EL PERIÓDICO DE CATALUÑA, 12 de abril de 2006
El hombre que rompió las reglas
El centenario de Beckett permite redescubrir a un escritor secreto.
ELENA HEVIA
BARCELONA
Anna Lizaran y Eduard Fernández en Tot esperant Godot, en 1999.
Foto: ARCHIVO / ELISENDA PONS
Samuel Beckett, como les suele ocurrir a los buenos escritores del Reino Unido, era irlandés. Pero como también es habitual entre sus compatriotas tuvo que desterrarse para ser reconocido. Parisino de adopción --llegó a esa ciudad en 1927 para dar clases de lengua y literatura inglesa-- escribió en francés las que son sin duda sus mejores obras "porque en francés es más fácil escribir sin estilo".
Fue novelista secreto, poeta ultrasecreto y el autor teatral que rompió las reglas de la dramaturgia para someterlas al vacío existencial del conflictivo siglo XX. La intelectualidad lo descubrió con Esperando a Godot, su primera obra de teatro, en 1952 y el gran mundo con el Nobel de Literatura en 1969, que consideró "una desgracia" y no se dignó recoger. Leer a Beckett requiere esfuerzo y dedicación. Entre sus grandes novelas se cuentan Murphy, Mercier y Camier, Molloy, Malone Muere y El innombrable. Su teatro pone en relación palabras sencillas con una forma compleja. Y ahí están Final de partida, Días felices y La última cinta.
Beckett es a la escena lo que Joyce a la narrativa. Los dos grandes escritores irlandeses tienen muchas cosas en común: fueron amigos --un joven Beckett trabajó como ayudante del autor del Ulises-- y llegaron al mismo lugar por caminos distintos a base de experimentar con el lenguaje: Joyce, a través de la exuberancia, y Beckett, con la esencialidad minimalista que con los años se convertiría en puro balbuceo y culminaría en un silencioso sinsentido.
Beckett se pasó la vida eludiendo las interpretaciones que los críticos y la prensa le requerían. Godot, ese ser que cuatro personajes esperan infructuosamente en medio de ninguna parte, podía ser Dios o la muerte, pero él jamás lo desveló. Apenas concedía entrevistas y sus larguísimos silencios despertaban el terror de los esforzados periodistas que accedían a él.
Pese a esa lucha contra el significado, sus biógrafos destacan dos momentos realmente beckettianos de su existencia. El primero fue la visita que en 1935 el autor hizo en Londres a las conferencias de Carl Jung. El psiquiatra expuso el caso de una joven "que no vivía; existía pero realmente no vivía", un modelo que él trasladaría a sus ficciones. Tres años más tarde, Beckett salvó la vida de milagro en un misterioso incidente. Fue apuñalado por la calle por un desconocido, quien más tarde fue incapaz de explicar por qué lo había hecho. El "no lo sé, señor" --la respuesta del frustrado asesino-- será una de las repetidas frases del mensajero de Godot.
Para conocer al introvertido Beckett es imperativo leer la biografía que su amigo James Knowlson le dedicó hace 10 años, todavía inédita en castellano y catalán. Allí habla de su vinculación a la resistencia durante la ocupación nazi, su amor por el cine y la televisión -- hizo el guión de Film una película con Buster Keaton y escribió obras expresamente para la BBC-- y sus amores --Peggy Guggenheim fue uno de ellos--, su dilatado y su estable matrimonio con la exquisita Suzanne Dechevaux-Dumesnil, que le precedió cinco meses en la muerte en 1989.