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 La ruta del libro

Historia y curiosidades literarias
EL MERCURIO, 9 de mayo de 2004

LITERATURA. Guía de librerías:
La ruta del libro

Macarena García González

Los vendedores no llevarán corbata. Sabrán más de libros y anécdotas literarias que el cliente; conocerán (y saludarán) a otros presuntos compradores, haciendo de la librería un espacio de encuentro en torno a la buena literatura. Esconderán los best sellers y, en lo posible, se proveerán de un sillón. Son las librerías con "onda" que se pueden encontrar en el Drugstore de Providencia o en los alrededores del Parque Forestal.


Si en una librería uno busca un título que el vendedor no conoce, lo más seguro es que éste le pregunte de quién es e ingrese los datos al computador. Al pedir "Metamorfosis de lo mismo" a Ángelo, de la librería Ulises del Drugstore, uno puede notar una sutil diferencia en su contrapregunta: "¿de quién era?" dice, y al enterarse que se trataba de la antología de Gonzalo Rojas, se acerca al estante de poesía. El tenor de este pequeño intercambio da para separar las aguas entre las librerías a secas y las otras. Las que tienen ilustradísimos vendedores que si no saben de un libro es sólo porque lo han olvidado y que arrugan la nariz al escuchar hablar del "Código de Da Vinci" e incluso de Isabel Allende. Librerías que sobreviven sin bestsellers ni manuales de autoayuda y que en algunos casos llegan a ofrecer sólo literatura, ciencias sociales y obras filosóficas. Lugares donde comprar es un ritual que incluye saludos, conversaciones sobre las últimas tendencias literarias y evocaciones de autores desaparecidos que a poco pareciera que también compran allí. Librerías donde el lector aprende, el vendedor se informa y el catálogo surge de estos intercambios. Espacios de encuentro de la élite intelectual donde siempre está en juego el status de comprar allí o de tener como cliente a parte de la intelligentsia chilena.

La libresca Providencia

Algunos las han llamado "librerías de barrio", aunque la vecindad geográfica de sus clientes no sea la más relevante. Ellas sí se han agrupado - a veces de forma excesiva- en ciertas zonas. En Providencia, sólo entre Pedro de Valdivia y Suecia, existen 16 locales dedicados exclusivamente a la venta de libros. Hay para todos los gustos y necesidades: libros en inglés (Librería Inglesa), de tendencias new age (Librería Gaia), de sicología y técnicos agropecuarios (Olejnik), de arte, diseño y arquitectura (Contrapunto), revistas (Takk), tipo supermercado (Feria Chilena del Libro), textos escolares y literatura infantil (La Rambla) y plataformas de sus editoriales (Catalonia y Universitaria), entre otras.

Pero la mayoría trabaja una oferta variada: desde cocina a poesía, pasando por las enseñanzas de Osho. El problema es que como no se trata de grandes superficies, es difícil ir a buscar algo ligeramente específico. La modalidad pareciera ser que el lector se tiente con lo expuesto en los libreros.

Son, por tanto, pocas las que se dedican exclusivamente a la "alta cultura" y que cumplen en mayor o menor medida con las características reseñadas en el comienzo. En el Drugstore, epicentro libresco de Providencia, se encuentran tres de éstas: Altamira, Ulises y Takk. La primera es, teóricamente, la librería más antigua del país, aunque ha cambiado varias veces de dueño y la última vez se antepuso a su nombre el vocablo "nueva", aunque nadie lo ocupa para referirse a ella. Partió en Huérfanos, animando la "apagada" vida cultural de los 80 y mucha agua pasó bajo el puente hasta que hace tres años se encontraba casi vacía rematando sus últimos libros. Reasumió como dueño el escritor Jorge Edwards, vino lo de "Nueva Altamira" y comenzó a ser atendida por un simpático catalán, Joan Usano, que españoliza los dos pisos repletos de libros. "Es difícil volver a recuperar el prestigio", se lamenta el hombre que llegó a Chile siguiendo a una mujer y terminó dirigiendo una de las mejores librerías del país, "por mucho que hubo cambio de nombre y relanzamiento, cuesta que la gente vea esta librería como un nuevo proyecto".

Y es que Altamira sufrió también con la llegada de su vecina, "Ulises", formada por algunos de sus antiguos dependientes. Esta librería apareció en un momento clave acercándose a los selectos lectores con la posibilidad de importar directamente de las distribuidoras (algo que en su momento hizo Altamira) y con un cálido y espacioso local que superaba las incomodidades de su estrecha vecina. Hoy sus socios no esconden un autocomplaciente orgullo. "Es la mejor librería de Santiago", afirma convencido Benjamín Acosta, para después jugar a atenuarlo con "en cuanto a calidad se trata". "Acá tenemos los mejores libreros del país", prosigue el ingeniero, "la gente que más sabe de libros y que está más informada sobre novedades editoriales". Ahí radica la distinción de Ulises: en el factor novedad. Para ellos tener un libro antes que el resto puede valer miles de pesos. Usano en cambio dice que lo que más le importa es tener un buen fondo, que en su local se puedan encontrar todos los clásicos. "No muero por la novedad", dice tranquilo.

Takk, que llegó a triangular la zona hace poco más de un año, apuesta por los libros de teoría y las revistas. Quizá porque no hay multitudes detrás de Derridá o Giddens fue que estuvo a punto de quebrar hace algunos meses. Sus nuevas dueñas pretenden diversificarla con un segundo piso destinado a la literatura infantil que animarán con cuentacuentos. El problema de Takk fue su excesiva especialización, cuatro títulos de Foucault en su vitrina son suficientes para espantar a algunos lectores, pero sus nuevas socias dicen que no cambiarán ese énfasis.

La Librería Quimera, ubicada a algunas cuadras, juega también con sus propias reglas e innova en su vitrina. Su dueño, Alberto Jadue, es el único en Santiago que se atreve a poner una colección de clásicos Cátedra en el lugar utilizado para atraer a los clientes. Las "Metamorfosis" de Ovidio o "El Decamerón" de Bocaccio son suficientes para invitar a pasar a quienes creen en los valores perdurables de cierta literatura. Aunque el librero -que observa a los clientes desde su vidriado despacho al fondo del local- también ofrece novedades y sobre todo atrayentes descuentos (ver recuadro).

Café Forestal

Casi tan importante como la selección de los libros ofrecidos, es ubicarse en un buen barrio. Y esto está generalmente garantizado si hay cafés, lugares donde comenzar o decidir la lectura o, simplemente, espacios atractivos para reunirse, que terminan contagiando a los locales circundantes. Ulises y Altamira le deben mucho al Tavelli.

Un nuevo sector de cafés y bohemia intelectual de media tarde se está formando en la zona del Parque Forestal, entendiendo ésta desde las inmediaciones de los museos (de Bellas Artes y Contemporáneo) hasta Lastarria. Allí las librerías no están tan concentradas como en Providencia, ni existe tanta tradición libresca, pero sí hay historia con Enrique Lafourcade sentado en la Plaza del Mulato Gil y con la compraventa de usados El Cid que funciona en Merced desde el 87.

En el Forestal las librerías son muy distintas y no parecieran competir entre sí. "Alejandría", en la esquina de Lastarria y la Alameda, se focaliza más en los textos teóricos, las de Merced trabajan los libros usados y llegando a la esquina con José Miguel de la Barra se encuentra "Libros Prólogo", especializada en cine, teatro y comunicación. Los libreros se recomiendan unos a otros. "Este barrio es muy amistoso", dice Jeannette Cares, de El Cid, "yo mando gente para todos lados y me llegan muchos, porque creen que acá tendremos siempre todo. Nos ayudamos bastante y también nos protegemos las espaldas, si hay tipos sospechosos nos vamos avisando por teléfono".

Hace poco menos de siete meses el poeta Sergio Parra y su socia Paula Barría se instalaron en José Miguel de la Barra con "Metales Pesados" revitalizando el sector. Se trata de una librería amplia que tiene una muy buena "curatoría" - como la llama Parra- de libros. Además de su catálogo de literatura, se distingue por sus actualizados estantes dedicados al cine y las artes visuales, mucha poesía joven autoeditada y un mesón con revistas, comics y catálogos de arte. Estar cerca de los museos motiva, porque a principios de junio inaugurarán un espacio para exposiciones a cargo del artista visual Carlos Montes de Oca. "Bistec" se llamará su primera muestra.

El Parrita, como lo apodan, vestido siempre de terno negro, partió sumándole informalidad a su negocio. Abre a las 10 y cierra después de las nueve y los fines de semana se queda hasta la medianoche o más dependiendo de los amigos que se arrimen allí para tener una conversación de literatura y vida. Puso unas mesas y compró ceniceros que llena entre él y sus visitantes (recientemente estuvo instalado allí el novelista argentino Rodolfo Fogwill). "Metales Pesados" no tiene la solemnidad de "Ulises" o de alguna otra del Drugstore; fácilmente la cierra un día y la fiesta la hacen adentro como ocurría en la librería que el poeta tuvo durante los 80. Pero quizá la mayor diferencia se da en que es el único que no se queja por robos. "Fíjate que no se me han perdido libros", confiesa algo distraído, "yo a veces salgo un rato y les pido que miren a los que se quedan y nunca se me ha perdido nada". Casi para no creérselo, porque el robo hormiga de libros ha llevado a la quiebra a varios negocios.

El factor sillón

A una cuadra de Metales Pesados se instaló en el verano Mosqueto Café, administrado por la pareja de Danitza Pavlovic y Cristian Warnken. El escritor está a cargo de la "librería arbitraria" que se encuentra en las paredes del fondo del café. "Es más una boutique-librería. Como el espacio es pequeño yo voy proponiendo rimas de libros, los relaciono y propongo lecturas", explica el entrevistador de la Belleza de Pensar. Son pocos, no más de 500 ejemplares, pero invitan a la lectura, porque hay tres sillones que hacen de ese espacio un lugar deseable.

En general uno lee recostado sobre una cama o hundido en un sillón cómodo. Desde hace algún tiempo e influidos por las siempre imitables tendencias extranjeras, los visitantes de librerías comenzaron a pedir la habilitación de lugares de lectura. Ahora que comienzan a aparecer se puede notar que también los cafés y los restaurantes se están volviendo blandos. Como si el sofá de TVN se instalara en distintos espacios diciéndonos que la librería es de todos, haciéndonos olvidar que el libro no es nuestro.

En Mosqueto Café ese ambiente está logrado, porque los sillones crean un pequeño ambiente que cuando no es monopolizado por un grupo dicharachero, da la impresión de una biblioteca compartida. Y nadie pierde porque - como explica Warnken- la idea de la librería es solventar costos y darle un atractivo al café. Allí da la impresión que uno puede quedarse largo hojeando libros. En otros lugares los sillones todavía amedrentan; hay que sentirse muy "cliente" para sentarse cómodo.

La pequeña librería de Warnken es el lugar ideal para todos los que sueñan con las librerías bonaerenses. Porque siempre está esa inferioridad presente en el imaginario del intelectual chileno. Eso del café, el sillón, la lectura y la cultura de la conversación literaria. En Mosqueto Café hasta ofrecen libros para adentrarse en el tema, que han ubicado estratégicamente detrás de la barra. "Bares de Buenos Aires", "Restaurantes de Buenos Aires", "Cocina Argentina", para que se sienta como un culto hombre porteño. Ya tenemos menos que envidiarles. Sólo que aquí los libros son bastante más caros.

Off Drugstore

Pese a que las ocho librerías del Drugstore (y las ocho en sus calles adyacentes) bastan para transformar ese barrio en el librero por antonomasia de Providencia, hay otros interesantes circuitos librescos en la comuna.

Uno de ellos se encuentra en el Paseo El Patio, donde ha existido por más de 20 años una librería de catálogo feminista, "Lila" de Jimena Pizarro, que acaba de celebrar su aniversario con un cambio de local. Al lado de este perseverante proyecto se instaló la hermana de su dueña con "Australis" especializada en guías de viaje. Pero más antiguo allí es "Chile Ilustrado" del padre de ambas - Erasmo Pizarro- que vende libros antiguos sobre historia y cultura chilena. En medio de esta familiaridad libresca convive "Books", que desde 1976 comercializa libros en inglés de segunda mano. Olor a incienso y años de tradición se pueden encontrar en la familiaridad de El Patio.

Un ojo por un libro

Los libros en Chile son caros, muy caros. En Argentina cualquier novedad editorial vale tres veces menos. El IVA, el pequeño mercado nacional, y la escasa competencia por precio, son algunos de los factores que inciden en que leer (y comprar lo que se lee) sea un lujo para unos pocos. Un círculo que envicia aún más los precios.

A diferencia de hace algunos años, hoy los precios en las librerías chilenas suelen repetirse con mínimas (y poco predecibles) variaciones. Que Nueva Altamira tenga algunas novelas Anagrama más caras sorprende, siendo el dueño de la librería el que distribuye el sello. Que Ulises no sea la librería más cara de Santiago también, cuando ocupa ese trono en la imaginación de los compradores de libros. Pero tal vez lo que sorprende es que no haya una librería más cara, un enemigo al que odiar porque una novela pueda sobrepasar los 20 mil pesos. Chicas y grandes, masivas y selectas, de vendedores ilustrados o encorbatados, todas al final cobran $18.500 por "Como estar solo" de Jonathan Frazen, o $ 8.900 por el "Yo, yegua", de Francisco Casas.

La diferencia que hace la diferencia estriba en los descuentos. En ser cliente, amigo del librero o caerle bien. Feria Chilena del Libro ofrece un 10% a quienes tienen la tarjeta del Club de Lectores de El Mercurio; Altamira un 8% automático a quienes paguen en efectivo; Ulises un 10% a quien se lo pida. Pero de las reseñadas en este artículo la más barata resultó ser Quimera, porque de allí es imposible salir sin descuento. Quienes pagan en contado se llevan el libro pagando un 20% menos y los que ocupan tarjetas de crédito se les descuenta un 10%. Nada vale lo que marca.

http://www.cumbresborrascosas.net




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Una biblioteca increíble.



 
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