LA VANGUARDIA, 2 de abril de 2006
De la literatura y el engaño
JOSEP MARIA FONALLERAS
Los coleccionistas de curiosidades literarias están de enhorabuena. A los nombres de James Frey, Dan Brown y J. T. Leroy se les añade ahora el de la joven Margarida Rebelo Pinto, una escritora portuguesa que ha visto como era atacada en su mismísima línea de flotación. A Brown vamos a dejarlo al margen. En cuanto a los otros dos, cuesta decidirse por uno de ellos. Las memorias de Frey, el famoso "millón de piezas" de su supuesta autobiografía, han resultado ser cualquier cosa menos unas memorias. Es decir, que el supuesto gángster no cometió más delito que conducir borracho una noche y no pasó en prisión más que esa misma noche de autos. Nada de drogadicción ni mundo subterráneo. El problema es que él mismo decidió vender su novela (que no consiguió colocar como tal en unas cuantas editoriales) como si se tratara de un relato verídico de su propia vida. Dijo que todo era verdad y luego resultó que casi todo era falso.
Reconoció el error, se disculpó ante quienes le auparon y dijo una frase digna de figurar en la Historia Universal de la Mentira Literaria: "He enriquecido el libro por razones dramáticas obvias". Por supuesto. Como en la mayoría de los novelas, Frey trascendió su diminuta vida privada para convertirla en un gigante de la invención. Pasó de ser un conductor imprudente a un jefe de la mafia. Me pregunto: ¿por qué se enfadaron tanto con él? ¿No habíamos quedado, con Joan Ferraté, que el escritor más honesto es el que engaña y el lector más inteligente el que deja que le engañen? Si el engaño es parte sustancial de la literatura, ¿qué juicio podemos hacer a Frey más allá de la calidad de sus frases y de la verdad de sus adjetivos?
El otro caso, el de J. T. Leroy, también es apasionante. También escribió una autobiografía, pero en este caso resulta que no la escribió él, sino la chica que lo adoptó después de unos cuantos episodios de sordidez infantil. La chica se llama Laura Albert y acaba de descubrirse como autora del libro que encumbró a Leroy. Puede que, en realidad, ese mismo Leroy ni siquiera exista. Se paseaba por el universo de las letras con un peluca rubia y con gafas de sol, como si se tratara de un travesti, aunque ahora sabemos que el sujeto en cuestión era una cuñada de Albert que se hizo pasar por él, ataviada con gafas de sol y peluca rubia.
En este universo de copias, falsedades, circo, verdad y mentira, ficción y metaficción, la portuguesa Margarida Rebelo Pinto se ha indignado porque un crítico de Mozambique ha escrito un libro en el que la acusa de copiarse a sí misma. No sabe el crítico (o quizás sí lo sabe) que el peor ataque a un escritor es insinuarle que no va más allá de sí mismo, que el plagio más indecente es el propio. Pueden acusar a Dan Brown de haberse inspirado en no sé qué argumento para perpetrar su conspiración. Pueden pretender que la impostura sea delito. Todo eso son, en el fondo, maniobras comerciales. Se habla de dinero, pero no de literatura. Lo peor, con mucho, es ser igual a uno mismo, repetirse. Rebelo, indignada, pide el secuestro del libro de su crítico porque es consciente de que su barco puede naufragar.
El gran Fontanarrosa dijo: "Uno presume de haber encontrado una nueva manera de contar y expresarse, pero siempre hay alguien que lo hizo antes. Soy, por tanto, un escritor fatalista". No hay crimen peor que darse cuenta de que ese alguien eres tú mismo.