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 Cuando Nabokov encontró a Lolita

Historia y curiosidades literarias
LA RAZÓN, 7 de diciembre de 2006

Cuando Nabokov encontró a Lolita

Toni MONTESINOS

Por razones que la razón quizá no entiende, la vida y la obra de un escritor puede captar la atención de un lector de forma casi exclusiva a lo largo de varias décadas. Eso le ocurre al irlandés Brian Boyd (Belfast, 1952) con la figura de Vladimir Nabokov, para él un campo de interés permanente que primero cobró forma de tesis universitaria, luego de varios libros de crítica literaria y de monumental biografía, «Vladimir Nabokov. Los años rusos», volumen que apareció en español en el ya lejano 1992 y que comprendía el periodo 1899-1940.

Al parecer, esta obsesión tan fructífera por Nabokov empezó para Boyd, que ejerce como profesor en Nueva Zelanda, cuando leyó «Lolita» y «Pálido fuego» en la adolescencia. El impacto de estas dos novelas sólo sería el inicio de esta dedicación que ahora disfruta para nosotros de una continuación espléndida pero que había sido publicada mucho antes, en 1991, en Princeton. Con «Los años americanos» se aborda, cabe decir, no sólo la segunda gran etapa en la trayectoria nabokoviana, crucial para su creatividad y asentamiento como escritor en una sociedad en la que se sintió integrado bastante pronto y en la que gozó de una fama que acabaría por agobiarle, sino también el tiempo de su traslado en el año 1959 a Suiza, hasta su muerte en 1977. Boyd pone fin, así, a su titánica tarea.

El biógrafo retoma el punto donde se quedó en el volumen anterior: mayo de 1940, instante en que Nabokov, acompañado de su esposa Vera y de su hijo Dmitri, y un mes antes de que Francia sufriera la ocupación nazi, llega en barco a Nueva York: «Después de veinte años como europeos apátridas sujetos a una burocracia oficiosa en todas las fronteras, los Nabokov paladearon su llegada a América como el despertar de una pesadilla, un momento que los introducía en un amanecer nuevo y glorioso» (pág. 24), dice Boyd. El destino allí va a deparar al escritor, tan acostumbrado a cambiar de residencia desde que en 1919 la Revolución Rusa empujara a la familia a huir del país, un éxito realmente temprano, cierta estabilidad económica tras mucho tiempo de penurias, y la consagración a la escritura en inglés, así como a traducir a este idioma las obras de su primer periodo.

Boyd sigue con minuciosidad todas estas vivencias literarias y vitales más las relacionadas con la otra pasión del escritor, la investigación lepidopterológica, además de su relación con Edmund Wilson -el famoso crítico, por entonces muy interesado en la literatura rusa-, y la serie de conferencias universitarias con las que Nabokov se postularía como el gran experto en literatura rusa en Estados Unidos y como su principal traductor. De hecho, Nabokov se volcaría en los años cincuenta en su versión al inglés de «Eugenio Oneguín», de Pushkin, que comentaría mediante más de mil páginas de notas sobre el poema, con lo que se ganaría una gran admiración en los ambientes intelectuales de la época. El biógrafo lo tiene claro: «En el siglo XX, centenares de escritores creativos han estado vinculados a universidades, pero ninguno ha alcanzado el nivel literario de Nabokov, y mucho menos producido una obra de erudición monumental» (pág. 433). Mientras, Nabokov va concibiendo su autobiografía y las obras en las que Boyd se detiene de forma especial: «Lolita» y «Pnin» en sus años como profesor en las universidades de Cornell y Harvard, «Pálido fuego» y «Ada o el ardor» ya establecido en Europa.

Un viaje en coche para acudir a la Universidad de Stanford, cuando ya tenía confirmado en el Wellesley College de Massachussets un puesto de «escritor residente», le hará descubrir la América de los moteles y las montañas, de los ríos y los desiertos: el escenario donde Humbert Humbert conducirá con Dolores Haze. Esa visita a California marca un punto de inflexión según Boyd: «Cuando volvió a atravesar América, Nabokov ya no era Sirin [el seudónimo que empleaba en sus primeras prosas], un escritor confinado al pabellón de aislamiento de la subcultura de los emigrados, sino un intelectual europeo que había encontrado refugio en universidades americanas: ¿qué podía ser más americano que eso?» (página 51).

Otro asunto sería la manera en que Nabokov iba a enfrentarse al oficio de enseñar literatura, para lo cual, por ejemplo, se preparó durante meses, redactando las clases de antemano para el curso de verano que impartiría en Stanford en 1941, pues como le diría a Bernard Pivot en el programa televisivo «Apostrohes», en 1975: «De pronto me descubro una incapacidad total de hablar en público. Por tanto, decido escribir por adelantado más de cien conferencias anuales».

Así las cosas, y tras unos primeros años de rechazos editoriales, las novelas irán viendo la luz, y será con la publicación de «Lolita» (1955), que genera un escándalo considerable -recordemos que hasta es calificada de «pornográfica»-, cuando Nabokov pueda apartarse del entorno académico para concentrarse sólo en su narrativa, que le reportará dinero a mansalva, sobre todo cuando Hollywood y Stanley Kubrick llamen a su puerta. Boyd sigue todos estos pasos de Nabokov, ya consagrado como un autor de celebridad mundial, por la costa Este y Oeste americanas, hasta su decisión de poner rumbo de vuelta a la Europa que dejó en llamas y que, en 1959, padece el telón de acero que Nabokov no está dispuesto a cruzar por nada del mundo.

Por encima de todo, y esto es algo que Boyd muestra con claridad y sencillez, Nabokov es un hombre fiel a sí mismo, a su familia, a un sentido del humor que hace del mundo una gran tragicomedia, a su independencia cultural y de pensamiento. El escritor, consciente de las desventajas de una vida americana llena de compromisos y tentaciones mundanas, decidirá abandonar su patria adoptiva para aislarse en la ciudad de Montreux, en la suite de lujo de un hotel, para «vivir sin las preocupaciones y las responsabilidades de la propiedad, sin echar raíces que podría tener que volver a arrancar algún día» (pág. 476). Hasta allí, pues, viajará Boyd, penetrando de continuo en las acciones y anhelos del personaje que ha marcado su vida entera, y su inmenso esfuerzo, esta biografía canónica, ejemplar, amena y precisa, ya es un regalo impagable para los amantes del mago del artificio literario.
  
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