o
más grave inconveniente?
Capmany, queriendo hacer una especie de transacción entre los
clásicos y los galicistas, se allana al uso de la palabra genio en
el sentido francés con tal que se le junte algún epíteto
especificativo como creador, inventivo, divino, etc., pero reprueba
el uso absoluto de genio en esta acepción, como impropio y obscuro.
Admítase esta transacción, si se quiere; pero obsérvese que en nada
favorece al pasaje que nos ha parecido censurable en el Discurso
inaugural.
El señor Mora contrapone como autoridad en materia de lengua, el
autor de la Palomita de Filis, al autor de La Mojigata. El primero,
dice, fue el fundador de la escuela a que pertenece el segundo. Si
hubiera dicho que criticó severamente el segundo, acusándole de
«alterar la sintaxis y propiedad de su lengua, de quitar a las
palabras su acepción legítima, o darles la que suelen tener en otros
idiomas, e inventar a su placer, sin necesidad ni acierto, voces
extravagantes, formando un lenguaje obscuro y bárbaro, compuesto de
arcaísmos, galicismos y neologismos ridículos», se hubiera acercado
más a la verdad. Véase el prólogo antes citado. No suscribimos a
todo el rigor de esta censura, por lo que toca a Meléndez; pero que
éste es uno de los autores, a que Moratín alude, aunque no le
nombran allí, puede probarse con evidencia. Entre sus poesías hay
una parodia en que se remeda el lenguaje y estilo de Meléndez y sus
imitadores:
Sí; tus abriles bonancibles años;
Que meció cuna en menear dormido
De bostezante sueñecito umbrátil,
Huyen, y huyendo, caro Andrés, no tornan, &.
(Tomo 3 de la edición de París, pág. 409).
Y en esta parodia encontramos gran número de vocablos y frases
favoritas, y lo que es más, versos enteros de Meléndez, v. gr.:
«Salud, lúgubres días, horrorosos
Aquilones, salud»,
que pueden leerse verbatim en la primera de las odas filosóficas.
Esencias Materiales. Autores de metáforas violentas y de hipérboles
extravagantes, amontonad a vuestro sabor los absurdos. El Sr. Mora
os abre ancho camino para justificarlos: Si os dicen que la
hipérbole es una verdad abultada, y no una falsificación de los
hechos, no importa. Apostrofad a Buffon y Virey, colocaros
modestamente a su lado, y decid que vuestros bárbaros críticos han
tenido la osadía de violar en vosotros los fueros del arte oratoria.
Dédalo. En sentido de laberinto es voz propia de la lengua francesa.
Si se ha usado así en otras, lo ignoramos, y quisiéramos verlo
probado. La retórica no tiene nada que hacer aquí. No creemos que el
Sr. Mora haya pensado esta vez en metáforas, y los que lo suponen,
rebajan su talento oratorio mucho más que nosotros. Ensánchense
cuanto se quiera las libertades del estilo figurado, ¿podrá decirse,
hablando de un palacio, este Vitrubio; hablando de una estatua, este
Fidias? ¿Se ha dicho jamás de una tragedia patética, éste es un
Eurípides, que una bella sinfonía es un Haydn, que un elocuente
sermón es un Bossuet? ¿Qué retórico recomendó jamás tan ridícula
figura? ¿Qué orador la empleó jamás? Los cuadros de Murillo, se
llaman, por abreviación, Murillos, y las obras o esculturas de
Canova, Canova; como se llama un Virgilio el libro que contiene sus
poesías; para salir de estos límites es necesario el pasaporte del
uso. Dédalo en la lengua francesa es un hecho solitario; y por eso
el trasladar esta práctica a la nuestra, es cometer un galicismo. Si
se generaliza, tanto mejor; es una voz que no tiene los
inconvenientes de genio y enriquecerá la lengua, sin confundir las
acepciones recibidas; pero entre tanto es galicismo.
Véase el artículo Crítica de El Mercurio de Valparaíso, Nº [78].
Esta es una de aquellas defensas que con las mejores intenciones del
mundo echan a perder la causa que defienden.
¿Según el uso presente de los castellanos, se dice le o lo en el
acusativo masculino? Este es un punto para cuya resolución basta
tener ojos y oídos; y una vez que el Sr. Mora, auscultando los
suyos, nos ha dicho expresamente, en la Nota B de su Gramática, que
su opinión tiene en contra el uso general, nos parece que no hay
nada que añadir en la materia. Se citan las academias y los autores,
como testigos e intérpretes, no como legisladores del uso, que está
en posesión de dar las leyes siempre al lenguaje, y no las recibe de
nadie. El uso es un déspota caprichoso, que no se paga de
argumentos. Con esto bastaba; es una cuestión de hecho. La razón
promulga las reglas, y el uso introduce las excepciones; y las
excepciones se observan a pesar de las reglas.
Pero no queremos contender con el Sr. Mora cum suo jure;
descenderemos gustosos a la arena a que nos convida: examinaremos
sus razones. Para que se vea mejor la fuerza de esta razón,
pondremos aquí un pasaje de Cervantes: «La menesterosa Doncella
pugnó por besarle las manos, mas Don Quijote que en todo era
comedido y cortés caballero, jamás lo consintió; antes la hizo
levantar, y mandó a Sancho que le armase luego al punto». El Sr.
Mora aprueba el primer le porque es dativo o régimen indirecto, pero
no está bien con el segundo, y cree que sería mejor decir lo armase,
para que el acusativo tenga diferente terminación que el dativo.
Fúndase para ello; lo primero, en la claridad que resulta a la
lengua de la distinción de dos relaciones diversas; y lo segundo, en
la analogía; pues diferenciándose en el género le y la, les y los,
les y las, y apropiando el uso la primera forma al régimen indirecto
y la segunda al directo, parezca conforme a la razón que se haga la
misma diferencia en le y lo.
En realidad, hemos ya demostrado la debilidad de estos argumentos.
Hemos dicho que en la mayor parte de los pronombres castellanos el
régimen directo y el indirecto tienen una misma terminación; que me,
te, se, nos, y os son a un mismo tiempo acusativos y dativos. La
analogía, pues, o la razón que se funda en la paridad de
circunstancias, lejos de oponerse a que demos al le el doble empleo
de acusativo y de dativo, está a favor de esta práctica. ¿Pero no es
más conveniente, no es más claro, que señalemos cada diferente
empleo con una terminación diferente? Respondemos que sí, siempre
que por huir de una ambigüedad, no tropecemos en otra. Lo es
acusativo neutro, y en nuestra lengua la diferencia del género es de
más importancia que la del régimen. El género es esencial para que
se distinga entre muchas cuál es la idea reproducida por el
pronombre; el régimen por lo regular no lo es. Así en el ejemplo
citado el lo neutro presenta desde luego al espíritu el concepto de
una acción anteriormente indicada, al paso que el le reproduce el
concepto de un objeto de género masculino. Dígase lo en ambos casos,
y la claridad y distinción con que se verifica esta reproducción de
ideas, desaparecerá.
El ejemplo de que se sirve el Sr. Mora es el más a propósito de que
puede echarse mano, para que se perciba cuánto menos importante es
para la perspicuidad del lenguaje la diferencia de régimen que la de
género. «Cuando hablando de Pedro se dice le maté no se sabe si
Pedro es el muerto, o algún ser viviente que le pertenecía, puesto
que si el muerto es un caballo se debe decir le maté un caballo».
¿Pero no ve el Sr. Mora que en este segundo caso no se puede decir
absolutamente le maté, y que en añadiendo un caballo, cesa ya todo
motivo de duda?
Es tan fácil de confundir en la escritura el le, con el lo, y
comparativamente tan raro el uso del lo, como acusativo masculino en
los autores clásicos castellanos, que nos parece francamente
probable la conjetura de la Academia de que en la mayor parte de los
casos este lo es un yerro de impresor. Además; ¿quién duda que
nuestros clásicos, y Cervantes entre ellos, pecaron a veces
gravemente contra la corrección gramatical? ¿No se encuentra les en
el Quijote como acusativo masculino? ¿Y no ha sido éste un solecismo
en todas las épocas de la lengua?
Obsérvese que los que proscriben el lo, suponen que la lengua
castellana se ha fijado tiempo ha en el le; y que el Sr. Mora
proscribe esta última terminación, sin embargo debe reconocer que el
uso general está por ella.
Concepciones. Hemos pedido un autor clásico que diga concepciones en
vez de concepto, y el Sr. Mora nos cita a Feijoo. A esta cita
oponemos otra. El Abate Andrés, después de enumerar las buenas
cualidades del estilo del P. Feijoo, dice así: «Pero la continua
lectura de libros franceses, lo nuevo de las materias, y su poco o
ningún estudio de la lengua nativa y de sus autores clásicos, dan a
su elocución una forma algo nueva, y un cierto aire de peregrina».
Origen y progresos de la liter., tomo V, pág. 229, de la trad. de D.
Carlos Andrés.
No es necesario hablar el castellano con la pureza de un Moratín o
de un Capmany, para ser un escritor agradable y aun elocuente. En
los escritos de Quintana hallamos elevación, amenidad, ideas nuevas,
expresiones a veces vigorosas; y sin embargo ¿quién negará que su
verso y su prosa están salpicados de galicismos? En este caso se
hallan otros; y aunque Feijoo no es de los más licenciosos, dudamos
que se le haya citado hasta ahora como modelo de un lenguaje
castizo.
Hemos sostenido y sostenemos que la metafísica aplicada a la
cantidad no puede significar sino abstracto: que toda cantidad,
objeto de ciencia matemática, es necesariamente abstracta; que la
idea que 2 ofrece al espíritu es la de una cantidad abstracta; que X
hace lo mismo; y que la diferencia entre estos dos signos consiste
en que el primero es menos general que el segundo, el cual, según
los diferentes casos, puede significar 2, 3, 4, 5 y cualquier otro
número imaginable.
«La cantidad 2 (dice el Sr. Mora) es positiva y la cantidad X no lo
es». Según eso X es una cantidad negativa. Si el Sr. Mora no respeta
más la propiedad del idioma castellano, que la del lenguaje
matemático, medrados están sus alumnos de oratoria. «Lo opuesto a lo
positivo es en este caso lo metafísico». Lo opuesto a lo positivo es
lo negativo, y lo opuesto a lo metafísico es lo físico; y así como
no puede decirse que A sea más físico que B, tampoco puede decirse
que B sea más metafísico que A. «Pero esa voz tiene también la
significación de oscuridad, y por cierto que una fórmula algébrica
no es la idea más clara posible». Las fórmulas no son ideas; son
signos de ideas; frases de una lengua de convención, y cabalmente de
la más clara, exacta y precisa de todas las lenguas, y de la sola
lengua en que no se conocen sofismas ni embrollos.
IV
CIRO
Lo que se cuenta de la moderación de Ciro no tiene otro origen que
la Ciropedia de Jenofonte, como es fácil verlo en Rollin, y en todos
los historiadores que tratan de Ciro y de la Persia. La cuestión
rueda, pues, sobre si merece o no crédito la Ciropedia. Hemos
sostenido que no, con razones y autoridades, que el crítico de
Valparaíso califica, no sabemos por qué, de citaciones vagas,
haciéndoles mucho favor. Ya que gusta de citaciones a la letra,
procuraremos contentarle, copiando una que vale por muchas, sacada
del artículo Xenophon, de la Biografía Universal, tomo 51, página
389.
«La Ciropedia, según muchos autores antiguos, es una novela
política. Cicerón lo dice formalmente... Aún es más terminante
Ausonio... Dionisio de Halicarnaso fue del mismo dictamen. Diodoro
de Sicilia y Trogo Pompeyo formaron sin duda igual concepto, pues no
han seguido a Jenofonte en la relación que hace de la muerte de
Ciro. Entre los modernos, Erasmo, Vosio, Luis Vives, Escalígero,
Calvisio, Simson, Fraguier, Desvignoles, Freret, Larcher,
Sainte-Croix, Weiske, etc., están conformes en mirar la Ciropedia
como un tratado de política, cuyo autor no tuvo otro objeto que
exponer los medios de formar ciudadanos justos y valerosos, y
presentar en acción un capitán no menos cuerdo y moderado, que hábil
en el arte de la guerra. Hállanse mezcladas con la doctrina del
autor algunas verdades históricas, pero más o menos desfiguradas: la
mayor parte de los personajes, y todos quizá, excepto Ciro y sus
padres, son de pura invención; los hechos que se les atribuyen,
ficticios, o presentados según las miras del autor; las costumbres
que da a los Persas son las de los griegos, y sobre todo las de los
espartanos. En fin, como obra histórica la Ciropedia es de una
autoridad debilísima por la dificultad de discernir qué es lo que
hay de verdadero en los hechos».
Pero si es así, dirán algunos, ¿cómo es posible que un hombre tan
instruido y tan sensato como Rollin crea a pie-juntillas en la
moderación de Ciro, sin más fiador que una autoridad tan sospechosa?
No es difícil explicarlo. Rollin fue un moralista juicioso, y muy
estricto juez de las producciones literarias; sus obras respiran por
todas partes el amor a la virtud, y el gusto de la literatura
clásica; no raya tan alto en la crítica de la historia, y lo que ha
escrito en este género presenta algunas muestras de credulidad
verdaderamente senil. Una alma como la de Rollin, enamorada de la
virtud, podía resistir difícilmente a la tentación de presentar a
los jóvenes, para quienes escribe; un modelo tan atractivo y tan
acabado, como el héroe de Jenofonte. En fin, la aparente conformidad
de algunos de los hechos referidos por éste con lo poco que la
Escritura dice de Ciro, dio a la Ciropedia un crédito histórico, que
jamás tuvo en la antigüedad, y fue otro motivo de irresistible
fuerza para un escritor como Rollin. Freret demostró que esta
conformidad era una suposición fundada, y que la escritura favorece
más bien a Heródoto. Pero sucedió lo que ha sucedido otras veces. La
afición a lo extraordinario y maravilloso pudo más en algunos
compiladores modernos de historia antigua, que el voto de la
antigüedad, que el juicio de Erasmo, Vosio, Escalígero y Luis Vives,
y las demostraciones de Larcher y Freret.
Hemos tenido alguna razón para insistir en el voto de este último
escritor. Freret, como crítico y anticuario, es una autoridad de
mucho más peso que la de Rollin, Segur y Ramsay. Sobre todo en la
cuestión presente, que trató de propósito en una disertación
presentada a la Academia de las Inscripciones, confrontando todos
los testimonios de la antigüedad; lo que regularmente no suelen
hacer los escritores de historias generales, a quienes lo vasto del
asunto no permite prestar tanta atención a una parte.
Pero dejándonos de autoridades, consultemos a la sana razón. La vida
de Ciro fue una serie continua de guerras y de victorias; sujetó
multitud de naciones; fundó uno de los mayores imperios que ha visto
el mundo. ¿Presenta la historia otro ejemplo de un conquistador, que
haya invadido y sojuzgado tantos pueblos y haya sido al mismo tiempo
un hombre moderado y justo? ¿No ha sido la ambición el móvil de
todos los conquistadores? ¿Y es compatible con ella la moderación
ejemplar que se atribuye a Ciro?
Para nosotros esta sola razón vale más que todas las autoridades. Si
el crítico de El Mercurio es bastante imparcial para pronunciar un
juicio desapasionado, confesará que el héroe de Jenofonte, que,
según parece, por pura filantropía, no tiene tanto aire de verdad ni
una fisonomía tan parecida a la del hombre real, como aquel Ciro
despiadado, soberbio y sanguinario que nos pinta Heródoto.
Otra razón de gran peso para nosotros es la forma semi-dramática de
la Ciropedia, que ciertamente no es la de la historia griega, ni se
asemeja mucho a la que adoptó el mismo Jenofonte en otras obras,
indudablemente históricas. Algo más pudiéramos añadir; pero tenemos
que fatigar la paciencia del público. Por una parte la decisión del
crítico de Valparaíso nos basta. De ella resulta que la moderación
de Ciro no es una de aquellas cosas indisputables y proverbiales que
puedan ponerse al lado de la continencia de Escipión, la justicia de
Arístides, etc.
Dédalo se dice en francés le dédale des lois, le dédale des
procédures, porque dédale en esta lengua no sólo es nombre de
persona, sino un sustantivo común que significa laberinto, como se
puede ver en el Diccionario de la Academia francesa, y en el de
Boiste. En el Diccionario de sinónimos de Girard.
La lógica de los comentarios es de lo más curioso que hemos visto
aun en las obras del Sr. Mora, en que la razón nos ha parecido
siempre la parte flaca.
¿Un autor clásico emplea la voz genio? Luego la emplea en el mismo
sentido que el Sr. Mora. ¿Hay hipérboles en Buffon? Basta con esto
para que el Director del Liceo se coloque modestamente a su lado, y
trate a los que critican las suyas, de bárbaros, que cometen un
desafuero contra los privilegios del arte oratoria. ¿Cicerón alaba
en Calidio la suavidad y armonía de la dicción, los conceptos
sutiles y finos? Aunque el mismo Cicerón nos diga a renglón seguido
que careció de nervio, que no supo mover, que le faltó lo principal,
hemos de tener a Calidio por un orador de primer orden que dispuso
del mundo romano. ¿Fue pretor? Luego hombre grande. De manera que
por esa sola cuenta hubo en Roma como 1200 grandes lumbreras poco
más o menos, en sólo el siglo de Cicerón. Pero vamos por partes.
Genio. En el pasaje citado por el señor Mora no se trata de facultad
mental, ni cosa que se le parezca, sino del estilo de Séneca. Si el
Sr. Mora lo duda, consulte, recuerde quién fue el que dio al estilo
de Séneca el apodo de arena sin cal, y por qué. Lo que Bartolomé de
Argensola llama genio es, ello por ello (casi hasta con las mismas
letras), lo que Suetonio llama genus scribendi, y sobre lo que este
historiador dice expresamente que recayó el apodo. Con que es claro
que el rector de Villahermosa habla aquí del carácter de la dicción
de Séneca, de aquel amaneramiento de cláusulas cortas y brillantes,
pero inconexas, que se ha censurado tantas veces en este autor.
Genio, pues, tiene aquí su antigua y nativa acepción de carácter o
índole, aplicada metafóricamente al estilo, que es de lo que viene
hablando el poeta.
Los progresos del entendimiento humano siguieron voces nuevas para
expresar ideas nuevas. Una de dos: ¿O los castellanos no habían
pensado en la facultad inventiva hasta ahora, o no se les había
ocurrido ponerle nombre? En probándose una de estas dos
proposiciones, podrán venir al caso los progresos del entendimiento
humano, ajada divisa de todos los innovadores, con razón o sin ella.
Escuela de Moratín. Hasta aquí habíamos entendido por escuela, en la
literatura, como en las artes, la adopción de unos mismos
principios, y la semejanza de formas en la composición. Según el
señor Mora pertenecer a una escuela no es más que encontrarla en el
mundo. Sucede que un escritor abomina del gusto reinante y echa por
un rumbo nuevo. Abomina enhorabuena, dirá el Sr. Mora con su
acostumbrado desembarazo: que fulano censura la tal escuela, no
tiene duda: que salió de ella y en ella se crió, tampoco la tiene.
De aquí sacamos varias consecuencias curiosas. Si Moratín perteneció
a la escuela de Meléndez, Meléndez perteneció a la de los Iriartes,
los Iriartes a la de Góngora, Góngora a la de Boscán y Garcilaso; y
de eslabón en eslabón, venimos a parar en el descubrimiento
originalísimo de que no ha habido de Adán acá, ni puede haber, más
que una sola escuela de poesía en el mundo.
A las preguntas del Sr. Mora respondemos, que no vemos ningún
absurdo en que Moratín haga escuela aparte, y que, no obstante la
superioridad de talento, quizá tiene Moratín más analogía con el
autor de las Fábulas literarias que con el de la Palomita de Filis.
Le y lo. Otra vez las razones, como si no estuviesen ya refutadas; y
las autoridades del siglo XVI, contra las cuales ha prescrito el uso
general, reconocido por el mismo Sr. Mora. Si el Director del Liceo
quiere reformar la lengua a su modo, a despecho de la razón y del
uso, es otra cosa. No le disputaremos que puede hacerlo.
Nos hemos desentendido de la ortografía del Sr. Bello, por varios
motivos. El principal es porque no viene al caso. La ortografía se
ha reformado mil veces: los franceses simplificaron la suya: los
italianos lo mismo: todos los pueblos que hablan castellano han
admitido sin repugnancia las alteraciones recomendadas por la Real
Academia Española. Pero en la lengua hablada no es así. La razón en
ella es el uso: ir contra el uso es ir contra la razón. Madama de
Sévigné quiso que se dijese: s'il est heureux, elle ne la sera pas;
y todo el mundo siguió diciendo elle le sera, a pesar de las razones
buenas o malas de Madama de Sévigné. Todo lo que puede la gramática
es fijar y uniformar el lenguaje, sujetando al uso con las cadenas
que él mismo ha querido ponerse.
Esencias materiales: No es cosa fácil señalar el punto preciso en
que cesa el buen uso de las figuras, y principia el abuso. ¿Cómo
podrá determinarse si la parte de verdad que contiene una hipérbole
es más o menos de lo que debe ser para que no peque por
extravagante? De esto no puede juzgarse, sino por medio de
percepciones delicadas, que se evaporan, cuando se trata de
analizarlas.
Por fortuna, para probar que la hipérbole del Sr. Director es
absurda, no se necesita de ningún instrumento de nueva invención. La
hipérbole es una verdad abultada. Alguna parte de verdad es
necesario que haya en ella. Si no hay un átomo solo, no es una
verdad abultada, sino una falsificación completa.
Del grande ingenio que fue capaz de determinar las leyes impuestas
por el creador al movimiento de los orbes celestes, pudo decirse con
alguna verdad, que adivinó el secreto de la creación; pues aunque
estas leyes no son todo el secreto, son una parte de él. Figurémonos
que Newton, en vez de explorar los misterios de la naturaleza, los
hubiese tenido por inescrutables, y se hubiese impuesto la ley de no
pensar jamás en ellos. ¿Podría decirse, ni aun por vía de hipérbole,
que este filósofo había adivinado el secreto de la creación?
Este es nuestro caso. La filosofía moderna demostró que las esencias
materiales no están al alcance de la razón humana, y las desterró de
la escuela. Y el señor Mora, le atribuye que las ha adivinado.
Positivas y metafísicas, según el Sr. Mora, significa lo mismo que
claras y oscuras. No disputaremos la propiedad de los términos. Pero
apelamos a los lectores imparciales que han leído la oración
inaugural. ¿Hay alguno a quien se le haya ocurrido que el Sr. Mora,
cuando dijo (empleando una de sus hipérboles) que se habían conocido
y demostrado hasta en sus más sublimes combinaciones todas las
cantidades positivas y metafísicas, quiso decir claras y oscuras?
Concepciones. No queremos abundar en nuestro sentido: admitimos la
autoridad del P. Feijoo.
Calidio. Aunque se ha dicho tan claro que la pretura era una
magistratura que se daba a muchos, el Director del Liceo lo entiende
a su modo, y cree o que estos muchos eran sucesivamente, o que si se
elegían varios a un tiempo, no eran todos para la ciudad de Roma. El
Pretor no era menos en Roma que el canciller en Inglaterra. ¿El
Pretor? ¿Conque no había más que uno en la capital del mundo? ¿Está
el Sr. Mora por desayunarse a la hora de éstas de que, para la sola
ciudad de Roma, se elegían en tiempo de Cicerón diez o doce de estos
cancilleres cada año?
Esta es una de las peregrinas especies de la lección histórica que
ha tenido la bondad de darnos, y en que no sabemos qué admirar más,
si la dialéctica, los conocimientos históricos, o la buena fe. El
Pretor juzgaba, y el canciller juzga. Luego éste y aquél son una
misma cosa. El uno es presidente nato del senado británico, y el
otro presidía por alguna rara contingencia al senado romano. Luego
éste no es menos que aquél. Si el canciller es miembro de un
ejecutivo de seis o siete personas que tiene en sus manos la balanza
del universo, el Pretor era una fracción infinitesimal del ejecutivo
romano. La paridad es exacta. Si el uno tiene una vasta influencia
en lo eclesiástico, nombra todos los jueces de paz del reino, es
tutor de todos los menores, y superintendente de todas las
fundaciones pías, el otro daba la señal para las carreras del circo.
Conque allá se van.
Nihil quod magis ipsius arbitrio fingeretur ut nullius aeque
oratoris in potestate fuerit. Confesamos nuestra flaqueza. No
entendemos este texto. El que tradujo reconditas por elevadas podrá
darnos alguna luz.
Pero volvamos a Calidio. Este orador aparece en la historia dos
veces, dos veces solas, en dos importantes debates del senado
romano. En el primero fue uno de 417 senadores que se declararon por
Cicerón contra Clodio; mérito tan relevante, que Cicerón, en el
discurso de acción de gracias que pronunció en el Senado a su vuelta
del destierro, y en que se explaya tanto sobre los buenos oficios de
sus parciales, destina renglón y medio a Calidio: Marcus Calidius,
statim designatus, sententia sua, quam esset cara sibi mea salus
declaravit. En el segundo, opinó por la paz, y aun defendiendo tan
buena causa, no pudo arrastrar un voto. Estos son los hechos; si hay
otros desearíamos saberlos. Explíquese el silencio de los
historiadores; explíquese el fatal quendam de uno tan instruido y
tan diligente como Dión, que refiere por menor los sucesos de
aquella época. El Sr. Mora, haciendo que responde a este quendam,
alega por la centésima vez su pasaje de Cicerón. ¿Pero se
contradicen estos dos escritores? El uno niega a Calidio la sola
cualidad que pudo dar a un orador influjo político: el otro,
escribiendo las revoluciones de Roma, columbra apenas la existencia
de Calidio en la historia. ¿Qué oposición hay en esto? En el uno
vemos la causa, y en el otro el efecto.
¿Pero y la lucha victoriosa de Calidio contra la facción de Clodio?
Es el renglón y medio susodicho, empollado por el Director del
Liceo. Los que no sepan qué cosa es genio creador, abran cualquier
historia romana, y lean la narrativa de la contienda del senado con
la facción de Clodio; aquel drama célebre, cuyos pormenores son tan
sabidos, y de que el señor Mora hace protagonista a Calidio. Busquen
a Calidio en él. No pedimos acciones, debates, arengas. Con el
nombre solo nos contentamos. Y luego, pronuncien.
Isócrates. Los atenienses debieron a su influjo algunos años de paz.
¿Pero a qué especie de influjo? ¿Fue por ventura al de la
elocuencia, que obra sobre una nación entera, como dócil instrumento
de la acción que quiere imprimirle el orador? El señor Mora nos ha
presentado a Isócrates disponiendo de Atenas y de la Grecia toda
desde la tribuna. Nosotros hemos dicho que Isócrates no subió a
ella. Oponernos que los atenienses (rebaja considerable; se trataba
de toda la Grecia; pero pase) le debieron algunos años de paz, sin
decirnos cómo, no es tocar el punto que se cuestiona. Esto es, sin
embargo, lo que el Director del Liceo llama su principal argumento;
y no deja de tener razón.
Hemos procurado responder a todo, y ser claros; falta sólo contestar
a las chufletas y a las injurias; pero ésta es una especie de
certamen en que le cedemos la palma sin dificultad, así como se la
cedemos en otras cosas, que redundan más que éstas en honor suyo. El
señor Mora es un buen abogado, según nos han dicho: un buen poeta,
un escritor agradable, y aun elocuente, cuando no se mete en
honduras; un excelente juez de las producciones literarias, un
hombre de instrucción y talento. ¿Qué más quiere? ¿No basta esto
para contentar su ambición literaria? ¿A qué erigirse en modelo de
pureza, y meter la luz en la literatura clásica, adquisiciones
secundarias que no hacen ninguna falta a su reputación? Hombre que
en materia de antigüedades históricas se aferra en el sensato Rollin
y en el Diccionario de Bouillet, no es gran cosa.
V
En El Mercurio de Valparaíso n. 103 hay una crítica severa y a
nuestro parecer injusta del lenguaje del literato español Marchena.
No hemos leído un solo renglón de este autor, pero sabemos que tiene
el concepto, no sólo de escrupuloso en materia de galicismos, sino
de purista extremado, que, como Capmany, por imitar el lenguaje y
estilo de los autores clásicos, cae algunas veces en afectación y
mal gusto.
Sea de esto lo que fuere, los galicismos de Marchena alegados en El
Mercurio no prueban gran cosa.
A decir la verdad no vemos en ellos construcción ni palabra, que no
sea perfectamente castiza.
Eso más es animada la acción histórica (dice Marchena), que más
parecidas son las facciones y la fisonomía de los personajes
retratados a lo que ellos realmente fueron. El crítico de El
Mercurio pretende que éste es un galicismo por excelencia, una
versión servil de: plus elle est animée, plus les traits et la
physionomie de ceux donc on en fuit le portrait, ressemblent aux
personnages qui existerent reellement; sin reparar, lo primero, que
de este modo se invierte el sentido, porque Marchena no dice que
cuanto más animada es la acción, tanto es mayor la semejanza de los
personajes históricos a los reales, sino al contrario, que, cuanto
mayor es esta semejanza, más animada es la acción, y tanto más nos
entretiene y embelesa la narración histórica, o vertiendo el pasaje
en francés: la quelle est d'autant plus animée, que les traits et la
physionomie, &.; y lo segundo, que las dos construcciones francesa y
castellana no son análogas, pues en francés faltan los elementos
equivalentes a eso y a que, palabras esenciales que ligan el un
inciso o miembro con el otro, como han acostumbrado hacerlo en
castellano, cuando se significa proporción o igualdad.
Lo que hay de peculiar con plus elle revive sa personne, plus elle
nous interesse, es la falta de conectivos. Si tradujéramos: más no
se cuida del adorno, más nos interesa, cometeríamos un galicismo
imperdonable. Para evitarlo empleamos los conectivos, cuanto menos
se cuida del adorno, más nos interesa, &c. o de otro modo, que es de
Marchena, eso más nos interesa, que menos se cuida del adorno.
La alocución de Marchena en este sentido (que es indispensablemente
el del autor) nos parece correcta y clásica. «Eso más es animada la
pintura, que más se asemejan los objetos representados a sus
originales». No percibimos en este modo de hablar nada que huela a
galicismo: la expresión plus la peinture est animée, plus &c. fuera
de invertir el sentido, presenta una construcción diversa. ¿Dónde
están en francés los elementos equivalentes de eso y de que? ¿Son
acaso redundantes estas dos palabras? ¿No son ellas precisamente las
que ligan el un miembro con el otro?
¿Y no es este modo de ligar los miembros o incisos, cuando se
significa proporción o medida, perfectamente castellano?
VI
Hemos visto en El Mercurio de Valparaíso nos. 98, 99 y 104 dos
interesantes artículos sobre la controversia entre el señor Mora y
nosotros. Nuestras ocupaciones y el justo temor de cansar la
paciencia del publico nos obligan a ceñirnos a breves observaciones
sobre los puntos que nos han parecido de más importancia.
Los artículos de El Popular relativos a estas discusiones literarias
no han sido redactados por don Andrés Bello, como se supone
gratuitamente en El Mercurio. Sin embargo, como las opiniones de
este individuo y las nuestras han sido unas mismas en todos los
puntos de la controversia literaria, la equivocación es de poco
momento. Supondremos, pues, que el crítico de Valparaíso habla con
nosotros.
Ciro. He aquí un resumen de nuestros argumentos. El único fiador de
la moderación de Ciro es Jenofonte en una obra que el mismo
Jenofonte parece haber querido que se mirase como una utopía o
novela política, pues la contradice abiertamente cuando escribe como
historiador; en una obra que está escrita en forma de novela y no de
historia; en una obra, de que los mismos que la siguen, descartan
los pormenores como apócrifos; en una obra finalmente, que Platón,
Cicerón y Justino miraron como una novela, y que muchos críticos
modernos de primer orden han caracterizado como tal. El voto de
Freret nos ha parecido de gran peso, porque trató este asunto de
propósito, en una disertación presentada a la Academia de las
Inscripciones, compulsando todos los testimonios de la antigüedad;
lo que regularmente no hacen los compiladores, de historias
generales, a quienes lo vasto del asunto no permite prestar tanta
atención a una parte. Freret manifiesta que la principal razón de
los que han preferido la Ciropedia es su aparente conformidad con la
Escritura; demuestra que esta suposición es falsa; y prueba, al
contrario, que lo poco que la Escritura dice de Ciro es más bien
favorable a Heródoto. Sea de esto lo que fuere, nos contentamos con
la decisión de El Mercurio. De ella resulta que la moderación de
Ciro no es una de aquellas cosas indisputables y proverbiales que se
pueden poner al lado de la continencia de Escipión, la justicia de
Arístides, &.
Dédalo. Procuraremos expresar nuestra opinión con toda la claridad
posible. Creemos que esta palabra no se ha usado jamás en castellano
en sentido de laberinto, y en esto nos fundamos para pensar que no
pudo emplearse metafóricamente, en el sentido de laberinto ideal
pues el uso figurado de una palabra supone el propio.
Se dice le Dédale des lois, le dédale des procédures, porque dédale
en francés no sólo es nombre propio de persona, sino un sustantivo
común que significa laberinto, como es fácil verlo en el Diccionario
de la Academia Francesa y en el de Boiste.
En el Diccionario de sinónimos de Girard, aumentado por Beauzée y
otros literatos, sólo se distingue a Dédale de Labyrinthe en que el
primero es más propio del estilo noble y poético, y se toma casi
siempre metafóricamente para significar una cosa intrincada y
confusa. El Diccionario de Núñez Taboada está enteramente acorde con
éstos: Dédale, s. m Es lo mismo que laberinto en el sentido propio y
en el metafórico.
No es así en castellano. Ni en el Diccionario de la Academia, ni en
el mismo Núñez Taboada, que no ha sido muy escrupuloso en admitir
voces nuevas, se encuentra esta palabra. Dédalo en nuestra lengua ha
sido solamente un nombre propio de persona, y en esto nos hemos
fundado para pensar que no pudo un neologismo emplearse
metafóricamente en el sentido de cosa intrincada y confusa, pues el
uso figurado de una palabra supone el propio.
La cuestión se ha presentado recientemente bajo otro aspecto.
Dédalo, se dice, es un nombre propio de persona, pero que
figuradamente puede significar un laberinto, porque Dédalo construyó
un laberinto. Preséntese, pues, una figura análoga en un buen
orador. Nosotros no tenemos reparo en confesar que no hemos visto
ninguna.
Permítasenos hacer sensible el punto de la dificultad por medio de
algunos ejemplos. Praxíteles hizo, como todos saben, bellísimas
estatuas. Supongamos que uno, al ver una estatua de Canova o de otro
escultor exclamase: ¡Oh qué bello Praxíteles! ¿Sería tolerable la
figura? Se dice de una casa desordenada en que todos mandan y nadie
obedece: esta casa es una babilonia. ¿Pudiera decirse, esta casa es
un Nemrod, porque Nemrod, según se cree, fue el fundador de
Babilonia? Sería fácil multiplicar los ejemplos.
Si se cita el ejemplo de Dédalo en otras lenguas, decimos que no
sabemos cómo empezó la segunda acepción de esta palabra en ellas.
Pudo empezar por una mala figura retórica, y pudo empezar de otro
modo. ¿Quién puede poner coto a las irregularidades y caprichos del
uso?
Los que creen que el autor de la Oración inaugural quiso emplear una
figura de esta clase, le hacen quizá menos justicia que nosotros,
que sólo le hemos atribuido un neologismo, y no una metáfora
extravagante. Si este neologismo es de los que pueden permitirse de
cuando en cuando, otros lo decidirán. No hemos visto jamás con
horror la introducción de voces nuevas, que no confunden las
acepciones recibidas. Dédalo no tiene este inconveniente. Si se
naturaliza en castellano, habremos adquirido una voz nueva;
adquisición de puro lujo, supuesto que tenemos ya a laberinto, que
no es ni menos propia, ni menos expresiva, ni menos harmoniosa; pero
el lujo de las palabras es el más inocente de todos.
Por lo que toca a genio, pensamos (y pensaremos, mientras no se
pruebe lo contrario) que nada se gana, en dar una nueva acepción a
esta voz, confundiendo en ella lo que los franceses distinguen con
las dos palabras naturel, y génie. Il a un bon naturel; il a un
grand génie. ¿Aprobará la buena filosofía que expresemos dos ideas
tan diferentes por medio de un mismo sustantivo?
Hemos tomado de los latinos la voz ingenio en el sentido de facultad
inventiva para toda clase de producciones literarias y de las artes.
Ingenium Grajis causa dubit, dijo Horacio en este sentido. El mismo
escritor explica esta palabra por las expresiones vena dives y mens
divinior.
Él y Ovidio las contraponen [al] estudio y al arte. Ego me studium
sini divite vena // Nec rude quid prosit video ingenium. // Ennius
ingenio maximus; arte rudis. Cicerón asimismo en varios pasajes de
sus obras la contrapone al arte, al esmero, al trabajo. Con que si
algo vale la etimología, no vemos en esta parte nos hagan ninguna
ventaja nuestros contrarios. La partícula compositiva in, que ha
parecido a algunos superflua, no lo es. In no tiene la misma fuerza
en ingenio, que en ingenuo, ingénito, innato, y otras voces
análogas, en todas las cuales significa una cosa inherente al alma
que nace con el hombre, y no se adquiere con el arte, ni el trabajo.
Lejos, pues, de ser vacía la partícula, da un valor y energía
particular a estas palabras.
No hemos admitido la transacción de Capmany. No hemos hecho más que
referirla, y añadir, que ni aun ella favorece al uso de la voz genio
en la Oración inaugural. La admisión que se nos atribuye, es una
pura voluntariedad de nuestro crítico. La verdad es que la tal
transacción nos había parecido siempre algo opuesta a los principios
del mismo Capmany. No lo expresamos así, porque no había para qué, y
porque creímos que para acusar de error en materia de lenguaje a un
hombre como Capmany, era necesaria una larga vida empleada en el
estudio de los autores clásicos. Con igual voluntariedad supone
nuestro crítico que el pasaje censurado era el de la pág. 15 de la
Oración inaugural, el cual copia y comenta a la larga para probar
que equivocamos su inteligencia. Trabajo perdido. El pasaje no es
ése, sino el de la pág. 2: ¿Os hablaré yo de los prodigios que en
todos tiempos ha obrado el lenguaje, inspirado por el genio, y
pulido por el trabajo?
Tampoco ha percibido el crítico el motivo que hemos tenido para dar
importancia a las citas de Meléndez. Al que autoriza con este poeta
la voz genio, y cree que esta palabra, según su uso moderno, expresa
algo más que ingenio, no se le podía citar en comprobación de lo
contrario autoridad más fuerte que la de Meléndez. Para probar que