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 el arte de escribir desde las fronteras

Entrevistas y noticias actuales
EL UNIVERSAL, 2 de enero de 2007

Cristina Rivera-Garza, el arte de escribir desde las fronteras

Opina que la literatura real es la que conlleva riesgo y apuesta la vida en cada página; la escritora e historiadora asegura que la mejor lección que le han dado sus padres "es que si quieres algo, debes ir por eso, aunque te descalabres"
Yanet Aguilar Sosa
El Universal

Cristina Rivera-Garza es una mujer-errante, una mujer-isla. Su vida ha transcurrido en las fronteras de los géneros literarios, en las "líneas" que dividen países o ciudades. Teme al aburrimiento, le molesta la deslealtad. Se siente orgullosa de ser autónoma, independiente y desarraigada.

Cómoda, instalada en uno de los sillones de su casa en Metepec, estado de México, donde vive también en frontera con la ciudad de México, la escritora e historiadora asegura que la mejor lección que le han dado sus padres "es que si quieres algo, debes ir por eso, aunque te descalabres".

Se autodefine como una mujer disciplinada y afortunada, y sonríe al recordar que es considerada por el escritor Carlos Fuentes como "una de las voces más importantes de la joven generación de autoras y autores mexicanos y latinoamericanos".

Comenzó a leer porque en su casa había libros y porque era miope, luego, en una decisión inconsciente, y hasta "irresponsable", quiso ser escritora.

Su novela Nadie me verá llorar le dio varios premios, como el Nacional José Rubén Romero y el Sor Juana Inés de la Cruz, pero ha escrito otras tantas: La cresta de Ilión, Ningún reloj cuenta esto y Lo anterior.

Responde rápido cuando habla de literatura, el proceso creativo o de su pasión por la lectura y la historia, pero es escurridiza cuando se trata de abordar asuntos personales.

-¿Cristina, es cierto que eres una gran aventurera?

-Creo que sí, en varios sentidos, me gusta pensar en la escritura como una aventura extrema. La escritura, cuando es escritura, es un riesgo de vida y muerte, y si no lo hay, no pasa de ser un ejercicio, grafía sobre la hoja. Se requiere este sentido aventurero de un modo radical, el riesgo tiene que ser real, la amenaza de la pérdida debe ser concreta y verdadera para que lo que se esté plasmando o construyendo en la página valga la pena de ser mostrado y leído por otros.

-¿Hay historias personales que han generado tus novelas?

-Creo que no tengo una vida interesante en el sentido de tener varias aventuras que contar, aunque finalmente todas las vidas son interesantes. Me parece que escribir tiene que ver con la pérdida, que es un asunto central como experiencia humana y acicate escritural. Mi sentido de la escritura está muy atado a una conexión e implicación con la pérdida que puede ser muy concreta, de seres amados, pero que también se da en un sentido más abstracto.

Escribir como tal, como actividad humana, de significados, está implicado con lo perdido, con lo que no está. Escribimos porque no estamos viviendo, porque el cuerpo está en otro lado. Esto no es sólo una anécdota, sino lo que está implícito en la escritura.

-Te has autodefinido como desarraigada, autónoma y errante, ¿lo eres realmente?

-La autonomía y la independencia es algo que me constituye, que viene conmigo. Están las primeras errancias en mi familia, permanecer muy poco tiempo en muchos lugares ha sido un aprendizaje de cómo ser autónomo y desarraigado, elementos que tienen distintos pesos, pero que esencialmente son palabras que describen una situación.

Me gusta mi autonomía, la busco y la voy a defender sobre todas las cosas.

-¿De quién te viene lo errante, de tu padre o de tu madre?

-De los dos, yo admiro mucho a mi papá y a mi mamá, aparte de que los quiero mucho porque me trataron bien y me han querido por las causas normales. Además de eso, son dos personas que me caen muy bien, son gente que arriesgó mucho, que salió de un lugar muy pequeño en el norte del país y dejó todo atrás. Se fueron a buscar y a hacer, ésta es una cosa muy como norteña, un poco mítica, pero es gente acostumbrada a arriesgar, y la gente que sabe arriesgar sabe perder, y también sabe ganar.

Yo creo que de las grandes lecciones me las dieron mis padres sin dármelas explícitamente, y radican en saber que, si tú quieres algo, debes ir por eso, aunque te descalabres. Todo se resume en el ir de un lado a otro, en saber que es posible dejarlo todo atrás, que es posible volver a empezar, que es posible comenzar de cero, que simplemente es posible, que eso existe y que es importante.

Mi padre y mi madre son dos personas que durante toda su vida, hasta el día de hoy, están en la búsqueda, son incansables, si alguien cree que yo hago varias cosas, estas dos personas siempre están haciendo algo, y son superresponsables. Creo que esa vehemencia de contacto con el mundo es algo que me han transmitido, así como el saber que a cada minuto te estás jugando la vida, así que adelante.

-¿Esa misma vehemencia la transmites a tu hijo?

-Con Matías he aprendido mucho, desde asuntos que tienen que ver con el lenguaje, porque cuando están creciendo, los niños están aprendiendo a hablar y a escribir, y hay una serie de preguntas complicadísimas y maravillosas que a mí me hicieron replantearme en muchos sentidos mi relación con el lenguaje.

Hay también una cosa maravillosa que tienen los niños: el estar donde están, especialmente Matías, que es un arriesgado y un aventado. Lo quiero mucho porque es mi hijo, pero además me agrada, es un tipazo, nos la pasamos muy bien juntos, es igual que yo en el sentido en que, si estamos de viaje, nos levantamos tempranito y tenemos una gran cantidad de actividades qué hacer, es alguien que me lleva el ritmo y a quien le puedo llevar el ritmo todavía, nos la pasamos muy bien, con los altibajos del caso, aunque tampoco es nada al estilo Hoollywood.

Cuando a veces al hablar rima, yo le digo: "Se me hace que vas a ser poeta", y él responde: "¡Noooo!", todavía no sé porqué lo dice, ni me quiero meter en eso, ya después veremos.

-¿Estás influida o marcada por la frontera?

-Nací en Matamoros, en el área fronteriza con Brownsville, viví mucho tiempo en la frontera Tijuana-San Diego y ahora vivo en la frontera Toluca-Ciudad de México, antes pasaba por la garita, ahora tengo que pasar por la caseta. Creo que donde hay diferencia hay frontera, la ciudad de México está llena de fronteras internas, no hay comunidad humana compleja que no tenga sus propias fronteras.

No creo que la experiencia fronteriza pueda ser algo que se reduzca a un espacio geográfico, pues todo lugar donde hay diferencia y otredad son lugares fronterizos, intensos, alucinantes. Tenemos que salir del uno mismo y encontrar al otro para saber que ahí hay una frontera.

-¿Te interesa comprenderte o comprender al otro?

-Salir de uno mismo, arrojarse hacia lo otro, al otro, es lo que nos vuelve humanos, lo que nos confronta y nos reta y nos cuestiona. Escribir y leer es también volverse hacia el otro, tener esa gran posibilidad, el uno mismo se vuelve interesante cuando la escritura o la invocación lo vuelve otro.

Lo que hace interesantísimo al proceso de leer y al de escribir es la posibilidad de salir de uno mismo y correr el gran riesgo de implicarse en otra experiencia, con todo lo que esto conlleva. No es un movimiento fácil ni inmediato, pero sí riesgoso.

-¿En ese encuentro con la otredad hay miedo?

-Siempre, si fuera de otra manera no sé qué me pasaría. El miedo cumple muchas funciones, nos alerta, nos sensibiliza, tengo miedos, pero no son paralizantes, es más bien curiosidad, ver hasta dónde puedo llegar. Hay una conciencia muy concreta de la fragilidad del cuerpo y de la psique, pero miedo, miedo, miedo, lo tendría al aburrirme, esa es una de las cosas que me dan terror, por eso me mantengo haciendo tantas cosas.

Escribir por supuesto que es parte estructurante de lo que hago, pero también doy clases, y ahí me relaciono con gente muy joven que viene de realidades que no me tocaron vivir, hago proyectos para implicarme con otros y con el mundo, laboratorios fronterizos, columnas colectivas, Semanas Internacionales de las Mujeres Barbonas y las Mujeres Invisibles.

-Varias veces has dicho que no hay fronteras entre los géneros literarios, ¿mantienes la certeza?

-He dicho que los únicos géneros literarios que reconozco son los libros y la nota suelta, todo lo demás son arenas movedizas, creo que nuestros grandes clásicos son libros que cuestionan las clasificaciones. Un verdadero libro no tendría que preocuparse por eso, pues desde el principio establece reglas que le son únicas y que acata de manera rigurosa, si se sale de ahí llegamos al terreno del best seller, de la fórmula, de los libros light.

Hay un término que a mí me gusta mucho, el de escritura colindante, porque remite a un espacio donde no hay oposición, sino que es un terreno que todavía no está vigilado, o que por algún momento se ha escapado del ojo vigilante de los grandes clasificadores... esos son terrenos de radical libertad creativia.

-¿Has escrito el libro que quieres o estás en la búsqueda de él?

-El día en que yo escriba el libro para el cual vine a esta Tierra, voy a dejar de escribir, y eso lo veo como una posibilidad muy real.

Sí creo que estoy en busca de ese libro, y me parece que cada libro es una especie de ensayo, de encontrar otras estrategias para finalmente hacer el libro por el que yo empecé a escribir, el libro que yo vine a escribir a este mundo. Sé que cuando lo haga, si es que lo hago, dejaré de escribir, y ese pensamiento me libera mucho.

-¿Escribir para qué?, ¿ha cambiado el fin que te llevó de la lectura a la escritura?

-Quiero pensar que continúa siendo el mismo objetivo, el no saber, el estar constantemente pregun-tándose para qué. El día que la escritura sirva para algo que no sea escribir o leer perderá toda su fuerza y pureza. Escribo porque debo hacerlo, porque hay una fuerza, una necesidad y, después, una devoción, un gusto y un compromiso con el hecho de la escritura, con la materialidad misma de la escritura, pero también por el gran placer de ver cómo se va componiendo una página, una frase, cómo se van engarzando palabras y armando un estilo, cómo se van paseando ciertos significados de las palabras para dejar frases casi vacías que puedan ser retomadas por el que las lee.

Ahí está el placer del orfebre, del que está haciendo algo muy material, ese momento me parece fundamental, y es el mismo del inicio, que es el gran privilegio de poder estar a solas frente a una página o una pantalla en un rincón frente al lenguaje y nada más. Ese vértigo maravilloso era al inicio y tiene que seguirlo siendo ahora, tiene que seguir siendo ese momento puro, vertiginoso y arriesgado donde a uno se le va la vida o la muerte.

-¿Te han entendido o has entendido a los otros a través de la literatura?

-Uno entiende pocas cosas después de todo. Eso es externo a la escritura, en los libros he encontrado universos que me parecen habitables, que han ampliado y complicado mi sentido del mundo. No sé si me ayuden a aclarar, yo creo que un buen libro no hace eso, en todo caso, lo que han hecho los libros que recuerdo y quiero, es expandir mi sentido de lo real y complicarme el mundo, me dan un lugar menos claro y plano, más problemático, pero, por lo mismo, más interesante y más incómodo.

-Eres una mujer que tiene muchas facetas, ¿qué tan entregada en el entorno familiar?

-Creo que me encuentro muy cursi en esta temporada, pero debo decir que tengo muchísimos apoyos: tengo una familia que me ha protegido y apoyado de maneras muy concretas; cuento con un círculo de amigos muy estrecho, pero en los que puedo confiar a ojos cerrados, y soy muy disciplinada, es algo que le debo a la academia gringa y a sus disciplinas férreas.

Estoy haciendo cosas que me gustan mucho, dar clases, escribir, pasear con mi hijo, participar en estos proyectos colectivos, todas son cosas en las que creo vehementemente, no tengo que hacer nada por encargo, eso me libera mucho, me da una gran tranquilidad interna, es un tesoro personal.

-¿Hay elementos que te han marcado, temas recurrentes, fantasmas, demonios u obsesiones?

-Escribí Nadie me verá llorar, una novela sobre la locura y los encierros en un manicomio, y luego hice La cresta de Ilión, donde también hay una institución, paredes altas y locura, yo no lo sabía hasta que alguien me lo dijo y me di cuenta de que ese era un tema recurrente, y que no estaba consciente de ellos. Para mí son temas que no se acaban de tratar ni de abordar, y que aparecen siempre por primera vez. Hay otros espacios que me interesan: el mar, el desierto... en mis novelas el paisaje siempre cambia, pero sigue siendo muy estrecho: hay colores, texturas y también cierta relación con la luz. Además, están las grandes obsesiones, la locura, la muerte, el mundo de la enfermedad -que tiene que ver con la pérdida-, la debilidad, la vulnerabilidad, las grietas que se abren en el cuerpo y la psique. Todos ellos son cosas, procesos o elementos a los que regreso siempre.

-¿Qué te molesta y en qué crees?, ¿cuáles son tus vicios y tus virtudes?

-Me molesta la deslealtad, es una de las características menos virtuosas el ser desleal, pero no me sorprende, es una de las múltiples posibilidades que existen. El mal y sus miles de vicios cada vez sorprenden menos.

Creo en la educación, y en que debe tener un porcentaje importante de los ingresos de esta nación, creo en la producción artística, creo en esta conexión fundamental con el otro y también creo en la solidaridad, la cual es parte de mi táctica.




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