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 Los antimodernos representaban la libertad

Textos de crítica
LA RAZÓN, 18 de enero de 2007

«Los antimodernos representaban la libertad»

Con su último ensayo, «Los antimodernos», Antoine Compagnon deshace, como humilde método de relojero, el nudo gordiano que sustenta la modernidad desde la Revolución Francesa: que más vale que el hombre no viva el presente porque toda revolución vive en el futuro. Y el futuro, no siempre llega, aunque la vida pase.

J. Gómez / París

«Cada día, le otorgo menos valor a la inteligencia». Con este hilo renegado, Marcel Proust le tejió un traje al iluminismo en «Contra Sainte-Beuve». El autor de «Por el camino de Swan», al igual que Balzac, Chateaubriand o Flaubert, avanzó siempre con el remo a contracorriente. Modernos a su pesar, minoritarios por vocación, estos maestros armaron murallas de palabras para resistir al viento moderno de su tiempo. Dandys del pesimismo, apostaron por un orden del conocimiento que huyó de la razón para refugiarse en lo intuitivo y lo sensible. Nuevos autores fueron palpando inconscientemente esas huellas, borradas por el pensamiento dominante y el culto cegador de las vanguardias. ¿Conservadores? ¿Tradicionalistas? ¿Reaccionarios?

«No. Ellos son los auténticos modernos, precisamente por su antimodernismo, por su originalidad al negarse a seguir el entusiasmo vanguardista», explica a LA RAZÓN.

«Todos son felices, todos persiguen lo mismo, y aquél que no está de acuerdo, acabará sus días en un hospital psiquiátrico», bramaba el Zaratustra de Nietzsche. Cioran, Valéry, Bernanos son otros inquilinos de ese selecto manicomio del inconformismo que la Historia se ha encargado de llenar. Ésos que, como dijo Jean Paul Sartre sobre Baudelaire, avanzan siempre mirando por el retrovisor de su época. Y que, en España, se vistieron de Unamuno, de Baroja y de Larra. Profesor en el prestigioso Collège de France, ingeniero de caminos y puertos y, quizás por ello, quizás pese a ello, uno de los mayores expertos franceses en crítica literaria e historia del pensamiento.

   -Todos los escritores que usted analiza en «Los antimodernos» rechazan la vanguardia, pero desde el anticonformismo. En el fondo, ¿la vanguardia es el ropaje con el que se viste el consenso en cada momento histórico?

   -En cierto modo, la vanguardia es el consenso del optimismo. Yo opongo la modernidad a la vanguardia. Baudelaire ya mostró su desacuerdo con este término militar, en el que siempre hay una dimensión futurista, de confianza en el después. Quienes yo califico de modernos, por su pesimismo hacia el progreso, se abrigan exclusivamente en el presente, como el propio Baudelaire.

   -¿Nunca en el pasado?

   -No, porque todos ellos tienen en común la sensación de una imposible vuelta atrás. Son conscientes de la irreversibilidad del tiempo, mientras que los reaccionarios o tradicionalistas piensan, por lo general y como pone de manifiesto la Revolución Francesa, que es posible una restauración del antiguo Régimen. Joseph de Maistre, Stendhal o Chateaubriand son plenamente conscientes de la Historia. Saben que no hay vuelta atrás.

   -Usted califica el antimodernismo de fenómeno exclusivamente francés.

  -El antimodernismo nace de un sentimiento de «tempus fugit», de nostalgia o de melancolía, algo que es recurrente desde la antigüedad. Pero lo que hace la fuerza de esta tradición es la ruptura que imprime la Revolución Francesa, cuya influencia es enorme durante los siglos XIX y el XX, donde los autores estaban obligados a pronunciarse en relación con ella. La revolución tiene un carácter irreversible y despierta un sentimiento de pérdida.

  -Sin embargo, autores españoles como Unamuno, Baroja o Larra pueden cobijarse bajo su carpa del antimodernismo. El sentimiento de pérdida, de hecho, hilvana la generación del 98.

   Rechazo a lo material. -Sí, Unamuno es sin duda un autor en la línea de los antimodernistas, como lo prueba su interés por ciertos autores franceses en los años 20 y 30. Otros autores europeos antimodernistas, como Thomas Mann o T. S. Elliot, también. Todos pertenecen a la corriente modernista y, al mismo tiempo, presentan una reluctancia al modernismo. Son escritores y mantienen una fuerte posición estética, de dandy, como Baudelaire o Chateaubriand. Pero sólo en Francia el testigo antimodernista pasa sin interrupciones durante dos siglos.

   -¿La mala imagen de muchos de los antimodernistas proviene, más que de su repudio por la razón, del rechazo a la democracia?

   -Para qué negarlo: los antimodernos no eran unos demócratas convencidos. Todos manifestaban una cierta desconfianza hacia el sufragio universal. El primer sufragio universal en Francia, en 1848, le dio el poder a un dictador, Luis Napoleón Bonaparte. Tienen la sensación de que el voto es un engaño. Son intelectuales antes de tiempo. Pretenden influir con sus posicionamientos públicos, pero miran desde arriba al político, cegado por sus intereses menores. Muchos intelectuales franceses de diferentes épocas, como Mallarmé, Valéry o Sartre no votaban. Eso era para el pueblo. Frente a las obligaciones de la política, se refugian en la libertad de la literatura. Esa idea de aristocracia intelectual está presente en Flaubert y, por ejemplo, también en Nietzsche.

   -Muchos de los antimodernos se refugiaron en la religión, como Cheteaubriand o Charles Péguy. Según afirma usted en su libro, «como vuelta a la voluntad divina frente a la voluntad popular». Pero también se intuye un interés por la espiritualidad como oposición al mundo material.

  -En la tradición francesa, el poder es la burguesía, el materialismo. En francés, burgués es una palabra que adquiere enseguida una connotación negativa, al contrario que en alemán. El rechazo de lo material despierta en estos escritores, en efecto, un interés por lo espiritual. Un ejemplo es la hostilidad baudeleriana contra el progreso, supuestamente contrario a la moral. Los antimodernos abrazan a Hobbes frente al optimismo de Rousseau, porque la huella del pecado original impide la bondad del hombre, representaban la libertad. Baudelaire explicó que el humanismo de «Los Miserables», de Víctor Hugo, le despertaba impulsos de sadismo.

   -¿Es imposible ser antimodernista sin contradicción? Cada uno de sus autores tiene la suya, como el violento y colérico Céline, capaz de un canto contra la guerra como «Viaje al fin de la noche».

   -Sí, todos son antimodernos en reacción a una reacción, todos tienen sus contradicciones. Mire Chateaubriand, exaltado revolucionario en 1789, y profundamente contrarrevolucionario tras el asentamiento de la Revolución. En cierto modo, todas las personas interesantes son contradictorias. Todo pensamiento interesante está atravesado por paradojas.

   -Usted fue discípulo de Roland Barthes en este Collège de France [donde se celebra la entrevista] y con él cierra su linaje del antimodernismo. Sin embargo, Barthes siempre ha sido visto como un vanguardista.

   -Tampoco yo me esperaba, al releer sus últimos cursos, encontrar una serie de rasgos comunes al temperamento que yo identifico como antimoderno. Eso me permitió releerlo desde el final y reinterpretarlo. Desde el inicio, siempre mantuvo las distancias con el vanguardismo, con el que sí se alió políticamente. Y enfrentó, en cada momento, a las ideologías dominantes.

  -¿Sigue siendo válida la dicotomía de Thibaudet, que usted asume en su libro, según la cual la política francesa siempre viró a la izquierda y la literatura, a la derecha?

  -En cuanto a la vida política, sí, por la obsesión de lo políticamente correcto y la carga de la ideología. En cuanto a la literatura [Compagnon cavila]... no sé... autores como Michel Houellebecq o Philippe Sollers coinciden, más o menos, con el perfil antimoderno.

   -Su largo silencio parece un síntoma de que la vida literaria francesa está más o menos en coma. De hecho, existen apenas autores de renombre mundial. Y en su libro, el último antimoderno citado es Barthes, muerto en 1980.

   - Es cierto, en la literatura francesa no ocurre prácticamente nada. Ese vacío es una situación fundamentalmente nueva, por la vitalidad que siempre ha tenido la vida literaria de este país, pro yo creo que esa decadencia es común a toda Europa.

   Los nuestros
   Compagnon identifica a sus «antimodernos» en seis terrenos. En la política, los contrarrevolucionarios; en la filosofía, quienes se opusieron al culto a la razón que protagonizó el siglo de las Luces; en la moral, se recluyen en el pesimismo frente al progreso; en la religión, asumen que el pecado original demuestra la maldad intrínseca del hombre; estéticamente, persiguen lo sublime como escapatoria del materialismo y, finalmente, abogan por la retórica de la vituperación.



Letras con método

Antoine Compagnon nació en Buselas en el año 1950. Ha sido profesor de Literatura Francesa en la Universidad de La Sorbona (Paris IV) y en la de Columbia (Nueva York). A finales de mes publicará en España su primer ensayo, «Los antimodernos» (en la editorial El Acantilado), libro que cosechó un notable éxito el año pasado en Francia. Entre su extensa bibliografía se cuentan títulos «La Seconde main ou le travail de la citation» (1979), «Nous, Michel de Montaigne» (1980); «La Troisième République des Lettres»(1983), «Proust entre deux siècles» (1989), «Les Cinq Paradoxes de la modernité», (1990), «Chat en poche: Montaigne et l’allégorie», (1993) o «Baudelaire devant l’innombrable» (2003).

www.premiosliterarios.com




 
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