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 Novela policial y literatura

Técnica literaria
EL MERCURIO, 18 de marzo de 2007

UNA MIRADA CRÍTICA
Novela policial y literatura
Ignacio Valente
¿Qué diferencia a un maestro del crimen de un gran narrador? Este repaso a las novelas de Chesterton, Wilkie Collins y Nicholas Blake, entre otras, intenta clarificar este enigma y así entender cuándo el género policial alcanza estatura literaria. La realización de los personajes, los diálogos vivaces y el humor son las primeras pistas de la investigación. Conozca el resto.


IGNACIO VALENTE

Las novelas policiales pueden ser buena literatura - ¿por qué no?- pero creo que pocas veces lo son. Porque una cosa es construir con habilidad el armazón del rompecabezas policial, y otra cosa es escribir una buena novela a secas, policial o no. El armazón típico del género, tal como viene de Poe, pasa por Conan Doyle y llega a Agatha Christie o Simenon, comienza por un crimen enigmático, en cuya investigación suele fracasar la policía convencional y triunfar un investigador privado - llámese Holmes o Dupin o Maigret o Poirot- , quien procede más bien por vía lógica o analítica, hasta descubrir al autor, que debe ser el más imprevisible de los personajes.

Hay muchos maestros de esta construcción característica (desde luego, los arriba citados), pero ellos no tienen por qué ser ipso facto grandes narradores, como Doyle no lo es propiamente, ni tampoco Agatha Christie.

Este verano he dedicado parte de mis relecturas a algunas novelas policiales que me convencen como literatura: La piedra lunar, de Wilkie Collins; El candor del padre Brown, de Chesterton; El caso de las trompetas celestiales, de Michael Burt, y, ligeramente por debajo, La bestia debe morir, de Nicholas Blake, y El juez y su verdugo, de Friedrich Dürrenmatt. Es obvio que no pretendo ser exhaustivo ni taxativo; se trata sólo de un tanteo estival colmado de placer. Estas obras, sin duda, arman bien el ajedrez del crimen, pero sobre todo lo verbalizan con buena prosa, lo desarrollan con un auténtico lenguaje narrativo, poseen buen trazo en el dibujo de los caracteres, sus diálogos son vivaces, abundan en humor o ironía, y el arte de estas y otras excelencias literarias no hace sino potenciar los efectos de intriga, suspenso y sorpresa que son propios del género. Por supuesto, entre ambas categorías de relato policial -literario o no- hay gradaciones sin fin, no una línea demarcatoria.

T.S. Eliot calificó La piedra lunar como "la más perfecta novela policial"; también la encomiaron Swinburne, Kipling, Chesterton, Scott Fitzgerald, Borges, entre otros. El delito es el robo de un enorme y legendario diamante amarillo, tan valioso en sí como rodeado de misterio y magia hindú. Sorprende la actualidad formal de un relato que, escrito en la primera mitad del siglo XIX, multiplica los puntos de vista narrativos, consiguiendo así una panorámica total del destino de la joya que pasa de mano en mano, a la vez que una óptima autorrevelación de los personajes hablantes en cuanto caracteres. Pero la maestría suprema de Collins es la complejidad de la intriga, o lo que Eliot llama "sus argumentos a la vez complicados y claros". Lo imprevisible se sucede en forma vertiginosa a través de sus centenares de páginas, en un crescendo sinfónico cada vez más envolvente para el lector, que goza de una novela policial, costumbrista, psicológica, de amor y de aventuras a la par.

El lugar de Chesterton en esta nómina es un tanto excéntrico, porque siendo un gran escritor, no es propiamente un gran narrador: no siempre construye bien los montajes narrativos, y sus argumentos tienden a ser algo caprichosos. Sin embargo, los mejores cuentos del Padre Brown detective derrochan ingenio, humanidad, chispa y - a su manera- suspenso, y lo hacen en tal medida y con tan estupenda prosa, que dejan de importarnos aquellas deficiencias. Por otra parte, el esquema policial de estos relatos es heterodoxo: allí donde el análisis puramente racional - o mejor, racionalista- se pierde en pistas falsas, como le ocurre al propio Flambeau, es el "hombrecito de la sotana" quien descubre al culpable a través de la teología y la moral, es decir, mediante un análisis ético-religioso. Es el conocimiento del alma humana -la sabiduría psicológica del confesionario- lo que le permite dar con el malhechor (y perdonarlo, cuando es posible). El valor intrínseco de las descripciones, los caracteres y los diálogos suple con creces lo que pueda haber de extravagante en la construcción del andamio policial.

En la conjunción de lo detectivesco con lo sobrenatural cristiano, el mejor émulo de Chesterton me parece Michael Burt, en la mejor de sus novelas, El caso de las trompetas celestiales, que también emula el ingenio, el humor y las paradojas del maestro al hilo del misterio policial-teologal. La rama de la teología que opera aquí es la demonología, porque en el crimen y en su descubrimiento se mezclan potencias diabólicas con la acción de sus bien caracterizados protagonistas humanos. Nos movemos en un clima de intenso satanismo, aunque muy al margen del sensacionalismo morboso con que el cine y la novela suelen tratar estos asuntos. El hecho de que los culpables terminen siendo quienes lo parecían desde el comienzo es contrario a la norma básica del género, pero en este caso no disminuyen en absoluto el suspenso y la amenidad de la novela, cuya alta tensión dramática es paliada sólo por sus excelentes descargas humorísticas.

Quiero agregar todavía dos obras menos conocidas, que no han cruzado aún el umbral de la consagración literaria plena, pero cuya calidad es notable. La bestia debe morir fue escrita por el poeta inglés Nicholas Blake, y en su día Borges y Bioy Casares la eligieron para encabezar la famosa colección "El séptimo círculo". Su trama es sumamente original, entre otras razones, porque incluye el diario del posible asesino, y su exégesis es parte esencial de la investigación. La personalidad del asesino forma un excelente cuarteto con la del asesinado, la del oficial de policía y la del detective. Lo más peculiar de este relato es el sinuoso curso psicológico, ético y literario del crimen, por una parte, y luego, en sentido inverso, de su resolución. Sólo le reprocharía yo tres frases en todo el texto, donde aparece sin venir al caso el inoportuno narrador omnisciente; tres frases que rompen la perspectiva del resto, y que son, además, superfluas, porque dejan pistas que no necesitábamos. Me detengo en esta nimiedad justamente porque el relato es tan perfecto, que unas pocas líneas de quiebre formal se notan más en él.

No es casualidad que todas estas obras sean inglesas, ni creo que su mención se deba sólo a mi preferencia personal, sino también a la singular riqueza del ciclo narrativo anglosajón. Pero gustosamente cierro estas líneas con la memorable novela del dramaturgo suizo Friedrich Dürrenmatt, El juez y su verdugo. La calidad policial se une también aquí con el valor literario, del cual destaco sobre todo una soterrada ironía, una sutil crítica de la vida sobre el trasfondo de la sociedad helvética del siglo XX. El comisario protagonista, Brlach, es todo un carácter, una humanidad viva, un intuitivo clásico en quien prevalece el buen olfato, y que se mueve en amable y hasta graciosa pugna con su jefe de policía, científicamente criminalista pero carente de intuición. El juego de utilizaciones recíprocas entre el comisario y el criminal es tan astuto como verosímil, y se prolonga hasta la última página. La escritura es sobria, apretada, y tras los diálogos, esenciales y sabrosos, se adivina la buena mano del dramaturgo. No entiendo bien cómo esta novela - editada en castellano junto al estupendo relato breve que se titula "El desperfecto"- no ha alcanzado más nombre y difusión.

Sin duda otros lectores - o críticos- propondrían nóminas diversas y distintas de ésta, que es opinable y tentativa, y que sólo intenta esclarecer ciertas cualidades mínimas del género policial para alcanzar estatura literaria.




 
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