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 La literatura de los sentimientos

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LA NUEVA ESPAÑA, 9 DE ABRIL DE 2007

La literatura de los sentimientos

El filósofo y poeta avilesino José Antonio Suárez sobrevive al olvido de una generación que incluyó nombres como Gerardo Diego, Cela y García Nieto. Su mirada anda un tanto perdida. Su atención por la vida sigue dependiendo de unas líneas, de unas páginas, de unos libros que sirven para llenar los pensamientos que siempre tuvo y nunca abandonó. El avilesino José Antonio Suárez, filósofo y poeta, sigue creyendo en la vida, aunque un giro rotundo del destino le postrara durante diez años sin memoria recuperándose de un accidente de tráfico que hirió el corazón de su cerebro. Su nombre literario, construido junto a grandes hombres de la Generación del 50 y formando parte de las tertulias madrileñas de los Once y del Café Gijón, perdió el rumbo y ahora trata de recuperarlo.

Alicante, Antonio Juan SÁNCHEZ

Acaba de cumplir 86 años, los últimos 47 vividos en Alicante, reivindicando un espacio para su filosofía del anhelo, sobreviviendo entre las penurias del día a día e intentando, con ilusión, seguir editando nuevos libros. Nació formándose y creció dibujando con sus reflexiones teorías con las que ayudar al hombre... hasta que tuvo que conformarse con ver pasar la vida. Se agolpan los recuerdos y tiene prisa por contar muchas cosas en poco tiempo.

«Me considero filósofo y poeta», reconoce José Antonio Suárez, pero sobre todo es un luchador nato que ha sabido, como nadie, contrarrestar los golpes de la realidad. Los malos momentos se cuelan en la conversación sin dejar apenas respirar. Maldito destino. «Mi carrera como escritor se rompió completamente, mi camino literario tenía que haber sido más amplio. Sufrí un accidente de automóvil en Barcelona, en Martorell concretamente, en 1975; ahí se quebró mi vida definitivamente para escribir, perdí la memoria, estuve diez años entre la vida y la muerte y dejé completamente de existir para las letras. Esa quiebra -enfatiza- me marcó para siempre, me quitó del sitio que me correspondía y perdí negocios y cualquier interés, incluso, por pensar. Fue terrible».

Hasta llegar a ese instante, el asturiano José Antonio Suárez movió sus ilusiones y su intensidad por la creación literaria desde Avilés a Oviedo, pasando por Barcelona, existiendo intensamente en Madrid, para asentarse en Alicante. «No soy ateo, soy agnóstico... y la vida me ha demostrado, con todo esto, que es un misterio».

Desde lo más profundo de su mirada busca el color en cada palabra y alcanza matizaciones inimaginables. Rápidamente pasa de empezar a publicar libros, entre versos y pensamientos, a encontrarse bajo la tutela del marqués de Teverga y a participar activamente en las tertulias más relevantes del momento. «Hablábamos, sobre todo, de literatura; pero también los temas que se suceden en la actualidad de cualquier sociedad servían para que nacieran opiniones».
Eugenio d'Ors, Manuel Machado, Zabaleta, Andrés Vidau, Camilo José Cela, García Nieto, Aldecoa, Fernández Santos... para todos tiene una frase de reconocimiento y complicidad.

Y, por encima del resto, Gerardo Diego. Su gran amigo. «No perdí el contacto con él, fuimos muy amigos, y lo mismo ocurrió con García Nieto». Asiduo en las reuniones del Café Gijón y de la tertulia de los Once, incluyó por méritos propios sus textos junto a las consideraciones literarias de la Generación del 50. «¿Qué echo de menos de aquel entonces? Ahora no hay debate diario, ni nada. No hay más que influencias y amigos. Entonces había un diálogo de verdad y conversaciones realmente poéticas».

En aquella etapa comenzó a crecer su fidelidad por la filosofía y su obsesión se ha centrado en la filosofía del anhelo. «Creo que mi pensamiento filosófico es de lo más interesante que se conoce, porque se relaciona el anhelo como un órgano, igual que la memoria. El anhelo, no es ni esperanza ni angustia, está en medio de los dos». Señala José Antonio Suárez que le apasiona la línea teórica que manejan los neurólogos, «para que pudieran ver ese punto de unión entre la filosofía y la neurología».

Se nota con claridad que ahora no hay otro tema que le apasione tanto como ése. «El anhelo -insiste- asegura y preserva al ser de su libre destrucción y de la angustia temporal. Yo relaciono el anhelo con la naturaleza misma... lo importante es lo específico, no lo general». Y cualquiera que le escuche se dejará llevar por el particular mar de sentimientos que lo inunda todo con sutil delicadeza.

José Antonio Suárez no permite que el tiempo pase sin más, aprovecha hasta el más pequeño de sus rincones. Al fondo, una inmensa biblioteca deja más que claro los motivos que le ayudan a seguir. Unos 6.000 títulos son testigos de excepción del paso de las horas, donde historias, pero sobre todo ensayos, dan sentido a la secuencia existencial del propio José Antonio Suárez y su mujer, María del Carmen Nieva de Manterola, una farmacéutica que lo dejó todo por seguir cuidando al escritor en los momentos más difíciles y complicados. Ahora, aunque una enfermedad la tiene limitada, aún demuestra su complicidad con el regalo diario de seguir siendo.

La casa donde viven ambos está llena de años, pero nada puede con ellos dos. José Antonio y María del Carmen todavía permiten que la esperanza comparta con ellos las escenas más cotidianas. La precariedad económica con que les ha pagado la realidad hace que las cosas no sean nada fáciles. «Nadie se ha acordado ni de mi obra ni de mí», asegura, y suena hasta cruel.

«Los años más difíciles los pasamos en una lucha constante, y la recuperación, de la que aún me quedan secuelas, fue lenta y muy dolorosa porque arrastró consigo casi todo lo que teníamos». Y más cosas, «todo lo que había conseguido en tanto tiempo dentro del mundo de la literatura se derrumbó en unos instantes. Es como si nunca hubiera formado parte de aquellos escritores, es como si el silencio hubiera inundado toda mi vida».

Aún así vive con la ilusión de que la literatura y la filosofía sigan siendo, junto a su mujer, los pilares para seguir en el trayecto que marca el futuro inmediato. Quién le iba a decir que tras tener que publicar «Mortal Eterno», tendría que presentar su «Dios y Chito» con el seudónimo de Antonio Víctor. «El libro empezó llamándose "Sonetos a mi perro" y mi editor me propuso que para diferenciar mis textos de poesía de los escritos filosóficos firmara de dos formas diferentes. También por cuestiones políticas en aquellos tiempos tuve que cambiar mi firma».

Después llegaron más razones para continuar el camino con firmeza y el Instituto Juan Gil-Albert publicó hace unos cinco años una recopilación de sus ensayos con el título genérico de «Filosofía del anhelo». Igualmente dejó su particular huella en la «Antología de poetas asturianos» que editó el Instituto de Estudios Asturianos de Oviedo. El hoy también tiene su protagonismo y José Antonio Suárez ya tiene preparado un nuevo libro que espera pacientemente dejar de ser un proyecto para convertirse en realidad.

Lee en voz alta algunos de los pasajes de la que espera sea su nueva publicación, mira cara a cara al futuro, desafiando casi todo lo que le quede por pasar, y reconoce que se pasa el día leyendo, «sobre todo la prensa y ensayos, muchos ensayos». Intercala sucesos de su pequeña historia con anécdotas de los pasajes vividos «defendiendo la monarquía o formando parte del Partido Neoliberal Español».
No quiere abandonar la vida literaria, no quiere marcharse sin que se sepa que sus teorías son práctica diaria y respira hondo para «afrontar lo que venga». Un punto de melancolía renace de nuevo cuando piensa que «me negaron un sitio que merecía, pero la vida tiene estas cosas». Mientras tanto todavía le quedan ganas de conversar, prácticamente de casi todo, como si no le faltara de nada, aunque la realidad muestre, desgraciadamente, otra dimensión de las cosas.





Columnas de prensa. Temas de actualidad. Otro enfoque



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Una biblioteca increíble.



 
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