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 Mandamientos creativos

Técnica literaria
EL PERIÓDICO, 9 de abril de 2004

Mandamientos creativos

• Un novelista, William Somerset Maugham, y un crítico, Marcel Reich-Ranicki, abordan en dos fascinantes títulos recién publicados en España las tablas de la ley de la ficción desde la vida y la obra de 17 grandes autores.

David Guzmán

Diez grandes novelas y sus autores
Autor: William Somerset Maugham
Traducción: Fabián Chueca
Editorial: Tusquets
Páginas: 378
Precio: 18 €
William Somerset Maugham Fabián ChuecaTusquets 37818 €
Apetición de una revista literaria, el escritor británico William Somerset Maugham elaboró en los años 40 una lista, Diez grandes novelas y sus autores, de las que consideraba 10 mejores novelas de la historia --todas, salvo Tom Jones, del siglo XIX--, junto con un perfil biográfico de cada autor. En el caso de Marcel Reich-Ranicki, figura de referencia en la crítica alemana, Siete precursores. Escritores del siglo XX compila ensayos acerca de siete grandes narradores de las letras germánicas del siglo XX, bautizados como precursores. De Stendhal a Brecht, de Flaubert a Mann, de Dickens a Musil, ambos trabajos esbozan en paralelo el retrato del perfecto creador. He aquí, en su obra y en su vida, las tablas de la ley, los 10 mandamientos que deberían guiar al escritor ideal.

1. EVITARÁS EL DIDACTISMO SOBRE TODAS LAS COSAS.
De entre todos los pecados, la moralina y el empleo de un tono más ensayístico que narrativo aparecen como los más condenables. Somerset Maugham no deja lugar a dudas: "La finalidad del escritor de obras de ficción no es instruir, sino deleitar". Transmitir ideas filosóficas corresponde al filósofo y no al novelista, de ahí que deban también impugnarse las lecturas alegóricas de obras como Moby Dick. Y si "lo pedagógico", como mantiene Reich-Ranicki, debe ser un "elemento ajeno a la literatura", ¿quién será el primer candidato a perder el honor de la posteridad? No el Bertolt Brecht poeta, "el gran seductor", pero sí el dramaturgo: "El maestrillo incansable que quería mostrarnos el camino revolucionario hacia la redención", ironiza el crítico.

2. ACOMETERÁS OFICIOS 'IMPUROS'.
Si algo comparten el banquero Herman Melville, el psiquiatra Alfred Döblin y el tenaz ingeniero Dostoievski es su paso, previo a la escritura, por oficios alejados del que acabaría consagrándolos. No fueron los únicos. Así, según explica Siete precursores, años antes de firmar El hombre sin atributos Robert Musil "estudió mecánica, se hizo ingeniero, y muy pronto se ocupó de cuestiones de física y matemáticas". Stendhal fue un administrador competente, Balzac un agudo abogado, y Dickens tuvo un primer empleo a la altura de sus futuros personajes: a los 12 años fabricaba betún por seis chelines a la semana.

3. NO TOMARÁS EL HUMOR EN VANO.
Sin el entretenimiento y el humor, "ninguna otra cualidad sirve de nada", advierte Somerset Maugham. Y en ese campo, Jane Austen no tiene rival: "Se han escrito novelas mejores que las suyas, Guerra y paz, por ejemplo, o Los hermanos Karamazov, pero hay que estar fresco y atento para leerlas con provecho. Por muy cansado y desanimado que se esté, las de Jane Austen cautivan". En el caso de las letras alemanas, Reich-Ranicki aplaude especialmente la obra del folletinista Kurt Tucholsky, quien "debe su eficacia al humor conciliador" sazonado con "audacia y descaro". Al tratarse, con todo, del menos conocido de los precursores en España, cabría esperar del crítico un ensayo que hurgase menos en su epistolario que en sus ficciones, para comprender mejor por qué le atribuye el descubrimiento del "sentimentalismo con un toque de gracia".

4. DEBERÁS VIVIR PARA PODER CONTARLA.
Difícilmente podrá un escritor insuflar vida a sus historias y personajes si no atesora un buen currículo de experiencias personales. Polos opuestos de este cuarto mandamiento son los alemanes Thomas Mann y Alfred Döblin. El primero plasmó, en opinión de Reich-Ranicki, "todas sus experiencias amorosas en su literatura, incluida aquella en la que amó a un muchacho no mayor que Tadzio y que, al igual que éste, ni siquiera sospechaba que era amado". El segundo, en cambio, tiene su "mayor carencia" en la "falta de vida". Ése es "el motivo que impide a los lectores seguirle al interior de sus mundos imaginarios". En Diez grandes novelas encontramos un ejemplo contrario: para el Tolstoi de Guerra y paz fue necesaria "la experiencia personal en el Cáucaso y en Sebastopol para hacer vivas descripciones de las diversas batallas".

5. ABORDARÁS ASUNTOS DE 'INTERÉS PERDURABLE'.
Con ese sintagma Somerset Maugham defiende la necesidad de "tratar temas de amplio interés", por oposición a aquellos otros pasajeros o de moda, pues "cuando dejen de estarlo, su novela será tan ilegible como el periódico de la semana pasada". ¿Y cuáles son para el escritor los asuntos que inquietan al individuo de todos los tiempos? "Dios, el amor y el odio, la muerte, el dinero, la ambición, la envidia, el orgullo, el bien y el mal".

6. NO DARÁS NUNCA DESCANSO A LA PLUMA.
"Desde su juventud --refiere Reich-Ranicki--, Robert Musil no era ya capaz de dominar su grafomanía", lo cual explica el "sinnúmero de páginas con anotaciones de todo tipo" que acabó legando. Tucholsky es otro caso extremo: "Era adicto a la escritura", y su principal problema, "no poder contener la avalancha de palabras que le atosigaba". Nada que no conociera Balzac, de quien destaca Somerset Maugham la "frenética laboriosidad" de su pluma: "Cada año publicaba una o dos novelas largas y una decena de novelas cortas y relatos, además de varias obras de teatro". Para el grueso de novelistas del siglo XIX, escribir era "una necesidad tan acuciante como el hambre o la sed".

7. DOTARÁS DE PROFUNDIDAD A TUS PERSONAJES.
Es consigna compartida: al lector hay que ofrecerle protagonistas con los que pueda identificarse. Para ello, el novelista debe confeccionar verdaderos representantes del género humano con la mayor variedad de matices: la Emma Bovary de Flaubert, el Ismael de Moby Dick, el David Copperfield de Dickens, el estudiante Törless de Robert Musil y el Biberkopf imaginado por Döblin en Berlín Alexanderplatz. Como paradigma de agitaciones, Somerset Maugham remite a Dostoievski, cuyos personajes "tiemblan de emoción, se insultan, rompen a llorar, se ruborizan, la cara se les pone verde o terriblemente pálida".

8. LLEVARÁS UN DIARIO DE TUS PENSAMIENTOS.
Pocos son los escritores que han vencido la tentación de anotar en cuadernos cuanto les venía a la cabeza o les acontecía. Pero mitómanos al margen, Reich-Ranicki pone en entredicho el interés de algunos escritos: en sus más de mil páginas, los diarios de Mann recogen más trastornos digestivos que reflexiones, pese a lo cual "producen ese efecto comparable al de una droga". El crítico alemán, con todo, no logra en los ensayos sobre Mann zafarse de su propia paradoja, dada la dificultad de argumentar --sin contradecirse-- que los escritos personales constituyen un "logro artístico" redactados por "un genio de la lengua que balbucea". Somerset Maugham explica de Tolstoi que apuntaba tanto "esperanzas y oraciones" como los "pecados sexuales" que cometía. Y no falta quien, valiéndose de las convenciones del género, ensalza su figura para la posteridad: medio millar de páginas utilizó Stendhal para presentarse "como un personaje más importante de lo que en realidad fue".

9. NO TE SOMETERÁS AL IMPERIO DEL ESTILO.
¿Pueden crearse grandes obras sin ser un gran estilista? Tras repasar los textos de Melville, Balzac, Dickens y Emily Brontë, Somerset Maugham concluye: "Escribir bien no era una parte esencial del equipamiento del novelista", antes preocupado por "la observación aguda, el vigor y la vitalidad, o el conocimiento de la naturaleza humana". En el caso de los precursores alemanes, Reich-Ranicki carga contra El hombre sin atributos de Musil, escrita con un estilo "atroz", y señala que "carece de estructura, marco e hilo conductor".

10. APLICARÁS RIGOR Y MÉTODO A TU OFICIO.
Costumbres en verdad obsesivas regían la labor de casi todos los grandes creadores. Diez grandes novelas detalla cómo Emily Brontë ocupaba las mañanas en planchar y amasar el pan, pero entre ambas tareas "anotaba algún pensamiento impaciente" en el papel que siempre la acompañaba. Mientras redactaba Madame Bovary, Flaubert no abandonaba su escritorio entre la una y las siete de la tarde y, tras la cena, volvía a trabajar hasta la madrugada. Idéntico horario se imponía Balzac, quien además necesitaba vestir un "impecable batín blanco" para sentarse a escribir. En la literatura germánica del siglo XX, Schnitzler constituye un caso ejemplar de perfeccionismo: "Pulía constantemente frases sueltas, hacía copiar el manuscrito corregido, lo volvía a corregir y lo mandaba copiar de nuevo". No alcanzó, sin embargo, el récord de un Tolstoi tan obsesivo que exigió a su mujer copiar hasta siete veces el original de Guerra y paz.

www.premiosliterarios.com

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