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 Cómo ganar un premio literario

Técnica literaria
IDEAL, 11 de octubre de 2006

Las elocuencias del silencio

(La poesía de Blanca Varela)

FIDEL VILLAR RIBOT | GRANADA

Una de las actitudes que puede adoptar la conciencia del poeta es la del silencio. Y no es una antítesis con la labor propia de la escritura. La cuestión está en que, en este sentido, la palabra se contempla como herida en el idioma del mundo: la palabra está gastada, cansada de significaciones. Y así hablar o decir estarían cargados de una profusión semántica que, en la mayoría de los casos, podría hallarse contaminada por los miasmas institucionales del poder imperante como una impostura que la burguesía le ha puesto a la cultura, sobre todo desde la Revolución Industrial del siglo XIX cuando se conminó al hombre a creer en la falacia del progreso. Frente a esos falsos efluvios lo mejor es callar o, en el peor de los casos, radicalizar la palabra hasta sus propios límites. O sea, cuidar que el lenguaje no exprese más allá de lo que la propia palabra contiene o también intentar transformar un género literario en expresión pura de sí mismo. Siendo de esta forma, la poesía instaura una realidad que no tiene más existencia que en sí misma. El antecedente literario se halla en tres poetas franceses que definieron esa nueva ‘modernidad’ con expresión de uno de ellos: «La poesía no se hace con ideas sino con palabras». Tales poetas fueron Mallarmée, Rimbaud y Lautréamont.

Pues bien, en esa estirpe hay que situar a la poeta peruana Blanca Varela que nació en Lima el 10 de agosto de 1926, hija de la compositora Serafina Quinteros, de nombre civil Esmeralda González.

Sus inicios literarios se encuentran en el círculo de amigos de la Universidad de San Marcos, en donde estudia Letras y Educación desde 1943. Entre esos amigos estaba el pintor Fernando Szyszlo que se convertiría en su esposo. Ya en 1947 colabora en la revista ‘Las moradas’ que dirige el poeta Emilio Adolfo Westphalen (1911), uno de sus más importantes padres literarios. En 1949 llega a París y frecuenta los importantes círculos artísticos y literarios del momento, llevada por el poeta mexicano Octavio Paz. Después de pasar por Florencia y Washington vuelve a su Lima natal en 1962

La producción poética de Blanca Varela está formada por ocho libros de poesía. Su trayectoria se inicia con ‘Ese puerto existe’ (1959). La opción poética radica en creer que cada poema es siempre el principio y el fin de la literatura: «Atravieso el desierto,/la terrible fiesta en el centro de un cielo derribado./Estoy casi olvidando. Porque tampoco la vida concede dones que salven la destrucción del tiempo: Y voy hacia la muerte que no existe,/que se llama horizonte en mi pecho./Siempre la eternidad a destiempo». Pero es que además el poema no engendra el discurso literario. Por eso la imaginería poética se despliega sin tener nunca una referencia nítida con la realidad: «Deseos, piedras, cielo a jirones,/ni un ave./Estoy huyendo./Una nueva montaña,/un río joven, sin ira./Éste es el mundo que amo». Y al no haber discurso, lo que hay es una permanente metáfora fundadora cual el hombre solo, abatido por la Historia: «Hermana,/tu rostro blanco, cerrado,/sin historia aparente,/tú, la exacta. Inmóvil,/pura referencia».

Tal modo de entender la práctica poética pondrá a Blanca Varela muy próxima a la estética surrealista en el sentido de no depender de las presencias conscientes para enarbolar la palabra en el verso. Tenemos así una poesía de compleja comprensión para quien entienda la poesía sólo como el relato de un cuento sentimental. Y es que en su poesía hay muy escasas similitudes que espejen lo vivido en el poema, cuando además dichas vivencias carecen de secuencias temporales que las transformen en narración: «Los números arden. Cada cifra tiene un penacho de humo, cada numero chilla como una rata envenenada. Es triste ser la invención de un loco, un ojo de otro ojo».

Tras ese primer libro luego vendrían ‘Luz de día’ (1963), ‘Valses y otras falsas confesiones’ (1971), ‘Canto villano’ (1978), ‘Ejercicios materiales’ (1993), ‘El libro de barro’ (1994), ‘Concierto animal’ (1999) y ‘El falso teclado’ (2000). Este último poemario está dedicado a José Ángel Valente, poeta con el que tiene un evidente paralelismo. Y es que Blanca Varela es una poeta muy cercana a nuestro Grupo del 50 tanto por su concepción poética como por el ejercicio intelectual y moral que le imprime a su poesía. En este libro han desaparecido ya todos los soportes con los que la palabra se hace discurso, resultando así una poesía desnuda y que torna transparente la dicción. Es una poesía esencial, el canto sin chantajes ideológicos: «quítate el sombrero/si lo tienes/quítate el pelo/que te abandona/quítate la piel/las tripas los ojos/y ponte el alma/si la encuentras».

Como dijo de ella Octavio Paz, «Blanca Varela es un poeta que no se complace en sus hallazgos ni se embriaga en su canto. Con el instinto del verdadero poeta, sabe callarse a tiempo. Su poesía no explica ni razona. Tampoco es una confidencia. Es un signo, un conjuro frente, contra y hacia el mundo, una piedra negra tatuada por el fuego y la sal, el amor, el tiempo y la soledad. Y, también, una exploración de la propia conciencia». Porque Blanca Varela habla siempre desde esa palabra definitiva que «donde todo termina abre las alas».





DIARIO DE SEVILLA, 11 de octubre de 2006

enrique garcía-máiquez

Cómo ganar un premio literario

Pero, ¿cómo se atreve –objetará el respetuoso lector–, ni que usted fuera José Manuel Caballero Bonald? Y tiene razón: el famoso vate, conocido por su rebeldía, su inconformismo y su crítica al poder (en concreto, últimamente, al de Franco), sabe de premios bastante más que yo. Él ha ganado el Premio Nacional de Poesía este año y el pasado el Premio Nacional de las Letras y el anterior el Premio Reina Sofía; y eso que su libro se llama Manual de infractores. Si llega a obsequiarnos con un Tratado del poeta orgánico

Yo en ningún caso vengo a hablar de cómo se ganan los grandes premios gubernamentales, que no sé; sino esos otros premios de poesía a los que, como no interviene el poderoso caballero (quiero decir, que no tienen una gran dotación económica), sólo se presentan quienes buscan la publicación de su obra. He sido jurado en alguno, y quizá mi experiencia ayude a alguien, que es, al fin y al cabo, de lo que se trata.

Un primer consejo, casi un ruego: de virguerías informáticas, las precisas. Para llevarse un premio literario no hace falta demostrar el manejo de Word, sino de la ortografía, la sintaxis y tal vez un poco de la retórica. Conviene, después, huir de las palabras excesivamente poéticas. Los briosos corceles, las ambrosías y los néctares y las añoranzas inefables suponen, con frecuencia, una sobredosis letal de lirismo. En tercer lugar, mucho cuidado con el pensamiento único: todos estamos en contra del racismo y la xenofobia y a favor de la conservación del medio ambiente, por lo que la defensa rimada de esas posturas que nadie ataca es innecesaria y se puede delegar con tranquilidad de conciencia en la pluma correcta (políticamente) de Federico Mayor Zaragoza. En cambio, resulta muy provechoso incrustar citas de algún autor de mérito: se deja entrever al escéptico jurado que algo se leyó en su día y, con suerte, si la cita es buena, se produce en el libro cierto contagio u ósmosis, que nunca estará de más. El último consejo es que se eviten, a pesar del cariño que por motivos biográficos se les tenga, los poemas malos. Desgracian el conjunto y, encima, el jurado desconoce (o debiera) esos entrañables motivos personales. Si tales poemas fueran o fuesen inevitables, háganlos cortos al menos.

No he recomendado, como ven, escribir una poesía extraordinaria, porque eso, ay, no depende ni de buenos consejos ni de mejores propósitos. Qué más quisiéramos todos. Pla repetía, con más razón que un santo, que la poesía buena es escasísima. Además, no es un requisito indispensable para ganar un premio literario, así que de ese milagro hablaremos otro día.


www.premiosliterarios.com




 
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