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 ALMAFUERTE. PROSA Y POESIA DE ALMAFUERTE

Textos de crítica 
Prosa y poesía de Almafuerte. Selección y prólogo de

J. L. B. Buenos Aires, Eudeba, Serie del Siglo y Medio,

1962.

Hace algo más de medio siglo un joven entrerriano, que venía todos los domingos a nuestra casa, nos recitó en el escritorio, bajo los azulados globos del gas, una tirada acaso interminable y ciertamente incomprensible de versos. Aquel amigo de mis padres era poeta y el tema que solía favorecer era la gente pobre del barrio, pero el poema que nos dio esa noche no era obra suya y de algún modo parecía

abarcar el universo entero. No me sorprendería que las circunstancías que he enumerado fueran erróneas; el domingo era acaso un sábado y la luz eléctrica habría sucedido ya al gas. De lo que estoy seguro es de la brusca revelación que esos versos me depararon. Hasta esa noche el lenguaje no había sido otra cosa para mí que un medio de comunicación, un mecanismo cotidiano de signos; los versos de Almafuerte que Evaristo Carriego nos recitó me revelaron que podía ser también una música, una pasión y un sueño. Housman ha escrito que la poesía es algo que sentimos físicamente, con la carne y la sangre; debo a Almafuerte mi primera experiencia de esa curiosa fiebre mágica. Otros poetas y otras lenguas lo oscurecieron o lo desdibujaron después; Hugo fue borrado por Whitman y Liliencron por Yeats, pero yo he recordado a Almafuerte a orillas del Guadalquivir y del Ródano. Los defectos de Almafuerte son evidentes y lindan en cualquier momento con la parodia; de lo que no podemos dudar es de su inexplicable fuerza poética. Esta paradoja o problema de una íntima virtud que se abre camino a través de una forma a veces vulgar me ha interesado siempre; entre las obras que no he escrito ni escribiré, pero que de algún modo me justifican, siquiera ilusorio o ideal, hay una que cabría intitular Teoría de Almafuerte. Borradores de caligrafía pretérita prueban que ese libro hipotético me visita desde 1932. Consta, diremos, de unas cien páginas en octavo; imaginarle más es afantasmarlo indebidamente. Nadie debe dolerse de que no exista o de que sólo exista en el mundo inmóvil y extraño que forman los objetos posibles; el resumen que ahora trazaré puede equivaler al recuerdo que deja, al cabo de los años, un libro extenso. Además, le conviene singularmente su candición de libro no escrito; el tema examinado es menos la letra que el espíritu de un autor, menos la notación que la connotación de una obra. A la teoría general de Almafuerte precede una conjetura particular sobre Pedro Bonifacio Palacios. La teoría (me apresuro a afirmarlo) puede prescindir de la conjetura.
Es fama que Palacios, a lo largo de su larga vida, fue un

hombre casto. El amor y la felicidad común de los hombres parecen haber suscitado en él una suerte de horror sagrado, que asumía la forma del desdén o de la severa reprobación. Sobre este punto, el lector puede interrogar la obra polémica de Bonastre (Almafuerte, 1920) y la refutación (Almafuerte y Zoilo, 1920) que ensayó Antonio Herrero. Por lo demás, el testimonio personal de Almafuerte es más válido que cualquier discusión; releamos las décimas finales de la primera poesía que redactó, intitulada En el abismo:
Yo soy de tal condición

que me habrás de maldecir,

porque tendrás que vivir

en eterna humillación.

Soy el alma, la visión,

el hermano de Luzbel

que imponente como él,

como él blasfema y grita.

¡Sobre mi testa gravita

la maldición del laurel!

Yo soy un palmar plantado

sobre cal y pedregullo:

la floración del orgullo,

del orgullo sublimado.

Soy un esporo lanzado

tras la procesión astral;

vil chorlo del pajonal

que al par del águila vuela . . .

¡Sombra de sombra que anhela

ser una sombra inmortal!

Yo, cada vez que me río,

pienso que ríe algún otro,

y cual si domase un potro

no me trato como a mío.

Soy la expresión del vacío,

de lo infecundo y lo yento,

como ese polvo desierto

donde toda hierba muere . . .

¡Yo soy un muerto que quiere

que no lo tengan por muerto!

Harto más importante que la desdicha que las estrofas anteriores declaran es la aceptación valerosa de esa desdicha. Otros -Boileau, Kropotkin, Swift- conocieron aquella soledad que cercó a Palacios; nadie ha concebido como él una doctrina general de la frustración, una vindicación y una mística. He señalado la soledad central de Almafuerte; éste logró imponerse la certidumbre de que el fracaso no era un estigma suyo, sino el

destino sustancial y final de todos los hombres. Así ha dejado escrito: «La felicidad humana no ha entrado en los designios de

Dios y No pidas más que justicia, pero mejor es que no pidas nada y Menosprécialo todo, porque todo tiene conciencia de su condición menospreciable (Nota: Parejamente Blake había escrito: "Como el aire para el pájaro o el mar para el pez, así el desprecio para el despreciable". Marriage of heaven and Hell, 1793). El puro pesimismo de Almafuerte excede los límites del Eclesiastés y de Marco Aurelio; éstos vilipendian el mundo pero alaban y admiran al hombre justo; al que se identifica con Dios. No así Almafuerte, para quien la virtud es un azar de las fuerzas universales.
Yo repudié al feliz, al potentado,

Al honesto, al armónico y al fuerte . . .

¡Porque pensé que les tocó la suerte,

Como a cualquier tahúr afortunado!

nos dice El misionero.
Spinoza condenó el arrepentimiento, por juzgarlo una forma de la tristeza; Almafuerte, el perdón. Lo condenó por lo que hay en él de pedantería, de condescendencia altanera, de temerario Juicio Final ejercido por un hombre sobre otro:

Cuando el Hijo de Dios, el Inefable,

Perdonó desde el Gólgota al perverso . . .

¡Puso, sobre la faz del Universo,

La más horrible injuria imaginable!

Más explícitos aún son estos dos versos:

... No soy el Cristo Dios, que te perdona.

¡Soy un Cristo mejor: soy el que te ama!

Almafuerte, para compadecer enteramente, hubiera querido ser tan oscuro como el ciego, tan inútil como el tullido y -por qué no?- tan infame como el infame. Ya hemos dicho que sintió que la frustración es la meta final de todo destino; cuanto más abatido un hombre, más alto; cuanto más humillado, más admirable; cuanto más ruin, mas parecido a este universo, que ciertamente no es moral. Así pudo escribir con sinceridad :

Yo veneré, genial de servilismo

En aquél que por fin cayó del todo,

La cruz irredimible de su lodo,

La noche inalumbrable de su abismo.

En otro lugar del mismo poema, dice del asesino:

¿Dónde oculta sus pálpitos de lobo?

¿Dónde esgrime su trágíca energía?

¡Para ponerme yo como vigía

Mientras urden su crimen y su robo.

De la poesía "Dios te salve", que esboza o prefigura la misma idea, básteme transcribir los versos finales :

Al que sufre noche y día

-Y en la noche hasta dunniendo-

La noción de sus miserias,

La gran cruz de su pasión :

Yo le agacho mi cabeza, yo le doblo mis rodillas

Yo le beso las dos plantas, yo le digo: ¡Dios te salve!

¡Cristo negro, santo hediondo, Job por dentro,

Vaso infame del Dolor!

Almafuerte debió desempeñarse en una época adversa. A principios de la era cristiana, en el Asia Menor o en Alejandría, hubiera sido un heresiarca, un soñador de arcanas redenciones y un tejedor de fórmulas mágicas; en plena barbarie, un profeta de pastores y de guerreros, un Antonio Conselheiro (Nota: Euclydes da Cunha (Os sertóes, 1902) narra que para Conselheiro, profeta de los "sertanejos" del Norte, la virtud "era un reflejo superior de la vanidad, una casi impiedad". Almafuerte hubiera compatido ese parecer. En la vispera de una desesperada batalla, T. E. Lawrence (Seven Pillars of Wisdom, LXXIV) predicó a la tribu de

los serahin una vindicación de la derrota y del fracaso, idéntica a la premeditada por Almafuerte), un Mahoma; en plena civilización, un Butler o un Nietzsche. El destino le deparó los suburbios de la provincia de Buenos Aires; lo redujo a los años 1854-1917; lo rodeó de tierra, de polvo, de callejones, de ranchos de madera, de comités, de compadritos ni siquiera iletrados. Leyó muy poco y también leyó demasiado; frecuentó los versículos de la Escritura según Cipriano de Valera, pero asimismo los debates parlamentarios y los artículos de fondo. En América del Sur, por aquellos años, no se veían otras posibilidades que el catecismo, con su divinidad que es una y es tres y con su jerarquía eclesiástica, y el negro laberinto de ciegos átomos que a lo largo de la eternidad se combinan, que enseñaban Büchner y Spencer. Almafuerte optó por el último; fue un místico sin Dios y sin esperanza. Despreció, como dice Bernard Shaw, el soborno del cielo; creía honradamente que la felicidad no es deseable. Su pensamiento acecha en los rincones de su obra; por ejemplo, en esta evangélica: «El estado perfecto del hombre es un estado de ansiedad, de anhelación, de tristeza infinita.

Federico de Onís (Antología de la poesía española e hispanoamericana, 1934) ha repetido que el ideario de Almafuerte

es vulgar. Este prólogo quiere razonar lo contrario. Más de un

escritor argentino rige una retórica no menos espléndida que la suya y harto más lúcida y constante; ninguno es tan complejo, intelectualmente; ninguno ha renovado, como él, los temas de la ética.

El poeta argentino es un artesano o, si se prefiere, un artífice; su labor corresponde a una decisión, no a la necesidad. Almafuerte, en cambio, es orgánico, como lo fue Sarmiento, como muy pocas veces lo fue Lugones. Sus fealdades están a la luz del día, pero lo salvan el fervor y la convicción.

Como todo gran poeta instintivo, nos ha dejado los peores versos que cabe imaginar, pero también, alguna vez, los mejores.




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