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 La buena salud de un idioma

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La buena salud de un idioma

Jesús Marchamalo

Recuerda Manuel Seco un semisótano luminoso en el Edificio Aguilar, en Madrid. Un espacio amplio que había sido utilizado durante años como comedor de empresa, y más tarde como sala para usos diversos, y que la editorial había acondicionado como oficina: una gran mesa, un par de armarios, un archivador, y un mínimo material: bolígrafos y paquetes de fichas. Se iniciaba la que iba a ser una de las últimas aventuras románticas, la redacción del Diccionario del español actual, que treinta años más tarde se convertiría en un fenómeno de ventas. «La diferencia que yo me planteé con respecto a otros diccionarios –recuerda Seco– es que era indispensable documentar las palabras y su uso en su contexto, de modo que empezamos a trabajar con citas que copiábamos de libros y periódicos con las que, a lo largo de más de veinte años, reunimos un corpus documental cercano a los dos millones de fichas, que fue el origen del diccionario».
Corría 1970 y coinciden los expertos en señalar el deterioro que en aquel momento se vivía en España en relación con la lengua coloquial. El fenómeno del pasotismo iba a imponer la moda del desaliño en el habla, una pobreza lingüística que hacía que el mal uso del lenguaje se viviera con absoluta despreocupación. Lidio Nieto es lingüista y editor: «Yo creo que las razones de esta situación fueron diversas; por una parte, la propia Academia había hecho cierta dejación de su razón de ser normativa, quizá también al no encontrar una demanda en la sociedad, pues conviene recordar que la Ortografía se había publicado en el año 1959 y la última Gramática normativa en 1931, de modo que en ese momento la gente no sabía realmente a qué atenerse. A esto se unía un exceso de doctrina gramatical en los planes de estudio, en detrimento de lo que estrictamente tiene que ver con el uso correcto del lenguaje, y el que no hubiera, como hoy, una oferta editorial de manuales y libros de consulta».
En aquel momento la mayoría de los textos de referencia eran de Gredos, la editorial más representativa en lo que respecta a la difusión de estudios lingüísticos. Fundada en 1944, publicaba manuales académicos dirigidos a docentes, investigadores y traductores, entre ellos la Historia de la lengua española, de Rafael Lapesa, o Fonología española, de Emilio Alarcos, y, naturalmente, el diccionario de María Moliner.  


El correcto uso del español

En 1970 se instala en España la editorial argentina Kapelusz con el nombre de Cincel y encarga al lingüista Francisco Marcos Marín una gramática de difusión general muy al estilo de los libros orientados al gran público que se editan en América. Este libro, Aproximación a la gramática española, junto con la Gramática esencial de Manuel Seco y su Diccionario de dudas, publicado en 1961 y del que se habían hecho numerosas ediciones y reimpresiones, fueron tres de las obras más populares en esos años. «A finales de la década –afirma Marcos Marín–, se producen una serie de fenómenos que cambian el panorama, entre ellos, la aparición en los periódicos de secciones dedicadas al buen uso del español. Lázaro, por supuesto, pero también Umbral dedicó artículos a plantear y resolver o comentar dudas lingüísticas. Esto coincide con que la televisión hace programas dedicados al mundo de las palabras y al conocimiento del lenguaje, y todo ello atrae la atención del público. Ya en los años 80, se puede hablar de una eclosión de libros y colecciones dedicados a la lengua. Y creo que también fue muy importante en este fenómeno la aparición de los libros de estilo».
El Departamento de Español Urgente de la agencia EFE nace en octubre de 1980, con el objetivo de conseguir que las noticias elaboradas por la agencia se redactaran en un español correcto. Fernando Lázaro Carreter se encargó de la dirección del manual de estilo. «Antes del libro de Lázaro ya existía desde 1968 un libro de uso interno para la Casa, en el que apenas se trataban cuestiones de lenguaje, sino más de tipo periodístico». Alberto Gómez Font es coordinador del Departamento de Español Urgente de la agencia EFE. «El Manual de estilo se publica en 1976, y en 1986, cuando se vio que mucha gente pedía el libro y venía aquí a buscarlo, se pensó en comercializarlo. Del manual original se quitó toda la parte periodística, y se cambió el título por el de Manual de español urgente, del que hasta el momento se han publicado quince ediciones y numerosas reimpresiones».
Casi al mismo tiempo que el manual de estilo de EFE aparece el Libro de estilo de El País, y más tarde el de La Vanguardia, Canal Sur, ABC, El Mundo, Telemadrid, El Periódico... La moda de los libros de estilo, que permiten una rápida consulta de las dudas y dificultades más habituales, cruza el Atlántico y hoy no hay medio importante en Latinoamérica que no disponga de uno, en un afán de demostrar su preocupación por el lenguaje.
Los libros de estilo constituyen un fenómeno singular en la medida en que en los años ochenta no sólo los utilizan los profesionales y estudiantes de periodismo, a quienes en principio van dirigidos, sino también los profesores, primero, después el mundo universitario en general y, finalmente, los simples curiosos, que encuentran en ellos una herramienta práctica y sencilla para resolver las dudas que les plantea el uso del lenguaje. «Creo que el interés que despierta el idioma en los años ochenta coincide con un interés por la gastronomía, por el vino, por la música, y otra serie de aspectos que se engloban dentro de eso que se llama cultura», afirma Gómez Font. «En esa década acaba el proceso de las anteriores, donde lo importante era conseguir un nivel económico, y surgen nuevos intereses por aspectos que antes no se tenían en cuenta, entre ellos, el lenguaje. También es un momento en el que hay un mayor conocimiento de lo que es y a lo que se dedica la Real Academia, y aparecen una serie de productos cuya demanda se revela al salir al mercado».
Otro aspecto decisivo es el descubrimiento del español de América. Los españoles viajan más y eso les permite conocer una realidad lingüística diferente. También a las televisiones llegan las telenovelas, y al cine, películas en las que se habla español con otro acento. Guillermo Rojo es secretario de la Academia. «Los medios de comunicación son en gran medida responsables del aumento de la cultura lingüística en España. Durante mucho tiempo las personas oían hablar el español de su entorno, leían sus periódicos, escuchaban su radio... Ese mundo cerrado cambia con la televisión y la riqueza de contenidos y programas que llegan de otros países. De sólo conocer la propia forma de hablar, las condiciones del mundo permiten entrar en contacto con una realidad lingüística que siempre había existido, pero a la que no se podía acceder, y eso crea interés y curiosidad. Y desde luego la Academia ha adoptado una actitud diferente en este aspecto buscando la colaboración de las Academias americanas, en la idea de que sus decisiones afectan a cientos de miles de personas, de las que sólo una parte vive en España».


Edición popular del Diccionario

En 1992 se publica la 21ª edición del Diccionario de la Academia, que por primera vez sale al mercado en edición popular, en dos tomos y al precio de 4.600 pesetas. De esta edición se venden cerca de un millón de ejemplares en siete años. «Es un dato que no tiene comparación con cifras anteriores». Marisol Palés es directora editorial del área de referencia de Espasa. «Y esto marca el inicio de un fenómeno que ha tenido continuidad después con otras obras de la Academia, y es que el gran público se da cuenta no sólo de que es importante tenerlas en casa, sino de que además son asequibles».
Esta tendencia se repite con la edición en CD-ROM del Diccionario, de la que se venden 25.000 ejemplares, una cifra también alta, sobre todo en una época en que no estaba tan extendido el uso de ordenadores, y se confirma en 2001 con la 22ª edición del Diccionario, que vuelve a convertirse en un fenómeno de ventas. Desde octubre de ese año hasta marzo de 2004 se han vendido en sus diferentes versiones más de 900.000 ejemplares. «Ocurre una importante novedad con esta edición». Es de nuevo Marisol Palés. «Y es que hay compradores nuevos, desde luego, pero también mucha gente que renueva el anterior diccionario, lo que demuestra que se ha asumido que la lengua es algo vivo y que conviene estar actualizado».
También fueron muy importantes las ventas de otro libro, El dardo en la palabra, de Fernando Lázaro Carreter, publicado por Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, y del que se han vendido más de 350.000 ejemplares. Los dardos de Lázaro se habían publicado desde mediados de los años 70 en diversos periódicos, y Hans Meinke había intentado convencerle en diversas ocasiones de la posibilidad de recopilarlos en un libro, algo a lo que se resistía, no tanto por el trabajo de compilación y selección, sino por sus dudas respecto a la demanda que pudiera tener. Cuando el libro salió al mercado, en 1997, se mantuvo no menos de medio año en las listas de libros más vendidos. «Recuerdo que se presentó el 1 de abril», afirma Meinke. «Fue un acto entrañable, al que yo llegué lleno de moratones y magulladuras después de un secuestro que había sufrido en Barcelona unos días antes, un suceso extraño que nunca se ha aclarado del todo y que había sido enormemente traumático. Y recuerdo que la presentación del libro de Lázaro fue como recuperar mi vida. El libro despegó de inmediato, se vendía reimpresión tras reimpresión, y se convirtió en un auténtico fenómeno. Incluso me enviaron el recorte de un periódico alemán en el que el corresponsal en España contaba cómo hasta los taxistas lo llevaban en el asiento del copiloto, y lo iban hojeando en los semáforos».


Obras de difusión general

El éxito de Lázaro tuvo que ver con su capacidad de recoger el lenguaje de la calle, sus incorrecciones, y comentarlo con humor y complicidad de una manera que hacía que muchas personas se vieran retratadas. Eso permitió que se tomara conciencia de la capacidad del lenguaje para comunicarse, y se aceptara de buen grado la defensa de la lengua. «Creo que ése fue un cambio muy importante: la búsqueda de un estilo sencillo y didáctico con el que llegar al gran público». Leonardo Gómez Torrego es lingüista y autor, entre otras obras, del Nuevo manual de español correcto. «De repente comenzamos a pensar no en expertos sino en gente que tiene curiosidad por la lengua, y hay multitud de libros que comienzan a escribirse con un estilo asequible y sencillo que hace que la gente se acerque sin recelo a este tipo de obras».
Las editoriales amplían su espectro, y comienzan a aparecer gran cantidad de obras de difusión general; La punta de la lengua, de Álex Grijelmo; Manual de estilo, de Arturo Ramoneda, o Así hablan las mujeres, de Pilar García Moutón, son algunas de las que hoy pueden encontrarse en las librerías. «El que un público amplio empezara a interesarse por estos productos fue una muy buena noticia para las editoriales». García Mouton es consejera de Gredos. «Y, de hecho, aunque nosotros sigamos trabajando fundamentalmente para el mundo académico, sí hemos ido incluyendo en nuestro catálogo determinados guiños, por ejemplo, el libro de Emilio Lorenzo Anglicismos hispánicos, o El buen uso de las palabras, de Valentín García Yebra, y por supuesto el diccionario de María Moliner, cuya segunda edición se hizo con una voluntad, que ya expresó su autora, de dirigirlo a un público lo más amplio posible».
En 1999 coinciden en las librerías tres obras que se convierten en seguida en éxitos de ventas: la Ortografía de la Academia, que permaneció durante más de veinte semanas en la lista de libros más vendidos; el Diccionario del español actual coordinado por Manuel Seco, y la Gramática descriptiva de Ignacio Bosque y Violeta Demonte, un libro en principio dirigido a un lector especializado que, sin embargo, tuvo una importante acogida. «Creo que hay dos tipos de actitudes respecto al lenguaje –afirma Ignacio Bosque–. Una más prescriptiva, que tiene que ver con cómo utilizar correctamente las palabras, y otra reflexiva, que trata de entender el idioma. Ocurre como con los coches, hay quien quiere saber qué hay que hacer si se enciende un piloto en el salpicadero, y quien quiere saber algo de mecánica. La diferencia es que la lengua es algo interno, y es inevitable que de la curiosidad se pase a un interés más profundo por el lenguaje».


Interés por el idioma

El Diccionario del español actual, de Manuel Seco, del que se vendieron más de treinta mil ejemplares en sólo tres meses, contenía más de 80.000 voces repartidas en 4.500 páginas. Era el resultado del trabajo que se había iniciado treinta años antes en el antiguo comedor de la editorial Aguilar. «No creo que se pueda hablar de una explosión, o de una moda –opina el autor–. El interés por el idioma es algo que se ha ido cociendo de forma lenta pero creciente a lo largo de los años, y que se manifestó de forma especialmente llamativa en 1999 por esta podríamos llamarla conjunción astral que hizo que aparecieran de forma prácticamente simultánea estos tres libros. Los periódicos comenzaron entonces a hablar de una oleada de preocupación lingüística, y sí hubo una cierta sensación de boom de la que los tres libros salieron beneficiados».
Resta hablar del aspecto mercantil del idioma, que tiene que ver con el desarrollo económico en Hispanoamérica, y el florecimiento de un mercado cada vez más importante que compra en español, lo que ayudaría también a entender este estado de buena salud del que innegablemente disfruta nuestra lengua.
De momento, y en un futuro inmediato, conviene ir ahorrando para el Diccionario panhispánico de dudas, la Gramática, y el Diccionario del escolar, sólo por citar las obras de la Academia.





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