Naishapur, patria de turquesas y espadas, lo fue de Omar Jaiyám y el quinto siglo de la hégira fija su nacimiento en el tiempo. Omar fue astrónomo y poeta y su actividad fue igualmente ilustre en la observancia de los siete cielos del mundo -no regía entonces el espacio estelar que hoy nos raya el pecho de infinitud- y en la dicción de las soltadizas imágenes que privilegian la lírica del Islam. Supo de rendimiento de discípulos y en torno suyo los rostros juveniles fueron claros como las numerosas luces de un candelabro. Vivió en alegre y estudiosa quietud. Una leyenda lo figura paseándose con un discípulo en un jardín y diciéndole: Mi sepulcro estará en paraje sobre el cual el viento del norte desparramará muchas rosas... Años después, yendo el joven a visitar la tumba del maestro, la encontró en las afueras de un vergel, casi perdida entre las rosas que de la cercana tapia llovían. E. Fitzgerald, su encarnador en la visión de Inglaterra, fue un hombre admirable y callado, que vivió siempre en la intimidad de las letras y en la desconfiada inacción de su recato espiritual. Las datas de 1809 y 1883 limitan su vivir. Fue un nostálgico en quien el pensamiento de la fugacidad temporal era un deleite y una pena: le gustaba sentir con lejanía, tendiendo redes de recuerdo a los años pretéritos y anticipándose al futuro, para que el presente asumiese toda la dulce irreparabilidad del pasado. Fue un gustador de Scott, de Virgilio, de Cervantes y de Montaigne, y a Victor Hugo y a Carlyle los justipreció, despreciándolos. Ha dejado un epistolario digno y sutil, unas versiones libres de obras de Calderón y de Sófocles y el inglesamiento de Omar, que puede ya vanagloriarse de eterno.
La veracidad de esa traducción ha sido puesta en tela de juicio, no su hermosura. La diferencia entre ambos textos es la que sigue: Las estrofas de Omar Jaiyám son entidades sueltas, no reunidas por otro enlazamiento que el de su origen común y sucediéndose al acaso del orden alfabético de las rimas. La versión de Fitzgerald es un poema, esto es, una entidad en la que el Tiempo late fuertemente, apasionando la contemplativa quietud que -al decir certero de Hegel- caracteriza el arte oriental.
Dramatizó el inglés en aventura romántica, las expresiones líricas y puso en su comienzo la primavera -río que baña nuestro pecho, río azul y alargado- y en su remate los atributos de la noche y la sombra. Las licencias restantes que practicó -las interpolaciones, el emplazar la imagen helénica del arquero, donde el persa describió al sol lanzando la mañana como un lazo sobre las
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azoteas, la blasfemia final- son lacras perdonables. La total hermosura de su obra las esconde con levedad.
La versión española que publicamos es un verídico trasunto de la cumplida por Fitzgerald. A semejanza de los iránicos rubayaty los quatrains ingleses está compuesta de cuartetos endecasílabos, si bien ha reemplazado con asonantes (en el segundo y cuarto verso) la aguda rima que rige en ellos todas las líneas, con exclusión de la penúltima: proceder que justifca la mayor sonoridad de nuestro lenguaje. Es opinión del traductor que en inglés se oyen amortiguadas las rimas. Soy partícipe de ella y recuerdo oraciones del Urn Burial (libro quizá igualado pero no superado en lengua alguna por la nobleza de su música) donde más de cinco palabras terminadas en ion no bastan a infringir la serenidad de una cláusula. Dos motivos hubo en mi padre, cuya es la traducción, que lo instaron a troquelar en generosos versos castellanos la labor de Fitzgerald. Uno es el entusiasmo que ésta produjo siempre en él, por la soltura de su hazaña verbal, por la luz fuerte y convincente de sus apretadas metáforas; otro la coincidencia de su incredulidad antigua con la serena inesperanza que late en cuantas páginas ha ejecutado su diestra y que proclama su novela El caudillo con estremecida verdad.
EDWARD FITZGERALD
De Edward FitzGerald (1809-83) podría decirse que fue un gran poeta menor. Se educó en Cambridge; llevó una vida retirada, ociosa y modesta, sin otra tarea que la de trabajar infinitamente sus versos y escribir a sus amigos. Su talento necesitaba un estímulo ajeno, cuanto más inaccesible mejor. Tradujo, sin mayor felicidad, dramas de Calderón y de Eurípides. En 1859 publicó anónimamente la breve obra que le daría fama imperecedera: las Rubaiyat de Omar Khayyám. Omar Khayyám fue un distinguido astrónomo persa del siglo XI que, al margen de su obra matemática, dejó un centenar de coplas sueltas, rimadas a, a, b, a. FitzGerald hizo con ellas un poema traduciéndolas libremente y poniendo al principio las estrofas que se refieren a la mañana, a la primavera y al vino y, al fin, las que hablan de la noche, la desesperación y la muerte.