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 Contar la vida

Textos de crítica
LA VERDAD (Semanario Ababol), 16 de abril de 2007

Contar la vida

La coincidencia de los últimos diarios de Trapiello, Llop y García Martín en las librerías confirma el excelente momento que vive el género y permite analizar sus tendencias y protagonistas

PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

En la última entrega de sus diarios, La cosa en sí (Pre-Textos), Andrés Trapiello describe una visita a la catedral de Santiago realizada en febrero de 2000 junto a otros dos escritores. «Como los tres amigos que estábamos presentes allí llevamos un diario, alguien preguntó: ¿quién escribirá de este momento? Los tres respondimos al unísono: los tres». Detrás de las mayúsculas con que Trapiello disimula los nombres de sus acompañantes, reconocemos a José Carlos Llop y José Luis García Martín, dos de los más conocidos diaristas del momento. Como era de esperar, ellos también escribieron sobre aquel viaje. García Martín lo hizo brevemente en una página de Fuego amigo (Llibros del Pexe), el volumen que agrupa sus cuadernos de 1999 y 2000. Y José Carlos Llop lo hace en el reciente La escafandra (Destino), donde encontramos una entrada que comienza así: «Tres diaristas regresan al Obradoiro. Uno pregunta: ¿quién escribirá esto en su diario. Hay un silencio y luego un escalonado todos como respuesta».

Que los diarios de tres escritores españoles, los tres nacidos en los cincuenta, los tres poetas, los tres con un diario en marcha, se crucen en un punto del camino, y que los lectores podamos asistir a ese encuentro al poco tiempo de darse, es una anécdota tan curiosa como llena de significado. Hace no mucho esta coincidencia habría sido imposible por varios motivos, desde el desinterés editorial hasta el modo secreto y episódico en que los autores solían abordar el género.

A diferencia de Inglaterra o Francia, en España nunca ha existido una tradición diarística. Los grandes diarios de nuestras letras fueron publicados en el siglo XX (recordemos que el género nació en el XVII) y pueden contarse con los dedos de las manos. Entre todos ellos destaca El cuaderno gris, de Josep Pla, un texto en cierta manera fundacional construido con tanto talento como premeditación. A su alrededor encontramos los diarios de Juan Ramón y Ruano, los de Azaña, Max Aub y Foxá, el de Jaime Gil de Biedma, algunos de Torrente Ballester, los de Ramón Gaya, Gil-Albert o José Luis Cano. Poco más. Hay quienes explican esta escasez aludiendo a los siempre peligrosos caracteres nacionales: los españoles parecen no estar capacitados para la introspección.

Otros entienden que el clima de falta de libertad que ha marcado la historia reciente del país no ha sido el más propicio para la publicación de diarios íntimos. Algunos aluden a motivos que tienen que ver con el pudor. Los hay que sostienen que lo que en realidad no les gusta a los españoles no es la autobiografía, sino el riesgo: al fin y al cabo, siempre es más comprometido publicar un diario que unas memorias, esos escritos propensos al maquillaje que tienen algo de adiós, de última palabra.

Es probable que todos tengan su parte de razón, aunque tal vez convendría valorar motivos más simples, como el gusto del público, el mero azar o la oportunidad. Desde fuera y dejando a un lado profundidades académicas, no resulta tan extraño que haya sido en tiempos propensos a la literatura fragmentaria y a las obras de no-ficción cuando el género ha adquirido una importancia desconocida hasta la fecha.

Puñaladas íntimas

Desde hace veinte años, el auge del diarismo en nuestro país es muy notable, aunque hablar, como se ha hecho, de boom resulta excesivo, y probablemente malintencionado: digan lo que digan, la gente en el transporte público sigue leyendo otras cosas.

Hoy, junto a los títulos de García Martín, Trapiello y Llop, podemos encontrar en las librerías un abundante y variado catálogo de diarios íntimos. En realidad, existen tantas clases de diarios como autores. Husmear entre los publicados en los últimos años es adentrarse en un fantástico bazar de la intimidad. Los encontramos de todo tipo: elegantes y periodísticos como los de Valentí Puig, impresionistas y silenciosos como los de Fernando Sanmartín, brillantes y mixtificadores como los de Umbral, profundos como los de César Simón, viajeros como los de Eduardo Jordá o agudos y apegados a la actualidad como los de Arcadi Espada.

Sin embargo, pese a la variedad existente, sí se advierte en los últimos tiempos la predominancia de un cierto tipo de diario, íntimo y al tiempo pudoroso, libresco, pausado, algo irónico, propenso al aforismo y a la media voz. No es extraño que en alguno de ellos se incluyan referencias polémicas, pequeñas venganzas y retratos sarcásticos que, además de hacer las delicias de muchos lectores, nos recuerdan el aserto de William Soutar: «Un diario es la capa de asesino con la que nos cubrimos cuando apuñalamos a un colega clavándole una pluma en la espalda».

Curiosamente, la mayoría de los autores que comparten esta concepción del género son también poetas, como Alex Susanna, Andrés Sánchez Robayna o Antonio Martínez Sarrión, quien hasta la fecha ha publicado dos entregas de sus diarios: Cargar la suerte y Esquirlas (ambos en Alfaguara).

Entre los narradores de la siguiente generación encontramos un acercamiento totalmente opuesto a la escritura de diarios. Libros como Síndrome (AMG Editor) de Javier Alonso, ‘Todo tiene grietas’ (Trama) de Iñigo García Ureta o ‘Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás’ (Caballo de Troya) de Julián Rodríguez proponen un diarismo entreverado de ficción en el que el narrador no se muestra claramente y en el que hay espacio para la parodia, el juego e incluso el delirio. Es significativa la cita de César Aira que abre el libro de Rodríguez. «Un diario no es una novela», propone el argentino, «sino el modelo extenso de todas las novelas que puede escribir su autor».

Es habitual que antes o después los autores reflexionen sobre su actividad. Para José Luna Borge, que trabaja en una serie de diarios titulada ‘Veleta de la curiosidad’, escribir un diario es «la solitaria rutina de poner en orden acontecimientos y pensamientos que cada día nos asaltan». José Carlos Cataño, autor de ‘Los que cruzan el mar’ (Pre-Textos), piensa que el diario «es el territorio donde se reconstruye el yo, la propia identidad». Miguel Sánchez-Ostiz, autor de uno de los ciclos diarísticos más poderosos y extensos del panorama, no entiende el género sin la presencia de «un proyecto vital, una pugna moral, un proyecto ético sostenido, o una aventura intelectual que valga la pena».

Con una mano sobre el hombro de Stendhal, Andrés Trapiello considera que un diario es «una mesa camilla en medio del bulevar». Juan Manuel Bonet, autor de ‘La ronda de los días’ (Guillermo Canals Editor), define el diario como el «recuento de toda clase de vestigios dejados tras de sí por naufragios diversos». Certero y epigramático, Javier Almuzara describe en ‘Títere con cabeza’ (AMG Editor) cada entrada como «prosas que están en los huesos porque se alimentan de tiempo».

José Jiménez Lozano, uno de los diaristas más hondos de cuantos publican hoy en España, encuentra que la «finalidad exclusiva» de sus cuadernos es que «sirvan para acompañar a alguien», que sean de utilidad «como un trozo de cuerda o de lacre, o un cabo de vela que se guarda en una caja».

A los nombres mencionados hasta ahora abría que añadir otros como los de Julio José Ordovás, Tomás Sánchez Santiago, Manuel Iván Camargo, Ignacio Carrión, Luis Javier Moreno, Bruno Belmonte, Raúl Carlos Maícas o Sabino Méndez. Todos ellos son autores de al menos un dietario y ejemplifican el buen momento que vive la escritura autobiográfica en nuestro país. Como es comprensible, ese buen momento ha venido acompañado de una creciente atención crítica, lo que ha provocado algunos debates no exentos de interés.

Debate crítico

El más sonado lo han establecido la profesora de la Universidad de Barcelona Anna Caballé y Andrés Trapiello. Caballé opina que el género exige la escritura en directo, es decir, que las impresiones sobre lo que ocurre sean escritas en el momento en que ocurre, sin ser retocadas con posterioridad. Trapiello, que deja que pasen cinco años entre la escritura de cada diario y su publicación, estima excesivo el celo de quienes piensan como Caballé y en las dos últimas entregas de su serie del Salón de pasos perdidos se refiere a ellos agrupándolos bajo siglas como PEB (Policía de Escrituras Biográficas) o PMD (Policía Montada de los Diarios).

¿Es un diario un texto en el que las entradas no están precedidas de fechas? ¿Y uno, como el de Pla, reescrito completamente por el autor antes de su publicación? ¿Y uno en el que el escritor compone un personaje que no se le parece demasiado? Quién sabe. Lo que está claro es que el diarismo es una parcela de la literatura, y ésta es un territorio de libertad.

Los diarios, ya sean canónicos o heterodoxos, atraen cada vez a más lectores, que encuentran en ellos la experiencia de sus semejantes, es decir, un reflejo de la suya propia. Fue el poeta inglés Siegfried Sasoon quien en los años veinte vaticinó que para los lectores del futuro tendría más interés un diario moderno que una novela moderna. Nosotros somos esos lectores y, felizmente rodeados de diarios, miramos al fantasma de Sasoon y asentimos, cómplices, con la cabeza.






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