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 Vargas Llosa y el premio Nobel

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ABC, 2 de octubre de 2006

Vargas Llosa y el premio Nobel

TEXTO: TULIO DEMICHELI FOTO: DÍAZ JAPÓN

MADRID. Mario Vargas Llosa era un eterno candidato a no obtener el premio Nobel como ya lo fueron Jorge Luis Borges (quien nunca escribió de política pero se granjeó el odio cerval de la izquierda por sus desafortunadas «boutades») y Octavio Paz, quien al final lo recibió en 1991 más por la virulenta reacción que suscitó su concesión a Camilo José Cela un año antes, que por la buena voluntad de los académicos suecos y de sus consejeros, pese a sus innegables merecimientos literarios y a su gran influencia intelectual en todo el mundo.
El pecado de Vargas Llosa ha sido el mismo que el de Paz: no formar parte del batallón intelectual de la izquierda y haber sido un polemista que ha puesto en solfa sus puntos de vista al analizar, por ejemplo, la dictadura castrista en Cuba y la sandinista en Nicaragua, las guerrillas de Perú y El Salvador, los populismos iberoamericanos o el régimen del PRI en México. Asimismo, han sido anatema sus posiciones ante el liberalismo político y económico contemporáneo (Reagan, Thatcher) o sus reflexiones sobre la guerra de Irak y el conficto palestino en Israel.

Los «demonios» del escritor. Para Mario Vargas Llosa, el novelista está «endemoniado». ¿Cuáles son esos demonios del escritor? Se trata de «cierto tipo de obsesiones negativas -de carácter social, individual y cultural- que enemistan a un hombre con la realidad que vive y que hace brotar de él la ambición de contradecirla». Al oponerse a la idea de intelectual orgánico -el que pone su inteligencia al servicio de la ideología y el partido- los «demonios» de Vargas Llosa más bien eran pequeño burgueses y suscitaron la primera polémica, en la que se enfrentaron con el novelista dos grandes popes de la crítica marxista de los años 60: Óscar Collazos y Ángel Rama. El primero intervino a propósito de unas declaraciones del escritor contra el apoyo otorgado por Fidel Castro a los rusos cuando las tropas del Pacto de Varsovia convirtieron la Primavera de Praga en un glaciar soviético. Entre otras cosas, Collazos se preguntaba cómo un novelista podía discutir con el Líder de la Revolución y criticar una medida «necesaria» para salvaguardar la supervivencia del socialismo real.

. Para Mario Vargas Llosa, el novelista está «endemoniado». ¿Cuáles son esos demonios del escritor? Se trata de «cierto tipo de obsesiones negativas -de carácter social, individual y cultural- que enemistan a un hombre con la realidad que vive y que hace brotar de él la ambición de contradecirla». Al oponerse a la idea de intelectual orgánico -el que pone su inteligencia al servicio de la ideología y el partido- los «demonios» de Vargas Llosa más bien eran pequeño burgueses y suscitaron la primera polémica, en la que se enfrentaron con el novelista dos grandes popes de la crítica marxista de los años 60: Óscar Collazos y Ángel Rama. El primero intervino a propósito de unas declaraciones del escritor contra el apoyo otorgado por Fidel Castro a los rusos cuando las tropas del Pacto de Varsovia convirtieron la Primavera de Praga en un glaciar soviético. Entre otras cosas, Collazos se preguntaba cómo un novelista podía discutir con el Líder de la Revolución y criticar una medida «necesaria» para salvaguardar la supervivencia del socialismo real.
Rama, por su parte, se sumó al publicarse el ensayo «Historia de un deicidio» que Vargas Llosa dedicó a la novela «Cien años de soledad» de García Márquez. Lo mismo Collazos que Rama argumentaban que sus ideas sobre la vocación literaria representaban un regreso a la «teología» y que eran, simultáneamente, hijas de la filosofía idealista e imágenes provenientes del romanticismo.

Fin del idilio con la Revolución Cubana. Para Vargas Llosa, el escritor, al convertirse en propagandista, pierde la espontaneidad y, en consecuencia, reduce el trabajo de creación a un cálculo egoísta, a una operación estrictamente racional por la que alguien -un guardián de la pureza ideológica o religiosa- «determina los temas y el tratamiento de los mismos en consonancia con los valores establecidos».

Para Vargas Llosa, el escritor, al convertirse en propagandista, pierde la espontaneidad y, en consecuencia, reduce el trabajo de creación a un cálculo egoísta, a una operación estrictamente racional por la que alguien -un guardián de la pureza ideológica o religiosa- «determina los temas y el tratamiento de los mismos en consonancia con los valores establecidos».
El idilio de Vargas Llosa con la Revolución Cubana, que había sido recibida con gran esperanza, se rompió definitivamente cuando, a principios de los años 70, se perpetra el auto de fe contra el novelista y poeta Heberto Padilla, obligado a humillarse en una ceremonia de «autocrítica» ante la Unión Nacional de Escritores de Cuba, y a acusar a otros autores -entre ellos, a su propia esposa, la poetisa Belkis Kuza Malé- de actividades contrarrevolucionarias; escándalo que significó la ruptura con el castrismo de los hermanos Goytisolo, Edwards, Juarroz, Semprún, Claudín, Tàpies, Valente, Marsé, Barral, Castellet, Bryce o Donoso, por citar sólo artistas, escritores e intelectuales de nuestra lengua. Mario Vargas Llosa, que ya había dado muestras de distanciamiento con el régimen, dio el aldabonazo final al borrarse del jurado del Premio de las Américas. Para el novelista, las grandes religiones políticas del siglo XX han producido horribles patologías como las dictaduras totalitarias y el terrorismo urbano y guerrillero. A lo largo de treinta años ha repudiado las dictaduras, ya fueran de derecha o de izquierda, de Argentina y Chile a Nicaragua, así como al totalitarismo burocrático comunista. Adonde quiera que haya habido un prisionero político se ha escuchado su voz.

Sartre, Camus, Berlin. Dos hilos guían la evolución ética y política del novelista. El primero se inicia con una defensa sentimental de la guerrilla peruana de los 60 y de la Revolución de Sierra Maestra y conduce a un reconocimiento no menos sincero del liberalismo democrático. El segundo desciende de aquella pasión existencialista que finca su axis mundi en la figura de Jean Paul Sartre y, después de contradecirse en «la moral de los límites» de Albert Camus, se remansa en el pensamiento político del historiador de las ideas y filósofo Isaiah Berlin.

. Dos hilos guían la evolución ética y política del novelista. El primero se inicia con una defensa sentimental de la guerrilla peruana de los 60 y de la Revolución de Sierra Maestra y conduce a un reconocimiento no menos sincero del liberalismo democrático. El segundo desciende de aquella pasión existencialista que finca su axis mundi en la figura de Jean Paul Sartre y, después de contradecirse en «la moral de los límites» de Albert Camus, se remansa en el pensamiento político del historiador de las ideas y filósofo Isaiah Berlin.
La polémica imaginaria que Vargas Llosa sostuvo consigo mismo entre el marxista Sartre y el humanista Camus se resolvía en la actitud que el creador debía asumir ante el poder. El político y el artista quieren, a su modo, «rehacer el mundo. El artista, por una obligación de su naturaleza conoce los límites que el espíritu histórico desconoce. He aquí por qué el fin del último es la tiranía y la pasión del primero es la libertad». Para Vargas Llosa, Camus era un crítico de «las revoluciones planificadas por la ideología, un rebelde cuyo pensamiento legitimaba moralmente el derecho del hombre a rebelarse contra la injusticia». ¿Qué diferencia hay entre revolución y rebelión? Para Camus, el revolucionario «es el que pone el hombre al servicio de la idea, el que está dispuesto a sacrificar el hombre que vive al que vendrá, el que se cree con el derecho de mentir y de matar en función del ideal». En cambio, «el rebelde -continúa Vargas Llosa- puede mentir y matar, pero sabe que no tiene el derecho de hacerlo y que, al hacerlo, amenaza su causa... justifica los fines con los medios y hace de la política la consecuencia de una causa mayor: la moral». El juicio final de Vargas Llosa sobre el revolucionario Sartre -a quien admiró sin límites- es demoledor: «De Sartre se puede decir lo que Josep Pla dijo de Marcuse:‘Él ha contribuido como nadie a la confusión contemporánea’»

De Nicaragua a Irak. El derrocamiento de la dictadura del general Anastasio Somoza fue saludada con alborozo por los demócratas de todo el mundo. Los intelectuales occidentales también celebraron con alborozo el establecimiento de la dictadura sandinista, de orientación marxista y que estableció un régimen de partido único. Mario Vargas Llosa volvió a defender la democracia enfrentándose a la «intelligentzia» bienpensante europea y norteamericana a la que le encantan las revoluciones en Hispanoamérica pero no en París. En México, durante el gran encuentro internacional de intelectuales que organizó la revista «Vuelta», el novelista contradijo al anfitrión, su gran amigo Octavio Paz, cuando afirmó que el régimen priísta había sido «una dictadura perfecta»...

. El derrocamiento de la dictadura del general Anastasio Somoza fue saludada con alborozo por los demócratas de todo el mundo. Los intelectuales occidentales también celebraron con alborozo el establecimiento de la dictadura sandinista, de orientación marxista y que estableció un régimen de partido único. Mario Vargas Llosa volvió a defender la democracia enfrentándose a la «intelligentzia» bienpensante europea y norteamericana a la que le encantan las revoluciones en Hispanoamérica pero no en París. En México, durante el gran encuentro internacional de intelectuales que organizó la revista «Vuelta», el novelista contradijo al anfitrión, su gran amigo Octavio Paz, cuando afirmó que el régimen priísta había sido «una dictadura perfecta»...
Más recientemente, primero criticó la invasión de Irak porque consideró que no estaba justificada, pero al visitar personalmente Bagdad, rectificó; de la misma manera que, al producirse la segunda intifada, recorrió Gaza y señaló los pecados de Israel, sin importarle haber recibido allí las mayores distinciones, pues antes también había soliviantado a la izquierda intelectual defendiendo el derecho judío a defender su Estado y a su gente.

En fin, es probable que Vargas Llosa no acabe obteniendo el Nobel porque es una voz sumamente incómoda que dice siempre lo que le dicta su conciencia y lo hace siempre buscando la verdad y en defensa de la libertad, pese a quien pese.


EL DIARIO MONTAÑÉS, 2 de octubre de 2006

Jorge Volpi. Escritor: «La novela conserva el antiguo ideal renacentista de aunar conocimientos»

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