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 Pero me acuerdo (Javier Marías)

Columnas de prensa y conferenciasAcabo de releer el artículo, titulado "El padre", que publiqué en EL PAÍS el 16 de junio de 1994, la víspera del octogésimo cumpleaños de mi señor padre. Ha pasado un decenio, y el próximo día 17 se convertirá en nonagenario. Si entonces me pareció aceptable hacer una excepción, hoy debería pensar lo mismo con más motivo, ya que a los noventa sí que no es fácil llegar ni siquiera en estos tiempos. Con todo, debo pedir disculpas de antemano, como hice en aquella ocasión, sigo considerando poco elegante que el padre hable del hijo o el hijo del padre, aunque ahora hasta los cónyuges se hagan de caja de resonancia unos a otros, y aquí no se ruborice nadie.

En aquel artículo mío pedía también disculpas por el resentimiento (controlado) con que estaba escrito. Repasaba en él, someramente, las dificultades políticas por las que el padre había atravesado desde su encarcelamiento en mayo de 1939 hasta la larguísima prohibición que padeció de colaborar en prensa, o el que resultó definitivo veto para enseñar en la Universidad. En aquel tiempo me resultaba irritante, además de injusto, que la España democrática jaleara y condecorara a sus compañeros de generación (Laín, Cela, Torrente, Rosales, Maravall, Aranguren, Tovar y otros) que habían estado con Franco durante la Guerra y en los primeros años de su dictadura. Que luego algunos (con Dionisio Ridruejo a la cabeza: el más arriesgado y el más decente) evolucionaran y aun se opusieran al régimen –o por lo menos dejaran de ensalzarlo-, fue de agradecer y valioso, pero cuando de veras pintaban bastos, en los años cuarenta, todos estuvieron en posiciones cómodas, por decirlo suavemente. Pero en realidad no he terminado la frase: lo que me resultaba irritante no era que se reconocieran los meritos de esas figuras, sino que ello viniera acompañado de una especie de vacío respecto a la de ese padre, que en cambio nunca se lo había puesto fácil. (Recuerdo, como ejemplo menor pero significativo, que en los años setenta, con el franquismo ya agonizante, aún se negaba a salir en la televisión, por ser un órgano de aquel Estado.)

Bien, al cabo de diez años más nada ha cambiado, en ese aspecto. Al padre, que ha sobrevivido a sus compañeros, que ha escrito cerca de un centenar de libros. Muchos traducidos a otras lenguas cuando de casi ningún español se traducía nada, no se le ha concedido más premio oficial de resonancia que un Príncipe de Asturias, y compartido. No ya un Cervantes, ni un Letras Nacionales (esa antesala), sino ni siquiera un Nacional de Ensayo, que se entrega todos los años, y casi al primero que pasa. Yo no soy quién, evidentemente, para juzgar si el padre habría sido merecedor de esas distinciones. Puede que no, que ni uno solo de sus numerosos ensayos haya sido nunca el mejor de su año, y que el conjunto de su obra esté a la altura de tantos Cervantes que nadie conoce ni desde luego yo he leído. En todo caso, eso ya no me irrita, y aun me alegra en parte, porque las medallas del Estado jamás lucen limpias, aunque éste sea democrático. A él tampoco creo que lo apene, a estas horas tardías, sí es que lo apenó algún día. No me consta.

Yo me he hecho más maduro (biológicamente, ya sé que no en otros campos) y él se ha hecho viejo, ya no le molestará si lo digo. Su salud, excelente hasta los ochenta y cinco, ahora lo lleva a responder, cuando le pregunto qué tal está. Muy bien, de cejas para arriba. Ve mal, leer le cuesta (gran condena para él, sin duda), su movilidad está disminuida (hace sólo un lustro se iba a dar conferencias al Brasil y a la Argentina, sin acompañante). Pero está; y sigue siendo el reconocible. Dicta sus artículos, casi todas las semanas. Sí algún rasgo de verdadera ancianidad le observo, no es malo: se toma las cosas menos a pecho, no se sorprende apenas, no da ninguna importancia a lo que no la tiene, reparte ironía. Es como si mirara desde más arriba. O quizá es desde más lejos, desde el pasado, que es, en efecto, lo que le acude con mayor presteza y lo que más lo anima. Por eso yo le hablo a menudo -le hago preguntas- no exactamente sobre , su vida, sino sobre episodios históricos. El pasado verano le dije un día: “Anoche vi una película que no está nada mal, Vatel se llama". Y él respondió como un rayo. “Ah, pero, ¿sobre Vatel de Luís XIV; que se suicidó con la espada porque fracasó en una comilona que le preparó? Se habla de él en arranque de El collar de la Reina, de Dumas”. “Pero, ¿cuándo leíste por última vez esa novela?”, le pregunto. “Ah, no sé, en el instituto. Pero me acuerdo". Suele ser esta última una frase frecuente. "Pero me acuerdo". Con su adversativa importante. Quizá como sí eso, el acordarse pese a tanto tiempo, fuese ya la única prueba válida de cuanto él ha vívido y visto y sabido en sus noventa años. Y entonces se le pone, como he leído en una novela inacabada, "esa mirada que a menudo se les pone a los viejos aunque estén acompañados y hablando animadamente, son ojos mates de dilatado iris que alcanzan muy lejos en dirección al pasado, como si en verdad vieran sus dueños físicamente con ellos; no es una mirada ausente ni ida, sino intensa y concentrada, sólo que en algo a muy larga distancia. Es esa mirada, ahora que lo pienso, que también dice lo que las palabras, y que nunca miente. "Pero me acuerdo".


Columnas de prensa. Temas de actualidad. Otro enfoque



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