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 La levedad y el peso (Milan Kundera)

Historia y curiosidades literariasLa idea del eterno retorno es misteriosa y con ella Nietzsche dejó perplejos a los demás filósofos: ¡pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal como lo hemos vivido ya, y que incluso esa repetición haya de repetirse hasta el infinito! ¿Qué quiere decir ese mito demencial?

El mito del eterno retorno viene a decir, per negationem, que una vida que desaparece de una vez para siempre, que no retorna, es como una sombra, carece de peso, está muerta de antemano y, si ha sido horrorosa, bella, elevada, ese horror, esa elevación o esa belleza nada significan. 

No es necesario que los tengamos en cuenta, igual que una guerra entre dos Estados africanos en el siglo catorce que no cambió en nada la faz de la tierra, aunque en ella murieran, en medio de indecibles padecimientos, trescientos mil negros. 

¿Cambia en algo la guerra entre dos Estados africanos si se repite incontables veces en un eterno retorno? Cambia: se convierte en un bloque que sobresale y perdura, y su estupidez será irreparable. 

Si la Revolución francesa tuviera que repetirse eternamente, la historiografía francesa estaría menos orgullosa de Robespierre. Pero dado que habla de algo que ya no volverá a ocurrir, los años sangrientos se convierten en meras palabras, en teorías, en discusiones, se vuelven más ligeros que una pluma, no dan miedo. 

Hay una diferencia infinita entre el Robespierre que apareció sólo una vez en la historia y un Robespierre que volviera eternamente a cortarle la cabeza a los franceses. Digamos, por tanto, que la idea del eterno retorno significa cierta perspectiva desde la cual las cosas aparecen de un modo distinto de como las conocemos: aparecen sin la circunstancia atenuante de su fugacidad. Esta circunstancia atenuante es la que nos impide pronunciar condena alguna. 

¿Cómo es posible condenar algo fugaz? El crepúsculo de la desaparición lo baña todo con la magia de la nostalgia; todo, incluida la guillotina. No hace mucho me sorprendí a mí mismo con una sensación increíble: estaba hojeando un libro sobre Hitler y al ver algunas de las fotografías me emocioné: me habían recordado el tiempo de mi infancia; la viví durante la guerra; algunos de mis parientes murieron en los campos de concentración de Hitler; ¿pero qué era su muerte en comparación con el hecho de que las fotografías de Hitler me habían recordado un tiempo pasado de mi vida, un tiempo que no volverá? Esta reconciliación con Hitler demuestra la profunda perversión moral que va unida a un mundo basado esencialmente en la inexistencia del retorno, porque en ese mundo todo está perdonado de antemano y, por tanto, todo cínicamente permitido.

Enviado por heathcliff el Jueves, 06 noviembre a las 10:12:22 (58 Lecturas)
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 MEDITRINALIAS,

 f. pl. Mit. Fiestas de la antigua religión romana que se celebraban el 11 de octubre, dedicándolas a la divinidad latina llamada Meditrina.
 De esta diosa no se habla más que en un ■■feo de Festo, en que se menciona la fiesta, pero CffEiQ quiera que en las Meditrinalias, consideradas, feas duda, como el epilogo de la vendimia, se bebía H*ino nuevo y el vino viejo, pronunciando la flor­ida «yo bebo el vino viejo; yo bebo el vino nuevo, j -¿sí me curo de las enfermedades viejas y de las en- asmedades nuevas», el nombre de Meditrina se debía paterpretar por mederi, divinidad de la salud, á la lass sucedió Salas, con.una significación más bien política, siendo éstas después reemplazadas por Es- «salapio é Higia, cuyo culto no data más allá de 293 m. de J. C. Los honores concedidos á Meditrina os­laban relacionados con Júpiter, bajo cuyos auspicios pauenzaba la vendimia, y en nombre de este dios se «asaba en Abril el vino nuevo. Los griegos tenían una ífiesta análoga á las Meditrinalias, la de las Petaigias, laríacionada con las Dionisios que, desde otros pun­cas de vista, se parecía también á la Vinalia, y en la •zre se probaba la primera copa de vino nuevo, por­ige este vino era considerado como un remedio salu­dable.

Enviado por heathcliff el Sábado, 01 noviembre a las 22:36:51 (7 Lecturas)
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 Él y su hombre. Discurso de J. M. Coetzee al recoger el Premio Nobel



 
Pero volvamos a mi nuevo compañero. Yo estaba encantado con él, y me encargué de enseñarle todo aquello que lo hiciera útil, hábil, y servicial; pero especialmente le enseñé a hablar, y a entenderme cuando yo hablaba, y no hubo en todo el mundo alumno más apto. 
Daniel Defoe, Robinson Crusoe.
 
Boston, en la costa de Lincolnshire, es una ciudad hermosa –así lo dice su hombre–. Aquí se encuentra la iglesia más alta y empinada de toda Inglaterra; los pilotos se guían por ella desde el mar. Los alrededores de Boston son tierra de fens: de pantanos y de fangales. Abundan los avetoros, esos pájaros ominosos que profieren un sonido pesado, quejoso, y que se pueden oír a más de tres kilómetros, como el eco de un arma. 
En el campo encuentran también su hábitat otros tipos de pájaros, por ejemplo patos y ánades silvestres; para capturarlos, los hombres de los fens crían patos domésticos, a los que llaman patos de camuflaje, patos camuflados. 
Los fens consisten en trechos de tierra húmeda. Hay trechos de tierra húmeda en toda Europa, en todo el mundo, pero no se los llaman fens, pues es una palabra inglesa, y es una palabra que no va a migrar. 
A estos patos camuflados de Lincolnshire –escribe su hombre– se los cría en estanques camuflados, y se los domestica alimentándolos con la mano. Luego, cuando la temporada por fin llega, se los envía a Holanda y Alemania. Allí se encuentran con otros de su especie, y al ver la miseria en que esos patos holandeses y alemanes viven, y cómo los ríos se hielan en invierno y cómo las tierras se cubren de nieve, nunca dejan de hacerles saber, en un lenguaje inteligible para ellos, que en Inglaterra, de donde vienen, todo es muy distinto: los patos ingleses encuentran comida en las orillas del mar, y las mareas inundan las lagunas interiores; gozan de lagos, fuentes, estanques abiertos y estanques protegidos; también de tierras pletóricas de mieses dejadas por los cosechadores; y no hay ninguna escarcha ni nieve, y sí verdadera luz. 
Gracias a estas representaciones –escribe su hombre–, que son formuladas en el lenguaje de los patos, ellos, los patos camuflados, reúnen grandes cantidades de aves, y por decirlo de algún modo, las secuestran. Las guían de vuelta a través de los mares desde Holanda y Alemania, y las amontonan en sus estanques camuflados dentro de los fens de Lincolnshire, charlando todo el tiempo en su propio idioma, contándoles que ésos son los estanques de los que les han hablado, donde vivirán, en fin, sanos y salvos. Y mientras se los ve ocupados, los hombres camuflados, los amos de los patos camuflados, se escurren dentro de escondrijos de maleza y de arbustos que construyeron en los fens, y desde allí, sin que nadie los vea, arrojan cereal al agua; y los patos camuflados los siguen, guiando a su vez a aquellos huéspedes extranjeros. Y así, durante dos o tres días los conducen por canales cada vez más estrechos, proclamando lo bien que se vive en Inglaterra, hasta llegar a un sitio en donde se encuentran las redes extendidas. 
Entonces los hombres camuflados sueltan a su perro camuflado, que está perfectamente entrenado para nadar y alcanzar a las aves, ladrando mientras nadan. Terriblemente alarmados por esta criatura horrible, los patos levantan vuelo, pero se ven forzados a descender pues chocan contra las redes, y deben nadar o perecer bajo la red. Pero la red es cada vez más angosta, como un embudo, y allí están los hombres camuflados, que los apresan uno a uno. A los patos camuflados los acarician y encomian, pero a sus huéspedes los matan a garrotazos ahí mismo, y los despluman, y los venden por cientos y por miles. 
Todas estas noticias de Lincolnshire las escribía su hombre con una caligrafía firme y rápida, con plumas a las que sacaba punta todos los días con un pequeño cortaplumas, antes de comenzar de nuevo a escribir.
En Halifax –escribe su hombre–, se erguía una máquina justiciera, hasta que fue retirada por el reino de Jacobo I. Funcionaba así: se colocaba la cabeza del condenado en la cima del patíbulo, entonces el verdugo quebraba de pronto el clavo que sostenía la enorme cuchilla. La hoja descendía por un marco alto como una puerta de iglesia y decapitaba al hombre de un modo tan limpio como lo hubiese hecho el cuchillo de un carnicero. 
Sin embargo, según la costumbre de Halifax, si entre el quiebre del clavo y la caída de la hoja de metal, el condenado podía ponerse de pie, bajar corriendo la colina, y atravesar el río a nado antes de que el verdugo lo atrapara, se lo dejaba en libertad: por supuesto, durante todos los años en que la máquina se utilizó, esto no ocurrió nunca.
Él (esta vez no es “su hombre”, sino “él”) está sentado en su cuarto junto al mar en Bristol, y lee estas líneas. Se lo ve entrado en carnes, y hasta puede decirse que está avejentado. La piel de su cara, ennegrecida por el sol del trópico antes de que él mismo se armara una sombrilla con hojas de palma, es ahora más pálida, pero continúa mostrándose apergaminada; en su nariz queda una herida que le produjo el sol; nada la curará. Tiene aún una sombrilla en su cuarto, en un rincón, pero el loro con el cual volvió ya ha muerto. “¡Pobre Robin!” –gemía el loro colgado en su hombro–. “¡Pobre Robin Crusoe! ¿Quién ayudará al pobre Robin?” Su mujer no toleraba el lamento del loro, “¡Pobre Robin!” todo el día. “Voy a retorcerle el pescuezo”, decía ella, pero le faltó siempre coraje. 
Cuando volvió a Inglaterra desde su isla con su loro y su sombrilla y su cofre lleno de tesoros, por un tiempo vivió bastante tranquilo con su esposa en la propiedad que compró en Huntingdon, porque se había convertido en un hombre rico, más rico aun después de publicar ese libro acerca de sus aventuras. Pero los años en la isla, y luego aquellos años de viaje con su hombre Viernes (pobre Viernes, se lamenta él, prrr-prrr, pues el loro nunca pronunció el nombre de Viernes, sino el suyo), terminaron por lograr que la vida de gentleman terrateniente le resultase aburrida. Y si es necesario decir la verdad, la vida de casado con su esposa también fue una dolorosa decepción. Terminaba yéndose a los establos, al encuentro con los caballos que, benditos, no parloteaban sino que apenas resoplaban cuando él llegaba, para demostrarle que sabían quién era, y luego permanecían en paz. 
Cuando arribó a la isla, en donde supo llevar una vida silenciosa hasta que de pronto llegó Viernes, creía que en el mundo se hablaba demasiado. Cuando descansaba en la cama junto a su esposa le parecía que un chaparrón de guijarros caía sobre su rostro. Y lo único que él quería era dormir. Así que cuando su esposa exhaló su último aliento, guardó luto, pero no estuvo triste. La enterró, y después de un tiempo prudencial alquiló este cuarto en El Calafate Alegre, en la costanera de Bristol, luego de dejarle a su hijo la administración de su propiedad, y de traerse apenas esa sombrilla que lo hizo famoso en la isla, y el loro muerto fijado a su percha, y unas pocas cosas, y vivió aquí desde entonces, vagando de día por los muelles y desembarcaderos, observando hacia el oeste sobre el mar, pues su vista es todavía aguda, y continúa fumando pipa. Se hace subir los alimentos a su cuarto; porque no halla alegría en sociedad. Se ha acostumbrado a una vida solitaria. No lee, perdió el gusto por la lectura, pero el hecho de redactar sus aventuras dejó en él un hábito por escribir algo; se trata de un recreo más o menos agradable. Por las noches, a la luz de la vela, acomoda papeles y afila plumas, y escribe una página o dos acerca de su hombre, del hombre que envía informes sobre los patos camuflados en Lincolnshire, y de esa gran máquina de la muerte en Halifax, de la que uno puede escapar si se pone de pie y baja corriendo la colina antes de que la terrible hoja descienda, y sucedan muchas otras cosas más. Desde cualquier lugar en donde esté, él le envía un informe, ésa es su principal función, de ese hombre que es de él. 
Ahora camina perezoso por el puerto, reflexiona sobre la máquina de Halifax y él, Robin, a quien el loro llamaba “pobre Robin”, arroja un guijarro y alerta sus oídos. Un segundo, menos de un segundo, y el guijarro golpea el agua. La gracia de Dios es eficiente, pero la gran hoja de acero templado –que es más pesada que un guijarro y a la que se engrasa con sebo–, ¿no sería más eficiente? ¿Cómo podremos escapar de ella? ¿Y qué tipo de hombre puede ser ese que se apresurará tan diligentemente de aquí para allí a lo largo del reino, de un espectáculo de muerte a otro (garrotes, decapitaciones), enviándole informe tras informe? Un hombre de negocios razona consigo mismo. Que sea un hombre de negocios, un comerciante de granos o de cueros, digamos; o un industrial y proveedor de tejas, en algún lugar donde abunde la arcilla, en Wapping, digamos, que debe viajar mucho debido a sus negocios. Queramos que sea próspero, y démosle una mujer que lo ame y que no hable mucho y que le dé hijos, o sobre todo hijas; démosle más bien una felicidad razonable; después hagamos que esa felicidad súbitamente se interrumpa. Durante un invierno, el Támesis se desborda, y los hornos en los que se hornean las tejas son arrasados por la corriente, o los depósitos de grano, o los talleres de cuero; está arruinado, este hombre que es de él, y los acreedores caen como moscas o cuervos; él tiene que huir de su hogar, de su mujer, de sus hijos, y busca esconderse disfrazado en el lugar más desvencijado del Callejón de los Mendigos, bajo un nombre falso. Y todo esto –la creciente del río, la ruina, la huida, la miseria, los andrajos, la soledad– todo esto es, o sería, una imagen del naufragio y de la isla donde él, el pobre Robin, estuvo recluido sin contacto con el mundo durante veintiséis años, hasta casi enloquecer (¿y quién puede decir si no enloqueció en cierto modo?). 
O si no, entonces, que el hombre sea un talabartero con una casa y un taller y un depósito en Whitechapel y admita un lunar en su mentón y una mujer que lo quiera y que no edifique con monólogos y que le dé hijos, sobre todo hijas, y mucha felicidad, hasta que la peste descienda sobre la ciudad, pues es el año 1665, y el gran incendio de Londres todavía no ocurrió. La peste desciende entonces sobre Londres: diariamente, parroquia tras parroquia, el recuento de muertos crece, de ricos y pobres, porque la peste es democrática y no hace distinciones de status, y ninguna riqueza en el mundo va a salvar a este talabartero. Envía a su mujer y a sus hijas al campo, y hace planes para huir él, pero no lo hace. No le temerás al terror de la noche, lee al azar en la Biblia, ni a la flecha que vuela de día; ni a la pestilencia que se encamina en la oscuridad; ni a la destrucción que asuela al mediodía. Mil caerán a tu lado, y diez mil sobre tu mano derecha, pero nada de ello se acercará a ti. Con el valor que le otorga este signo, que es casi un salvoconducto, permanece en Londres y comienza a redactar informes. Llegué a la calle en donde había una multitud –escribe–, y una mujer señala el cielo. ¡Vean –grita ella–, un ángel vestido de blanco blandiendo una espada flamígera! La multitud asiente. ¡Es cierto –dicen–, un ángel con una espada! Pero él, el talabartero, no puede ver al ángel ni a la espada. Todo lo que puede veres una nube de forma extraña, más luminosa de un lado que del otro, por el brillo del sol. ¡Es una alegoría!, grita en la calle la mujer; pero él no puede ver ninguna alegoría. Así consta en su informe. 
Otro día, al caminar en Wapping por la orilla del río, este hombre que supo ser talabartero pero que ahora no tiene ocupación observa cómo desde la puerta de una casa cierta mujer llama a un hombre que rema en un bote pescador: ¡Robert, Robert!, lo llama ella, y este hombre rema hasta la orilla, y descarga una bolsa depositando su contenido sobre una piedra en la costa, y se aleja de nuevo; y la mujer llega a la orilla y levanta la bolsa y la lleva a su casa con una infinita expresión de pena. 
Él se acerca por la orilla a este hombre de nombre Robert, y le habla. Robert le cuenta que aquella mujer es su esposa y que en la bolsa guarda las provisiones para una semana, que es para ella y para sus hijos, y que contiene carne y harina y manteca; pero que él no se atreve a acercarse más, porque todos ellos, esposa e hijos, están apestados; y esto le parte el corazón. Y todo esto –es decir, este hombre Robert y su esposa que conserva la unión a través de gritos, la bolsa abandonada en la costa– vale por sí mismo, por supuesto, pero también vale como una imagen de la soledad de él mismo, de Robinson, en la isla, donde en los momentos de mayor desesperación gritó que aquellos que amaran Inglaterra viniesen a salvarlo, y que otras veces nadó hasta el barco naufragado en busca de provisiones. 
Existen más informes acerca de aquellos tiempos desdichados. Aquel hombre del bote, incapaz de soportar el dolor –tiene hinchada la ingle y las axilas, signos de la peste–, corre por la calle a los gritos desnudo, a través de Harrow Alley en Whitechapel. El talabartero es testigo de sus saltos y alarmas, de sus mil gestos inquietantes, mientras la esposa e hijos corren detrás de él gritando, llamándolo para que vuelva. Y esos saltos son una alegoría de sus propios, intransferibles saltos. Luego de que haya ocurrido la desgracia del naufragio y que hubiera rastrillado la playa en busca de sus compañeros y no hubiera encontrado nada, salvo zapatos que no conseguían formar pares, y comprender al fin que estaba solo en una isla salvaje, en donde probablemente perecería sin ninguna esperanza. 
Un año atrás, él, es decir Robinson, pagó con dos guineas a un marinero por un loro que, según el marinero, era de Brasil –un pájaro no tan magnífico como su propia y bien amada criatura pero sin embargo espléndido, con plumas verdes y una cresta escarlata y también muy parlanchín, si es que se le daba crédito al marinero–. Y, realmente, el pájaro descansaba en el cuarto de la posada junto a él, con una cadenita en su pata por si trataba de volar, y decía estas palabras: ¡Pobre Poll! ¡Pobre Poll! Las decía una y otra vez hasta que él se veía forzado a taparle la cabeza con una capucha; sin embargo, no podía enseñarle a que dijera otra palabra, por ejemplo ¡Pobre Robin!, quizá porque era demasiado viejo para eso. Pobre Poll miraba a través de la estrecha ventana más allá de los mástiles, la gran extensión del Atlántico: ¿Qué isla es ésta -preguntaba Pobre Poll– en la que me arrojaron, tan fría y terrible? ¿Dónde estás, mi Salvador, en la hora de mis grandes necesidades? 
Un hombre, ya borracho porque es de noche (y éste es otro de los informes de su hombre), cae desmayado en las puertas de Cripplegate, el llamado Portal de los Lisiados. El carro de los muertos avanza (seguimos en el año de la peste), y los vecinos piensan que el hombre está muerto, y lo echan al carro, entre los cadáveres. Finalmente el carro llega a la fosa de los muertos en Mountmill y el carrero, que se tapa la cara por los efluvios, lo sujeta para arrojarlo allí dentro; y el borracho se despierta y lucha en su asombro. ¿Dónde estoy?, dice. A punto de ser enterrado entre los muertos, dice el carrero. ¿Pero entonces estoy muerto?, pregunta el hombre. Y esto, en cierta forma, es también una imagen de él mismo en su propia isla. 
Algunos londinenses continúan con sus negocios, porque se piensan saludables, piensan que la peste no los alcanzará. Pero la peste ya se encuentra secretamente en su sangre: cuando la infección llegue al corazón, caerán muertos en el acto, o es lo que dice el informe del hombre. Y esto es entonces una imagen de la vida, de la vida entera. Una preparación adecuada. Debemos contar con una preparación adecuada para la muerte, o el relámpago nos golpeará allí donde estemos. Como él mismo, Robinson, tuvo que advertir cuando vio, súbitamente, sobre la arena la huella del pie de un hombre. Aunque esto era un signo de mucho más. No estás solo, decía el signo; y también, no importa cuánto navegues, no importa dónde te escondas, te encontrarán. 
Durante el año que duró la peste –escribe su hombre–, otros, por el terror, abandonaron todo, sus hogares, sus mujeres e hijos, y huyeron tan lejos como pudieron. Cuando la peste se extinguió, la huida fue tachada de cobardía. Pero, escribe este hombre, ya olvidamos qué tipo de coraje se necesitaba para enfrentar la peste. No era el coraje de un soldado, el coraje necesario para cargar un arma y disparar al enemigo: era como cargar contra una caballería desde un pálido caballo. 
Incluso el loro, en su mejor momento, aquel loro que era el mejor de los dos, no decía ninguna palabra que no hubiera aprendido de su amo. ¿Cómo podía ocurrir entonces que este hombre de él, que era una especie de loro y no muy amado, escribiera tan bien o mejor que su amo? Porque su pluma es hábil, la de este hombre que es de él, y de eso no hay duda. Como cargar contra una caballería desde un pálido caballo. Su destreza, que aprendió en el despacho, constaba en llevar cuentas y contabilidades sin tornear frases. Sólo cuando él se entrega a su hombre surgen estas palabras. 
Y los patos camuflados: ¿Qué sabía él, Robinson, de patos camuflados? Nada, absolutamente nada, hasta que su hombre empezó a enviar estos informes. 
Acerca de los patos camuflados de los pantanos de Lincolnshire, acerca de la gran máquina de ajusticiamiento en Halifax: informes del gran tour que este hombre de él parece que hace respecto de la isla de Gran Bretaña, que es una imagen del tour que él hizo de su propia isla en el esquife que construyó, el tour que demostró que existía un lado más alejado en la isla, escarpado, oscuro e inhóspito, que por otra parte él siempre evitó, aunque si en el futuro llegaran colonos tal vez lo exploraran y lo habitaran; esto también es una imagen, del lado oscuro del alma, y de la luz. 
Cuando las primeras bandas de plagiarios e imitadores se abalanzaron sobre esta historia de la isla e impusieron al público sus propias historias de la vida de los náufragos, a él no le parecieron ni más ni menos que una horda de caníbales que se abalanzaban sobre su propia carne, esto es, sobre su vida; y no tenía escrúpulos en decirlo de ese modo. Cuando me defendí contra los caníbales, que buscaban derribarme y asarme y devorarme, escribió, pensé que me defendía contra la cosa misma. No podía prever que esos caníbales eran más que la imagen de una voracidad más demoníaca, que mordería la sustancia misma de la verdad. 
Pero ahora, al reflexionar más y más, comienza a sentir simpatía por sus imitadores. Porque ahora le parece que sólo existe un puñado de historias en el mundo; y que si a los jóvenes se les prohíbe adueñarse de las de los viejos entonces deberían quedarse sentados para siempre en silencio. Así, al narrar sus aventuras en la isla, él cuenta cómo despertó aterrorizado una noche convencido de que el Diablo estaba en su cama encarnado en un enorme perro. Y entonces se puso de pie y tomó un cuchillo y cortó a diestra y siniestra para defenderse mientras que el pobre loro chillaba alarmado. Sólo varios días después se dio cuenta de que no hubo perro nidemonios, sino que había sufrido una parálisis pasajera, y que, incapaz de mover una de sus piernas, creyó ver una criatura. La lección parece ser que todas las afecciones, incluida la parálisis, tienen su origen en el Diablo y son el demonio mismo; que el castigo de una enfermedad puede parecer el castigo del demonio, o de un perro que es la imagen del demonio, y viceversa, el castigo puede tomar la imagen de una enfermedad, como en la historia de la peste por el talabartero; y que por lo tanto nadie que escriba historias de uno u otro, el demonio o la peste, debería ser subestimado en términos de falsificador o de ladrón.
Cuando años atrás se decidió a fijar sobre papel su historia en la isla, él descubrió que las palabras no le venían, que la pluma no fluía, que sus dedos se encontraban rígidos, acaso reluctantes. Pero día a día, paso a paso, dominó el oficio de escribir, y cuando llegó a los momentos de sus aventuras junto a Viernes, las páginas comenzaron a sucederse con facilidad, casi sin deliberación. Esa antigua facilidad de composición, ay, ya ha desertado de él. Cuando se sienta en el pequeño escritorio delante de la ventana que mira al puerto de Bristol, su mano se ve torpe y la pluma se vuelve un instrumento tan ajeno como antes. 
El otro, su hombre, ¿encuentra más fácil el oficio de escribir? Las historias que escribe sobre patos y máquinas de muerte y Londres bajo la muerte fluyen con suficiente facilidad; pero así le sucedió a él una vez con sus propias historias. Quizá lo está juzgando equivocadamente, a aquel hombre pequeño y apuesto de paso rápido, con un lunar en el mentón. Quizá en este momento se encuentre sentado solo, en un cuarto alquilado, en alguna parte de este ancho reino, mojando la pluma y volviéndola a mojar, lleno de dudas y de hesitaciones y de arrepentimientos.
¿Cómo hay que imaginárselos, a este hombre y a él? ¿Como amo y esclavo? ¿Como hermanos, como hermanos mellizos? ¿Como camaradas? ¿O como enemigos en armas? ¿Qué nombre se le puede dar a este compañero sin nombre con quien comparte la primera parte de la noche, y a veces las noches enteras, que está ausente sólo de día, cuando él, Robin, camina por los muelles inspeccionando los barcos que llegan y su hombre galopa por el reino realizando inspecciones? 
¿Vendrá este hombre, en el curso de sus viajes, a Bristol? Él ansía encontrar al hombre en su carne, estrechar su mano, vagar con él por el malecón, y oír con atención mientras él le cuenta su visita al lado norte de la isla, o sus aventuras en relación a lo que implica escribir algo. Pero teme que ya no haya ningún encuentro, al menos en esta vida. Si tuviera que decidir una comparación en cuanto a la pareja que forman –él y su hombre–, escribiría que son como dos barcos que zarpan hacia direcciones opuestas, uno hacia al oeste, otro hacia al este. O mejor, que son marineros que trabajan en dos barcos, y uno zarpa hacia el oeste y el otro hacia el este. Sus barcos pasan cerca, lo suficiente como para que se saluden. Pero los mares son duros y el tiempo es tempestuoso; la espuma golpea en los ojos, las cuerdas les hacen arder sus manos, pasan muy cerca, pero están demasiado atareados como para saludarse.

Enviado por heathcliff el Viernes, 01 agosto a las 03:47:42 (111 Lecturas)
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 Un encuentro con las uvas de la Ira, de Steinbeck

Otros textos sobre literatura
Mi primer contacto con Steinbeck fue de una tibiez desagradable: leí su versión de la Leyenda Artúrica con disgusto. Se trataba de una narración insulsa, sin ningún tipo de vibración que conseguía hacer aburridas aquellas fantásticas historias fantásticas de mi niñez y de la suya (la de Steinbeck).
Años más tarde participé en un agradable grupo de lectura de La Perla, una parábola profunda, concisa y muy bien lograda (los más antigu#s de este sitio recordáis tal vez los interesantes puntos de vista al respecto del amigo Settembrini).
Las Uvas de la Ira, a través de la penúltima iniciativa editorial de libros de El País, ha sido la tercera  y, con mucha diferencia, mejor obra de Steinbeck que he leído. Me ha dejado impactada, creo que nunca me había tropezado con unos personajes de tan purísima falta de sofisticación. No es que no tengan un sistema de valores bien definido, al contrario: el amor al trabajo, a la familia, a la tierra y a la tradición están ahí, sólidos como troncos e incuestionables como axiomas. Pero los miembros de esa sociedad no han corrompido todavía la pureza de esos valores, los tienen en estado primitivo. Según Giambattista Vico y toda la teoría literaria derivada de su "eterno ricorso" los pueblos primitivos producen arte mítico y ésa es la que llama "fase heroica" de la historia. Después en la "fase aristocrática" las clases privilegiadas quieren recordar las gestas que les llevaron a su posición dominante y de ahí surge la épica (finalmente vendría la "fase vulgar" en que el arte se hace descriptivo y de ahí vuelta a empezar en un "eterno ricorso"). Pues bien, quizá la clave de mi fascinación por la novela está en el hecho de tratarse de una obra épica en la que los personajes se presentan en su heroicidad pura, sin ninguna de la contaminación aristocrática que suele acompañar (a veces para empañarla y muchas otras para embellecerla, éste es otro tema) a los relatos de gestas.

Enviado por heathcliff el Viernes, 01 agosto a las 03:41:27 (74 Lecturas)
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 Análisis de las sagas nórdicas

Anónimo escribió "
En estas cosas que hemos ido dejando acerca de Teoría de la Literatura, parece que hicieron su aparición en su día algo relativo a los géneros literarios con el artículo de Queenie sobre la Sátira. Como hay precedentes, me he animado (es un decir) a colgar este artículo de Enrique Bernárdez, que apareció en su día dentro de las páginas liminares de la Saga de los habitantes de Eyr, publicada por Ediciones Tilde. Esta editorial quizás cumple los más locos propósitos que se han visto jamás, y que coinciden —en parte— con el colgar este comentario: suponer que hay público de habla hispana que, más allá de la pura anécdota, está interesado en leer algo más que basura lamentable. Ediciones Tilde no vende nada, está clarísimo, y estas cosas que dejo aquí, dejando de lado ejemplos loables, tampoco será leído. Será que a veces a algunos les gusta hacer esas cosas que están más allá de toda utilidad, que rebasan la frontera de lo práctico. Si no, no tiene explicación posible.
 
Como estas cosas desaparecen de la red,  lo dejo aquí por si, en el futuro, algunos filólogos tienen la ocasión de cotejar el ejemplar Q con el R, y dilucidar cual desciende de cual.

¿Qué es una saga?   En la antigüedad escandinava se llamaba saga a las pequeñas leyendas sobre seres heroicos, mitológicos, etc., como las que de hecho aparecen en las Eddas. Sin embargo, en el siglo XIII apareció en Islandia un género literario al que se aplicó la misma denominación y que no tiene prácticamente relación directa con aquellas antiguas leyendas: la saga propiamente dicha.La palabra islandesa saga quiere decir "lo dicho, lo contado". En general, podríamos traducirla por "narración" y así se puede aplicar también a las historias narrativas escritas en Islandia y Noruega sobre los reyes de este último país. Sin embargo, el sentido fundamental del término ha pasado a referirse fundamentalmente a un tipo determinado de obra literaria que se produjo en Islandia entre los siglos XIII y XIV, aunque hay epígonos posteriores.Los estudiosos clasifican las sagas en varios tipos; el principal de ellos es el de las Sagas Islandesas. Otras son las sagas históricas, las caballerescas, las de obispos, las de santos... Nos limitaremos a considerar aquí las de islandeses.Definir lo que son las sagas es a la vez sencillo y extremadamente complejo. Porque existe una considerable diversidad: tenemos dentro del mismo grupo de sagas de islandeses, algunas de carácter fundamentalmente histórico, mientras que otras unen a partes iguales realidad histórica y ficción, las hay también en que predomina lo ficticio e incluso algunas está claro que son simples obras de ficción sin base histórica. Sin embargo, en general podemos decir que una saga es una narración, cuya acción transcurre en torno a la época de la colonización de Islandia, hasta la conversión del país al cristianismo, en torno al año 1000 y en la que se cuenta la vida de un personaje islandés.Podríamos compararlas con novelas históricas o con biografías noveladas. En unas y en otras, el autor sitúa la acción en un tiempo pasado y, asesorándose mediante libros de historia, biografías, etc., hace una narración que puede ser completamente inventada, aunque siempre haya algunos elementos de carácter histórico. Los personajes, o el personaje principal, pueden ser inventados también, o reales, en cuyo caso el elemento histórico puede ser más o menos importante, incluso hasta predominar con claridad. Lo mismo sucedía con las sagas, tanto por la forma en que trabaja el autor como por su propio carácter literario.Los personajes pueden ser muy diversos, aunque predominan los poetas, como Gunnlaug Lengua de Víbora, o los guerreros vikingos, aunque muchas veces un vikingo era a la vez importante poeta, como Egil Skallagrimsson, personaje importantísimo, núcleo de la saga de su mismo nombre, y un poeta nunca desdeñaba las hazañas guerreras, como el mismo Gunnlaug. Pero también podía tratarse de simples campesinos, jefes territoriales, etc., como en la Saga de Hrafnkel. Lo que exigía era que el personaje fuera importante, en cualquier sentido, que en su vida hubieran sucedido grandes acontecimientos y, desde luego, que fuera islandés. De manera que la saga es un género literario narrativo peculiar de la Islandia medieval y que apenas posee contrapartidas en las otras literaturas medievales europeas. Cabe destacar, por fin, que sobre este sentido de la palabra saga se ha llegado a crear una especie de género literario especial contemporáneo, dentro de la novela. El término se usa, sobre todo en el ámbito anglosajón, para novelas que cuentan la historia de una familia. A partir de aquí, el término ha empezado a usarse mucho en castellano con el sentido de "historia de una familia". Lo que, si no coincide plenamente con el significado del término tal como lo hemos definido más arriba, sí se aproxima más a él que la definición del diccionario académico, quien lo define como "cada una de las leyendas recogidas en los dos libros llamados Eddas que se refieren a los antiguos escandinavos".Otro tipo de narración breve de la misma época recibe el nombre islandés de "thaettir" (thattr en singular). No son propiamente sagas, pues no suelen narrar la vida completa de un personaje, sino que se limitan a una aventura de especial importancia; es posible que, a veces, se dedicara un thattr a un personaje que no se había hecho merecedor de una saga completa, pero que había realizado algún hecho especialmente destacable. Es más o menos también la diferencia que ahora podemos hacer entre novela y cuento o historia corta.  ¿Cómo y por qué se escribieron las sagas?La tradición de estudios literarios e históricos sobre las sagas es ya extensa; podemos decir que comenzó en el siglo XVIII, con el interés anticuario de los eruditos daneses: en Islandia, que fue provincia danesa hasta 1914, seguían copiándose y leyéndose las sagas medievales y muchos manuscritos cayeron en manos de sabios daneses, que los estudiaron y publicaron. Desde entonces, la investigación sobre las sagas ha pasado por numerosos avatares y la dirección de los estudios ha cambiado varias veces. Lo que sigue es un resumen de las principales ideas que han ido apareciendo en este período de tiempo.Los islandeses siempre han sido aficionados a las historias y siguen siéndolo. Desde los principios del país, colonizado a partir del año 874, los islandeses gustaban de componer historias en verso y, posiblemente, también en prosa sobre personajes de la historia de su país, especialmente de la época de la colonización. Estas historias no se escribían, sino que tenían carácter exclusivamente oral. Su función era múltiple: por un lado servían de entretenimiento, pero también guardaban los recuerdos históricos, las genealogías de las familias, los hechos más importantes que habían sucedido en el país, en cada región y en cada una de sus familias principales; servían así, en cierto modo, para mantener la relación entre familias del mismo origen establecidas en lugares distintos de la isla.Para los partidarios del estudio "romántico" de las sagas, predominante en el siglo XIX y principios del XX, y que aún cuenta con algunos defensores, aunque pocos, aquí radica el origen de estas obras literarias. El proceso de creación de éstas sería, según ellos, más o menos como sigue.Algunos personajes y algunas familias de especial importancia, como la del vikingo y poeta Egil Skallagrimsson, contarían con numerosas historias, que se transmitían oralmente. En lugar de ser simples narraciones libres, que variaban cada vez que se recitaban, llegaron a codificarse de manera que el narrador las aprendía de memoria, al pie de la letra. Para ello se ayudaban con algunas características del estilo literario propias de la transmisión oral, como las repeticiones, las fórmulas fijas, etc. Como no podía menos de suceder, pese a los intentos de fidelidad a la versión inicial, los errores de memoria o los gustos del narrador podían producir variaciones, de manera que la historia cambiaría según quien la contara, aunque siempre dentro de unos márgenes bastante estrechos. Estas historias orales se conservarían entonces a lo largo de varios siglos, pues suponemos que se originarían poco después de la muerte de los personajes, si no en vida de éstos. En resumen, es algo similar al origen que se considera aún válido para los cantares de gesta, como el Mío Cid español, el Cantar de Roldán francés, etc.Esto explicaría, aparentemente al menos, varias cosas. En primer lugar, ciertos rasgos estilísticos de las sagas, propios del lenguaje hablado y no del escrito; además, la existencia de variaciones más o menos grandes entre diversos manuscritos de las sagas. Finalmente, explicaría el carácter histórico, al parecer muy considerable, que podemos asignar a las sagas; este carácter histórico llega hasta el extremo de que, por ejemplo, en una de las más grandes sagas, la de Njál, se cuenta la quema de la casa de uno de los principales personajes, Gunnar de Hlidarendi, indicando cómo fue la lucha y también dónde se produjo exactamente. Y, en efecto, en los años 20 de este siglo, los arqueólogos descubrieron en el lugar indicado los restos de una casa quemada que coincidían con la descripción de la saga; o la narración de la Saga de Erik el Rojo sobre los asentamientos islandeses en Groenlandia, que se vio confirmada por los hallazgos arqueológicos; justo donde tenían que encontrarse se encontraron las cosas que se esperaban. El caso extremo, en cierto modo, o el más llamativo, es el de la narración de los viajes a Vinland (América del Norte), en la misma Saga de Erik el Rojo: las descripciones geográficas se han intentado identificar con el terreno de la costa nordeste de Norteamérica y algunas observaciones que en la saga se hacen sobre los indios parece coincidir exactamente con las que aportaron viajeros europeos en los siglos XVI y XVII: comidas extrañas, armas aún más extrañas, costumbres como dormir bajo una canoa volcada y otras muchas cosas aparecen en la saga y parece que luego se han confirmado. Y hoy día parece que no cabe duda de la presencia efímera de los groenlandeses e islandeses en Norteamérica y algunos restos arqueológicos encontrados en la zona es muy posible que sean de origen escandinavo. Todo ello parece apuntar a una considerable fiabilidad histórica en las sagas. Lo que, desde luego, no sería extraño si las sagas no fueran sino historias contadas oralmente sin modificación, prácticamente ni siquiera literal, desde la época en que sucedieron los hechos.La saga es, para los estudiosos partidarios de esta teoría, un género oral puesto por escrito varios siglos después de sucedidos los hechos; los escribas no hicieron más que poner sobre pergamino las historias que les contaban. Lo que explicaría, de paso, por qué las sagas son anónimas.Hasta aquí la teoría tradicional, romántica. Pero las cosas parece que no coinciden como debieran. Hoy día, la inmensa mayoría de los estudiosos de las sagas son de otra opinión: no se trata de un género oral, sino escrito, obra de autores individuales que las crearon en forma similar a como un novelista moderno crea una novela.Esta teoría, predominante hoy, tiene también sus variantes. Así, algunos llevaron esta idea de creación escrita personal a sus consecuencias extremas. No nos ocuparemos de estas opiniones tan desprestigiadas hoy como las que vimos en primer lugar, sino que tendremos en cuenta solamente lo que hoy día parece ser la explicación más plausible del origen de estas narraciones islandesas.Podemos explicar la aparición de las sagas escritas como resultado de una compleja serie de factores. Existían sin duda las narraciones orales a las que hemos hecho referencia; pero éstas eran breves y, posiblemente, carecían de la codificación que antes dijimos. Se tratarían de simples historias en las que se recogía información de varios siglos atrás, pero sin una considerable labor literaria. Antes sólo existía el alfabeto rúnico, que nunca se utilizó, que sepamos, para escribir textos extensos, sino sólo para inscripciones, mensajes, etc. (quizá también para escribir los poemas escáldicos, de los que luego hablaremos). Con el cristianismo llegó el alfabeto romano, que fue rápidamente adoptado y adaptado a las necesidades de la fonética islandesa. Pero llegaron más cosas. Entre otras, una relación con los centros de la ciencia medieval, por ejemplo París. Islandés fue el primer sacerdote escandinavo que estudió en la ciudad francesa. Llegó el conocimiento de la literatura latina medieval (y de algunas literaturas en las lenguas vernáculas) y algo de la literatura clásica latina. Así, los islandeses conocieron historias del mundo, historias de santos, de la Virgen, narraciones bélicas, etc., incluyendo algunas obras de ficción además de las puramente teológicas. Los islandeses tenían ya un considerable interés por la literatura, reflejada en la poesía, sobre todo la escáldica, de los siglos IX al XII; el género escáldico llegó a convertirse en una especialidad literaria de monopolio islandés: islandeses eran los escaldas que viajaban por las cortes escandinavas y en las Islas Británicas. También fue en Islandia donde más tiempo se conservaron las tradiciones literarias (y otras como las mitológicas) escandinavas, lo que explica que, por ejemplo, en época cristiana se siguieran componiendo poemas de tema religioso pagano. Con el cristianismo, el nuevo alfabeto y el nuevo conocimiento de otras literaturas empujaron aún más el gusto islandés por la literatura. Se empezó, como en otros lugares de la Europa medieval cristiana, a redactar historias de personajes sagrados; primero en latín, pero enseguida en islandés. Este paso, más rápido que en otros países europeos, a la lengua vernácula se vio favorecido por la ya mencionada tradición literaria oral y por dos peculiaridades islandesas: el mantenimiento de la lengua, sin cambios y prácticamente sin variaciones dialectales como consecuencia de la igualdad social, relativa pero mayor que en ningún otro país europeo, y el orgullo nacionalista, tan bien representado en las mismas sagas y, sobre todo, en muchos thaettir. Los islandeses tenían sus modos de vida, y entre ellos encajaba perfectamente expresarse siempre en su lengua, incluso para cosas que en otros sitios se hacían en latín.Comenzó así una considerable actividad literaria en lengua islandesa, en los géneros usuales de la época. A veces traducciones, pero sobre todo creaciones propias, y en todos los terrenos. Había historias del mundo e historias de los países (por ejemplo la historia de Britania de Beda el Venerable, bien conocida en Islandia) y los islandeses quisieron escribir también su propia historia. Como ésta era muy reciente, había dos posibilidades: contar la breve historia de Islandia, especialmente los sucesos que rodearon su descubrimiento y su colonización, o narrar la historia de Noruega, país del que procedían la mayor parte de los colonizadores; como la historia de un país era la historia de sus gobernantes, de sus reyes, la historia de Noruega, primer capítulo de la de Islandia, se convirtió en las historias de los reyes de Noruega.Y los islandeses trabajaron por todas estas vías: redactaron historias de la Virgen, de santos extranjeros, pero también de sus propios obispos, popularmente santificados; redactaron historias de los reyes noruegos, en su conjunto o individualmente y también narraron la colonización de su propio país. Estos libros se escribían a la manera de cómo se hacía en otras partes: recurriendo a las fuentes, que en Islandia eran casi exclusivamente orales al principio; cuando hubo ya un corpus literario e histórico importante, lo que sucedió enseguida, a esas fuentes orales se unieron las escritas, no sólo islandesas, sino también extranjeras. Surgieron así, primero un breve "Libro de los Islandeses", del sabio Ari Thorgilsson, siglo XII, luego sucesivos "Libros de Colonización", anónimos algunos, de autor conocido otros; se escribieron historias como las llamadas "Sagas de Obispos", resúmenes de la historia de Noruega como el "Ágrip" ("Resumen"), historias del rey noruego Olav Haraldsson el Santo, etc. Podemos decir que esta tradición culminó con una magnífica obra historigráfica: las "Historias de los Reyes de Noruega" o "Heimskringla" de Snorri Sturluson, importantísimo político y escritor islandés del siglo XII-XIII.La Heimskringla es llamada así por las primeras palabras del texto: "El círculo del mundo...", heims kringla en islandés. Se trata, para muchos, de la mejor obra de su estilo en el medievo europeo; es un libro extenso, que trata las vidas de los reyes noruegos desde sus orígenes míticos; su gran valor histórico va parejo con su excepcional interés literario. Un elemento que llama la atención en toda esta literatura islandesa, incluida la obra de Snorri, es la ausencia, comparativamente con las tradiciones del resto de Europa, de ingredientes fabulosos. Los islandeses, realistas y pragmáticos, llevaban el realismo a sus obras históricas, sometiendo sus fuentes a una criba crítica y rechazando todo lo que parecía increíble o improbable.Lo más plausible parece ser el ver en todo esto el origen de la saga: igual que se escribían las vidas de los grandes personajes extranjeros, por ejemplo de los reyes noruegos, se podían componer biografías de los grandes personajes islandeses. Como en Islandia no había nada que pudiera compararse directamente con las aristocracias europeas, también escandinavas, había que otorgar su grandeza al personaje en virtud de sus hechos. Todo consistía, por tanto, en escribir vidas de islandeses notables del mismo modo que se escribían las de extranjeros destacados. Así, junto a las vidas de santos, de obispos y reyes, aparecen las de islandeses.Esto servía para poner de relieve la importancia de la nación islandesa: un pueblo se medía entonces por la grandeza de sus individualidades. Por otra parte, en la época en que se escribieron las sagas, había considerables tensiones con los reyes noruegos, que deseaban convertir a la isla en simple estado vasallo, privándola de su ya secular independencia. La lucha contra los afanes expansionistas noruegos prosiguió hasta la definitiva absorción en el siglo XIV y la literatura servía también aquí de arma política. En muchos thaettir, por ejemplo, y en algunas sagas importantes también, encontramos claramente reflejado el antagonismo noruego-islandés.Las sagas de islandeses transcurren en la época heroica de la isla, pero también hubo sagas de contemporáneos, que trataban los acontecimientos de la misma época de redacción o poco antes. No se trataba de simples crónicas, sino de historias noveladas donde no sabemos siempre qué es cierto y qué inventado. Es decir, pese a la diferencia cronológica de su acción con las sagas de islandeses en sentido propio, guardan con éstas una estrechísima relación.Podemos suponer que las sagas de islandeses se compusieron como otras obras cultas de la época, no sólo en Islandia: un autor, muy a menudo un monje, otras veces alguien relacionado de algún modo con un monasterio, otras veces un importante personaje político, escribía "ex ovo" la historia de un personaje anterior, que normalmente había sido antepasado suyo o, simplemente, había vivido en su región o en aquella en la que residía el autor. Para hacerlo utilizaba todas las fuentes posibles. Sin duda, fuentes orales, no sólo historias sino también recuerdos, anécdotas, etc., transmitidas de generación en generación. Pero también fuentes escritas: listas genealógicas, los libros de la colonización, otras sagas y otras historias: no podemos olvidar que la acción se sitúa en época ya lejana para el autor, y que tenía que asesorarse bien sobre los sucesos históricos. Con todo ello y tras un proceso de crítica de las fuentes en el que se rechazaba todo lo increíble para la época, casi todo lo maravilloso y buena parte de lo fabuloso, se redactaba la obra siguiendo un plan previo del autor. No se trata, por tanto, de narraciones orales pasadas al pergamino, sino de obras literarias escritas.Esto nos obliga a plantearnos las cuestiones que parecía explicar la teoría oral: el carácter histórico, las variantes, el por qué del anonimato de sus autores, etc.En cuanto al carácter histórico de las sagas, podemos distinguir dos cuestiones: en primer lugar cómo explica la nueva teoría la indudable historicidad de buena parte de las sagas; en segundo lugar, hasta dónde llega realmente esa historicidad.Desde luego, decir que las sagas no son simples plasmación escrita de una tradición oral secular inalterada no quiere decir que carezcan de todo valor histórico. Porque, en último término, parte de las fuentes utilizadas para escribirlas sí tienen ese carácter secular inalterado al que nos hemos referido. Una parte de la numerosísima información de carácter histórico que se nos proporciona parece indudablemente fiable, precisamente porque se apoya en fuentes anteriores. Pero, al tratarse de obras creadas por un autor determinado con fines sobre todo literarios, mucho más que históricos, aparecerán también muchas cosas carentes de realidad histórica.Así, en numerosas sagas, entre ellas la de Gunnlaug Lengua de Víbora, encontramos temas, motivos y personajes sospechosamente repetidos: el joven que debe viajar al extranjero a fin de hacer méritos para casarse con su amada, y que es engañado por un amigo que se convertirá en marido de aquella; la lucha singular con un berserk amenazante; se trata de dos motivos que aparecen en sagas aparentemente no relacionadas entre sí. El primero de ellos, para poner sólo ese ejemplo, reaparece en varias vidas de poetas y parece que se ha convertido en tema literario obligado para este subtipo especial de sagas.En estas condiciones, parece que una parte al menos de los hechos que se narran en las sagas no son históricamente ciertos. El autor podría inventarse aventuras, peripecias, personajes, pero también podía tomarlos prestados de otras sagas u otras obras literarias o simplemente de las convenciones literarias de la época. Un ejemplo claro de todo esto es la aparición de los poemas escáldicos en las sagas. En el prólogo a su Heimskringla, Snorri explicaba que una de las fuentes más importantes y más fiables para conseguir información histórica veraz y objetiva eran las composiciones de los escaldas o poetas cortesanos. Decía Snorri que, como los poemas se recitaban públicamente en presencia del rey y de su corte, era impensable que en ellos se narraran hazañas inexistentes o que se exagerara demasiado, porque ello se consideraría burla y no alabanza.Estos poemas escáldicos nacieron hacia el siglo VIII y IX y, como ya hemos dicho, se convirtieron con el tiempo en casi monopolio islandés. Se transmitían oralmente, lo que se veía muy facilitado por su misma estructura métrica estricta y con aliteración, rimas internas y en ocasiones externas, utilización de paráfrasis muy complejas, especie de metáforas llamadas "kenning" y una sintaxis y, en general, una dicción poética muy peculiares. En Islandia, este tipo de poesía se resistió durante mucho tiempo a la influencia de la poesía de origen e inspiración europea continental y llegó a utilizarse incluso para la composición de obras de carácter cristiano. Prácticamente sin modificación de ningún tipo, estos poemas se conservaron hasta que, en la época de creación de las sagas, pasaron a fijarse por escrito. Su valor histórico es, por tanto, elevado y las observaciones de Snorri parecen hoy todavía válidas en buena parte.Prácticamente casi todas las sagas incluyen poemas escálidicos para glosar situaciones, hazañas, etc. Se trata de un resto de su origen como derivación de las obras de carácter historiográfico. En general, se considera que la aparición de esas composiciones son una especie de garantía de por los menos una buena parte del contenido de las sagas.Sin embargo, la cuestión no es tan sencilla. Porque se ha podido demostrar que algunas de las composiciones que aparecen son falsas: en unos casos se trata de falsas atribuciones, por ejemplo a Gunnlaug Lengua de Víbora se le atribuyen algunos poemas de otro escalda anterior, al que también se le dedicó una saga, redactada antes de la de Gunnlaug: Kormak. En otros casos se trata posiblemente de poemas compuestos para la ocasión por el mismo autor de la saga; es le caso, entre otros, de algunos poemas que se dice, en la Saga de Egil Skallagrimsson, que fueron compuestos por su autor a los tres años de edad. Igual que el escritor contemporáneo de novelas históricas puede inventarse documentos, libros y demás, el autor medieval de la saga podía inventarse, si lo consideraba útil o conveniente, alguna estrofa escáldica para dar así un tono más histórico a su narración.Por otra parte, aunque la cronología de las sagas no está del todo clara, parece que las primeras contenían un número mucho mayor de estrofas escáldicas y que, según pasaba el tiempo, éstas iban siendo menos numerosas, hasta llegar a la composición de sagas que, como la de Hrafnkel, no tenían ninguna o bien otras sagas como la de Njál, que tenían muy pocas. Es decir, parece que según fue pasando el tiempo predominó cada vez más claramente el elemento de ficción y fue perdiendo importancia el aspecto histórico. Esto sería una evolución lógica a partir del origen de las obras de carácter historiográfico: las sagas empiezan como historias noveladas para acabar prácticamente en novelas
de ambiente histórico.De manera que las sagas tienen una parte de verdad pero otra, tanto o más importante, de simple ficción. Pueden seguir utilizándose como fuentes históricas, pero no considerarlas como historias verdaderas al cien por cien, como pretendía la interpretación romántica.Nuestro segundo problema es explicar las variantes entre diversas versiones de las sagas. Se trata de una cuestión muy compleja en la que no podemos entrar en detalle. Señalaremos tan sólo que los manuscritos de sagas que se poseen son, además de muy numerosos, de muy diverso carácter y antigüedad. En general, no los hay de la época de redacción, es decir, no se trata de los manuscritos originales, no son autógrafos de los autores. Además, los manuscritos son a veces completos y a veces fragmentarios, en ocasiones se recogen las sagas completas y en otros casos sólo partes de ellas. Teniendo en cuenta que las sagas se copiaban y recopiaban, se compraban, vendían, prestaban y hasta robaban, y ello desde la época de su redacción hasta prácticamente el siglo XIX, no puede resultar extraño que aparezcan variantes, incluso considerables.El tercer problema es el del anonimato de los autores. Era perfectamente explicable en el caso del origen oral. En realidad el anonimato es algo peculiar de la literatura medieval, aunque probablemente menos de lo que tradicionalmente se ha pensado; ese anonimato era menor en las obras científicas, pero frecuente en las puramente literarias. En Islandia conocemos autores de obras de la primera clase: Snorri Sturluson o Ari el Sabio, por citar sólo dos. Además, teniendo en cuenta lo dicho sobre los manuscritos, parece lógico que no se recogieran de un manuscrito a otro, detalles realmente secundarios como el nombre del autor, que no le decían prácticamente nada al campesino islandés varios siglos después de que la saga se hubiera redactado.En cuanto al estilo, indiscutiblemente más propio de lo oral lo conversacional o incluso coloquial que de lo escrito, parece incluso una razón más a favor de esta teoría: resultaría difícil memorizar, por ejemplo, los extensos pasajes dialogados de sagas como las de Hrafnkel o la de Njál. Por otra parte, podemos observar un contraste con el estilo, mucho más barroco, calcado a veces del latín, de otras narraciones como las vidas de obispos. Las sagas de islandeses, que trataban de personajes populares, conservaban el estilo popular: se escribía como se hablaba, posiblemente, aunque no podamos saber si se trata de algo buscado o del resultado de una falta de tradición suficiente en la producción de obras literarias escritas. Además, sin embargo, en el estilo de las sagas encontramos mucho de convencional, tomado de modelos diversos, incluso no islandeses.
Centros de producción de las Sagas.Son fundamentalmente regionales, tanto por sus personajes como por sus autores, como ya hemos visto. Se pueden establecer grupos de sagas por la región en que se desarrollan, que suelen coincidir además con las regiones donde se encontraban los centros de enseñanza en torno a los cuales se escribieron.Existen, así, sagas de la región del fiordo de Borg, como la de Gunnlaug o el thattr de Gisl Illugasson, pues sus personajes proceden de esa región donde se asentaron sus familias de las que luego procederían personajes tan importantes como Egil Skallagrimsson, el mismo Gunnlaug o, más tarde, Snorri Sturluson. Es decir, se escribieron ciclos completos de sagas, muchas de las cuales se han perdido, sobre las grandes familias de cada región de Islandia.Los centros de producción de las sagas coinciden aproximadamente en unos casos, exactamente en otros, con las regiones de desarrollo de las mismas. En Islandia, como en otros sitios, fueron los monasterios los grandes centros literarios. Pero, a diferencia de otros lugares de Europa, en ellos no se redactaban sólo obras de carácter religioso, sino que se prestaba gran atención a las obras profanas: si los autores fueron en muchos casos los mismos monjes, éstos sabían separar perfectamente las dos facetas de la vida. Unas veces trabajaban como hombres de la Iglesia, otras como literatos islandeses, aunque en ocasiones, como en la Saga de Hrafnkel, supieran unir hábilmente ambos aspectos, creando obras de inspiración cristiana, muy probablemente con fines edificantes, siguiendo el estilo de las obras puramente seculares de entretenimiento. Hoy día se presta cada vez más atención a la influencia del cristianismo sobre las sagas y en varias de ellas se cree ver una clara inspiración religiosa, magistralmente combinada con la descripción precisa de las aventuras, las instituciones y el modo de vida de los islandeses de época pagana.Centros islandeses de erudición, enseñanza y religión a la vez que de producción literaria fueron los obispados de Skálholt, en el sur de la isla y de Hólar, en el norte; centros de enseñanza como el de Oddi, donde se formó Snorri, estaban estrechamente unidos a ellos. Monasterios, de los que había muchos en el país, como los de Mödruvellir, en el norte, Helgafel en e oeste, Vídey en la región de Reykjavík, etc., tienen una importancia fundamental para comprender la aparición y el desarrollo de las sagas.  Las épocas de las Sagas.Se desarrollan entre los siglos IX y XI, en la que podemos llamar época heroica de Islandia. Esto sirve para diferenciarlas de otro tipo de obras llamadas también sagas: las de obispos y de familias contemporáneas, que pertenecen a la época cristiana; las de la antigüedad, cuyos personajes vivieron antes de la época heroica: desde el siglo IX hasta los principios de la epopeya germánica, como la Saga de los Volsungos, que desarrolla temas que reaparecerán en el Cantar de los Nibelungos alemán y que se remontan al siglo V o incluso antes.La época en que se produce la acción de las sagas es muy distinta a la que ve su nacimiento: en los siglos IX al XI, Islandia era una sociedad germánica-escandinava tradicional, pagana, aunque sometida ya a considerables tensiones que desembocarán, hacia el año 1000, en la conversión oficial del país al cristianismo, por decisión mayoritaria de la gran asamblea o thing. No se trata de una lucha religiosa, sino fuandamentalmente social y cultural: la sociedad pagana tradicional iba estando cada vez más influida por la cultura y la vida económica y política de los estados europeos.En la época heroica en que se colonizó Islandia y su población fue creciendo y se formaron las instituciones y se desarrolló el carácter peculiar de lo islandés frente al resto de lo escandinavo, tenemos todavía las principales características de lo que era la sociedad germánica primitiva, aunque en progreso de rápido cambio: una cierta igualdad social, sin que existiera una nobleza claramente destacada del resto de la población, mayoritariamente compuesta de hombres libres propietarios de tierras y de esclavos generalmente de origen céltico; instituciones democráticas como el thing, donde se reunían los hombres libres para impartir justicia, tomar decisiones políticas y modificar las leyes o hacer leyes nuevas; costumbres como la de viajar en verano al otro lado del mar, generalmente a la península escandinava y a las islas Británicas, para hacer comercio, participar en expediciones vikingas, visitar parientes, conseguir favores de los reyes o para ver mundo. Pero, sobre todo, una serie de principios y valores éticos y morales netamente paganos, en los que primaban la idean del destino, el valor personal como único medio de ser recordado como gran personaje después de la muerte, la hospitalidad, elemento fundamental en la sociedad tradicional, la fidelidad y la amistad a los familiares, amigos y jefes. Pero también cosas que ahora consideraríamos como antivalores: la capacidad de emborracharse sin medida, de ser cruel e implacable cuando parecía necesario, de elevarse por encima de los demás... antivalores que eran valores positivos para aquella época. Gran parte de esa ética, de esos principios morales y de comportamiento, se reflejan también en obras llegadas a nosotros desde la época pagana, como el Hávámal o Discurso del Altísimo, largo poema compuesto por aforismos, refranes y recomendaciones de conducta.Un aspecto fundamental, imprescindible para entender buena parte de las sagas, es lo que hoy llamaríamos sistema penal. Cuando se producía un delito grave, generalmente una muerte, los familiares de la víctima podían optar entre pedir una compensación económica o vengarse en el culpable de la muerte o en algunos de sus familiares. En este caso era a su vez el turno de éstos, y podía producirse una cadena de venganzas sangrientas que llegaban a involucrar a un número considerable de personas en atentados, emboscadas y batalles campales. También se podía acudir al thing y hacer juzgar al asesino. En la asamblea se podía tomar la decisión de promover un acuerdo entre las familias afectadas estableciendo compensaciones económicas, o bien condenar al asesino al destierro; término éste, por otra parte, que no corresponde exactamente a la pena, pues no se trataba de la simple expulsión de la región o del país, sino que implicaba la indefensión absoluta del condenado de forma que cualquiera podía matarlo sin incurrir en responsabilidades y todos sus bienes podían ser incautados en manos de los familiares o amigos de la víctima y las actuaciones, aunque "legales", solían ser violentas. Si, como sucede en la Saga de Hrafnkel, el condenado tenía gran poder, podía resultar díficil, o imposible incluso, hacer efectiva la condena.Las sagas se escriben fundamentalmente en los siglos XIII y XIV. Es una época fundamental en la historia de Islandia, y su terminación marca el fin de la independencia política y de la pervivencia de la tradición, aunque parte de ésta podrá sobrevivir en las aisladas granjas islandesas hasta mucho más tarde.Islandia es por entonces cristiana desde hace varias generaciones, y los cambios que antes apuntamos habían culminado: sin llegar a crearse un ejecutivo central, todo estaba en manos de los jefes regionales, sucesores de los antiguos godar. Había conflicto entre éstos y los campesinos libres que habitaban en sus distritos, pero también entre los jefes y la Iglesia, pues aquellos habían querido perpetuar su poder religioso como "apéndice" del poder civil y la Iglesia, después de las reformas de Gregorio VII quería ser plenamente independiente en el terreno espiritual y, aún más, intervenía directamente en la vida política y económica. Se produjeron así guerras civiles que se prolongaron durante bastantes años. La isla vivía en un estado de total inseguridad civil, y el más poderoso abusaba sin escrúpulos de su poder y sus prerrogativas.En esta situación, los deseos expansionistas de los reyes noruegos (y los daneses) encontraron terreno abonado. Participaron directamente en las luchas intestinas islandesas, y personajes como Snorri mantuvieron un equilibrio más que díficil entre el deseo de independencia nacional, la necesidad de estar en buenas relaciones con el rey noruego y la inevitabilidad del enfrentamiento con otras grandes familias islandesas. Tan díficil era ese equilibrio que el mismo Snorri murió asesinado por ello.Pero, al mismo tiempo que se producían todos esos complejos acontecimientos, en Islandia florecían las letras. Desde el siglo XII se habían comenzado a componer obras islandesas y a traducir obras extranjeras, y los centros islandeses de enseñanza desarrollaban una considerable actividad, muy superior a la de otros países escandinavos como Noruega o Dinamarca, para no hablar de Suecia, recientemente cristianizada y donde aún no se había asentado definitivamente la nueva cultura y las nuevas formas de vida. De este modo, Islandia producirá una literatura magnífica, formada por las distintas clases de sagas, las obras historiográficas, las recopilaciones de leyes, las traducciones, etc.., al tiempo que se ponen por escrito poemas orales de época pagana como la Edda, compliación de antiguos poemas mitológicos y heroicos, o la ya mencionada poesía escáldica. El que todo esto suceda en una época de gravísima crisis interna y externa no deja de encajar en una pauta de carácter bastante universal.  © Enrique Bernárdez (texto)
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Enviado por heathcliff el Sábado, 19 octubre a las 06:43:51 (208 Lecturas)
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     DOCUMENTOS ANTERIORES
Sábado, 28 septiembre
· Detectan los agujeros negros mas grandes del universo
Sábado, 31 diciembre
· LA NUEVA BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA. La humanidad recupera la memoria.
Viernes, 21 octubre
· El comentario de textos literarios
Domingo, 03 octubre
· ALGUNOS ELEMENTOS TÉCNICOS DE LAS OBRAS DE FICCIÓN NARRATIVA
Martes, 22 junio
· LA GARDENIA BLANCA DE SHANGAI, Belinda Alexandra (MR Ediciones)
Domingo, 03 enero
· Iñigo Sota presenta su nuevo libro: Monika sonríe frente al espejo
Martes, 29 septiembre
· POUL ANDERSON: EN SUS PROPIAS PALABRAS
· ENTREVISTA A STANISLAV LEM, por Ivan Finotti
· El verdadero juez de una obra es la Historia
Lunes, 23 febrero
· Tropo Editores, por Rosa rRgás
Lunes, 05 enero
· Literatura y revolución (leon Trotsky)
· HACIA UNA DEFINICIÓN DE ENSAYO
· Breve reseña de algunas teorías lésbicas, Por Jules Falquet
Lunes, 22 diciembre
· Leo Ferré, el último de los poetas malditos de Francia
· Samuel Butler, de ganadero a mentor de la ciencia-ficción
· Mijail Bakunin, el principal ideólogo del anarquismo
· Jan Potocki
· Aphra Behn, primera escritora profesional de la literatura inglesa
· Guillaume Apollinaire, el abanderado de los poetas modernos
· Paul Bowles, un precursor de la generación 'beat'
· Dylan Thomas, bohemio y borracho irredento
· André Breton, defensor de la ortodoxia surrealista
· Thomas de Quincey
· William Gibson, el creador del "ciberpunk"
· Charles Bukowski, licor sexo y submundos
· Francis Scott Fitzgerald
· Oscar Wilde, el esteta, el decadente, el esnob
· Jack London, un hombre con un destino fatal
· Pierre Boulle, un escritor tardío, prolífico y aplaudido
· Jean Cocteau, un vanguradista de la literatura, el cine y la pintura
· H. G. Wells, el "padre" de la ciencia ficción
· Blaise Cendrards, el favorito de Henry Miller
· Kurt Siodmak
· Mary Wollstoncraft Shelley
Viernes, 19 diciembre
· Charles Robert Maturin, el último y más grande de los góticos
· Sheridan Le Fanu, un escalofriante heredero de la tradición gótica
· Maurice Sachs, el más abominable colaborador francés de los nazis
· William Hope Hodgson, maestro del terror materialista
· Jaime Gil de Biedma, el gran poeta de la experiencia (XLX)
· Hunter Stockton Thompson, el creador del periodismo "gonzo"
· Flannery O'Connor, el tremendismo de la enfermedad
· Anaïs Nin, el erotismo como la exaltación de la libertad
· Chester Himes, el más grande de los escritores negros
· Djuna Barnes, la escritora desconocida más famosa del mundo
· Raymond Radiguet, el bohemio escritor que entusiasmó a Cocteau
· Percy Bysshe Shelley, el ideal de poeta romántico
· John Polidori, el excéntrico médico de Lord Byron
· Ann Radcliffe, la reina de lo gótico
· H. P. Blavatsky, la visionaria y ocultista impulsora de la teosofía moderna
· Louis-Ferdinand Céline
· Leopoldo María Panero, el último poeta transgresor
· Guy de Maupassant, la lucidez de la locura
· Andrés Carranque de Ríos, el epígono pobre de la Edad de Plata
· Arthur Rimbaud, la precocidad y la autodestrucción
· Antonin Artaud, el más grande entre los malditos del pasado siglo
· Luis Cernuda, el poeta que prefirió el olvido a la grey
· Charles Baudelaire, el poeta moderno
· Paul Verlaine, el gran poeta lírico francés
· William S. Burroughs, el vampiro ‘beat’
· Bram Stoker, idolatrado por una sola obra
· Edgar Allan Poe, entre la lucidez y el delirio
Miércoles, 17 diciembre
· Carson McCullers
· Julio Herrera y Reissig
· Horacio Quiroga
· Joseph-Pétrus Borel
· Alfred Jarry
· Pierre Drieu La Rochelle, el dandi fascista
· August Strindberg
· Philip K. Dick, la lucha constante entre humanos y androides
· Robert Ervin Howard
· Hölderlin
· Cecco Angiolieri
Martes, 16 diciembre
· MATTHEW ARNOLD
· LA PARADOJA DE APOLLINAIRE
· LEONIDAS ANDREIEV. LAZARO
· ELVIRA DE ALVEAR. REPOSO
· Remigio Vega Armentero
· Eduardo Haro Ibars
· Malcolm Lowry
· Rutebeuf, el patriarca de los poetas de la miseria
· Arthur Machen, o el miedo cósmico
· Marqués de Sade
· Julio Verne
· Neal Cassady
· ALMAFUERTE. PROSA Y POESIA DE ALMAFUERTE
· RICHARD ALDINGTON
· PEDRO ANTONIO DE ALARCON. EL AMIGO DE LA MUERTE
Domingo, 16 noviembre
· François Villon
· Alejandro Sawa
· Algernon Blackwood
· Boris Vian
· Emilio Carrere
· Yukio Mishima
· Jean Genet
· Howard Phillips Lovecraft
Martes, 11 noviembre
· Mandamientos del escritor (Stephen Vicinczey)
Viernes, 24 octubre
· Tratan mal a Ramón Trecet
Sábado, 27 septiembre
· Absurdistan
Viernes, 15 agosto
· El asco
Viernes, 25 julio
· Contra la hegemonía de superficialidad
Jueves, 24 julio
· El reñidero español
Miércoles, 23 julio
· La pequeña biblioteca de Auschwitz
· El bibliocausto nazi
Jueves, 29 mayo
· La traducción de la A a la Z (Vicente Fernández González)
Sábado, 24 mayo
· ¿Interviene Dios en la historia? (un texto religioso)
· ¡UN SALTO ADELANTE!
Viernes, 23 mayo
· Analogía
· Alegoría
· aforismo
Domingo, 04 mayo
· Entrevista a Fernando Sánchez Dragó
· LA TEORÍA DE LA ACCIÓN COMUNICATIVA DE JÜNGER HABERMAS
· De cómo el hambre me hizo escritor (Lucio V. Mansilla)
· Gustavo Adolfo Bécquer como crítico literario
Lunes, 14 abril
· en torno a la metáfora
· Literatura en torno a Berlín
Domingo, 13 abril
· He obtenido más de lo que soñé
· Nunca me he tomado en serio esa broma de la literatura eterna
· Los libreros destacan que es 'insostenible' que la edición crezca un 55% y las ventas un 3,5%
· Intento no estafar a los lectores que se gastan 19 euros en un libro
· Muere a los 84 años el escritor polaco Stanislaw Lem, autor de 'Solaris'
· Aunque no lo parezca, el cuento es más difícil de leer que la novela
· Las manías de un creador
· Presentan una denuncia penal contra la escritora alicantina Matilde Asensi por presunto plagio
· Una vida abrazada a la palabra
· homenaje al poeta Rafael Morales
· Joan Margarit: "La poesía es ante todo economía"
· Bolaño Según Jung
· Cuando empiezo un libro me sorprendo de mi propia voz
· Seis cordobeses se integran en un ambicioso 'blog' de crítica
· Los escritores reunidos en Cáceres rechazan la lectura como mero entretenimiento
· Ve la luz la novela escrita a cuatro manos por Roberto Bolaño y A. G. Porta
· Los sentimientos son los que construyen los libros y la vida
· Literatura universal festeja los 60 años de ‘El principito’
· Escribir es pactar con el sinsentido
· Carencias en la ley del libro; ''sólo beneficia a algunos'', dicen editores
· Eduardo Mendoza: 'La novela no ha muerto, sino el lector de novelas'
· Krauss cree que el poder de la literatura es la imaginación
· De la literatura y el engaño
· La nueva ruta de los espías
· Las 'Obras completas' de Valente recopilan su poesía reflexiva
· Los libros desdeñados por sus autores
· El hombre que rompió las reglas
· Borja Delclaux, un escritor que hizo del humor su arma expresiva
· Stevenson, Dumas y Dostoievski inmortalizaron la crueldad
· Planteando mal una novela
· Guido Eytel: "Escribir para salvarse
· Sergio Ramírez y el arte de escribir
· El papel del blog
· Un juez londinense rechaza la demanda de plagio contra 'El código Da Vinci'
· El escritor es un gran egoísta que crea su propio mundo

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