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 La literatura india funda el culto por el exotismo urbano

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LA RAZÓN, 5 de octubre de 2006

El enigma de la prodigiosa fertilidad de la literatura india se asienta, aparentemente, sobre un idioma: el inglés. La herencia colonial -1947 está aún muy reciente- vertebró de algún modo la explosión de la literatura contemporánea de la India. Autores de Bombay, Kerala o Nueva Delhi pudieron atravesar multitudinariamente a bordo del idioma anglosajón el abismo casi infranqueable del mercado británico y, de paso, orillar otro aún más aislado, el norteamericano. El viaje pionero al éxito de Salman Rusdhie con «Hijos de la medianoche» creó una corriente abisal que unió el Ganges con el Támesis de modo que a veces se confunden. El autor de «Shalimar el Payaso» (Mondadori) es mucho más que el escritor amenazado de muerte por «Los versos satánicos»: es el gran nexo de unión entre la literatura británica y la larga tradición oral india, incrustada como una herencia genética en los novelistas actuales: «Siento que pertenezco a dos mundos porque puedo ser de ambos a la vez», responde Rushdie a si se siente un escritor británico o indio. Lejos de suponer una usurpación, el fenómeno indio -que muchos equiparan al «boom» hispanoamericano de finales de los 60, con el que comparte muchos ingredientes- generó una poderosa industria editorial que hoy rema con viento a favor sobre más de 30 lenguas, y otros tantos microcosmos culturales. Inglés mayoritario. «El inglés ya no es el lenguaje predominante en el sector editorial indio, aunque ocupa el 40 por ciento de lo que se publica», según Nuzhat Hassan, de la National Book Trust of India. Sea como fuere, los autores que escriben en inglés siguen siendo los que tienen garantizado un eco internacional tras pasar por el tamiz del caprichoso mercado anglosajón, que dicta la suerte de la innumerable legión de prosistas en inglés nacidos en el gran país hindú. De la gran mayoría de narradores en bengalí, urdu, malayalam, apenas un ínfimo porcentaje atraviesa el océano. Casi ninguno está traducido al español. Vikram Seth reencarnó el impacto de Rushdie en 1993 con «Un buen partido», en donde elevó el entonces incierto folklorismo indio a la categoría de culto. Como ningún otro, Seth simboliza la línea en la que confluyen buena parte de la narrativa india contemporánea: tramas intensamente locales regadas que se combinan o alternan con un reciente cosmopolitismo londinense, neoyorquino o berlinés. Y eso se ve en la reciente «Dos vidas» (Anagrama). El eco de Seth, de algún modo, no sólo contagió a otros contemporáneos -Amitav Ghosh, Rohinton Mistry, Amit Chaudhuri y Kiran Nagrikar, entre otros-, sino que destapó a otros autores ignorados que ya en los 80 habían abanderado la entonces incipiente novela india. Es el caso de Anita Desai, autora de «El Bombay de Baumgartner» (Siruela). «Cincuenta años después el inglés como idioma no se ha ido de nuestro país, seguimos empleando esa misma lengua -expuso en su última visita a Madrid-. De todas formas, creo que la patria de un escritor más que una lengua es la literatura». Desai aprecia una diferencia sustancial entre el modo de ser del europeo y del indio, que también revela otra de las claves de lo que Rushdie denominó «el Imperio contraataca», es decir: el desembarco indio en Gran Bretaña: «Los occidentales siempre están buscando su identidad, y a los indios la identidad nos viene dada desde el nacimiento, así que nuestra lucha, mi lucha como persona y como escritora, es huir de esa identidad y forjar una nueva». Vakram Chandra es, hoy mismo, el gran símbolo literario indio. La repercusión abrumadora en el mercado británico de «Juegos sagrados», que Mondadori publicará próximamente, se cita como «la gran novela inglesa de los últimos cinco años» y le ha elevado hasta la cima de la literatura británica sin más apellidos coloniales. De Bombay a Kerala. También en inglés, pero desde EE UU, se ha revelado Suketu Metha y su monumental «Bombay. La ciudad total» (Mondadori), finalista del Premio Pulitzer. «Estoy de acuerdo en que soy un decimonónico, un escritor romántico vestido de modernista. Eso es lo que se logra siendo un indio en el extranjero. Vives comododamente en varios siglos a un tiempo». Y esa es también una de las explicaciones de la emergente literatura india: un gozoso exotismo contemporáneo y, por extención, urbano. La influencia de ciudades como Bombay, Calcuta o Nueva Delhi es infinita. Arundhati Roy se hizo famosa al ganar el Premio Booker 1997 por «El dios de las pequeñas cosas» (Anagrama). En cierto modo, avanzó lo que quedaba por llegar. Su argumento para explicar el milagro indio es simple: «La India es un pueblo con mucha literatura, no necesariamente escrita». Más joven, Anita Nair, cuya última novela es «Las nueve caras del corazón» (Alfaguara), admite una innegable influencia europea: «Me veo como un lazo entre India y Occidente, pero no es un intento deliberado. Simplemente, es natural porque estoy a caballo de ambos mundos. No lo intento hacer para tener una mayor aceptación, sino que mi obra simplemente refleja lo que soy yo». Su respuesta retrata a toda su generación. También su protesta: «Escribo sobre la India en la que vivo, porque, sobre todo, en Gran Bretaña están publicándose libros que perpetúan una imagen de la India que no es la verdadera».

Toda literatura tiene su tópico. La paradoja de Kiran Desai, hija de Anita Desai y autora de la irónica «Alboroto en el guayabal» (Salamandra), muestra que el éxito no lo pone fácil a los más jóvenes, porque, entre otras causas, muchos fundamentalisas no acaban de aceptar que «la mejor literatura india esté escribiéndose en inglés», según Rushdie. «Los escritores indios que escribimos en inglés somos ahora acusados de traidores», denuncia Kiran, que desde los 14 años vive en Inglaterra. Su madre, luego siguió rumbo a EE UU, donde imparte clases en el Instituto Tecnológico de Massachusetts. Ver mundo. El traslado a otros países angloparlantes es parte del destino compartido de gran parte de los autores de éxito, hégira que luego se traslada inevitablemente a su literatura. Un caso paradigmático es Shashi Tharoor, autor de «La gran novela india» y «Bollywood» (Tusquets). Alto funcionario de la ONU, brazo derecho de Kofi Annan, nacido en Londres en 1956, aunque vivió su infancia entre Dehli y Bombay, traslada a sus novelas ese desencuentro a veces esperpéntico entre las tradiciones aún perennes en la India y el estilo de vida importado de la cultura occidental. El uso de la multitudinaria industria cinematográfica como metáfora del país -cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia- no es casual. La industria, esta vez la editorial, mira de reojo al cine. Los lectores aún no responden masivamente. Pero los ingredientes ya están ahí. Si el país es ya la cuarta potencia económica mundial, pronto lo será también cultural. Cuestión de vedas.




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