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 ¿El fin de la novela y el retorno de la poesía?

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LA PATRIA, 25 de marzo de 2007

¿El fin de la novela y el retorno de la poesía?

eduardo garcia aguilar

Ya quedan pocas dudas de que la novela como género ha llegado a su fin y que en pleno siglo XXI es sólo agónica reminiscencia de un invento decimonónico que sobrevive como pequeño negocio de escasa rentabilidad. En esos viejos tiempos, cuando nadie imaginaba ni en los sueños más delirantes o bajo los efectos de los más descabellados narcóticos la futura existencia de la televisión e internet, la novela era un objeto necesario para acompañar las extensas horas del ocio de la élite adinerada y culta o de una amplia clase media que accedía poco a poco a la alfabetización y a la cultura en las grandes ciudades y las provincias prósperas. La novela tuvo un auge extraordinario bajo la mirada patriarcal de un tótem tan exitoso como Víctor Hugo, el autor de Nuestra Señora de París y Los Miserables, líder de una generación romántica desesperada que vivió revoluciones y atestiguó la irrupción del mundo moderno industrial, con sus fábricas, obreros, turbinas, barcos de vapor, trenes humeantes y periódicos de amplia circulación.

En toda Europa, desde la España de Galdós y la Francia de Balzac hasta la Rusia de Dostoievsky y Tolstoi, pasando por Inglaterra, Alemania y el Imperio Austro-Húngaro de Joseph Roth, Musil y Broch, el género floreció hasta bien entrada la mitad del siglo XX en diversas versiones, desde los folletines en serie que anticipaban las telenovelas, hasta los mamotretos profundos de Proust, y Thomas Mann y sus múltiples seguidores, sin dejar de lado la renovación frívola y gozosa venida de Estados Unidos con autores de éxito mundial como Scott Fitzgerald, Faulkner, Hemingway y Capote.

Miles de novelistas hicieron la delicia en todos los países, convirtiéndose en expresiones de cierta «energía nacional» que era siempre recuperada por los gobiernos. Como el gran maestro barbado francés Víctor Hugo, que fue joven utópico, vivió el exilio y terminó en las bancas de la notabilidad política antes de ser sepultado con todos los honores, los novelistas representaban o aspiraban a representar a sus respectivas naciones y se convertían en banderas de un orgullo que concentraba la lengua recuperada de pueblos en diáspora, la historia patria de héroes y batallas gloriosas o la gesta la lucha anticolonial o la agresividad imperial.

Y cuando el género ya era socavado desde el interior por lúcidos autores como Raymond Roussel, James Joyce y su discípulo Beckett, o por Franz Kafka, Céline, Virginia Woolf, Djuna Barnes, Jorge Luis Borges, Italo Svevo y una amplia pléyade de autores centroeuropeos, los remanentes de ese ejercicio de estirpe decimonónica, oloroso a ajo, polilla y alcanfor, llegaban como novedad a América Latina y a otros países del Tercer Mundo. Allí, al calor de la guerra fría y las ideologías totalitarias que ofrecían un nuevo mundo radiante, surgía una nueva floración de naciones sedientas de patriarcas novelistas, clones del viejo Víctor Hugo, oráculos de todos los saberes y las consignas, especies de dioses o ídolos falsos de barro aptos para amansar a muchedumbres necesitadas de papá, castradas de antemano, listas a obedecer, a admirar hasta el vómito al gran pelotudo genial, por lo regular gordo y encorbatado y amante de medrar al lado del tirano de turno. Todos esos novelistas patriarcas del Tercer Mundo, infalibles e infinitamente amados por sus súbditos eran la contraparte necesaria del dictador omnisciente o omnipotente. Stalin, Mao Tse Tung, Kim Il Sung, Fidel Castro, como en su tiempo Hitler o Mussolini, Pérez Jiménez, Trujillo, Batista, Perón, para sólo mencionar a unos cuantos, fueron arquetipo ejemplar del Macho Anciano desmenuzado por el gran poeta chileno Pablo de Rokha.

En América Latina, de manera tardía en ese auge de energías nacionales tercermundistas, tuvimos derecho a nuestras dosis de Rómulo Gallegos, Miguel Ángel Asturias y Alejo Carpentier, y después de ídolos del «boom de la literatura latinoamericana» como García Márquez, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, o poetas nacionales como Pablo Neruda en Chile y Octavio Paz en México, todos ellos Papás Grandes todopoderosos colocados hasta la saciedad en el centro de las plazas o junto a la Catedral, en grandes imágenes iluminadas de Soles Rojos frente a las que la muchedumbre debía arrodillarse, babear y llorar. Y después de esa parodia anacrónica tardía de nuestros Víctor Hugos nacionales, para rematar el proceso de fin de la novela, ha llegado desde los grandes centros financieros al escenario latinoamericano el autor únicamente comercial que se vende como papas fritas o hamburguesas Mc Donald, tipo Isabel Allende o Pérez Reverte y que ya no representa a la nación sino a la empresa multinacional del caso: Santillana, Planeta o Random House Mondadori.

Es el nuevo heraldo del fin: un novelista best-seller en serie que nace, crece, se reproduce y desecha con rapidez vertiginosa en las oficinas de contabilidad de las grandes editoriales y a quien supuestamente la muchedumbre debe hoy adorar como antes adoraba al Omnisciente y Omnipotente Autor de la Nación. Y este último engendro de impostura paraliteraria, sin tetas y sin paraíso, es la prueba tangible de que la novela murió y que por fortuna sólo tal vez queda la poesía, donde no hay nada que ganar, salvo sólo el olvido.

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