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 Los escritores nacionales son sujetos de cartón piedra

Entrevistas y noticias actuales
EL PAÍS, 17 de marzo de 2007

ENTREVISTA: Bernardo Atxaga Escritor

"Los escritores nacionales son sujetos de cartón piedra"

EVA LARRAURI - Bilbao – Foto: L. Rico


El paseo de Bernardo Atxaga por las calles del Casco Viejo de Vitoria, la ciudad donde vive con su mujer y sus dos hijas, se interrumpe una y otra vez. Un desconocido le saluda; una mujer le pide que espere para que pueda entregarle una copia de una guía de iniciación a la lectura.

Atxaga, el escritor vasco más leído, traducido a 30 lenguas y el primero que logró un Premio Nacional de Narrativa para una obra escrita en euskera, es la cara de la literatura vasca dentro y fuera de Euskadi, aunque él se revuelve cuando acechan quienes le convierten en "el escritor vasco". Hoy leerá en Asteasu (Guipúzcoa), el pueblo donde nació en 1951, su discurso de entrada en Euskaltzaindia, la Real Academia de la Lengua Vasca. Será recibido en el acto oficial con el seudónimo que inventó para su carrera de escritor, Bernardo Atxaga. Su nombre, José Irazu, ha quedado para la vida familiar y el papeleo oficial. Y él responderá con un discurso que, sospecha, hará pensar a la audiencia que ha tomado "un poco de mescalina antes de escribirlo".

La condición de académico no encaja bien con el escritor. "Yo soy marginal al mundo de Euskaltzaindia", dice. Fue propuesto como académico hace cinco años, pero entonces no aceptó. "

La entrada en Euskaltzaindia supone por mi parte la aceptación de mi propio itinerario:

empecé a escribir en lengua vasca, me educaron escritores en lengua vasca, y me empujaron lectores vascos", explica. "Y es un reconocimiento de lo que mi vida en Bilbao [sede de Euskaltzaindia desde su fundación en 1919], donde decidí ser escritor y donde encontré a mis primeros lectores, me ha supuesto como escritor".

El recibimiento de Euskaltzaindia coincide con la reedición de tres de sus obras: Obabakoak (1988), la obra con la que ha conseguido más premios y reconocimiento; El hombre solo (1993), la novela con la que abandonó el mundo mítico para narrar una historia realista con el terrorismo como telón de fondo, y Esos cielos (1995), donde recoge las reflexiones de una mujer que regresa a casa tras abandonar la organización terrorista en la que militaba.

Los tres libros componen una retrospectiva de la literatura de Atxaga a lo largo de los 20 últimos años. "Son libros con una continuidad total. En esas tres obras se ve con bastante nitidez lo que ha sido pasar de un mundo alquiler" href="http://www.cumbresborrascosas.net/" target="_self">rural vasco, un poco al margen de la historia, a un mundo en el que ha entrado el lenguaje político y la lucha política, y hay armas y ha habido muertos".

¿Qué ha cambiado desde que Obabakoak vio la luz? "Entonces casi todas las crónicas hacían hincapié en que se trataba de una obra escrita en lengua vasca. El adjetivo ya no tiene tanta relevancia. Todas las lenguas son en muchos sentidos la misma lengua", defiende. "Yo nunca pensé en mí como un escritor vasco, lo que es importante es el sustantivo, que uno es escritor. La lengua en la que escribes tiene una implicación social, política o afectiva, pero que un cuento sea bueno o malo, que una novela sea convencional o no lo sea, depende de lo que el autor lleve dentro y no del idioma que utilice. La prueba es que se traduce".

La realidad de la violencia en el País Vasco ha entrado de forma tangencial en la obra de Atxaga, a través de personajes vinculados con el terrorismo. "Lo que menos me interesa es la acción por la acción, y aún menos una lectura alegórica, ideológica, moral de esos asuntos. No digo que no haya que hacerla, pero la literatura es otro terreno", señala el autor de Esos cielos, una novela protagonizada por una mujer que regresa al País Vasco tras abandonar la prisión. "Tengo la convicción de que imaginando y observando a esas personas que han creado sufrimiento y que se lo han dado, podemos entrar en las grandes verdades. Y lo hago a partir de mi experiencia, no busco ningún utilitarismo".


En la política activa, en cambio, entró de cabeza. En las últimas elecciones Atxaga apoyó las candidaturas de Ezker Batua, con tanto protagonismo público como los cabezas de lista. "Soy más convencional en mi vida como ciudadano que como escritor", reconoce. "Yo apoyo a Ezker Batua porque es el grupo más moderado que conozco a mi alrededor. Es un partido que sigue la tradición de la izquierda, reformista, como lo soy yo".

Atxaga sigue adelante con su compromiso a pesar de las críticas, alejándose de "los políticos que necesitan escritores nacionales". "En países pobres o pequeños, el escritor corre el riesgo de convertirse en escritor nacional de la noche a la mañana. El mismo riesgo corre el escritor de lenguas minoritarias. El esquema es muy sencillo: el escritor se considera el representante de una cultura especial en la que se basa la legitimación de una unidad política. Aquel que utiliza la lengua, los escritores, en definitiva, están llamados a ser la base de esa cultura. Y si entre ellos hay uno que tiene sus libros traducidos a otras lenguas, es el ideal".

Su rechazo de la etiqueta de escritor nacional es radical. "Supone la inmediata conversión de un sujeto de carne y hueso en un sujeto de cartón piedra, que es lo que son los escritores nacionales. Hacen una lectura abusiva de tu trabajo, con un interés en anularte, privándote de tu particularidad. Yo no soy un escritor nacional de cartón piedra".

El buen humor de Atxaga sale a flote al explicar cómo se defiende de los tópicos que amenazan su identidad como escritor. Ha acuñado un término para la situación que rodea a un escritor que utiliza una lengua minoritaria y trata de salir al mundo: la estereotiposfera. "Te sientes como una nave espacial que tiene que atravesar un territorio peligrosísimo porque todo lo que uno es por carácter, por familia, por educación, esa poquita cosa que es José Irazu, que firma Bernardo Atxaga, es un espacio que ocupan los estereotipos inmediatamente. Funciona de tal forma que me es imposible aparecer como un individuo en muchas partes del mundo".

Atxaga trabaja ahora en un libro al que se refiere como Siete casas en Francia, pero que todavía no tiene título ni fecha prevista de publicación. Será una novela "no muy larga" ("el equivalente en literatura a una carrera de 1.500 metros en atletismo", explica), en la que por vez primera escribe al mismo tiempo en euskera y castellano. "Una lengua respecto a otra actúa como un revelador fotográfico. Cuando cruzas dos lenguas es para bien, depura los textos. Se detecta enseguida si hay materia muerta. Pero en la práctica no es tan fácil", advierte. En Siete casas en Francia aparecerá el humor. "El humor me interesa porque puede ser muy antipático. Es un efectismo, es kitsch. Resulta como una mayonesa que se da a las carnes y los pescados y todo sabe igual". Ahora trabaja en buscar un camino en el que el humor tome suficiente distancia para asomarse "a las trampas de lenguaje con un poco de risa".

La nueva novela llegará tras la experiencia agridulce de la publicación de El hijo del acordeonista (2004). La obra cosechó premios y excelentes críticas -el Times Literary Supplement (TLS) dijo que era "la primera gran novela vasca"- pero también una demoledora reseña en EL PAÍS. Atxaga recurre a una fábula medieval para explicar que sigue afectado por aquellas palabras. "Sanan las cuchilladas pero no las malas palabras. Sólo puedo decir que es cierto. Yo continúo afectado", reconoce. El escritor piensa escribir algún día, "con más documentación", precisa, una reflexión sobre "el efecto multiplicador de las malas palabras". "Se puede hacer una crítica de lo que se quiera, pero si al hacerlo se insulta y se calumnia", concluye, "nos alejamos de lo básico para vivir en democracia".




 
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