La primera cuestión que se podría plantear en una mesa redonda
sobre crítica literaria2 es la de su necesidad o legitimidad. Son muchos, en efecto, los que niegan todo papel a la crítica, diciendo que las
obras literarias se hicieron para que las goce ingenuamente el lector,
para que éste recree y reviva la intuición y la emoción del poeta,3 y que lo que hace el crítico es interponerse, como cuerpo opaco y
estorboso, entre la obra y el lector.
Lo que pasa, claro, es que hay críticos y críticos, de la misma
manera que hay lectores y lectores. De los nueve a los once años fui
yo lector fanático de Emilio Salgari sin que entre él y yo se
interpusiera ningún crítico (y para las lectoras fanáticas de Corín
Tellado cualquier crítico sería un estorbo). Pero a los veintidós años,
cuando leí por primera vez a Neruda, y a los veinticinco, cuando leí
por primera vez a Góngora, ¡qué útiles me fueron Amado Alonso y
Dámaso Alonso! La función exegética, sin honduras "filosóficas",
podrá ser una de las más elementales de la crítica, pero esa modesta
función puede resultar indispensable. El lector del siglo xvn leía el
Quijote sin ninguna ayuda exegética, pero no hay duda de que el del siglo XX necesita una buena edición anotada si es que quiere gozar
plenamente a Cervantes. Por otra parte, ¿cómo cerrar los ojos al hecho de que hay críticos malos, críticos torpes, críticos tontos?
Pero ésos no nos interesan ahora. Nos interesan los buenos, que
existen —y han existido siempre— no por otra razón que por su
utilidad en la república de las letras.
El buen crítico no estorba, sino ayuda, y su misión, entre
otras cosas, es de índole pedagógica, pues guía a los demás
lectores. El crítico es un lector, pero un lector más alerta y más "total", de sensibilidad más aguda: las cualidades de recepción del lector
corriente están como extremadas y exacerbadas en el lector especial
que es el crítico. Y éste, además, tiene una íntima necesidad de
comunicación: debe participar a otros la impresión recibida. Recrea,
en cierta forma, la obra del poeta; es una especie de creador. En el
poeta, la creación tiene un carácter absoluto: él no juzga. El crítico
sí juzga, pero en esta tarea no se apoya fundamentalmente en bases
científicas, sino en una intuición personal iluminada por la
inteligencia.
Si el poeta nos comunica una experiencia, una intuición intensa
—y sólo las verdaderas obras literarias son capaces de
comunicárnoslas—, el crítico nos comunica su experiencia del poema.
El creador original parte de la emoción suscitada en él por un hecho
de la naturaleza, de la humanidad, de su vivencia personal, de su
fantasía. El crítico parte, creadoramente, de su impresión de la obra
literaria. Si todo lector refleja, como un espejo, la experiencia artística
transmitida por el poema, el crítico, lector privilegiado, dotado no sólo
de mayor receptividad y de mayor sagacidad literaria, sino también
de la capacidad de comunicación, es un espejo mucho más fiel y
sensible, de más pronta respuesta. Y, además, un espejo mucho más
amplio, mucho más capaz de reflejar en toda su complejidad la esencia
de la obra. Las impresiones que en el lector ordinario son difusas e
imprecisas, se dan organizadas, coherentes y luminosas en el crítico.
El crítico será tanto más perfecto cuanto más perfectamente
sepa recibir y transmitir el modo peculiar de experiencia que se
manifiesta en el poema. Entre el crítico excepcional y el criticastro
hay una gama infinita, análoga a la que hay entre el poeta genial y
el poetastro. Lo que hace al gran poeta es su modo de experiencia
especialmente valioso, y además una extremada sinceridad, una
acrisolada fidelidad a su visión, y la capacidad creadora de
comunicarla; el poeta mediano es también sincero consigo mismo,
pero su modo de experiencia no se levanta mucho sobre el nivel común
de los hombres, o no logra expresarse perfectamente; y el mal poeta es
el no sincero, el que simula, el que se adorna con plumas prestadas,
el que pretende hacer pasar el cobre por oro. Así también, el gran
crítico es el que capta en su integridad el mensaje poético y expresa
robusta y sinceramente su experiencia del poema; el crítico
mediano es el que, aunque hable con sinceridad, no llega a
penetrar en el mundo del poeta; y el mal crítico es el que tuerce, el
que agranda o achica, el que deforma, el que traiciona.
He dicho que, en mi opinión, el crítico genial es el que puede
captar y comunicar el mayor número posible de las infinitas
dimensiones que hay en toda gran obra literaria, el que más se acerca
a la intuición creadora del poeta en toda su riqueza y complejidad,
agotándola en todos sus sentidos. Por eso una de las cumbres de la crítica literaria en lengua española es, para mí, el libro de Amado
Alonso sobre Residencia en la tierra de Pablo Neruda. Neruda nos transmite una visión peculiar de la vida, y Alonso su visión de esa
visión. No le hace falta decir siquiera que el modo de experiencia de
Neruda es valioso, que es él uno de los mayores poetas de nuestros
tiempos; no hace propaganda: le basta con formular precisamente,
armoniosamente, lo que nosotros apenas balbucearíamos. Pero esta
crítica total, exhaustiva, agotadora, es la excepción. Lo común son las críticas parciales. Parcial era hacia 1934, en España por lo menos,
la crítica según la cual García Lorca parecía no haber escrito más
que el romance de "La casada infiel". Y parcial también la crítica
gongorina anterior a Alfonso Reyes y a Dámaso Alonso, para la cual
Góngora valía por sus letrillas y obras ligeras, pero no por el
Polifemo y las Soledades. He aquí algunos otros tipos de críticas que podríamos llamar parciales: la que da una simple información sobre la
obra, la que se detiene en lo puramente biográfico, la crítica histórica (la
historia literaria, por ejemplo, pone juntos a Lope de Vega y a un
pésimo dramaturgo como Matos Fragoso), la crítica que estudia a los
autores en función de otros autores o de las ideas de su época, la que
descubre particularidades lingüísticas, la que explica pasajes oscuros, la
que revela las influencias sufridas por el poeta, la que analiza el
vocabulario, la versificación, los recursos estilísticos, las imágenes
por sí solas, la que se detiene en el contenido ideológico, filosófico,
ético, social, etcétera. La enumeración de estas críticas parciales no tendría fin. Casi todas están presentes en un libro como el ya citado de
Amado Alonso, pero su grandeza no está en la acumulación de ellas,
sino en la visión totalizante. Cierto es que, por lo común, debemos
contentarnos con críticas más o menos parciales, o, mejor dicho, con
esos elementos de la crítica. Porque el crítico, como el poeta, no da más de lo que puede dar.
Muchos de esos "elementos de la crítica" o "críticas parciales"
se fijan en los valores extraestéticos o se guían perjuicios aliterarios.
O sea que, en tales casos, no se puede hablar en rigor de crítica
literaria. Conviene insistir en esto. Hay muchas apreciaciones sobre poetas y escritores en las cuales hay ciertamente crítica, pero falta la
referencia a lo literario. Uno de los primeros juicios sobre la poesía en
el mundo occidental es el que hace Platón en su República. No hay
para qué citarlo aquí. Todos sabemos que Platón rechaza la literatura
por ser mentirosa y perjudicial. Juzga, pero sus criterios no son literarios,
sino intelectuales, éticos, políticos. ¿Demostró Platón que
Hornero o Sófocles eran artísticamente malos? No. Si acaso,
demostró que su lectura era dañosa en el Estado que él soñaba.
También Menéndez Pelayo hace crítica, pero no crítica literaria, cuando
desdeña ciertas obras de Juan de Valdés con la peregrina explicación de
que "la lengua castellana no se forjó para decir herejías", o cuando
condena malhumorada y tajantemente esa extraña obra maestra que es
la Lozana andaluza por su franqueza sexual tan sin tapujos. Los críticos marxistas de ahora suelen condenar de manera igualmente
tajante a los escritores que no se refieren a determinados aspectos
sociales. Y un sacerdote católico, en el último número de cierta revista
mexicana, viene a decir más o menos que los poemas que él escribe,
rebosantes de sentimiento religioso, son mejores que Muerte sinfín de José Gorostiza, porque éste es un poema ateo.
La crítica literaria, por supuesto, tiene que manejar
criterios extraestéticos, precisamente porque en las obras literarias
suele haber valores exíraliterarios. ¡Cuántas dimensiones hay en
Dante, en Shakespeare o en Cervantes que no son de orden puramente
estético! La comprensión total de Dante —y eso es ante todo la
crítica: comprensión— incluye también la comprensión de su
filosofía, de su cosmología, de su religiosidad, pero ninguna de estas
cosas constituye por sí ia grandeza de Dante. Una novela de Pérez
Caldos, Doña Perfecta, trata del problema de la intolerancia y el
oscurantismo; en nuestra apreciación total de Doña Perfecta tiene que
intervenir, pues, la apreciación de ese problema; pero si éste fuera el
único criterio, el libro de Galdós no se distinguiría de dos
insignificantes novelas que hacia la misma época, y sobre el mismo
tema, escribieron otros dos españoles, un tal G. de Villarminio y don
Gumersindo de Azcárate. Podemos añadir que para comprender
mejor a Pablo Neruda, sobre todo al Neruda posterior a Residencia en
la tierra, podría ser útil acudir no sólo al libro de Amado Alonso, sino
también a las críticas marxistas, las que subrayan y desnudan su
"mensaje" social.
La crítica de los autores del pasado es, en muchos sentidos, más
fácil que la de los contemporáneos. Tenemos en ella una perspectiva
adecuada y discernimos con bastante claridad el grano de la paja y lo
literario de lo aliterario. Matos Fragoso, en sus tiempos, pudo ser
preferido a Lope de Vega; pero no en los nuestros. Así también,
sabemos que Virgilio vale, desde el punto de vista literario, infinitamente más que Cicerón; que un poema de Hólderlin vale
estéticamente más que toda la obra de Fichte, por grande que sea la
importancia filosófica de Fichte, y un solo soneto de Sor Juana más
que todo cuanto escribió Sigüenza y Góngora.
Pero hasta la crítica de los autores del pasado raras veces es
total. No hay crítica que, en un momento dado, haga plena justicia a
todas las dimensiones, a todas las intuiciones creativas de un autor o una obra. Un crítico de los méritos de Me-néndez Pelayo menospreció
los grandes poemas de Góngora y alabó en cambio a muchas
modestas medianías de fines del siglo XIX.
El crítico ideal es, en efecto, una entelequia. El crítico real es un hombre de su época, y participa necesariamente de los ideales
estéticos, sociales, filosóficos de su tiempo: de las infinitas
dimensiones de la obra literaria toma sobre todo aquellas que
concuerdan con el espíritu de su siglo. Así, pues, para un hombre de
nuestros días la litada no es, no puede ser, lo que fue para la Antigüedad, lo que fue para el Renacimiento, para el siglo de Boileau,
para los tiempos de Goethe o para fines del siglo XIX: cada época ha
visto en ella, válidamente, aspectos distintos. Los cambios de
apreciación pueden observarse a veces en un mismo crítico: Dámaso
Alonso, después de sus estudios entusiastas y reveladores sobre
Góngora, declara ahora: "De 1927 a 1948 mucho ha variado nuestro
concepto del arte. Lope y Quevedo, sin duda, son hoy [...] los poetas del
siglo XVII que están más cerca de nuestro corazón".5
Estas consideraciones tienen que llevarnos a pensar en las
limitaciones de la crítica literaria: la crítica no es una ciencia exacta
y fría. Y en la crítica de los contemporáneos se hacen sentir más aún
esas limitaciones, a causa del estrechamiento del enfoque. El
mismo Sainte-Beuve se permitió desdeñar a tres de sus más
grandes contemporáneos (Stendhal, Balzac y Baudelaire), quizá
por pereza, quizá por imposibilidad de adaptar su visión a modos
artísticos desusados. En cambio, los críticos contemporáneos de
Campoamor veían fielmente reflejados los ideales de su tiempo y de
su sociedad en los versos de ese hombre que para nosotros casi no
merece llamarse poeta, y lo juzgaban, con absoluta honradez, como
"Shakespeare, Hornero y la Biblia, todo uno".
Sin embargo, no por esas limitaciones debe renunciar la crítica a
su misión. Y creo que la misión más urgente de la crítica, aquí y ahora,
en el México contemporáneo, es justamente discriminar lo valioso de
lo menos valioso, precisar lo que es poesía y lo que es chapucería.
"El crítico debe o debería indicar al público cuáles son las
auténticas obras literarias, debería apartarle de las groseras
simulaciones. Más aún: le debería explicar, en lo posible, la índole y la
fuerza de la intuición estética suscitada por cada obra" (Dámaso
Alonso). La tarea no es fácil; pero el crítico, digámoslo así, tieneque apostar, tiene que comprometerse. Pero apostar honradamente, y comprometerse con la verdad, es decir, con los valores auténticamente
literarios.
En resumen:
1. La crítica literaria es una comprensión más clarividente de
la obra literaria. Significa un aumento de conocimiento intuitivo. Si la
literatura es vida, la crítica es un aumento de vida.
2. La crítica más alta es la que comprende y transmite la
totalidad de las dimensiones de la obra, y éste es el ideal a que debe
acercarse el crítico.
3. Las críticas parciales (la biográfica, la histórica, la lingüística,
la ideológica, etcétera) no se sostienen por sí: son sólo
elementos, más o menos valiosos, de la verdadera crítica literaria.
4. En el fondo, la crítica literaria está unida por mil hilos a
5 A Borges le sucedió lo contrario que a Dámaso Alonso: en los últimos años de su vida no fue ya Quevedo. sino Góngora. su poeta español preferido. (Nota de 1993.)
disciplinas extraestéticas, y el más breve e incompleto fragmento de
lírica representa, en su ritmo y en su imagen, la expresión de una
relación determinada con el mundo. Pero esta relación, por sí misma,
no es la que determina la calidad literaria.
5. La crítica de los contemporáneos es más difícil e infinitamente
más expuesta a error que la crítica de los autores del pasado.
Pero el crítico tiene que cumplir de todas maneras su misión. El
juzgar a los contemporáneos tiene algo de apuesta, pero es preciso
hacerla, con la mayor honradez posible.
Hasta ahora no me he referido en concreto a la crítica literaria enMéxico. Ello se debe a que creo en la universalidad de la crítica. Su esencia, sus necesidades, sus peligros, son aquí los mismos que en
todas partes. Hablar de los problemas de la crítica en general es
hablar de los problemas de la crítica en México. Me parece
conveniente, sin embargo, señalar escuetamente los principales
defectos y escollos de la crítica literaria entre nosotros. Son, en mi
opinión, los siguientes:
1. El dilettantismo. El crítico no se improvisa, porque no es un lector ordinario. El crítico debe tener no sólo una sensibilidad más aguda,
sino también una experiencia mucho más rica, mayores conocimientos
de teoría literaria y lecturas muchísimo más amplias de lo escrito
ahora y en el pasado, en México y fuera de México.
2. El nebulismo. Me refiero con esta palabra a la nebulosidad e imprecisión de gran parte de la crítica mexicana, a su falta de rigor
y concreción. La crítica, como muchos han observado, suele quedarse
en el aire, en conversaciones del café, en chismes de la calle o del
círculo de amigos. Y la misma crítica escrita suele estar tan llena de
eufemismos, de circunloquios y frases vagas, que nada le dice al
lector. El crítico debe tener el valor de ser honrado. Debe
comprometerse y cumplir el compromiso contraído con la literatura.
3. El doctrinarismo. El primer compromiso de la crítica literaria,
vuelvo a repetir, es su compromiso con la literatura. La literatura es
un valor sustantivo, no una cobertura de algo que sería "lo que de
veras vale la pena". El enfoque de la crítica literaria no debe ser,
pues, el mensaje, el contenido social, filosófico, político o religioso de
la obra. (No es absurdo pensar en la posibilidad de que la poesía de
Gorostiza sea inferior, en efecto, a la de su crítico católico; pero la
razón no podría ser la presencia de lo religioso en los poemas de este
último, sino la mayor intensidad de los valores creativos y expresivos,
la cual debería demostrarse.)
4. El cuatachismo. La llamada crítica literaria de muchas de nuestras revistas no es más que una excelente organización de
elogios mutuos, como alguien la ha bautizado, con frase feliz.
Manifestar simpatía por el autor, elogiarlo, no es hacer crítica
literaria (como tampoco manifestarle antipatía o insultarlo). El
crítico debería tener en cuenta que la mejor manera de servir a sus
amigos es hacer juicios sinceros de sus obras. Los poetas y los
críticos mexicanos deben concebir la crítica literaria como la libertad
de ayudarse e iluminarse unos a otros.