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 Delibes nunca será nobel

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ABC CASTILLA Y LEÓN, 6 de julio de 2006

Delibes nunca será nobel

Va camino Delibes, como Borges o Vargas Llosa, de convertirse en eterno. Y ya se sabe que la eternidad es una enfermedad que no se cura ni con los años. Pero la eternidad de Delibes, al margen de a su incuestionable valor literario, parece ir asociada a esa aspiración, quizá más ajena que propia, de ser ungido con el laurel de la dinamita, es decir, con el Nobel. Y es bien cierto que, si la meritocracia tuviera peso en la literatura, ni Delibes, ni Vargas Llosa, ni, por supuesto, Borges, estarían en el saco de los agraviados. Pero la realidad es muy otra.

La realidad es que el Nobel es un premio regalón que unos señores, dieciocho para ser exactos, conceden a su antojo y semejanza -éste segundo término es muy importante, ya lo verán-. Desde el año 1990, el Nobel no ha vuelto a recaer en un escritor de pluma hispana. La razón de este desaire no es otra, probablemente, que la muerte en 1991 de Artur Lundkvist, un poeta y traductor sueco que conocía bien nuestra literatura y sus conjuntos. No en vano, Lundkvist había pasado temporadas varias en nuestro país y había traducido a algunos de los nuestros a su lengua materna. Este hecho motivó que, al ocupar el sillón dieciocho de la Svenska Akademien, se convirtiera en el valedor de la literatura hispanoamericana allá en la fría Suecia. Se cuenta que, entre otros, le deben un Nobel: Neruda, Aleixandre, García Márquez y Octavio Paz. Y, como poco, una patada en las partes por su intermediación en contra, el mismísimo Borges y Graham Greene. En cuanto al caso Alberti, que estuvo a punto, lo mejor sería preguntarle al multimillonario y comunista vallisoletano Teodulfo Lagunero. Pero volviendo a Lundkvist, un izquierdista confeso y practicante, parece evidente que removió Roma con Santiago para que fueran premiados sus «semejantes» y vetados -con Cela no pudo- el porteño autor de la muy a propósito Historia universal de la infamia y el inglés que se confesaba escritor católico. Y para quienes aún alberguen dudas sobre el peso de la política y del filocomunismo en la literatura de alto standing, reproduzco las palabras del académico Knut Ahnlund al diario The New Yorker a propósito del eterno candidato: «la imperdonable omisión» de Borges se debe a «razones políticas». En otro artículo les hablaré de ellas.

Pero, muerto Lundkvist, que al menos nos hacía temer que, como a Churchill, le concedieran el Nobel a Carrillo por sus «obras completas», su sillón fue ocupado por la francófila Katarina Frostenson, con lo que las posibilidades de volver a ver a un hispanoescribiente recogiendo el premio y la pasta en Estocolmo se esfumaban per secula seculorum, amen. Y como ven, la cosa se va cumpliendo a rajatabla.

No obstante, los más optimistas aún estamos persuadidos de que, si el premio ha sido otorgado a inanes como Echegaray, a plagiarios como Sholojov, a desconocidos como Prudhomme, a payasos como Darío Fo o a activistas como Harold Pinter, tal vez quepa la posibilidad de que también se lo concedan a algún escritor; como Delibes. A lo mejor, valdría con hacer como aquel presidente chileno que ordenó traducir la obra de Gabriela Mistral al sueco y pagar bien el del año 45. O tal vez, bastaría con que don Miguel se declarara abiertamente neoprogresista en algún medio sueco de la cuerda. Todo estaría hecho. Pero, ¿a que no, don Miguel? ¿A que a usted no le hacen falta esos tejemanejes politiqueros? ¿A que su obra vale casi una literatura? No obstante, y puesto que todo es bueno para el convento, espero, de corazón, haberme equivocado en el título y que los de Estocolmo esta vez no se hagan los suecos con usted.

www.premiosliterarios.com




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