JAVIER MEMBA
Pocas biografías están tan estrechamente ligadas a la leyenda como la Percy Bysshe Shelley, admirado por Lord Byron -que ya es decir-, desde su precoz rebeldía hasta su no menos temprana muerte, todo en él se ajusta a la perfección al ideal de poeta romántico. Tantas son las exuberancias y las irregularidades que jalonan su experiencia que algunos comentaristas atribuyen a ellas el puesto que el más inquieto de las veladas de Villa Diodati ocupa en la historia de la literatura.
Nacido en Sussex (1792), en el seno de una familia aristocrática, como era y aún es costumbre entre la gente de su alcurnia fue educado en Eton y Oxford. Pero, a diferencia de ellos, el futuro poeta se manifestó a temprana edad un niño indómito, enemigo de la hipocresía y el sin fin de convenciones sociales inherentes a la nobleza británica. El desdén que dedica al rango es directamente proporcional al interés que muestra por las ciencias y las novelas góticas, que habrán de dejar "huella endeleble en su mente y en su poesía", apunta E. Chinol en el "Bompiani". No obstante los espectros y las primeras disipaciones, se muestra un estudiante aplicado. Ello no evitará que sea expulsado de Oxford tras la publicación de su primera obra -"Necesidad del ateísmo" (1811)-, que, pese a su contundente título no va más allá de una propuesta agnóstica.
Padre e hijo
Ante este panorama, ni que decir tiene que las relaciones de Shelley con su padre son tan desdichadas como las mantenidas con sus mentores. Cuando el muchacho decide casarse con una joven de origen humilde -Harriet Westbrook-, el padre deja de dirigirle la palabra: nunca más se volverán a hablar. Sin embargo, el matrimonio no tardará en naufragar en la infidelidad del poeta. Más interés para el lector tienen las dos novelas góticas "Zastrozzi" y "St. Irvyne" que, respectivamente, da la estampa en 1810 y 1811. Tras su publicación, comienza a escribir ensayos y versos. "Reina Mab", su primer poema, data de 1813. Un año después mientras la crítica arremete contra sus obras con el mismo empeño que las defiende Byron, conoce a Mary Godwing. Hija del filósofo William Godwin y la feminista Mary Wollstonecraft, será la mujer que habrá de calarle más hondo.
Ya casado con Mary, en compañía de Byron y de Polidori, el médico de éste, pasará el verano de 1816 en Villa Diodati en lo que habrá de dar lugar a uno de los capítulos más interesantes de la literatura fantástica, por no decir de la literatura en general. Sin embargo, no es el genio de Shelley el que brilla a orillas del Leman, frente al que se alza Villa Diodati. Mientras, metidos en un desafío literario su mujer alumbra "Frankstein" y Polidori "El vampiro", nuestro poeta concibe un relato -"Los asesinos"- que no suele incluirse en su bibliografía.
"Versos mecánicos"
El gran Shelley, el que ahora se estudia en las mismas universidades de las que fue expulsado, es el autor de "La revuelta del Islam" (1818) y sus publicaciones italianas: "Los Cenci" (1819), la póstuma "Prometeo liberado" (1829) y, sobre todo "Adonais" (1821). Los expertos estiman que su poesía "se resuelve en versos más bien mecánicos, en los que se encuentran continuamente los mismos estados de ánimo y las mismas emociones". La definen como inmediata.
Tras su experiencia suiza, el gran extravagante de las letras inglesas nunca habría de volver a su país. La misma Italia que conoció su más aplaudidas publicaciones habría de ser su patria de adopción. En Italia encontraría la muerte, ahogado durante un paseo en barca. Corría el año 1822. La posteridad habría de dispensarle toda la gloria que su tiempo le negó. "Juro ser cuerdo, justo y libre mientras pueda. Juro no hacerme cómplice, ni siquiera con mi silencio, de los egoístas y los poderosos. Juro consagrar mi vida a la belleza", dejó dicho.