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 Mujeres y literatura

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LA VERDAD, 7 de mayo de 2007

Mujeres y literatura

POR BLANCA ÁLVAREZ. ESCRITORA. POR MILA BELDARRAIN. ESCRITORA

Tengo que confesar que desde hace tiempo me persigue un pensamiento puñetero, la idea de que, si el autor de Madame Bovary hubiera sido una mujer, hoy esa novela se consideraría una obrita para mujeres. Y es que un hilillo oscuro de ponzoña envenena eso que algunos llaman literatura de mujeres, para mujeres, dejándonos el regusto de que estamos hablando de una literatura menor. Como dice Laura Freixas, cuando un hombre escribe una novela, habla de la Condición Humana, cuando escribe una mujer, la cosa se convierte en asunto de mujeres, para mujeres y sobre mujeres.

Pues estoy harta, me rebelo contra ese tipo de mensajes que ni siquiera se toman la molestia de ser subliminales. Las mujeres fuimos las inventoras del arte de narrar, las primeras en descubrir la magia de las palabras en las largas noches de invierno, en alimentar con palabras, sólo con palabras, la imaginación de los niños. Y algunos también a eso lo llamaron cuentos de vieja, hasta que los hermanos Grimm los convirtieron en Literatura. Mal nos pagan. Hemos sido lectoras generosas y entusiastas. Hemos hecho siempre nuestros los sentimientos expresados en novelas y relatos, sin fijarnos si era un él o un ella el autor. Pero es que además hemos hecho literatura desde los tiempos más antiguos. Una larga lista de autoras recorre la historia de la literatura, aunque siempre en letra pequeña, navegando casi en la sombra

Y la odisea no ha sido fácil. Ninguna se pudo permitir el lujo de tapizar su despacho para que no le moles-taran los ruidos, como Proust. Zenobia Camprubí, traducía a Rabindranath Tagore en los pocos ratos libres que le dejaba el cuidado de su sensible marido, Juan Ramón Jiménez, magnífico poeta pero un rarito que daba mucha guerra. Como no nos quedaba otra, hemos sabido compaginar el quehacer literario con las tareas domésticas. Agatha Christie inventó sus primeras novelas mientras enredaba en la cocina. Jane Austen se dejaba las pestañas haciendo punto de cruz, mientras su cabeza volaba imaginando amores y desamores, calificados de simplones hasta que no hace mucho el consejo de expertos decidió que es lite-ratura de la buena. Las hermanas Brönte llevaban una vida retirada en la casa paterna, escribiendo des-pués sobre tórridas pasiones que calentaban el frío páramo que las había visto crecer. Y Virginia Wolf, to-davía en 1928, reivindicaba una habitación propia. Ha habido, incluso, alguna rara avis varón que ha vivi-do en carne propia ese verse relegado a ser un segunda fila por tratar de asuntos considerados femeninos, me refiero a Gustavo Adolfo Bécquer y sus fantásticas rimas, aunque le rescataron de aquellas soledades y concluyeron que las rimas presentaban una estructura matemática, y así todos se quedaron contentos.

Las mujeres hemos escrito entre pucheros, como decía Santa Teresa, y en medio del jolgorio familiar, acunadas por las alegrías y miserias de la vida cotidiana. Por eso, escribamos o no, sabemos tanto de la Condición Humana, sí, con mayúsculas, de esa Condición Humana que luego nos escamotean. Y es que si nos pinchan, sangramos, si nos hacen cosquillas, reímos, si nos envenenan, morimos y si escribimos, sabemos contar y contarnos, trasmitir, seducir, igual que nos han trasmitido, seducido tantos autores varones que nos acompañan en la aventura de la vida. Si tenemos nos cuestionan, si pedimos nos recriminan, si somos se preocupan, si no somos nos inculpan, si estamos, molestamos o no lo merecemos, si no estamos no valemos... ¡Coño con la coña de ser mujer! Parecemos andar pidiendo permiso y perdón por cada paso, pasito o pulgada que movemos nuestras caderas y situaciones. Eso por no hablar de la contradicción donde habitamos: si los queremos hemos de ser como nos quieren; si somos como queremos, tal vez ellos no nos quieran A ellos se les juzga si algo hacen mal y se les aplaude si lo hacen bien. Punto. Y, además, se les perdonan debilidades, en particular sobre nuestros lomos, porque somos la causa de su perdición. El día que nadie cuestione si se premia mucho o poco a las mujeres... ese día no será menester hablar de marginación, prevaricación o fomento en razón del sexo. Se hablará de escritores, médicos, políticos, pescadores, matarifes o periodistas. Punto. Sobre literatura y sexo llevamos tanto tiempo debatiendo que, en breve, se transformará el debate en algo parecido al orgasmo del percebe.

Como queda claro para quien tenga más de dos neuronas, existe quien escribe buena literatura y quien escribe mala, malísima o puro bodrio. Sexos aparte. Tan sólo quisiera añadir el asunto de la chistera y el mago. Verán, en el mundo del arte, desde que pasó a tener nombre y firma propios, allá por el Renaci-miento, existen mecenas; fueron los primeros en poner de moda a pintores, escultores y versificadores, partiendo del principio de que quien paga, manda. Después llegaron los marchantes, privilegiados interme-diarios que hicieron y deshicieron famas casi a toque de varita mágica, aunque la varita no fuera ni mágica ni bondadosa. Por último, algo llamado crítica especializada. Y es cierto que existen críticos y editores -doy fe- casi sabios, buscadores de joyas, cultos y honestos, existen crápulas, ignorantes, frustrados e imbéciles..., humanos somos y de humana condición participan los profesionales. No está aquí la chistera.

La chistera es el instrumento utilizado por la oscura, informe, interesada y de velado rostro, dueña real del mundo literario: semanarios, bancos, coleccionistas, editores... Una amalgama de almas que, de vez en cuando, deciden llegado el tiempo de que en la literatura luzca un rostro femenino, por ejemplo. Entonces, el editor con un manuscrito firmado por hembra lo levanta, la señala y ELLA, y sólo ella, se transforma en la nueva mujer de la novela. A veces con justicia, las más por mera filfa. A partir de ese momento, todas las demás han de esperar otro arranque inspirado de los dueños de las chisteras. Tal vez entonces decidan que, además de mujer, ha de ser china y vieja. O albanesa, o de la misma Polinesia. Encontrarán una y el resto, al cesto.




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