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 Escritores pasados por agua

Historia y curiosidades literarias
SUR, 6 de octubre de 2006

Escritores pasados por agua

MARÍA TERESA LEZCANO/

SI bien la hidroterapia goza en nuestros días de un importante auge debido al conocimiento científico que se tiene acerca de sus propiedades y por el turismo específico habilitado en establecimientos en los que lo mismo te dan una sesión de fangoterapia, te someten a un drenaje linfático manual, se quedan con tu estrés mediante acupuntura, te disparan ozono a quemarropa o te depilan hasta el último pelo de la espalda, la utilización de aguas medicinales ya se practicaba en la antigua Roma y posteriormente en la edad media debido a influencias árabes y judías.

Sin embargo sería en la segunda mitad del siglo XIX cuando el auge de los balnearios de la Europa central transformó villas y residencias particulares en paraísos del ocio en torno a los cuales no tardaron en construirse lujosos complejos hoteleros, teatros y casinos. La búsqueda de los beneficios termales se asoció con la visión decimonónica de unas vacaciones en las que el reposo se solapaba con los placeres más diversos.

Muchos fueron los escritores que hicieron uso de alguna instalación termal, aunque probablemente el caso más paradójico fue el de Dostoievski, que llegó a la ciudad termal alemana de Wiesbaden para reponerse en un modesto hotel -su economía no le permitía grandes desembolsos- de su último ataque epiléptico, y acabó enganchado a la ruleta (no a la rusa como podría sugerir el origen del escritor, sino a la típica ruleta de una sala de juegos). Ahí nació la ludopatía - en aquella época se la denominaba simplemente vicio - de Fiedor, la cual posteriormente describiría de forma magistral en 'El Jugador'.

En ese mismo balneario y más de un siglo antes, Goethe hizo una cura de aguas mientras se alojaba - él sí podía ya que los sufrimientos del joven Werther lo habían convertido en millonario- en el hotel más suntuoso de la ciudad; tampoco contrajo, al menos que se sepa, el amargo vicio del juego, que el temperamental Dostoievski, una vez contagiado en Wiesbaden, arrastró por Baden-Baden, cuyos esplendorosos parques adornados con estatuas de faunos y de afroditas atravesó sin verlos camino de su ansiedad, y por todas las ciudades-balneario europeas por las que fue desperdigando lo que le quedaba de dignidad a cambio del delirio numerístico y azaroso del rojo y el negro alternados en un giro infernal.

Lugar de reposo
El Wiesbaden de Becquer, sin adicción a la ruleta aunque con la equivalente y doble lacra de tuberculosis y sífilis, fue el balneario de Fitero, desde el que se dominaba el valle del Ebro y los montes de la Rioja, y cuya cercanía con la cueva de la Mora le hizo conocedor de las leyendas locales que acabaría incluyendo en sus 'Rimas y leyendas'.

El Wiesbaden de Becquer, sin adicción a la ruleta aunque con la equivalente y doble lacra de tuberculosis y sífilis, fue el balneario de Fitero, desde el que se dominaba el valle del Ebro y los montes de la Rioja, y cuya cercanía con la cueva de la Mora le hizo conocedor de las leyendas locales que acabaría incluyendo en sus 'Rimas y leyendas'.
Fue también la tuberculosis la que condujo a Robert Louis Stevenson al balneario inglés de Bournemouth donde, entre invalidantes hemorragias y momentos de terrorífico onirismo, se gestaría 'El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde'.

Tras divulgar en su teoría creacionista las vanguardias parisinas, ingresar en la Gran Logia Masónica de Francia, adherirse al Frente Popular chileno y sobrevivir a varios atentados, el poeta Vicente Huidobro se retiró a la ciudad-balneario de Cartagena donde murió de un ataque cerebral.

Otro refugio en el Pacífico eligió su compatriota Pablo Neruda cuando dejó su puesto como embajador en París para enraizarse en la ya mítica Isla Negra que, paradoja lingüística, ni es negra ni es una isla, sino un balneario a un centenar de kilómetros de Santiago. En la ciudad termal alemana de Badenweiler murió a los 44 años Anton Chejov, tras haber arrastrado su tuberculosis y su melancólica visión del mundo por todos los balnearios europeos.

A España, y más concretamente a la provincia de Málaga, llegaron diversos escritores atraídos por las termas romanas de Carratraca. Uno de los primeros en celebrar los beneficios de su alberca fue George Gordon, sexto barón Byron de Rochdale y poeta de vida novelesca que pasaría a la historia como Lord Byron. El asturiano Ramón de Campoamor remojaría algunos años más tarde su posromanticismo en las aguas de ese mismo manantial, y también Alejandro Dumas embadurnaría algunos años más tarde su prolija fantasía con el fango terapéutico de Carratraca mientras ideaba 'El conde de Montecristo'.

En busca de alivio
Hasta Carratraca llegó un día el austriaco Rainer María Rilke, en un infructuoso intento por sanarse en las aguas sulfuradas de la inadaptación existencial que por otra parte le había convertido en autor de una poesía tan hermética como deslumbrante, y sería asimismo allí donde Vicente Aleixandre se sumergió en busca de un alivio momentáneo para su nefritis tuberculosa.

Hasta Carratraca llegó un día el austriaco Rainer María Rilke, en un infructuoso intento por sanarse en las aguas sulfuradas de la inadaptación existencial que por otra parte le había convertido en autor de una poesía tan hermética como deslumbrante, y sería asimismo allí donde Vicente Aleixandre se sumergió en busca de un alivio momentáneo para su nefritis tuberculosa.
Aguas y más aguas para cuerpos enfermos que cobijaron mentes delirantes de fiebre literaria. Por cierto, el origen del hoy en día tan de moda término Spa tiene dos versiones: la primera se relaciona con el pueblo belga de Spa, conocido en la época romana por sus aguas termales; la segunda lo atribuye al acrónimo en latín de Sanitas Per aquas. Puede elegir la que prefiera y ambas versiones no son mutuamente excluyentes. Lo dicho: todos al agua.






 
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