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 El escritor frente a la censura

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LA RAZÓN, 26 de abril de 2007

El escritor frente a la censura

En 1996, la Universidad de Chicago publicaba estos «ensayos sobre la pasión por silenciar», como reza el subtítulo del volumen, unos textos que John Maxwell Coetzee (1940) había publicado en distintas revistas en aquella década de los noventa, bastante antes de que el premio Nobel, que le fue otorgado en el año 2003, divulgara su obra a los cuatro vientos. «Contra la censura», pues, es un libro del tiempo en que el autor sudafricano estaba concibiendo las obras con las que iba a consolidar el prestigio ganado en los setenta y ochenta con novelas como «Vida y época de Michael K», premio Booker en 1983. Estamos hablando de «El maestro de Petersburgo» (1994) -sobre el regreso de Dostoievski a San Petersburgo durante su estancia en Dresden-, la primera entrega de sus memorias, «Infancia» (1997), y «Desgracia» (1999), sin duda su mejor historia.

   Su discreción y aislamiento, el hecho de que Coetzee estuviera siempre muy poco inclinado a atender a los medios de comunicación, algo señalado cuando recibió el más célebre de los galardones, tal vez haya cambiado: para empezar, aparece en la fotografía de la portada de «Contra la censura» y, además, en una actitud casi coqueta, mirando de frente un espejo -un espejo con una barra, seguramente en una sala de ballet- y a su vez mirando a sus lectores, o a sí mismo de forma indirecta a través del cristal, con barba quijotesca, la frente despejada, las gafas en la mano izquierda. Su rictus, entre severo y vanidoso, es el de un hombre seguro de sí mismo, capaz de aceptar todo lo que ha creado: es la proyección física del tempo de sus novelas, contenido y austero, de la personalidad de sus protagonistas, serenos perdedores, tan pacientes que no esperan nada de la vida.

   Riesgos narrativos. Licenciado en matemáticas y lengua inglesa, aquel joven perdido y ansioso que viajó a Londres con el sueño de convertirse en escritor y acabó resignándose a trabajar de programador informático, como relata de forma tan sensacional en «Juventud», hoy es un hombre con nacionalidad australiana -su última novela, «Hombre lento», sucede en este país- que ha trasladado su labor como profesor de Lingüística a Adelaida después de varios lustros ejerciendo la docencia en EE UU y en Ciudad de El Cabo. El horizonte vital de Coetzee cambia, como el reto de cada una de sus novelas, riesgos narrativos titulados «Elizabeth Costello» (2003), donde lo metaliterario se incorpora a lo novelesco, o su obra más simbólica, «En medio de ninguna parte» (1977).

   Al igual que en el anterior libro publicado por Debate, «Costas extrañas. Ensayos 1986-1999», donde Coetzee analizaba de maravilla la obra y la vida de autores como Mahfuz, Borges, Brodsky, Rilke, Kafka y Musil, en «Contra la censura» (traducción de Ricard Martínez), vuelve a adentrarse con profundidad en cuestiones complejas: por un lado, encontramos textos orientados al localismo sobre autores sudafricanos, la censura y la relación entre el escritor y el Estado -André Brink, Geoffrey Cronjé y Breyten Breytenbach-; por el otro, textos que bucean en asuntos de historia y filosofía (de inclusión algo forzada en el libro), como «Erasmo: locura y rivalidad», donde habla del «Elogio de la estupidez» asociándolo al tema de la locura desde la mirada de críticos como Foucault, Lacan o Derrida.

   Lo más interesante, desde luego, es la parte de historiografía y crítica literaria, como «El amante de lady Chatterley: el estigma de lo pornográfico» -Coetzee dedica muchas páginas a hablar de la pornografía y el feminismo-; «Zbigniew Herbert y la figura del censor», donde reflexiona sobre las exigencias del realismo socialista en la Unión Soviética y cómo el silencio devino la mejor respuesta para una serie de autores, caso de Herbert, cuando los comunistas ocuparon el poder en Polonia; «Censura y polémica: Solzhenitsin», texto que documenta los precedentes de la censura zarista, ya desde Nicolás I, hacia 1830, momento en que «quedó establecida la práctica de tachar de locos a los escritores que ofendían»; y, sobre todo, «Osip Mandelstam y la Oda a Stalin».

   En dicho escrito, Coetzee ve más en la escritura de Mandelstam un proceso de alienación que de locura, en contra de lo que decía su viuda Nadiezhda, e interpreta en ello una conducta hijo-padre significativa. El ejemplo de Mandelstam es paradigmático de la vinculación edípica entre el poder y el escritor por cuanto el dictador obligó al poeta a escribir una oda laudatoria, pues no hay nada más malvado que transformar al disidente en uno más de la burbuja represiva. «En la Unión Soviética había unos setenta mil burócratas que supervisaban las actividades de unos siete mil escritores. La proporción entre censores y escritores en Sudáfrica era, en todo caso, superior a diez a uno», dice Coetzee en «Salir de la censura» al hablar de su país; y añade: «La paranoia es la patología de los regímenes inseguros y, en particular, de las dictaduras».

   Intimidad literaria. Ese elemento paranoico, el infundir miedo, al final conduce al caos y al absurdo, porque a fin de cuentas prestar tanta atención a la literatura acaba por sobredimensionarla. Asimismo, «trabajar bajo censura es como vivir en intimidad con alguien que no te quiere, con quien no quieres ninguna intimidad pero que insiste en imponerte su presencia. El censor es un lector entrometido, un lector que entra por la fuerza en la intimidad de la transacción de la escritura». Como ya apuntaba Milton, el censor, que de servir para algo debería ser un sabio, es un mediocre, ya que quién se va a dedicar a algo tan desagradable y rutinario como tachar obras ajenas. En verdad, «las personas que nos tocan como censores son las que menos falta nos hacen», concluye Coetzee.

   El aparato de notas y bibliografía del libro es excelente y nos dan la altura exacta de qué tipo de lector tenemos delante: Coetzee tiene armas textuales de filólogo, mirada de historiador, una sensibilidad artística compuesta de precisión poética e intensidad narrativa. Es el intelectual completo, autónomo y consecuente, muy diferente a esos premios Nobel que hacen de su vida una autopropaganda de sus ideas políticas, obsesionados por levantar su voz continuamente, de salir en los medios y abanderar causas socioeconómicas. Coetzee está implicado en la historia, la política, la geografía humana de Sudáfrica, pero su observación empieza y acaba donde le corresponde, en el papel escrito, desarrollando una labor literaria que nace de una capacidad lectora de primera magnitud.

   Toni MONTESINOS   



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