Robert Ervin Howard, un amante del mundo antiguo de los días bárbaros
JAVIER MEMBA
Muchos fueron los acólitos que Howard Phlipis Lovecraft, el «outsider» de Providence, generó a lo largo de su corta y a la vez intensa carrera literaria. Ahora bien, pocos hubo tan dignos del maestro como Robert Ervin Howard.
Su repentina muerte cuando apenas contaba treinta años (11-6-36), no hace sino aumentar la leyenda de este gran alucinado. De actualidad en estos días con motivo de la traducción de esa selección de sus mejores relatos que acaba de ser publicada por Valdemar, Howard está en la estela de August Derleth, Frank Belknap Long, Robert Bolch y Clark Ashton Smith, aunque, justo es decirlo, brilla con luz propia.
La virilidad
Refieriéndose a él, apunta el mismo Lovecraft en una nota biográfica aparecida tras su muerte -publicada a modo de prefacio en ese «Los gusanos de la tierra y otros relatos de horror sobrenatural» que hoy proponemos-: «su pérdida es una tragedia de primera magnitud y un golpe del cual la ficción tardará en recuperarse».
Nacido en Peaster (Texas) el 22 de enero de 1906, supo a través de sus mayores de las últimas etapas de la conquista del oeste: la colonización de las grandes llanuras y el sur de Río Grande. Inmerso totalmente en la cultura de la frontera, la virilidad, con sus grandezas y miserias, fue para él un dogma de primerísimo orden. Amante, no obstante de la historia, todo parece indicar que, de haber vivido lo suficiente, hubiese acabado por alumbrar alguna novela histórica. Pero es el Howard alucinado el que hoy nos preocupa.
Apenas tenía Robert Ervin dieciocho años cuando publicó en el número de «Weir Tales» su primer cuento. «La lanza y el colmillo» era su título y está fechado en julio de 1925. Meses después (abril de 1926), la misma publicación daría a la estampa una novela corta de nuestro artista, «Cabeza de lobo» era su título. Los relatos concernientes a Solomon Kane, muy probablemente trasunto del autor, comienzan a ser redactados en el verano de 1928. A decir de la crítica especializada, dichas piezas son una de las cotas más altas de un escritor que, pese a que la inmediata posteridad ha querido considerarla como prosista, cultivó también una poesía «extraña, bélica y aventurera», Lovecraft «dixit». «Fue, por encima de todo, un amante del mundo antiguo y sencillo de los días bárbaros».
Pioneros del oeste americano
Si bien dicha postura, para no pocos, convierte a Howard en un auténtico reaccionario, para el «outsider de Providence», eterno enemigo del presente y del futuro, es la mejor carta de presentación que imaginar se pueda. Pero sería falso reivindicar a Howard sin más argumentos que la simpatía que generó en su maestro. Incluido por Rafael Llopis en «Los mitos de Cthulhu» (Alianza Editorial), una de las mejores selecciones de relatos de terror que ha conocido el libro español, todas sus creaciones vienen a cantar, de una manera tan tortuosa como atrayente, la vitalidad de los pioneros del oeste americano.
Ahora bien, que nadie se llame a engaño: Robert E. Howard no es Ambrose Bierce ni Francis Bert Hart. Ese valor que cantara este último, en nuestro hombre hay que trasponerlo a los monstruos que engendra la razón, para quien los padece tan abominables o más que los horrores de la guerra.
Aunque Lovecraft, con la elegancia que caracteriza a un autor que supo dar noticia de los cultos más abominables por veladas alusiones, no lo dice, todo parece indicar que Robert Ervin Howard se suicidó. De ser así, a buen seguro que lo hizo estando perseguido por los seres invisibles. Fuera como fuere, el lector, gracias a la iniciativa de Valdemar, tiene 19 argumentos -19 son los relatos reunidos bajo el título genérico de «Los gusanos de la tierra"- para averiguarlo. En cualquier caso, la lectura de los textos es toda una delicia