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 Planteando mal una novela

Técnica literaria
OCIO JOVEN, 9 de abril de 2006

Planteando mal una novela

Por: Akhul
Algunas reflexiones sobre algunos fallos de bulto que he encontrado últimamente en algunas novelas presentes en el mercado y sobre los que creo que merece la pena reflexionar un momento. Por su naturaleza los he dividido en tres bloques: planteamiento, ejecución y comercialización. Por supuesto, son apreciaciones personales.

El concepto "sujeto, verbo y predicado" es una de las piedras angulares de la escritura. "Presentación, nudo y desenlace" es su equivalente a nivel novelístico.

Esto no quiere decir, por supuesto, que no haya libros buenos que incumplan este esquema; los libros de poemas, o las biografías, por poner un par de ejemplos, suelen salirse de la norma con buenos resultados. Es más, incluso dentro de las novelas es posible plantear buenos trabajos saltándose a la torera la susodicha piedra angular. Eso sí, hay que hacerlo de un modo voluntario.

Ocurre un poco como con el tema de los versos libres, que hay quien lo confunde con el todo vale. Para que las cosas sean lo que son, es necesario que cumplan ciertos requisitos porque, si no, son otras. Buenas o malas, pero otras.

Y aquí estábamos hablando de novelas y de sus planteamientos. En concreto de novelas mal planteadas según mi propio criterio, con el cual, estoy seguro, muchos discreparán y algunos convendrán.

En concreto, son media docena los errores de bulto en la fase de planteamiento que me perturban. Insisto en que para ser errores han debido cometerse involuntariamente, aunque sobre esto suelen quedar pocas dudas.

Así, empezando por el principio, tenemos…

El comienzo hollywoodiense

En los tiempos de la cultura audiovisual es normal que la influencia del cine en la literatura sea palpable. Lo que ya no es tan normal es que se pretendan trasladar recursos de un género al otro sin la más mínima reflexión.

Así, el tema de empezar con acción trepidante desde el primer minuto se transforma en lanzar al lector a una vorágine de sucesos que, normalmente, le importan un pimiento. ¿Por qué? Porque en la gran pantalla se apela a nuestra adrenalina, a nuestro instinto primario, y cuando vemos acción, poco nos importa quién la ejecuta; es por ello que los lanzadores de cuchillos siguen cautivándonos.

Sin embargo, en el arte escrito, para interesarnos, para implicarnos en las acciones que se nos narran, debe existir algo más: empatía con los personajes o con los sucesos. Así, si hablamos de un pobre hombre al que desde la primera página le atacan unas arañas caníbales, sólo conseguiremos que al lector se le pongan los pelos de punta si tiene aracnofobia o si el tipo en concreto le resulta real, es decir, si es capaz de identificarse con él.

Toda esta obsesión de poner carne en el asador, aunque sea de cualquier manera, creo que tiene su raíz en el bulo de que un texto no es bueno si no te engancha desde la primera línea. Este tópico se alimenta de dos confusiones:

La primera es que para lo que no será bueno el texto es para interesar a un jurado, no como texto en sí.

La segunda es que para enganchar al lector le tienes que dar carnaza; y eso, en realidad, es un recurso fácil y, por lo tanto, de los primeros que se quedan obsoletos.

Además, no nos olvidemos de que, una vez elegido un libro, nadie lo abandona porque en las primeras páginas no haya acción. Tampoco tentemos a la suerte con introducciones tediosas, pero busquemos el sano punto intermedio que algunos están olvidando, especialmente en los géneros fantásticos.

Dramatis personae, o la dramática selección de personajes

Éste es uno de los puntos clave de cualquier novela y, aunque parezca mentira, uno de los que más fácilmente permiten mostrarse negligente. La máxima es sencilla: todo personaje que aparezca en la novela tiene que tener un papel definido.

No se trata únicamente de que esté bien definido en sí el personaje –de esto hablaremos en Ejecutando mal una novela- sino de que tenga una cierta relevancia en la historia narrada.

El papel puede ser simplemente despistar al lector o dar colorido al escenario, pero debe existir. Si un personaje puede ser eliminado sin perturbar lo más mínimo la novela, debe ser eliminado. De lo contrario estamos inflando el número de páginas del libro, ocasionando la tala inútil de árboles y provocando la pérdida de tiempo en el lector.

En muchas ocasiones, el autor introduce demasiados personajes que podrían ser fácilmente eliminados o fundidos entre sí, confundiendo la riqueza de un escenario con el número de sombras que pululan por él.

Pasajes peregrinos

Al igual que en el punto anterior, todo escenario que se plantee en una novela tiene que tener un sentido. A veces éste es tan simple como regodearse en las descripciones de un lugar sugerente, arrastrando al lector por reinos soñados o rescatados del pasado. En estos casos, simplemente es necesario articular bien el escenario planteado con la situación. Si se ve claramente que el fragmento de la novela ha sido escrito únicamente para dar la oportunidad a hablar al autor del tema, el lector se sentirá defraudado.

Como vemos, básicamente es un error como el anterior, pero cambia la motivación y, por lo tanto, el género en el que prolifera. El que se ve más atacado por los pasajes peregrinos es el género histórico.

Al final, la cosa es sencilla: si eres un buen autor, consigue que la trama de la historia que cuentas pase por todos los escenarios sobre los que te hayas documentado; si eres un mal autor, coge toda esa documentación y escribe un buen ensayo. El lector incauto lo agradecerá, tal y como reflexionaremos en Vendiendo mal una novela.

El efecto ajo

Dicen que el ajo crudo se repite y de un modo desagradable. Aquí hablamos de novelas y no de hábitos de cazadores de vampiros, pero es inevitable caer en la metáfora. No hay, a mi parecer, error más cutre y más bajo que el de repetir fragmentos de una novela dentro de la misma.

No es sólo el tema de la tala de árboles, del tiempo malgastado, del lector defraudado… es también la falta de profesionalidad, de respeto, que –da esa impresión- muestran el autor y su editorial.

En una novela no se repiten las cosas. Si se trata de descripciones de los personajes, no hay excusa, pues si éstos están bien elegidos y caracterizados, el lector no los olvida.

Si se trata de aspectos de la trama que se repiten para que el lector no se pierda, revelan poca habilidad por parte del autor, que no ha sabido situarlos en el lugar adecuado, ni darles la relevancia adecuada para que no se olviden. O, tal vez, su mala fe, pues puede que los haya dejado pasar subrepticiamente para "engañar" al lector y apuntarse un final "sorprendente" e "ingenioso" que tendrá, sin duda, más de traidor que de otra cosa.

Pero, ¿de qué demonios estamos hablando?

No me refiero a en este artículo, sino en la novela ideal que estamos destripando.

A veces tenemos la impresión de que el autor divaga, de que se va por los cerros de Úbeda, que no tiene muy claro qué es lo que nos quiere contar en realidad. Si el tipo se hubiera hecho un esquema, como ésos que hacíamos en filosofía con resumen, tema y tesis, hubiera podido prever mejor qué sensación iba a provocar en el lector.

En realidad, este punto es una sublimación de los tres precedentes, pero es más difícil de concretar porque deja una sensación vaga en el lector. Es la trascripción literaria del "el que mucho abarca poco aprieta"; pero que nadie me malinterprete: no es un tema de extensión –En "Guerra y paz" nos cuentan lo que nos cuentan y no se pierde el hilo- sino del hablar de todo y, finalmente, de nada.

En ocasiones el autor parece olvidar que una novela no es un púlpito, sino un medio de comunicación que debe ceñirse a un tema. Por supuesto que en él se dan las opiniones que se desean, pero siempre y cuando sean pertinentes a la trama. Sino, el lector se quedará con la sensación comentada en los pasajes peregrinos pero todavía más ensombrecida por su carácter apologético.

Perdiendo fuelle

De nuevo, no en el artículo, sino en la novela demonizada.

Dicen que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Yo diría que el ser humano es el animal que parece disfrutar tropezándose con todas las piedras. Así me incita a creerlo este punto.

Hemos visto la nociva influencia del cine en el primer punto. Como último punto, citaremos la beneficiosa influencia que podría tener el cine en algunos autores y que se pierde sin remedio. Hablamos del final en el último minuto.

Este recurso fue, hace ya mucho tiempo, uno de los conceptos que revolucionó el cine: la historia debía terminar en su punto álgido. A partir de allí, el interés del espectador/lector baja y no tiene sentido marear la perdiz. Aligera, cuenta rápidamente y epílogo y no te alargues demasiado. Nadie quiere despedirse de una obra con la sensación de "esto no se acaba nunca".

Conseguirlo es sencillo si el autor ha seguido el esquema "presentación, nudo y desenlace". En el peor de los casos se añaden un par de páginas cerrando cabos sueltos y ya está. Pero cuando el autor no se ha planteado tales esquemas, en ocasiones no sabe cuando dejar de contarnos la vida de sus personajes. Y eso es un error.

Excepto en los folletines, el equivalente a los culebrones en novela, un lector coge un libro por su historia, no por sus personajes. Así, resulta vital saber cortar en el momento adecuado.

¿Cuál es ese momento? Cuando ya no hay más que contar de la historia. Como en este punto del artículo.

El resto de mis disquisiciones maniáticas sobre errores de bulto en las novelas tienen más que ver con su ejecución y con su presentación, por lo que las dejo para más adelante.

Estoy seguro de que cada uno tendrá sus propios errores de bulto preferidos, y os animo a compartirlos. Después de todo, por esta página rondamos unos cuantos escritores y nos vendrá bien dar la palabra a nuestros posibles lectores. Hay mucho que aprender…




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