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 la lectura como hábito de consumo

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EL PERIÓDICO, 28 de abril de 2007

Una reflexión sobre la lectura como hábito de consumo

Más allá de las obras escritas para ser éxitos comerciales, aún se encuentran páginas que hacen soñar

JUAN Villoro

Cuando la computadora llegó a los hogares, Umberto Eco comparó el sistema Apple con la iglesia católica y el sistema IBM con la protestante: un retablo de iconos contra la austeridad de la palabra. Hoy en día los procesadores han unificado sus métodos. La rica iconografía de Apple forma parte de todos los sistemas operativos, pero la computación representa un triunfo de la letra. Internet se alimenta de palabras (aunque no siempre de ortografía).

La profecía de McLuhan acerca de un futuro dominado por la imagen no llegó a cumplirse. Si resucitara en un cibercafé, pensaría en una Edad Media dominada por frailes que descifran manuscritos en la pantalla.

La tecnología se alió al alfabeto. ¿Significa esto un fortalecimiento del libro? En un sentido casi mitológico, seguimos inmersos en el mundo creado por los libros. Las principales religiones no se han apartado de esta creencia y los valores que compartimos provienen de obras que no necesariamente hemos leído.

Además, la lectura ha probado ser la técnica más útil para transmitir abstracciones (la frase "una imagen dice más que mil palabras" solo puede ser dicha con palabras) y el único medio donde lo visual llega por vía indirecta (cuando un texto nos cautiva no vemos las letras ni el papel sino escenas en nuestra mente). Cada lector individualiza a la Ana Karenina que le corresponde.

En ocasiones, un libro nos gusta más o menos con el tiempo, sin necesidad de releerlo; gravita dentro de nosotros porque es una construcción de nuestra memoria.

Los libros han resistido en forma histórica, pero ya no ocupan el peso central que tenían en la cultura ni distribuyen las reputaciones de la especie. Vivimos rodeados de sus símbolos, pero nombres como Excálibur, Troya o Ramsés no siempre aluden a páginas escritas sino a un videojuego, un preservativo o una discoteca. Que haya un Día del Libro revela que el objeto de celebración no las tiene todas consigo. A nadie se le ocurriría celebrar un Día del Automóvil.

La palabra amenazada

De 1981 a 1984 viví en Berlín oriental. En aquel mundo de enclaustramiento y elevada educación, los libros eran el único sitio para viajar. Si reeditaban el Quijote o publicaban a Calvino, la cola daba la vuelta a la manzana.

Cuando se encuentra amenazada, la palabra refrenda su fuerza liberadora. La censura provoca que toda forma creativa de escritura entregue un mensaje subversivo. Esto ha llevado a ciertos desesperados entusiastas a afirmar que no hay mejor forma de promover la lectura que prohibirla. Aunque se trate de una broma, la mente autoritaria no puede ser encomiada.

Como nada es perfecto, también la libertad trae sus problemas: facilita que el alma se dé unas vacaciones y descubra que puede ser feliz comprando cosas. El consumo trivializa los productos y define a las personas por sus logros comerciales. Esto afecta a los libros de manera curiosa. En todas las épocas se han escrito obras para la gente que solo lee por azar, descuido, morbo o moda. Lo extraño es que ahora la mayoría de los libros estén destinados a captar a las personas que normalmente no leen. Es como si los vinicultores embotellaran para la gente que casi nunca bebe.

Esto explica que una campeona del tenis publique una novela escrita por un fantasma mientras ella defendía su red y que sea el mayor éxito en una feria ajena a las diosas en minifalda. Aunque se trate de un triunfo pasajero (sustituido por la epopeya pastoral de un narcotraficante), define una época donde los libros sólo se venden mucho por excepción.

Esto ha traído un efecto secundario en el gremio de los escritores. Las novelas ya no comienzan con una voluntad de estilo diferente ("Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro") ni aspiran a ser entretenidas formas de la complejidad; adelgazan sus efectos en espera de un lector estándar. Rayuela, La vida breve, Conversación en La Catedral y El otoño del patriarca fracasarían hoy como novedades en las librerías.

Con esto no quiero decir que antes viviéramos en la Ilustración. Cuando nací, los padres eran personas que te enseñaban a golpear a los enemigos, te llevaban a un prostíbulo y, en los casos de alta escuela, te regalaban una pistola. La gran literatura puede coexistir con un mundo precario.

Cuestión de supervivencia

¿Debemos ser optimistas o sucumbir a la nostalgia? Como el ornitorrinco, el libro no tiene agudos problemas de supervivencia pero tampoco está muy difundido. Cuando se vuelve popular, generalmente se trata de una fabricación poco arriesgada (un ornitorrinco de peluche).

Y sin embargo de pronto se produce el sobresalto: abrir un libro que permite estar en otra parte. Es lo que representa la capital del libro, Bogotá, donde un grafito consagró la superioridad de la imaginación: 2.600 metros de paranoia.

La prueba extrema del nivel literario de una sociedad es lo que dicen sus mendigos. En Bogotá, los que no tienen nada son poetas. Algunos amenazan con un apocalipsis vanguardista, otros riman con esmero, todos creen en el valor pedigüeño de la palabra.

Capital del idioma vivo, Bogotá ahora lo es del libro. Un sitio cerca de las nubes para superar los desastres de la realidad. Para Ricardo Piglia, el libro es "la forma privada de la utopía". Eso es lo que la lectura pone en juego: el frente de liberación de una persona.





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