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 Nunca me he tomado en serio esa broma de la literatura eterna

Entrevistas y noticias actuales
GRANADA HOY, 30 de marzo de 2006

"Nunca me he tomado en serio esa broma de la literatura eterna"

Sus versos hablan entre sí. Se comunican a través de sus libros. Se escapan de las páginas para atrapar al lector en un universo de miedos y huidas, en los vacíos del desierto y la arena. José Carlos Rosales se sitúa entre la emoción de una imagen perfecta y el desasosiego de un pensamiento sincero, trágico. La Fundación Lara acaba de publicar su último poemario, una crónica de verdades irrenunciables.

–Hace tres años apareció 'El horizonte', su anterior poemario. ¿Qué se esconde en el 'El desierto, la arena'?

–Me gusta que cada uno de mis libros sea una continuación del anterior. Al final de El horizonte ya aparecía la figura del desierto, y ahora, en El desierto, la arena, este espacio vacío se ha convertido en uno de los ejes del libro. También hay otros ejes, como el miedo o la huida, pero aparecen relacionados con la idea del desierto. Y en medio, inundándolo todo, está la arena como símbolo de lo olvidado, de lo destruido, de la historia o del tiempo.

–El miedo, la huida, el olvido, el vacío… Se advierte en sus versos un sentido trágico de la vida que en algunos momentos puede generar cierto desasosiego…

–Siempre ha habido motivos para el desasosiego, sea público o privado, y no sólo en esta época. La novedad más preocupante ahora, en medio de toda esta avalancha interminable de información y de datos, tal vez sea la dificultad para distinguir las verdades de las mentiras, las verdades irrenunciables o escondidas de las medias verdades, de las verdades precocinadas.

–¿Es un intento, tal vez, por emocionar, por no dejar impasible al lector?

–En parte sí. Al fin y al cabo un poema ha de plantearse siempre, entre otras cosas, emocionar a los lectores. Sin olvidar, claro está, que un poema no sólo tiene que emocionar, también debe hacernos pensar, o mirar aquellas cosas en las que antes quizás no habíamos reparado. El miedo y el olvido están ahí, en la calle y en los noticieros, y muchas veces vivimos como si todo eso no existiera. Así que, desde ese punto de vista, me gustaría que mis lectores no se quedaran impasibles, me gustaría que se emocionaran y que después alzaran los ojos del libro.

–Su actitud como escritor y poeta siempre ha sido muy crítica. ¿Es irrenunciable trasladar a la poesía los sentimientos de estos convulsos años?

–Un poema nunca es una crónica, pero tampoco puede ser una divagación atemporal. Por eso procuro estar atento a lo que hay a nuestro alrededor, mirar en todas direcciones, y no sólo en las que nos señalan los distintos pensamientos únicos que tratan de silenciarlo todo. A algunos de esos sentimientos arrinconados yo procuro darles un sitio en mis poemas, intento que respiren allí, que encuentren un hueco.

–¿Cree que ha cambiado la voz de aquel joven poeta que comenzó su camino con 'El buzo incorregible'?

–Me gustaría pensar que mi voz no ha cambiado, sigo fijándome en las mismas cosas, siguen emocionándome los mismos lugares, me siguen atrayendo las mismas palabras. Sólo que ahora trato de ser más cauto, pero también más preciso o más claro.

–El poeta siempre ha querido ser inmortal, que sus palabras no quedaran en el olvido... Para usted, ¿dónde se encuentra el límite entre lo perdurable y lo eterno?

–Un poeta, como todo escritor, tiene que procurar que sus textos perduren. Forma parte del oficio. Es una de las cualidades de la expresión escrita que, por otra parte, no puede ni debe eludirse. Pero de ahí a creerse lo de la eternidad hay un largo trecho. Además, lo que llamamos eternidad artística no debe ser muy eterno porque cambia constantemente, así que nunca me he tomado muy en serio toda esa broma de la literatura eterna.

–Pese a que es un intento de todos los poetas construir un camino personal, tener una voz propia y diferenciada, es inevitable hablar de grupos, de generaciones, de escuelas… ¿dónde se enmarca José Carlos Rosales?, ¿dónde querría situar su obra?

–Pues, la verdad, no lo sé. Desde un punto de vista estético habría que preguntárselo a los críticos, que para eso están; desde un punto de vista personal me siento amistosamente próximo a muchos poetas vivos como Francisco Brines, Caballero Bonald, Tomás Segovia o José Emilio Pacheco, sin olvidarme, claro está, de José Hierro que, aunque parezca lo contrario, sigue más vivo que nunca.

–Desde un punto de vista estilístico, sus versos son cada vez más sencillos y depurados. Su lenguaje claro, directo y cercano. ¿Es la marca del poeta del siglo XXI?

–Nunca me gustó la verborrea, ni en el campo de la literatura, ni en el campo de la política. Creo que siempre han sido perjudiciales, y hoy más que nunca. Por eso me dejo guiar con frecuencia por las recomendaciones de Italo Calvino en sus Seis propuestas para el próximo milenio; entre aquellas propuestas hay dos imprescindibles, la levedad y la exactitud, que, por otra parte, remiten a esa máxima tan estupenda de Mies van der Rohe, "menos es más". Una idea que reaparece en este libro en una cita de Elias Canetti: "He visto poco, pero ha sido verdaderamente demasiado. Más hubiera sido aún menos".

–El título 'El desierto, la arena', ¿es un guiño al mundo cernudiano?

–Luis Cernuda siempre está cerca, al menos para mí. Uno de sus mejores libros se titula Un río, un amor, y algo de esa dualidad yuxtapuesta hay, desde su mismo título, en el El desierto, la arena. Pero el guiño, o el homenaje, a la obra de Cernuda, van bastante más lejos del uso de una coma en el título.

–¿Cómo ha influido en esta publicación su admiración hacia Neruda, Juan Ramón o Miguel Hernández?

–La capacidad de nombrar las cosas sencillas es lo que más me atrae de Neruda. De Juan Ramón me interesa su propósito de eliminar todo lo accesorio, todo lo anecdótico. Y de Miguel Hernández me gusta mucho toda su poesía última, la que escribió en la cárcel; de hecho, una cita del Romancero de ausencias abre la última sección de mi libro. Pero también me interesan otros registros como, por ejemplo, ese pesimismo lúcido de Cernuda, del que ya hemos hablado antes, la armonía envolvente de Darío, la mesura sentimental de Garcilaso o Villamediana, la desolada esperanza de Ángel González... Sin olvidarme, claro, del humanismo trágico de César Vallejo.

–El premio Nobel Harold Pinter, uno de los grandes dramaturgos del siglo XX, decía hace unos días que se ha dado cuenta de que ahora "sólo escribiría poesía"… ¿Es la poesía un refugio para desesperados?

–Yo creo que sí, siempre que entendamos que un desesperado no es alguien irritado o enfurecido, sino aquel que ha visto derrumbarse casi todas sus esperanzas.



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