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 Germán Marín

Entrevistas y noticias actuales
EL MOSTRADOR, 22 de mayo de 2006

En medio de la polémica
Germán Marín: ''Yo no sirvo para el Premio Nacional de Literatura''
En las últimas semanas el escritor ha estado en el ''ojo de la tormenta'' del debate literario a propósito de sus posibilidades de ganar el máximo reconocimiento de las letras nacionales. Pero Marín pasa de la crítica, no usa su derecho a réplica y asegura, en cambio, que no responde al perfil de quienes ganan el reconocimiento, y agrega que le parece un trofeo ''sospechoso''

por  Ximena Jara

Tiene la voz rasposa y ronca del fumador incorregible que consume una cajetilla de cigarros al día. Tiene el bigote cano, enrubiecido de nicotina delatora. Tiene la respiración desacompasada y a ratos trabajosa. Tiene una rotundidad en las palabras y en los gestos que le han valido enconadas enemistades y lealtades encendidas.

Especialmente en los últimos días, en los que Germán Marín, autor de Círculo Vicioso y La ola muerta, ha estado en el ojo del huracán a propósito del debate por el Premio Nacional de Literatura. Frente a las críticas que escritores como Gonzalo Contreras y Sergio Gómez han hecho de su literatura, han sido sus amigos –casi todos pertenecientes a la generación post "nueva narrativa"- quienes lo han defendido. Él advierte de entrada que no tiene ganas de hablar de ese tema.

Está consciente de que es uno de los principales candidatos al polémico galardón nacional, junto con Diamela Eltit, José Miguel Varas y Miguel Serrano, entre otros. Pero dice que no responde al perfil de los que históricamente lo han ganado, que no es un "chico bueno", y se ríe burlón.

Por estos días, termina de publicar la trilogía Historia de una absolución familiar, compuesta por Círculo vicioso, Las Cien águilas y La ola muerta, en Sudamericana –donde también es editor-, y ultima los detalles de su novela La princesa del Babilonia, que saldrá en noviembre en la colección La otra orilla del sello Norma. Una actividad que contrarresta sus dichos de hace algún tiempo, cuando pensaba que su trilogía biográfica sería su última publicación. "En ese momento yo estaba muy enfermo, con oxígeno y todo eso. Pensé que se terminaba una etapa, que posiblemente iba a escribir algo más, pero no iba a salir a la luz. Por eso no hablaba de nuevos libros; ¿cómo me iba a atrever?"

-¿Cuál es la situación, hoy día?

-Mejor. Aquí me ve, trabajando.

-A propósito del trabajo: su doble militancia en Sudamericana, como editor y como escritor, ¿no le complica?

-No es que yo me apruebe a mí mismo. Mis originales se revisan en Buenos Aires. En todo caso, pensé en irme a otra editorial y acá sintieron que era un desaire. Sin embargo, cuando termine de publicarse la trilogía quedo liberado para publicar en otro lado. En la feria del libro seguramente va a estar La princesa del Babilonia, que transcurre en una discotheque del puerto de San Antonio.

-En algún momento usted dice sentirse obligado a comenzar a hablar desde la referencia biográfica, a partir de la vida que se le desarma con la dictadura. ¿Cree que el golpe nos obligó a todos a una reinterpretación, a una redefinición de nosotros mismos?

-Por supuesto. En mi caso, la dictadura crea una gran incertidumbre no sólo respecto de la historia del país, sino también en lo literario; hay momentos en los que descreo de lo que hasta ese momento había hecho. Entro a un cuestionamiento, una revisión de los valores que había tenido, muchas veces para reafirmarlos, pero con otra mirada. Esa búsqueda me lleva a rastrear no sólo mi identidad individual, sino como resultado de una familia, y ahí uno encuentra elementos que lo ayudan a definirse. No es suficiente saber que nací un 7 de marzo; tengo que retroceder históricamente hasta mis abuelos italianos, o mis otros abuelos, latifundistas quebrados.

-Usted ha dicho que escribe desde el resentimiento. ¿Se refiere a esto también?

-Sí. En el exilio soy un personaje que se aleja mucho del mundo de los exiliados chilenos. Es un mundo ambiguo, porque por un lado hay sufrimiento, y por otro, hay un exilio que supuestamente representa a todo el pueblo chileno; es una representación indebida y casi obscena del sufrimiento real que tiene Chile en ese momento. Ese exilio, que se autoproclama representante, a mí me provoca un franco rechazo.

-¿Siente que hubo una suerte de oportunismo en ese sentido?

-Sí, por supuesto. Oportunismo es la palabra, y está en el diccionario: se puede emplear perfectamente. Hubo eso. Yo lo combato, lo rechazo, pero eso me provoca una huella que, a su vez, me genera un resentimiento respecto de esas clases, y de los míos, que eran la izquierda.

-¿Eso significó una escisión que todavía dura?

-En buena parte todavía persiste, si bien voto por la Concertación; no tengo otra salida. Nada más.

-De vuelta en Chile, ¿cómo se relaciona con los otros que vuelven y con los que permanecieron?

-De vuelta, me encuentro con que varios de mis amigos han muerto: Enrique Lihn, Martín Cerda, al poco tiempo muere Carlos Ossa. Quedo bastante aislado en relaciones personales. Con la generación mía no tengo contacto, no me interesa para nada, me aburren. Son unos individuos que se quejan mucho, unos quejetas. Dentro del aislamiento, después de un tiempo largo, empiezo a conocer de modo azaroso a gente muy joven con la que empiezo a conversar: Matías Rivas, Rafael Gumucio, y me empiezo a ligar con esta generación. Nos hacemos amigos en un plano de total igualdad; no soy una especie de padrino. Patricio Fernández, Roberto Merino, Alejandro Zambra, todos ellos son parte de este grupo. Esto ha llevado en los últimos días de que se hable de que habría una suerte de mafia que me rodearía, cosa que me resulta muy curiosa.

-¿Le hace gracia la figura?

-La primera vez hace gracia. La segunda y la tercera ya no, porque es inexacto, es una mala interpretación, no quiero enjuiciar, pero es absolutamente errónea. No me interesa calificarla, pero no lo voy a hacer.

-Ha dicho que uno de sus grandes temores fue siempre la parábola del hijo pródigo: la amenaza de retomar los valores heredados que en algún momento se rechazaron.

-Siempre tuve mucho miedo a traicionar los valores de mi juventud. Eso me ha preocupado siempre, no repetir la historia del hijo que se va de la casa del padre, y vuelve un día para asumir todos los valores que un día condenó. Es lo que he evitado.

-¿Se siente orgulloso de no haber cedido a la tentación?

-No sé si orgulloso, pero tranquilo. En Chile, el que hace traición de clase lo puede pasar muy mal: Arturo Alessandri Palma lo hace en los años 20 y lo exilian, aunque vuelve después, y se da cuenta de que los poderes son muy fuertes, que hay que conciliar con ellos. Salvador Allende también traiciona a su clase, no es el doctor común y corriente de la burguesía, pero no vuelve: se compromete en un proyecto que le cuesta la vida.

-"Uso a Chile como un enorme basurero en el que puedo rastrear para escribir. Yo soy un novelista que vive de escarbar la basura", dijo en una ocasión. ¿Todavía es Chile un basurero tan grande?

-Sí. Todavía. Además, los escritores somos pájaros carroñeros frente a la realidad. Un escritor tiene que entrar a indagar, tiene que ensuciarse. Es la impresión que yo tengo.

-¿Está consciente de que es uno de los candidatos más fuertes al Premio Nacional de Literatura?

-Claro, pero sin ilusión. Yo no sirvo para ese premio.

-¿Cree que es un mal candidato?

-No quiero decir que sea un mal candidato, pero no sirvo para ese premio. Para tenerlo hay que ser un buen chico. No es que yo sea un mal chico, pero no soy bueno. No creo. Hay que hacer campaña, hay que lograr listas de adhesión, cartas de gente prestigiosa... hay que hacer muchas cosas, y yo no estoy para eso, no me gusta.

-Siempre estarán los amigos que pueden hacer campaña por uno...

-Pero eso es un poco una complicidad. No. Creo que hay que dejar las cosas como son. Prefiero un premio como el de la crítica, que me dieron hace poco. Tiene mucho valor que diez críticos digan que mi novela es la mejor del año. Eso me alegra y me deja tranquilo, no hay gato encerrado.

-¿Y el Premio Nacional de Literatura le provoca resquemores?

-Me siento sospechoso de algo. ¿De qué? No sé, pero me sentiría sospechoso de algo.

-¿Lo recibiría?

-Mire, no puedo rechazar lo que no me han dado, a priori, pero es complejo. Claro, no es malo recibir una renta, podría dejar de trabajar, irme a mi casa, pero nada más. Mi vida no cambiaría; es un premio que no hace cambiar la vida de nadie. Yo no digo que los premios estén destinados a cambiar la vida de alguien, pero es un premio medio rata. Son ocho millones, y te dan una renta de empleado medio superior. ¿Qué hago con ocho millones? Supongamos que tengo un problema habitacional... ¿qué puedo hacer?

-Puede dar un pie y postular al subsidio.

-Eso no es solución. Y con 700 mil pesos de renta viviría con dos pares de zapatos al año, agua caliente y chao. No es mucho. En un año podría ganar lo que gana un ejecutivo en un mes. Es una miseria. Y que nos estemos rompiendo el culo, ensuciando por esto, no vale la pena.

-¿Por eso no quiere entrar en la polémica?

-No quiero, porque estamos peleando por cosas chiquititas, que no valen la pena. No me interesa, no es mi juego.

-¿No le aburre el silencio? ¿no le llega la hora de golpear la mesa?

-Yo conocí el silencio profundamente, de manera sostenida. En Barcelona estaba solo en una ciudad; eso es silencio, eso es soledad. Hoy salgo a la calle, me reconozco, reconozco los lugares de mi infancia. Hoy no me amenaza el silencio, no me siento solo.

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