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 LEER, ¿PARA QUÉ?

Columnas de prensa y conferencias
LEER, ¿PARA QUÉ?
Constantino BÉRTOLO

      Aun sin ánimo alguno de hacer Historia parece evidente que nunca la lectura ha gozado de tan unánime encomio en nuestro país. Y en tal loa se aúnan aquellas instancias sobre las que tradicionalmente ha recaído el juicio sobre la actividad de leer –la escuela, la Iglesia, el Estado-, los sectores histórica e intrínsecamente interesados –lo que bien podríamos llamar la intelligentzia cultural del país- y, muy recientemente, pero con gran ímpetu, lo que podemos llamar la inteligencia mercantil: la industria del ocio y sus servicios adyacentes.
      No deja de ser curioso que el énfasis social del encomio recaiga sobre la actividad tomada en abstracto: leer, sin apenas ninguna referencia concreta acerca de qué leer, su por qué o su para qué. Los argumentos para el fomento de la lectura –lectura de textos literarios- son múltiples y variados paro a grandes trazos se pueden agrupar bajo tres rótulos: la lectura como medio de entretenimiento, la lectura como conocimiento y la lectura como vehículo de cultura.
      Leer para entretenerse es un argumento que se utiliza con énfasis de evidencia: leo para entretenerme. Sin embargo, las dificultades comienzan cuando se trata de buscar qué hay debajo de ese entretenerse. Si consultamos el diccionario de la Real Academia veremos que en la salida del término se encuentran las siguientes acepciones: “Distraer a alguien impidiéndole hacer algo. 2. Hacer menos molesta y más llevadera una cosa. 3. Divertir, recrear el ánimo de uno. 4. Dar largas, con pretextos, al despacho de un negocio”. Como vemos, en la primera y la cuarta acepción subyace una conciencia difusa de que leer no es un quehacer, sino todo lo contrario: un dejar de hacer. Por recrear el ánimo debe entenderse la acción de lograr que éste se sienta satisfecho consigo mismo. Divertir, en ese sentido, sería alcanzar el contentamiento propio. Lo cual presupone un descontento anterior, una carencia.
      De lo hasta aquí expuesto se desprende que quienes, por mor de entretenimiento, nos incitan a la lectura, o bien quieren que dejemos de hacer aquello que tenemos que hacer, o bien, conscientes de algún descontento que nos atenaza, desean que satisfagamos nuestra carencia con un sucedáneo: la lectura, fomentando así la irresponsabilidad y el autoengaño.
      Si volvemos a ese entretenerse como hacer menos molesta y más llevadera una cosa, cabría pensar si esa cosa es una tarea (trabajar ocho horas en una oficina), una situación (el desamor, el paro) o una condición (la mortalidad del hombre), y sólo en función de que esa tarea fuera buena (encaminada al bien común), esa situación inevitable e involuntaria y esa condición irreductible, podríamos decir que ese entretener sería deseable. En cualquier caso, lo que se nos estaría proponiendo so capa de entretenimiento es lo que en castellano recto deberíamos llamar falso consuelo.
      Irresponsabilidad, autoengaño y falso consuelo no parecen argumentos muy válidos para una defensa de la lectura. Pero supongamos –y alejemos así cualquier acusación de calvinismo- que, dada la frágil condición humana, pueda ser bueno para el hombre poder en alguna ocasión ser irresponsable (descansar de la seriedad), o autoengañarse (descansar de uno mismo), o darse falso consuelo (en medio de un pasar del tiempo que pasar hacia la muerte). Desde tal suposición –que por conveniencia o convencimiento parece estar muy extendida- ese entretenerse recobra cierta validez, pero no deja por eso de enseñar sus insuficiencias. Porque: ¿qué es lo entretenido? Y en el caso que nos atañe: ¿qué lectura, de qué libro, es la más entretenida? Lo entretenido es una cuestión de preferencias, y, por tanto, si las instancias y grupos sociales que abanderan ese fomento abstracto de la actividad de leer no definen preferencias –lean esto mejor que lo otro-, lo único que están fomentando es el todo vale y el arréglatelas como puedas. Y lo malo del todo vale es que lo que en verdad encubre es que no todo vale lo mismo, que lo que más vale es lo que más se hace valer, es decir, lo que más se promociona. Entretenerse escondería así su verdadero rostro: la aceptación de los valores dominantes.
      La lectura como medio de conocimiento constituye otro de los grandes ejes de la argumentación a favor de la lectura. Por medio de ella, se argumenta, conocemos mundos y vidas a los que no podríamos tener acceso de otra forma. Es evidente que la lectura puede proporcionar esquemas o pautas para el conocimiento de los mecanismos de las relaciones humanas, la creación, manipulación y uso de los sentimientos, o para el análisis de las relaciones de poder dentro de una sociedad, Aunque también es evidente que la validez de tales conocimientos estará en función de la calidad de los textos leídos, de ahí que la defensa de la lectura por la lectura –sin especificar criterios o títulos concretos- no deja de ser un eslogan confusionista.
      Se podrá alegar que en cualquier caso todas las lecturas enseñan, que en todas las lecturas se incorporan conocimientos y que desde ese entendimiento no hay lectura mala. Tal postura responde a un concepto cuantitativo –economicista en el fondo- del conocer que ignora o niega que el conocer humano es un conocer para la acción y que la bondad de toda acción viene determinada por su sentido.
      La tercera línea de argumentación a la que se acude para ese encomio de la lectura del que venimos hablando reside en su entendimiento como instrumento de acceso a la cultura, y por eso convendría delimitar el contenido de tan evasivo término. Al menos hasta el siglo XVII cultura era el nombre de un proceso: la cultura (cultivo) de algo: de la tierra, de los animales, de la mente. En el siglo de la Ilustración, y a través de un proceso de contaminación en el que ocupa un papel relevante la aparición del término civilización, la cultura pasó a describir un estado, un estadio en el desarrollo humano y así había personas cultas o incultas del mismo modo que había países civilizados y países salvajes o no civilizados. Pasó así a ser algo conmensurable desde el punto de vista cuantitativo: se tenía mucha, poca o ninguna cultura. L cultura ya no era, por tanto, el proceso de cultivo y cuidado de las facultades humanas –la imaginación, la prudencia, la inteligencia- sino un resultado, es decir, un “capital”, una suma de bienes conmensurables y, por tanto, factibles de ser mercantilizados, al modo que hoy se habla, por ejemplo, de la necesidad de contar con “una cultura empresarial”. Cierto que el romanticismo introdujo, a modo de contrarréplica, una propuesta semántica diferente para el concepto de cultura. Frente a esa cultura como algo “exterior”, el movimiento romántico propuso un entendimiento de la cultura como un proceso de desarrollo “interior”, o “espiritual”, o “íntimo”. Acceder a la cultura seria, por tanto, conocer aquello que hay que conocer (la cultura como conocimientos) y sentir aquello que hay que sentir (la cultura como vida interior).
      Desde esta perspectiva, el encomio de la lectura en cuanto vía de acceso a la cultura lo que traduce es una doble imposición social: lo que hay que leer –sentir- en lo que se lee. La primera imposición reflejaría la pertinencia ilustrada, mientras que la segunda recogería la pertinencia romántica. Lo curioso es que el encomio general de la lectura del que venimos hablando escamotea la necesidad de pronunciarse sobre una u otra cuestión –qué leer, qué sentir- y en aras de una pretendida neutralidad deja la contestación a ambas preguntas en manos del mercado cultural, en manos de lo que hay, y su aparente no-imposición se revela así como una imposición sumamente eficaz en cuanto que tira la piedra y esconde la mano. La mano invisible.




 
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