Por propaganda se entiende la difusión de mensajes cuyo contenido es de
carácter ideológico, con el propósito de que el público meta comparta su
adhesión, convencimiento o simpatía, o para causar en él comportamientos
o actitudes deseadas. El contenido ideológico puede referirse a convicciones
políticas, religiosas o morales; y se expresa, por lo general, como versiones
simplificadas y exageradas de la realidad o de la realidad deseada. No
puede decirse que sus mensajes sean verdaderos ni falsos, pues, con
frecuencia, son combinación de ambos elementos; mezcla de hechos con
ideales y aspiraciones, de contrastes maniqueistas e historias de bronce. O
puede ser la ironía, la ridiculización o la denostación de un adversario real o
imaginario, que invariablemente representa sujetos con intereses contrarios
a la idea que se defiende.
No es que toda película sea propaganda, afirmación, aunque extrema,
habría que considerar como posible; pero sí que en casi todas podemos
encontrar algún contenido propagandístico, sea de un modo abierto o sutil,
de manera argumentativa o emotiva; a través de palabras o de imágenes.
Toda película que trate del aborto, por ejemplo, necesariamente pasa por la
lectura del público que juzga si está "a favor" o "en contra" de este acto, y
el realizador es consciente de que eso ocurrirá. En infinidad de películas
vemos el tratamiento de temas como la equidad de género, la promoción de
los derechos humanos, las bondades del sistema democrático, la justicia
garantizada por el Estado de derecho; o vemos las expresiones opuestas a
éstos, como el maltrato a la mujer, la violación de los derechos humanos, el
terrorismo y el crimen organizado. En todos los casos el realizador tiene una
posición y un tratamiento del tema para decírselo al público. Hay películas
en las que triunfan los delincuentes y los argumentos celebran que así sea,
quizá porque consideran que el sistema jurídico es corrupto o porque
justicia y legalidad no tienen una necesaria correspondencia; o, en
contraparte, muchas otras películas identifican la justicia y el bien con las
instituciones del Estado, por lo que al final el delincuente es encarcelado o
asesinado ("ajusticiado"). En cada caso el realizador tiene una idea distinta
sobre esos valores y la manera de narrarlos.
Algo más, el producto cinematográfico es relativo a su metapropaganda. En
muchas películas se justifica la violencia, y esa justificación es propaganda
pura; razonable o no, compartible o no, pero ese argumento es, con
frecuencia, la diferencia entre una película llamada "de acción" y una gore,
lo que quiere decir que la narración está subordinada a la posición personal
del realizador respecto a la historia y la manera en que decide contarla. Por
eso, una película gore está exenta de propaganda, porque no justifica la
violencia; es, simplemente, la violencia por sí misma. Como una película
pornográfica, cuya cualidad definitoria es que no justifica las escenas de
relaciones sexuales explícitas, se presentan porque sí, sin tramas pasionales
ni interés económico; con todo y que se presenten situaciones fantasiosas,
es puramente hedonista, pues no hay en ella otra intención que la de
mostrar esas escenas. En cualquier película matar a un terrorista o arrojar
una bomba atómica sobre una población civil tiene un argumento
propagandístico sin el cual sería obscenidad. La diferencia cinematográfica
entre el asesinato y la legítima defensa es, casi siempre, un argumento
propagandístico,
Habiendo hecho estas consideraciones generales, el tema específico es que
el centenario del nacimiento de la bailarina, actriz, cineasta y fotógrafa
alemana Leni Riefenstahl y la realización de una película sobre su vida por la
estrella norteamericana Jodie Foster, vuelven a causar polémica sobre su
participación con el régimen nacionalsocialista y su cine de propaganda,
discusión que se aleja cada vez más de su valor artístico y se restringe al
juicio moral. Con este pretexto, en las siguientes líneas hacemos una
revisión de la victoria y derrota simbólica del nacionalsocialismo en
productos cinematográficos.
Héctor Villarreal