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 EL JAGUEY DE LA VIRGINIDAD (Joce G. Daniels G.)

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El jagüey de la virginidad


En Pueblo Bonito[1], un caserío abandonado  por Dios y por el Gobierno, ubicado a orillas de Yuma, el río del país amigo como  llamaban los valientes y heroicos chimilas al majestuoso Río Grande de la Magdalena, se encuentra el Jagüey de la Virginidad, que según cuentan sus habitantes y dan testimonios muchas féminas, a pesar de la incredulidad de la gente, tiene la particularidad de devolver la virginidad todas las veces que una mujer quiera recuperarla.
La leyenda del Jagüey de la Virginidad se remonta a principios del siglo anterior, cuando Pura Virginia,  una joven campesina que se encontraba caminando por el bosque, buscando mariposas azules, de esas que llenan los jardines de melodías y trinares, fue  desflorada por un grupo de maleantes citadinos  que desde hacía rato la atisbaban. Después de semejante desgracia que le truncó su entrada triunfal al mundo de las primaveras, deambuló durante varios días caminando, soportando su dolor y teniendo como únicos testigos de su desventura a los animales salvajes que trataban de consolarla con su gruñidos y canturreos. Fue el  anciano Josenel, shamán sobreviviente de los antiguos malibúes, que andaba con una cornamusa encantada llenando la naturaleza de melodías, quien le contó sobre las bondades y virtudes  curativas de la charca. Debía hacerlo en noche de plenilunio después de la Danza Lunar.
-Después de la Danza de la Luna, siguiendo los ritmos y melodías de mi caña de millo te sumerges en sus aguas cuando esté la noche  en el plenilunio, y así según la leyenda de mis ancestros, recuperarás la honradez y la lozanía, le dijo.
Desde esos tiempos hasta nuestros días, son muchas las historias que se han tejido en torno al Jagüey de la Virginidad, unas son desfavorables, pero la gran mayoría es favorable a los privilegios de sus frescas aguas, que nunca se secan y además tiene otras virtudes, tales como mantener lozanos y pródigos a los animales que abrevan en sus aguas  en las horas de más calor.
Cuando estaba pequeño, escuché la historia o la fábula en las conversaciones de Dona con Evangelina, la culona. En las mañanas  ella llegaba a  la casa, a contar los chismes de la noche anterior y los que iban a suceder y a beber café tinto soportando la seria mirada que mi papá le lanzaba desde el chinchorro acostado con las piernas cruzadas y tratando de leer el periódico de ayer.
Años después, cuando estudiaba en el Colegio Pinillos de Mompox, alguno de mis compañeros, natural  de un pueblo de aquellos que circuyen la férula de la histórica ciudad, contaba en el aula de clases sobre las bondades del “jagüey de la virginidad”. Fue la segunda vez que escuché algo referente a dicha charca lo que me obligó a investigar en muchos lugares del mágico Caribe y en casi todo el territorio colombiano si realmente existía un pozo de aguas encantadas que tenían la extraña virtud de reagrupar las piezas del himeneo, sea cual fuere la edad de la mujer que se sumergiera en sus aguas, después de danzar al compás de las notas de una cornamusa en una noche de plenilunio.
En mis investigaciones, me tope con muchas sorpresas y más de un centenar de mujeres ancianas me confirmaron la existencia del prodigioso cuerpo de aguas cuya gran virtud, según ellas no solo es la devolver intacta la virginidad, sino que mantiene fresco y alegre el espíritu. “Imagínate Amaranto, me dijo la señora Inocencia Dulce, cuando yo supe que Flavio volvería y se casaría conmigo después de tantos años   en que él me había conocido señorita y toda curiosita, debido a que en la Universidad había tenido amantes y novios y no quedaban vestigios del himeneo, me propuse buscar una manera de esconder mis desgracias. Fue entonces cuando alguien me contó que en algún lugar de este hermoso y bello país, donde la gente a pesar de las guerras y las muertes sigue añorando una segunda oportunidad, existe un aljibe de aguas encantadas que devuelve la virginidad”.
Inocencia Dulce,  que había agotado todas las formas para que su próximo esposo no se fuera  en blanco y hasta el fondo  en el tálamo nupcial y la echara como lo que era, una vil ramera universitaria que se acostaba por un tabaco o una gaseosa, hizo lo que nunca pensó hacer. Salió de su ciudad y comenzó a buscar las señales e indicios para encontrar el virtuoso pozo de agua que podría darle la tan esperada felicidad. “Y fue así, me dijo. Recuerdo que esa tarde en aquel pueblo había un tropel de meretrices jóvenes, unas de los lupanares de  Magangué y otras de los lujosos cabaret de Pereira y de Medellín. Habían llegado en una excursión y todas tenían el mismo objetivo: recuperar la virginidad  porque muchas de ellas se iban a casar”.
Lo cierto fue que la señora Inocencia Dulce, una llanera de racamandaca no solo se casó con aquel militar que le echó el ojo cuando a la edad de diez años la vio por primera vez asomada en la ventana del colegio de las monjas, sino que ella también se sintió atraída cuando él le dijo que era natural de un pueblo del remoto y mágico caribe. El día en que se casaron, ella tenía la raja tan cerrada por el hechizo de las aguas del jagüey que fue tanta la fuerza que hizo su marido por destaparle el coño que la cabeza de la pinga se le desgañitó.  En todo caso Flavio siempre estuvo feliz y orgulloso de la virginidad de su esposa, porque a pesar de los años que habían pasado desde la última vez que se vieron y de todo lo que decían de las universitarias, su esposa Inocencia Dulce la noche del himeneo seguía siendo una mujer pura y virgencita como la selva de su San Vicente del Caguán.
 Vine a saber que el encantado y virtuoso jagüey  de la virginidad quedaba en Pueblo Bonito, a orillas de Yuma, en las estribaciones de la Serranía de San Lucas, una noche en que me encontraba en uno de los puteaderos de mala muerte de El Banco y una anciana meretriz que tenía el cuello  como  un acordeón, pero que se sabía todas las artimañas del amor, después de prodigarme toda clase de atenciones dijo:
-“El polvo le vale cinco pesos, porque soy virgen”.
Fue ella quien me contó detalle a detalle todo sobre el enigmático pozo y la manera de llegar a aquel pueblo refundido entre bosques y cantos de pájaros, cuyos habitantes no querían que se supiera donde quedaba porque temían la llegada de los comerciantes, inversionistas y naturalmente turistas.
Hoy, después de tantos años quiero hacer esta infidencia, pues creo que es un deber mío pregonar a los cinco vientos, a las montañas y a los valles, antes de irme a las fauces del Averno, la existencia en Pueblo Bonito del Jagüey de la Virginidad, el mítico lugar vigilado por Josenel, el shamán, que toca una cornamusa, mientras las mujeres en el plenilunio de la madrugada se lanzan a las cristalinas aguas para recuperar la virginidad perdida. Ojalá vayan, porque es un lugar apacible e idílico tal como en alguna época lo describió Pura Inocencia, la joven que a principios del siglo pasado tuvo el privilegio de ser la primera mujer en probar el virtuosismo de las aguas y naturalmente recuperar la lozanía y virginidad.

http://www.redescritoresespa.com


[1] El relato fue publicado en el suplemento virtual Caribanía No. 2, que dirige el escrito Guillermo Tedio.




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