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 LITERATURA DE LA INGLATERRA SAJONA

Historia y curiosidades literarias  
Una sola vez, que sepamos, y en un catálogo de tribus menores, escribió la pluma de Tácito el nombre de los anglos, que resonaría después en el de Inglaterra (Englaland, England). Leemos así en el capítulo cuarenta de su Germania: «Amparados por ríos o por selvas viven los reudignos, aviones, anglos, varinos, eudoses, suardones y nuitones. Nada singular hay en estas tribus salvo el culto de Nerthus, es decir, de la tierra madre, que según su fe interviene en las cosas de los hombres y anda entre las gentes. En una isla del océano hay un bosque sagrado llamado Casto y en el bosque un carro cubierto por un velo; sólo un sacerdote puede tocarlo y sentir la presencia de la diosa en el santuario secreto. El carro es tirado por vacas y seguido con mucha reverencia. Son días alegres y regocijados, y lugares de fiesta, todos aquellos donde tiene por bien llegar y hospedarse. No hay guerras, ni se toman las armas, que se guardan en un lugar seguro; la paz y la quietud prevalecen, hasta que el sacerdote devuelve la diosa a su templo, cansada del comercio y de los hombres. En un lago secreto lavan el carro, el velo y, si os place creerlo, a la propia diosa. Los esclavos que cumplen este quehacer son arrojados a las aguas del mismo lago. De aquí les viene a todos un arcano terror y una santa ignorancia de lo que sólo ven los ojos de los que están por morir.»
 Esto escribió Tácito en el siglo primero de la era cristiana; unos cuatrocientos años después, anglos, jutos, sajones y acaso frisios, invadieron la provincia romana de Britania, que luego se llamaría Inglaterra. Procedían de Dinamarca, de los Países Bajos y de la desembocadura del Rhin; eran hombres del Mar del Norte y del Báltico y conservaron durante siglos la memoria y la nostalgia de esas regiones. Los jutos eran mercenarios; los sajones una confederación de piratas; de los anglos se dice que todos emigraron a Inglaterra y que sus tierras, al sur de Dinamarca, quedaron desiertas. Fundaron en Inglaterra pequeños reinos y no tardaron en pasar del culto de Woden al de Cristo, pero siguieron fieles a su lengua y a sus tradiciones. No se establecieron en las ciudades romanas que conquistaron; las abandonaron a la soledad y a la ruina. En su avance los guerreros no siguieron las carreteras; prefirieron marchar a campo traviesa. Las ciudades y los caminos eran demasiado complejos para esos hombres del mar y de la selva.
 Los textos más antiguos destacan el carácter sanguinario de la conquista. Gildas el Sabio escribe: «Una multitud de cachorros salió de la guarida de esta leona bárbara, Germania, en tres naves de guerra, con las velas henchidas por el viento y con presagios y profecías favorables. El fuego de la ira, justamente encendido por crímenes anteriores, corrió de mar a mar, alimentado en el Oriente por las manos de nuestros enemigos, y alcanzó el otro lado de la isla y hundió su roja y salvaje lengua en el océano occidental. Algunos, apresados en las montañas, fueron asesinados; otros, forzados por el hambre, ofreciéronse como esclavos, a riesgo de una muerte inmediata, que hubiera sido la mayor merced para ellos; otros atravesaron los mares; otros, confiando su salvación a las montañas, precipicios, forestas y a las rocas del mar, se quedaron en su país, pero con tembloroso corazón.»
 Gildas habla de quienes atravesaron los mares; se refiere a aquellos britanos que, huyendo de los sajones, buscaron refugio en la provincia de Armórica, que hoy lleva el nombre de Bretaña. Las tres naves pueden simbolizar las naciones que conquistaron a Inglaterra; Gibbon prefiere pensar en centenares de canoas y en un largo proceso de invasiones y migraciones, que acaso abarcó un siglo y que no puede haber obedecido a una sola operación militar. Agrega que la situación de los invasores «los predisponía a abrazar las azarosas profesiones de pescador o de pirata, y que el éxito de sus primeras aventuras despertaría la emulación de sus más valerosos compatriotas, hartos de la sombría soledad de sus bosques y de sus montañas».


 El filósofo danés Otto Jespersen juzga que el anglosajón, como el frisio, ocupa un lugar intermedio entre las lenguas germánicas occidentales y las escandinavas. La geografía justifica esta hipótesis; ya hemos visto que buena parte de los invasores germánicos procedían de Dinamarca y del territorio limítrofe de Schleswig-Holstein. La expresión lengua anglosajona, hoy habitual, ha sido interpretada de dos maneras: se ha dicho que es la lengua de los sajones y de los anglos; más verosímil es suponer que sirvió para distinguir el idioma de los sajones de Inglaterra, del idioma de los sajones continentales. Inglaterra, en la época medieval, llevó alguna vez el nombre de Seaxland (Sajonia); el idioma siempre se llamó englisc (inglés). La palabra inglés es anterior a la palabra Inglaterra.

 El inglés antiguo, idioma de duras consonantes y vocales abiertas, era más sonoro y más áspero que el moderno, que ha ido limando sus aristas. Incluía grupos consonánticos, hoy desaparecidos; pan, que ahora es loaf, era blaf; relinchar, que ahora es to neigh, era hneagan; sortija, que ahora es ring, era bring; ballena, que ahora es whale, era hwael. La estructura gramatical era muy compleja; había tres géneros gramaticales (como en alemán o en latín), cuatro casos y numerosas conjugaciones y declinaciones. Al principio el vocabulario era puro; después recibió palabras escandinavas, celtas y latinas.
 En la literatura anglosajona, como en las otras, la aparición de la poesía es anterior a la aparición de la prosa. Cada verso tiene un número indeterminado de sílabas y se divide en ddos secciones, cada una con dos acentos ritmicos. No hay rima ni siquiera asonancia; el principal elemento del verso es la aliteración, es decir, la sucesión de palabras que empiezan con la misma letra, generalmente tres en cada línea (dos en la primera mitad y una en la segunda). Las vocales aliteraban entre sí; es decir, cualquier vocal aliteraba con cualquier otra. El hecho de que los acentos rítmicos fueran cuatro y las aliteraciones tres, sugiere que lo primordial eran los acentos y que las aliteraciones servían para marcarlos. Esta regla, bastante rigurosa en los textos clásicos, fue descuidándose con el tiempo. La lengua anglosajona ha muerto, pero el placer de aliterar perdura en el inglés, no sólo en las locuciones (safe and sound, fair or foul, kith and kin, fish, flesh or fowl, friend or foe), sino en los titulares del periodismo y en el lenguaje comercial (pink pills for pale people). A fines del siglo XVIII, Coleridge, en su Balada del viejo marinero, combinó rima y aliteración en la estrofa:
 
 The fair breeze blew, the white foam flew,
 The furrow followed free,
 We were the first that ever burst
 Into that silent sea.
 
 Los nombres habituales de las cosas no siempre se prestaban a la obligación de aliterar; fue necesario reemplazarlos por palabras compuestas, y los poetas no tardaron en descubrir que éstas podían ser metáforas. Así, en el Beowulf, el mar es el camino de las velas, el camino del cisne, la taza de las olas, la ruta de la ballena; el sol es la candela del mundo, la alegría del cielo, la piedra preciosa del cielo el arpa es la madera del júbilo; la espada es el residuo de los martillos, el compañero de pelea, la luz de la batalla; la batalla es el juego de las espadas, la tormenta de hierro; la nave es la atravesadora del mar; el dragón es la amenaza del anochecer, el guardián del tesoro; el cuerpo es la morada de los huesos; la reina es la tejedora de paz; el rey es el señor de los anillos, el áureo amigo de los hombres, el jefe de hombres, el distribuidor de caudales. En las vidas de santos, el mar es asimismo el baño del pez, la ruta de las focas, el estanque de la ballena, el reino de la ballena; el sol es la candela de los hombres, la candela del día; los ojos son las joyas de la cara; la nave es el caballo de las olas, el caballo del mar; el lobo es el morador de los bosques; la batalla es el juego de los escudos el vuelo de las lanzas; la lanza es la serpiente de la guerra; Dios es la alegría de los guerreros. En la balada de Brunanburh, la batalla es el trato de las lanzas, el crujido de las banderas, la comunión de las espadas, el encuentro de los hombres. El manejo de estos sinónimos que, con el tiempo, llegaron a ser convencionales era de rigor entre los poetas. No mencionar directamente las cosas era casi un deber.
 Aisladas del contexto y enumeradas, estas metáforas parecen muy frías; no hay que olvidar que las favorecía la melodía del verso. Además, en el original eran más breves que en español; cada una de ellas constaba de una sola palabra compuesta y era sentida como una unidad. Así, la metáfora que trabajosamente da en español «encuentro de las lanzas», era en anglosajón garmitting. Las palabras compuestas son una formación natural dentro de los idiomas germánicos; en alemán se dice Fingerhut (sombrero del dedo) por dedal, Handschuh (zapato de la mano) por guante y Regenbogen (arco de la lluvia) por arco iris.


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