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 Unas cuantas palabras acerca de la literatura

Columnas de prensa y conferencias
EL UNIVERSAL, 8 de noviembre de 2006

Unas cuantas palabras acerca de la literatura: Discurso de Emmanuel Carballo
Texto íntegro de las palabras del crítico literario durante la entrega del Premio Nacional de Ciencias y Artes 2006, en Los Pinos

Uno sólo puede hablar de lo que conoce. En mi caso únicamente puedo referirme al campo en el que he trabajo desde hace más de cincuenta años, la literatura y, dentro de ella, a la crítica de las letras.

Agradezco al jurado que me concedió el premio se haya fijado este año en un crítico. Creo que soy el primer crítico químicamente puro que recibe esta distinción. La recibo a nombre mío, por supuesto, y a nombre de los críticos en ejercicio. También la dedico a los críticos heróicos del pasado remoto y del pasado inmediato. Todavía algunos creen que el crítico es el aguafiestas, el villano de película del Oeste, el resentido, el amargado, el ogro y la bruja de los cuentos infantiles, el viejo sucio que viola a la chica indefensa, el maniático, el doctor Kelly y mister Hyde; en pocas palabras, el que exige a los demás que se arriesguen mientras él mira cómodamente los toros desde la barrera.

Yo creo que la crítica es (o debería ser) una profesión como otra cualquiera, con sus derechos y obligaciones. El crítico tiene la necesidad de probar que sus juicios son correctos, que no habla de memoria sino que, por el contrario, sus ideas están respaldadas por la realidad estética de la obra que analiza. Por otra parte tiene el derecho de decir lo que piensa tal como lo piensa, sin eufemismos, sin presiones, en voz alta y con toda la boca. Si yerra, que las letras mexicanas se lo reprochen; si acierta, que aplacen su sentencia de muerte y lo dejen vivir feliz los escasos días que le quedan.

Creo que la literatura se produce dentro de un contexto social, como parte de una cultura, en un medio ambiente. Creo, también, que la verdad social no da, por sí misma, verdad artística, que una obra que vale únicamente por lo que dice sino por la manera como lo dice. Creo que la literatura no es imitación de la vida: es una forma personal de ver y vivir la vida. Creo en el influjo del autor sobre el lector y viceversa.

Dudo que el escritor se dirija en nuestro medio a un público ideal, entusiasta y coherentemente integrado. (La minoría que lee atiende más a la moda que a su gusto propio). Un escritor sin público escribe para quien le paga o le halaga. Es decir, para el poder o dinero.

Quien escribe para el poder, escribe, a la larga, para dejar de escribir: concede a la literatura eficacia burocrática antes que utilidad social. Quien escribe para el dinero, la burguesía culta, escribe para alcanzar notoriedad, para subir de clase: convierte la intransigencia (uno de los propósitos de su obra) en progresiva serie de claudicaciones. En ambos casos, el escritor escribe a favor de la corriente. Es decir, se afilia al club de los defensores del orden establecido.

Es a esos sectores a los que el escritor se dirige. Cuando esos grupos lo aceptan, el escritor comienza a recorrer el largo e imprevisible camino del éxito. Si la carrera del escritor depende en buena medida de la burguesía, alta y media, ésta, la burguesía, necesita del concurso del escritor para sentirse culta y refinada. Entre productor y consumidor existe tácitamente un pacto de no agresión, un pacto de ayuda mutua. El escritor escribe para la burguesía, y ésta, como recompensa, lo incluye entre los suyos: lo sienta a su mesa, lo escucha, lo halaga y algunas veces lo pervierte.

Por esta razón, quizá, el escritor se aparta cada vez más de los deprimidos. A ciencia cierta no sabe quiénes son y qué quieren. Presiente que desean una mejor retribución para su trabajo, mayores oportunidades en todos los campos, pero este presentimiento no puede convertirse en certidumbre por una sola causa, porque para el escritor los deprimidos son seres que se deben defender pero con los cuales no es posible convivir.

En este momento, y dadas las condiciones objetivas del país, el escritor debe estar comprometido, pero no con las razones oficiales ni con los puntos de vista de la iniciativa privada. Ya no es posible respetar al escritor-funcionario o al escritor-ejecutivo. lo menos que hoy se espera de un escritor es que sea responsable, que respalde sus palabras con los actos de todos los días. Si quieres ser crítico de la sociedad en que vive no puede, no debe compartir intereses con sus enemigos naturales.

No creo que la literatura sea como el maná, un alimento capaz de saber a lo que uno quiere que sepa, una solución válida que sirva para desterrar los problemas que nos preocupan. La función de la literatura es modesta y por lo tanto poco espectacular.

En el caso concreto de México, la literatura casi no tiene nada que ofrecer. En primer término porque su misión específica es reducida: se concreta a mostrar y no a remediar. Después, porque los tirajes de los libros son en el mejor de los casos confidenciales: más o menos tres mil ejemplares en un país que sobrepasa los 100 millones de habitantes.

Pensar que la literatura llega entre nosotros al pueblo es una mentira: el pueblo no sabe leer, y si sabe aún no puede ir más allá de los comics y las fotonovelas; además, el libro es caro, casi un objeto de lujo. En definitiva, la literatura mexicana se desenvuelve dentro de un círculo burgués: la escribimos los burgueses, la editamos los burgueses, la leemos los burgueses y la criticamos los burgueses. todo queda en familia.

Los escritores ingresan al salón de admiraciones del crítico por motivos de orden técnico y actitud vital. Hallan cabida en esta sala de reliquias los escritores que innovan los recursos expresivos mediante los cuales los hombres comunican la vida a los hombres.

Algunos descubren procedimientos que hasta ese momento permanecían ocultos; otros, menos afortunados, reactualizan formas de expresión que las modas arrinconaron en los desvanes del olvido.

Si el gusto estético es pendular, si va de la aceptación al rechazo, un escritor significativo es aquél que orienta el gusto de su época hacia el polo opuesto al de la literatura dominante.

En literatura cuenta de modo decisivo la personalidad: el escritor para sobrevivir necesita mirar con ojos recién nacidos el espectáculo asombroso del mundo. Un escritor verdadero confiere a las palabras nuevas connotaciones, las carga de una afectividad hasta ese momento desusada, descubre las relaciones peligrosas que existen entre ellas. Crea con palabras encanallecidas por el abuso un lenguaje que sólo a él le pertenece.

Puede así tratar en sus obras los temas espinosos que otros escritores más premeditados, esquivan mediante hábiles ardides o rehuyen con aspavientos categóricos. La verdadera literatura, como el paraíso de los católicos, es recompensa que se otorga a aquéllos que no pudieron, pese a los inevitables enemigos del cuerpo, deshacerse del candor de los años primeros.

La auténtica literatura es asombro y, en el mejor de los casos, éxtasis. Amor siempre, aunque revista las infinitas máscaras del odio.

Lo digo en voz baja, asombro y escándalo son el haz y el envés de la misma moneda. Los niños escandalizan con su asombro vital a los adultos; éstos, con su conducta, corrompen a la infancia, nunca la asombran. y de los niños de pantalón largo es el reino de la literatura. ¡Ay de aquél..., y lo que sigue!

Algunas de las obras publicadas en años recientes me han permitido como lector recobrar la infancia, mirar con ojos limpios de prejuicios los problemas fundamentales del hombre.

Sin embargo, el panorama de nuestra literatura no me parece del todo satisfactorio. Muchos de nuestros escritores no se atreven a ser ellos por entero: al escribir les cohibe el presente y les asusta el futuro. Prefieren camino conocido que vereda por descubrir.

Olvida, quizá por obvio, que la literatura arroja luz sobre las penumbras. Entierran la claridad, que puse ser compleja y comprometedora y sui barroquismo los convierte en cómplices de las sombras. Sin sospecharlo, hipotecan el presente y anulan el futuro. Abolida la inocencia, prostituyen a sus lectores. En vez de descubrir al hombre, manifiestan sus propias debilidades. Su pobreza de propósitos, a la corta o a la larga, los vuelve menesterosos.

Tras largos años de desdichas, el escritor común y corriente esta a punto de dominar la técnica. Hoy se escribe, me refiero a los mejores, con una calidad que antes desconocíamos. En épocas pasadas, prosistas y poetas (el grueso de ellos, por supuesto) suplían su ignorancia técnica con ejemplares propósitos de servicio.

Pedagogos antes que escritores, destinaban sus textos a todos aquéllos que conocían el alfabeto: sin percibir, paga actuaban como maestros de segundas letras. Hoy, por el contrario, creyéndose doctores se dirigen a sus iguales. Y sus iguales, afirman las estadísticas, no abundan. Se dirigen, pues, a sus familia electiva, la que, según parece, practica la doctrina de Malthus. la familia pequeña vive mejor.

Cada generación en cuanto obtiene la credibilidad que le dan las obras importantes publicadas por sus miembros lo primero que hace es modificar la lista de los escritores sobresalientes que acató la generación en retirada a la cual va a sustituir. Quita a muchos viejos para colocar a unos cuántos jóvenes.

Así se comportan todos los escritores (creadores y críticos) aquí y en todos los países. Así nos comportamos los escritores de la generación de los nacidos en los años veinte y principios de los treinta, escritores que comenzamos a publicar poco antes o poco después de 1950. A mí, como crítico, me tocó rehabilitar a dos escritores que al inicio de los cincuenta casi no figuraban en la bolsa de valores de nuestra literatura: José Vasconcelos y Martín Luis Guzmán. Me tocó en esa década, asimismo, poner en órbita a tres narradores que son hoy "monstruos sagrados" de las letras nacionales: Juan José Arreola, Juan Rulfo y Elena Garro. También me tocó en los años sesenta ayudar a que publicaran sus primeros textos Carlos Monsivais, José Emilio Pacheco, José Agustín, Gustavo Sainz y Parménides García Saldaña.

Así como cooperé al resurgimiento y revaloración de ciertos escritores (a los del Ateneo de la Juventud debo añadir los Contemporáneos), también cooperé a desplazar hacia el desván de los vejestorios a ciertas tendencias que estéticamente no me complacían (el Estridentismo; la novela, el cuento y la poesía de inspiración cardenista). Por supuesto que estos "descubrimientos" y "redescubrimientos" y estos "enterramientos" son momentáneos. La generación posterior pone en tela de juicio todos los planteamientos llevados a la práctica por sus inmediatos antecesores. Cada 25 o 30 años se sustituyen casi todos los juicios críticos sobre el pasado y el presente a punto de extinguirse. En este sentido la literatura es como la moda, aunque más lenta en sus vaivenes.

Al crítico le corresponde poner oren, ser el cronista de un momento (o de varios momentos sucesivos) de la literatura de un país. Cuando el crítico no llega a tiempo con la cita que tiene contraída con la historia o no ejercita el papel que le está encomendado, la comprensión de ese "momento" será más difícil y se demorará el reconocimiento de sus autores más representativos. Sin el ejercicio de las tareas críticas, cualquier literatura se empantana, crece desordenadamente y puede fácilmente engañar al público lector dándole gato por liebre.

El crítico no es un ángel, es un hombre con pasiones, intereses y concupiscencias. Hay autores que le caen bien y otros que le son particularmente detestables. A los primeros, cuando los enjuicia, trata de que resalten sus hallazgos y sus caídas se vean como resbalones sin importancia. A los segundos les aplica todo el rigor de la preceptiva y no les concede el privilegio de la comprensión y el afecto.

Ser objetivo como crítico es una cuestión difícil pero no imposible. Cuando madura el verdadero crítico aprende a mirar a los amigos y enemigos simplemente como autores, en unos casos más capaces y en otros menos talentosos; lo de más es lo de menos.

El crítico cuando ejerce realmente la crítica por profesión y vocación y no por negocio (un mal negocio) es un escritor, tan escritor como puede ser un poeta, un narrador o un dramaturgo.

En ocasiones puede ser más escritor el crítico que el escritor criticado. Ahora que cada género tiene sus características y sus limites y por ello resulta difícil quién es más artista, un poeta o un crítico; o quién es más animal, un león o un venado. Al poeta hay que exigirle que se comporte en sus textos como poeta (que no descienda a tareas más bajas) y al crítico que actúe en sus trabajos como crítico, es decir como escritor de la cabeza a los pies. El crítico además de ser un científico (condición que a veces pongo en duda) debe de ser un artista.

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