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 A título póstumo

Columnas de prensa y conferencias
Por Jesús Marchamalo

Cuentan los biógrafos que se levantaba temprano, se acercaba andando a una pastelería cercana a su casa, donde desayunaba, y dedicaba el resto de la mañana a un recorrido indolente, errático y distraído por las librerías de Palermo. Regresaba casi a la hora de comer, cargado con una bolsa de piel en la que llevaba los libros que había comprado, mezclados con verduras, frutas, y a veces bombones o golosinas (en su palacio nunca se preparaba almuerzo).

Silencioso y retraído, dueño de una gordura distinguida -llegó a pesar más de cien kilos-, Giuseppe Tomasi, príncipe de Lampedusa, llevó siempre una vida apacible y tranquila, acorde a su posición, en la que su único vicio era el tabaco, y su única excentricidad, hablar con sus perros en alguna de la media docena de lenguas que conocía. Nadie se explica cómo aquel hombre sin ambiciones, ya sexagenario y gravemente enfermo, se puso a escribir la que sería una de las grandes novelas del siglo XX, El Gatopardo.

Sin embargo, nunca llegaría a verla publicada. Por uno de esos accidentes caprichosos de la historia de la literatura, después de que el manuscrito fuera rechazado por Mondadori y Einaudi, y de permanecer no se sabe cuánto tiempo olvidado en un cajón, cuando finalmente Giorgio Bassani se decidió a editarlo en Feltrinelli, el autor hacía casi dos años que había muerto.

Decenas de heterónimos. «La poesía completa de Emily Dickinson es póstuma -recuerda Blas Matamoro, escritor y crítico literario-. Gran parte, por no decir toda la obra de Fernando Pessoa se publicó tras su muerte, así como la de sus decenas de heterónimos; los Cuadernos de Paul Valéry sólo se conocieron completos una vez muerto el poeta; las tres novelas que Kafka ordenó quemar a su amigo Max Brod, sus Diarios... Hay multitud de casos de libros que, por distintos motivos, se publican póstumamente.»
Tampoco Antoine de Saint-Exupéry llegó a ver la versión francesa de El principito. Editado en Nueva York, en inglés, en 1943, la edición de Gallimard tuvo que aplazarse por causa de la guerra. Cuando el libro apareció en francés, en 1946, hacía más de dos años que Saint-Exupéry había perdido la vida. Fue durante una misión en el sur de la Francia ocupada, en la que, por motivos desconocidos, el avión que pilotaba se precipitó al mar.

Otro caso para este listado de orfandades, especialmente dramático por las circunstancias que lo rodearon -la muerte del poeta, la guerra, el exilio-, es Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, publicado por la editorial Séneca, en México, en 1940, cuatro años después de su asesinato.

«Durante mucho tiempo se dijeron muchas tonterías sobre el libro, así como sobre el papel que desempeñó Bergamín en su publicación -asegura Nigel Dennis, profesor de Literatura Española en la Universidad de St. Andrews-. Se dijo, por ejemplo, que Lorca no había intervenido en absoluto en la elección de los poemas; se dijo que el libro era un invento del propio Bergamín, que había recogido de aquí y de allá notas y papeles con los que lo improvisó. Se le acusó incluso de esconder el manuscrito a la familia, con la que no se llevaba bien»

Bajo sospecha. Ocurre con frecuencia que detrás de los libros póstumos subyace la sospecha de que hayan sido editados, ordenados e incluso expurgados por familiares, albaceas testamentarios o editores interesados en mantener la pervivencia del autor, y sus réditos económicos. La imagen de los herederos, no siempre jóvenes viudas, participando de una rebatiña de cajones, armarios y carpetas, a la caza de un folio inédito, forma parte de la iconografía de la posteridad. «Ha habido casos, muchos, en que los herederos no sólo han corregido, u ocultado, sino que incluso han destruido cosas -apunta Blas Matamoro-. Cassandra, la hermana de Jane Austen, quemó o rompió toda su correspondencia y otros papeles, y es sabido que Ana de Alvear, la mujer de Mujica Lainez, expurgó también gran parte de las cartas y notas de su marido. Ha ocurrido muchas veces.»
Las Iluminaciones, de Rimbaud, fueron ordenadas y pasadas a limpio por su amigo Verlaine, y nunca ha quedado claro el papel de Max Brod respecto de las obras de Kafka. «Creo que es importante distinguir entre obras póstumas corregidas por el autor, y concebidas como tales, y lo que podríamos denominar materiales o notas, que el autor no concibió como una unidad, y que no deberían publicarse sino como lo que realmente son: materiales y notas», añade Matamoro.

Volviendo al libro de Lorca, sólo la aparición del manuscrito, en 1999, en un catálogo de la sala de subastas Christie?s, en Londres, permitió comprobar la fidelidad de la edición al original en su día entregado por el poeta. Nigel Dennis fue de los pocos investigadores que aprovecharon la invitación de los responsables de la sección de manuscritos de la casa de subastas para estudiarlo. «Me contaron que, unos días antes, había estado una delegación de la Biblioteca Nacional de Madrid, que pasó dos días seguidos viéndolo, lupa en mano; un par de marchantes a quienes el precio había disuadido, y yo. Resultó asombroso que fuera el único particular -profesor, crítico, estudioso- que hubiera aceptado ver aquella reliquia. Pude verlo despacio, hoja a hoja, poema por poema, tomar notas de ciertas anomalías curiosas, ciertas características especiales, y sentí una gran emoción al ir comprobando que el manuscrito era tal y como Bergamín había recordado y explicado a varias personas; que los textos los seleccionó y ordenó con mucho cuidado el propio Lorca. La verdad es que pensé más en Bergamín que en Lorca.»

El manuscrito, después de innumerables vicisitudes, fue a parar a la Fundación García Lorca, cuyos responsables lo adquirieron en una subasta.

Poemas sueltos. «Creo que en esto de los libros póstumos hay que distinguir entre los autores que en vida publicaron mucho, y que dejaron inéditos a su muerte, Neruda por ejemplo, y aquellos otros que no alcanzaron a ver en vida nada publicado -afirma el poeta Luis Antonio de Villena-. Toda la obra de Kavafis es póstuma ya que en vida no publicó nada más allá de poemas sueltos en alguna revista y una o dos plaquettes, de no más de una docena de poemas, con tiradas mínimas para los amigos.»
Hay otros casos en que son los propios autores, o sus herederos, quienes prohíben, por medio de cláusulas o voluntades testamentarias, la publicación de partes de su obra. De profundis, de Wilde, no se publicó hasta 62 años después de la muerte del poeta, al impedir el albacea, Robert Ross, la edición del manuscrito; Thomas Mann también aplazó la publicación de sus diarios hasta pasado un tiempo de su fallecimiento; o Elias Canetti, cuya obra está sujeta a un periodo de silencio cautelar antes de poder ver la luz.

Un nuevo ciclo. También José Ángel Valente dejó inédito un poemario, Fragmentos de un libro futuro, que recoge poemas escritos entre 1992 y unos pocos meses antes de su muerte, en 2000. «Es un libro que él quería que fuera póstumo ?comenta Andrés Sánchez Robayna, responsable de las obras completas del poeta?. Dejó el material perfectamente ordenado y listo para su edición. Él concibió el libro así, de algún modo creo que se dio cuenta en un momento de su vida de que iniciaba un nuevo ciclo poético que sólo acabaría con la muerte, y decidió que el libro coincidiese con su vida, que le acompañara hasta el final.» Valente recibió por ese libro el Premio Nacional de Poesía en 2001.
El caso de Eugenio Montale es especialmente sugestivo, no sólo porque dejara una serie de poemas inéditos sino porque, siguiendo sus instrucciones, una amiga suya los dosificaba de manera que veían la luz de forma periódica. Así, consiguió una vida poética después de la muerte.

«En otros casos, todas estas cautelas tienen que ver con cuestiones morales, y muy frecuentemente con cuestiones sexuales -explica De Villena-. Kavafis consideró que la parte erótica de su poesía era demasiado atrevida, y dejó preparada lo que se conoce como Obra Canónica, lista para la imprenta pero con instrucciones para que se publicara sólo después de muerto. Lo mismo ocurrió con los diarios de Jaime Gil de Biedma. Uno de ellos sigue todavía inédito, y el otro se publicó póstumamente. También él, como Kavafis, dejó el libro perfectamente preparado y organizado. ¿Y qué es lo que Biedma no quería que se conociera en vida? Pues la parte erótica que contiene. Jaime consiguió ocultar su homosexualidad, al menos públicamente, hasta su muerte. Tenía, supongo, razones de trabajo, familia, era una época muy distinta la que le tocó vivir, en un entorno familiar muy conservador, muy de guardar las apariencias, y prefirió que fuera así.»

La lista de libros póstumos es interminable: últimamente, Cansinos, Baroja, Carver, Kerouac... Pero, para terminar, citaremos a John Kennedy Toole, autor de La conjura de los necios, que se suicidó a los 32 años, en 1969. El libro fue rechazado por decenas de editores, y sólo la tenacidad de su madre durante años permitió que finalmente se publicara en 1980.

Al año siguiente, doce después de su muerte, paradojas del destino, consiguió el Premio Pulitzer. Naturalmente, a título póstumo.




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