BEGOÑA ARCE
LONDRES
Libros, fotos, conferencias, una obra de teatro y una comida en el pub The King Arms, fueron algunos de los actos con que los habitantes de Berkhamsted celebraron ayer el centenario del nacimiento de Graham Greene. Tres generaciones de la familia del escritor se habían dado cita en su pueblo natal, a las afuera de Londres.
Caroline Bourget, una de las hijas de Greene había llegado desde Suiza expresamente para la ocasión. Nacida en Oxford y criada en Canadá, fue ella la que cuidó de Greene durante los últimos años, hasta su muerte en 1991. Sus restos reposan muy cerca de su domicilio, en el cementerio suizo en Corseaux.
Caroline había traído de casa la colección de medallas honoríficas con que su padre fue galardonado en vida. Las condecoraciones, entre las que figuraban la de la villa de Madrid, formaban parte de la de la exposición montada por el centro cívico de Berkhamsted, como homenaje al novelista.
"Estoy descubriendo cosas sobre mi propio padre que desconocía", comentaba ayer Caroline, ojeando caricaturas, manuscritos y otros recuerdos personales de su progenitor.
OBRA VIGENTE
"Hoy lo que más me emociona es comprobar la inmensa popularidad de que sigue gozando la obra de mi padre en todo el mundo. Es una obra por la que no pasa el tiempo. Tanto su humor, como los conflictos morales sobre los que escribió siguen plenamente vigentes".Louise Dennys, sobrina de Greene, está segura de que el creador de
Nuestro hombre en la Habana hubiera tenido mucho que decir sobre la actual situación del mundo y el conflicto en Irak.
"El siempre estuvo muy preocupado por lo que definió como la peligrosa inocencia
con que Estados Unidos actuaba en el extranjero. Miraba con gran reticencia la política exterior americana a la que veía un lado muy destructivo", afirma Louise, que es editora y trabajó durante algún tiempo con su tío.
"El viajaba mucho --prosigue--
, sabía lo que pasaba y comprobó como actuaron los americanos en Vietnam y en Cuba. Ahora pensaría que nada ha cambiado si viera lo que sucede en Irak".SEGUIDOR CATALÁN
Desde hace siete años una asociación local, The Graham Greene Birthplace Trust, organiza por estas fechas un festival dedicado al autor y su obra. Esa es una cita que nunca se pierde el cirujano catalán Ramon Rami, quien descubrió al autor inglés en sus años de facultad cuando leyó
El factor humano.
"Venir aquí --dice--
es un peregrinaje y una vía de escape. Llego, estoy con gente con la que comparto la misma afición, me siento, escucho las charlas y disfruto", comenta este especialista en cáncer de pulmón del hospital de Terrassa.
Berkhamsted no traía buenos recuerdos a Greene y sólo volvió al lugar ocasionalmente. Aquí pasó una infancia poco feliz, origen según algunos estudiosos de muchos de sus posteriores conflictos anímicos. Su padre, Charles Henry Greene, fue el director de la escuela local, un precioso edificio de ladrillo rojo de 1895, transformado ayer en improvisada librería y salón de conferencias.
En una de las fotos de la exposición, el futuro novelista aparece en la escuela, con el resto de los alumnos, sentado a los pies de su padre.
"Al ser el hijo del director tenía que vivir en la casa que el colegio proporcionaba a su familia y debía comportarse impecablemente, por eso era tan infeliz", señala John Partridge, el responsable de la muestra.
"En este retrato se ve ya cómo tenía un problema de conflicto de lealtades, uno de los temas siempre latentes en sus novelas", añade.
Educado en la religión anglicana, Greene se convertiría al catolicismo cuando cumplió los 20 años. Entre las cartas personales sacadas ahora a la luz, hay una que dirigió a su esposa Vivienne, en julio de 1965, contándole un encuentro con Pablo VI.
"He tenido una audiencia con el Papa muy cordial. Se ha pasado todo el tiempo explicándole las razones por las que le gustan mis libros", decía en la misiva.
A Berkhamsted se acercó también el hombre que seguramente más sabe de Greene, Norman Sherry, quien acaba de publicar el tercer y último tomó de la biografía del autor, en la que ha estado trabajando casi 30 años. Sherry descubre en esta entrega final de más de mil páginas, algunos comportamientos muy poco católicos de Greene, como las relaciones con sus amantes y su reconocida pasión por las prostitutas de cualquier continente.
"Hubo momentos en que yo me enfadaba con él y otros en los que él se enfadaba conmigo, pero yo le adoraba", ha contado Sherry.
"En el fondo, a Greene sólo le preocupaba que contara realmente la verdad".
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