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 Rescaté del limbo a los escritores fascistas

Entrevistas y noticias actuales
LA RAZÓN, 7 de agosto de 2006

José-Carlos Mainer, escritor y ensayista: «Rescaté del limbo a los escritores fascistas»
El catedrático reivindica la necesidad de una historia intelectual de España en la que «esten todos según sus méritos»

Daniel Vázquez

Santander - Una de las virtudes en las que coinciden los que conocen el trabajo de José-Carlos Mainer Baqué, catedrático de Literatura Española de la Universidad de Zaragoza, es la de saber contar las cosas tal y como fueron, algo extremadamente meritorio cuando se trata, especialmente en su caso, de hablar de intelectuales y escritores falangistas.
   -¿Cómo surgió su interés por el mundo intelectual falangista?

   -Es una vivencia personal vinculada a revistas y papeles de la Guerra Civil que habían quedado en mi casa paterna. Mi padre no había sido falangista, pero sí había hecho la guerra como oficial médico en el bando franquista y tenía una colección completa de «Vértice», que era una revista que se regalaba a los oficiales combatientes. La lectura de esta revista y de una colección casi completa de «La ametralladora» me apasionó y me acercó al mundo de la Guerra Civil. Luego, ya más mayor, lo comencé a ver de forma más crítica. Esto me llevó a escribir a finales de los sesenta un par de trabajos, uno sobre «Vértice» y otro sobre «Escorial», y posteriormente a hacer el libro «Falange y literatura» (1971), que fue mi primera obra importante cuando todavía era muy joven, unos veintisiete años.

   -¿Qué figuras reivindica entre los escritores falangistas? ¿Y qué virtudes ve en ellos?

   -Ojo, reivindicar ninguno. Es decir, el fascismo es un hecho español e internacional que entiendo como una forma perversa de la literatura moderna y por el que tengo un interés histórico, pero reivindicativo ninguno. En ningún caso quise reivindicar ningún valor literario que fuera desconocido. Me parecía interesante que hubiera habido en España una literatura fascista que no se reconociese como tal. También me parecía importante que se pudiera estudiar en España algo parecido a lo que había sido un movimiento general europeo y que en algunas de esas obras hubiera una cierta calidad literaria. Yo tuve muy claro que aunque rescaté a muchos escritores más que del purgatorio del limbo, se trataba de una visita al infierno. Hay algunos escritores que cambiaron su actitud, pero en principio el fascismo es la demostración de hasta qué extremos de abyección puede llegar la acción intelectual y la facultad de persuasión de los escritores.

  -¿Podría usted nombrar algunos ejemplos?

   -Son casos muy diferentes. Hay escritores en los que el fascismo simplemente lo que hacía era matizar o condicionar aspectos en el fondo de una literatura enormemente conservadora pero muy valiosa, como podía ser el caso de Agustín de Foxá y Sánchez Mazas. Había otros escritores que eran plenamente fascistas. El caso más llamativo e interesante es Giménez Caballero. Y luego había escritores que habían experimentado en sí mismos el abandono y el repudio progresivo de esas ideas, caso de Dionisio Ridruejo.

   -¿Se puede hablar de una estética literaria falangista?

   -Claro que hay una estética falangista, pero es variada. Y fascismo puro no se da demasiadas veces. Quizá el recorrido fascista más puro puede ser el de Giménez Caballero.

   -¿Se puede construir una historia intelectual común en España?

   -Evidentemente se tiene que construir una historia intelectual común en la que de algún modo quepan todos, pero con las diferencias correspondientes. Historia intelectual común quiere decir explicarlos a todos en función de los parámetros históricos del momento sin olvidarse de nadie, lo que no quiere decir que todos sean equiparables en el juicio moral. Yo en ese sentido lo tengo muy claro. No se puede escribir una historia a base de exclusiones, con desconocimientos parciales. Aunque en esa historia en la que tienen que estar todos es evidente que cada uno tiene que estar en función de sus méritos estéticos pero también en función del juicio moral que nos merezca. Y en eso soy tajante.

   -¿Usted ha primado más el hecho estético que el ético?

   -Yo he tenido en cuenta los dos hechos. Lo que nunca he querido es ser prisionero de una especie de síndrome de Estocolmo en el cual se acaba compartiendo o justificando los valores que uno estudia. Esos valores son perversos en el caso del fascismo y lo que hay que decir es que lo son, independientemente de la fascinación estética que uno puede experimentar ante esa lectura, o ante el hecho de que esa lectura arroje luz sobre el fenómeno común de la modernidad, que claro que lo arroja. El fascismo no es ninguna patología, es la propia modernidad que ha ido más allá de lo que en otros es simplemente incipiente. La violencia está en todo pero la exaltación de la violencia solo está en algunos.

   -En España es muy habitual situar a los escritores en bandos ideológicos. Uno de esos casos es Lorca, habitualmente utilizado como símbolo de una ideología.

   -Lorca es un símbolo naturalmente de la literatura republicana y del sacrificio. Es un símbolo de la violencia ejercida sobre una actitud intelectual, pero no nos engañemos, Lorca era un escritor de izquierdas. No era un militante pero era un escritor de izquierdas cuyo programa literario y de teatro estaba muy cercano a los elementos populares de divulgación de la literatura. Lorca era el Lorca de La Barraca, de «Yerma». Era el Lorca crítico con la sociedad española, y un escritor que quería ser popular esencialmente. Y eso es la culpa que paga. En el sacrificio de Lorca pudo haber muchos ingredientes de tipo personal pero evidentemente Lorca era un escritor señalado y eso es lo que le condena.




 
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