En Alemania se propende a juzgar la literatura clásica de los persas por el influjo de esa literatura en el ecuménico Goethe (cuya más notoria virtud fue la hospitalidad con que recibió todos los influjos); en Inglaterra, por las Rubaiyat de Fitzgerald, que tienen menos de versión literal que de rapsodia autónoma, aunque su pleno goce parece requerir de nosotros el recuerdo de Omar y el olvido, siquiera momentáneo, del traductor. En todas las naciones occidentales, el nombre de Hafiz, con su connotación de jardines, de mañanas, de ruiseñores, de rosas y de lunas, es un sinónimo perfecto de la locución poesía persa. Emerson, hacia 1876, profetizó que no sería menos preclaro el nombre de Attar y tradujo la última escena de su Coloquio de los pájaros, según la versión alemana (Viena, 1818) de Hammer-Purgstall. Farid al-Din Attar nació en el siglo doce de nuestra era, cerca de la ciudad de Nishapur, «patria de turquesas y espadas». El poeta Katibi, autor de la
Confluencia de los dos mares, diría unos trescientos años después: «Como Attar, yo soy de los jardines da Nishapur, pero yo soy la espina de Nishapur, y él era la rosa». Attar peregrinó a la Meca; atravesó el Egipto, Siria, el Turquestán y el Norte del Indostán; a su vuelta, se consagró con fervor a la contemplación de Dios y a la composición literaria. Ha dejado ciento veinte mil dísticos; sus obras se titulan Libro del ruiseñor, Libro del consejo, Libro de los misterios, Libro del conocimiento divino, Memorias de los santos, El rey y la rosa, La declaración de las maravillas y el extraño Coloquio de los pájaros (Mantiq al-Tayr). Lo mataron los soldados de Tule, hijo de Zingis Jan, cuando Nishapur fue expoliada. A través de versiones fragmentarias, el argumento del Mantiq al-Tayr me parece muy superior a su laberíntica y lánguida ejecución. El remoto rey de los pájaros, el Simurg, deja caer en el centro de la China una pluma espléndida; los pájaros resuelven buscarlo, hartos de su antigua anarquía. Saben que el nombre de su rey quiere decir treinta pájaros; saben que su alcázar está en el Kaf, la montaña circular que rodea la tierra. Acometen la casi infinita aventura; superan siete valles, o mares; el nombre del penúltimo es Vértigo; el último se llama Aniquilación. Muchos peregrinos desertan; otros perecen. Treinta, purificados por los trabajos, pisan la montaña del Simurg. Lo contemplan al fin: perciben que ellos son el Simurg y que el Simurg es cada uno de ellos y todos. (También Plotino -Enéadas, V. 8, 4- declara una extensión paradisíaca del principio de identidad: Todo, en el cielo inteligible, está en todas partes. Cualquier cosa es todas las cosas. El sol es todas las estrellas, y cada estrella es todas las estrellas y el sol). El Mantiq al-Tayr ha sido vertido al francés por Garcin de Tassy; al inglés por Edward Fitzgerald; para este resumen he consultado la monografía de Margaret Smith y el tomo décimo de las 1001 Noches de Burton. De las hagiografías que componen el
Tadhkirat al-Auliya (Memorias de los santos) copio esta breve narración terapéutica: «Abú Husayn Nurí se enfermó; Yunayd le trajo rosas y fruta. Poco después, Yunayd se enfermó; Abú Husayn Nurí fue a verlo, acompañado por sus discípulos. Que cada uno de vosotros, les dijo, tome sobre sí una porción del mal de Yunayd. Los discípulos contestaron Así lo haremos y Yunayd se levantó sano y bueno. Entonces Abú Husayn Nurí le dijo: Eso hubieras debido hacer conmigo, en lugar de traerme flores y fruta». Los historiadores refieren que en los últimos años de su vida (que alcanzaron a ciento diez) Farid al-Din Abú Talib Muhámmad ben Ibrahim Attar renunció a todos los placeres del mundo, incluso la versificación.