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 Bukowski: Literatura enamorada del fracaso

Técnica literaria
EL DIARIO MONTAÑÉS, 9 de abril de 2007

Bukowski: Literatura enamorada del fracaso

ALBERTO SANTAMARÍA/

De pronto la figura de Charles Bukowski reaparece. Una interesante biografía, así como una buena dosis de su epistolario acaban de ver la luz en el mercado editorial; sin olvidar las últimas traducciones de su poesía, eje elemental para comprender eso que llamamos Bukowski. ¿Es hora entones de repensar a Bukowski?

Cuando el nueve de marzo de 1994 se difunde la noticia de la muerte del controvertido Charles Bukowski el mundo literario sufre un curioso sentimiento. Moría un escritor, pero en realidad estábamos más bien ante la muerte de un personaje, una víctima de su propia seducción.

Y es que la obra de Charles Bukowski, y por extensión la de su alter ego Henry Chinaski, es la insignia visible de una literatura que se construye como conciencia del fracaso, una literatura de la desesperación que, por otro lado, ha calado muy hondo en los movimientos contraculturales europeos. Trece años después de su muerte, la obra de este gran enaltecedor del llamado realismo sucio sigue en pie de guerra, acumulando seguidores y profundos detractores. De Bukowski no se puede salir ileso, y los que de algún modo nos hemos criado entre sus libros -malos lectores de nacimiento, lo acepto- sabemos (o creemos) odiarlo en su justa medida, pero también admitir que en realidad, «en el fondo, todo no es más que un juego»; y ahí reside su profundo atractivo. De él, no cabe duda, es posible sacar una sana lección de realismo.

Henry Charles Bukowski nació en Andernach (Alemania), el 16 de agosto de 1920. Hijo de un militar estadounidense llamado Henry Bukowski y de una mujer alemana, de nombre Catherine Fett. Al poco tiempo de nacer, su familia se trasladó a los Estados Unidos, concretamente a la ciudad californiana de Los Ángeles, en la que residió con sus padres a partir de 1922. Los datos sobre su infancia son confusos. Vivió una niñez conflictiva -según él mismo apunta- soportando las usuales palizas de su padre. Esta figura paterna es curiosa y a ella recurre en varias ocasiones: un repartidor de leche maltratador que se hacía pasar por ingeniero ante sus vecinos. El propio Bukowski ha confesado -recreando quizá su propio mito- que fue este mal ambiente lo que le condujo desde muy joven al consumo del alcohol y a la literatura, gozando de las historias de Ernst Hemingway, D. H. Lawrence o Henry Miller, según él, «modos para abstraerse del mundo». Tras culminar sus estudios en el instituto, comienza a estudiar periodismo, algo que abandona asqueado a los pocos meses para refugiarse en una especie de destructiva visión de la vida, que le acompañó para siempre.

A partir de entonces deambula de un lado a otro: sparring de boxeo, aficionado a las apuestas, bebedor desbocado, etc. Trabajará también como lavaplatos, aparcacoches y mozo de almacén. Su vida era entonces idéntica a la de tantos perdedores de Los Ángeles. Idéntica excepto en una cosa: Bukowski era un lector empedernido y un asiduo de las bibliotecas, «que leía a Dostoyevski y escuchaba a Mahler». Ya en la década de 1950 comienza a trabajar en la oficina de correos, primero como cartero y después como clasificador de la correspondencia. Será en sus horas libres, entre (y desde) sus borracheras y fracasos cuando empiece a escribir sus poemas y relatos, protagonizados por sus compañeros de botella y por la savia de la autodestrucción. Representa, y nos presenta, ya en esta obra inicial, el paradigma de una vida como naufragio. En esa época publica sus trabajos en la pequeña revista 'The Outsider'. Pero lo mejor estaba por venir.

Contracultura

Hacia finales de 1969, a los cuarenta y nueve años de edad, deja su trabajo en la oficina de correos con el objetivo de dedicar todo su tiempo a la literatura. Y el éxito -un éxito extraño, lógicamente- no se hará esperar. Con obras como 'Escritos de un viejo indecente' (1969) y 'El cartero' (1971) consigue una cierta relevancia. Sobre todo a este lado del Atlántico, donde su obra tiene una acogida importante, haciendo de Bukowski un nuevo exponente de la contracultura californiana, heredero a su manera de la buena literatura realista americana. Así, ha sido situado en la vitrina de las letras americanas junto nombres como Henry Miller, Jack Kerouac o Carver. Curiosamente, mientras en Estados Unidos sus libros de poesía son con mayor fuerza atendidos por la crítica y el público, incuso más que su obra narrativa; en Europa -aunque su poesía comienza a conocerse- es constante la edición de sus novelas y relatos.

Así libros sumamente recomendables, donde la picaresca adquiere un nuevo sentido, como 'Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones' (1972), 'Factotum' (1975), 'Mujeres' (1978), 'La senda del perdedor' (1982), u otros muchos títulos como 'La máquina de follar', 'Música de cañerías', 'Se busca una mujer', etc., encuentran su lector asiduo -generación tras generación- en nuestro país. Escritos donde muestra una mirada irónica hacia lo más corrosivo de la sociedad: personajes perdidos, alcoholismo, desesperación, todo ello conjugado con un humor abrasivo, que impregna cada una de sus páginas.

En igual medida la traducción de su poesía abre nuevos horizontes a su desbridada concepción de lo literario. Como poeta es portador de una finísima forma de saborear lo real sin mediación, ni final feliz.

Hace así gala su obra de un aura donde mezcla biografía y literatura: el fracaso personal vivido como ejercicio superior de la existencia, la visión difuminada de la realidad y sus formas, el furor del desencanto; eso es verdaderamente lo que ha calado hondo en el lector europeo. Y sobre todo es el lector joven quien se deja seducir -no puede ser de otra forma- por Chinaski/Bukowski; un lector que en muchos casos descubre una forma distinta de decir las cosas. Su obra abrió a muchos poetas de hoy a otra forma de ver y entender ese fenómeno rancio de la literatura.

Mímesis

Esta es quizá su lección. Y no cabe duda que nos ha calado como paso inicial a la escritura. Abrió un boquete con su contagiosa forma de transparentar lo real. Una falsa sencillez difícil de imitar, pero que no ha impedido toda un proliferación de de epígonos, de malos seguidores miméticos que, como Francisco Umbral los ha definido «huelen a Bukowski, pero no son Bukowski». Trece años sin el autor, pero ahí está su personaje pasando de lector en lector, de mano en mano, tal y como queda retratado en esa biografía y en sus cartas. Y es que, en el fondo, Chinaski/Bukowski no quería ser novelista o poeta, en realidad -ya lo dijo a su manera- él sólo quería ser literatura.





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