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 La nueva ruta de los espías

Historia y curiosidades literarias
CLARÍN (Suplemento Ñ), 1 de abril de 2006

La nueva ruta de los espías

El escenario de las novelas de espionaje ha cambiado. Sin la pólvora y las tensas pesquisas de la Guerra Fría, con otros horizontes ideológicos y tecnológicos, en el género mutan aún sus héroes increíbles y sus villanos feroces. Mientras el espía—aventurero y sus lealtades se retiran, se dramatizan otras cosas: un mundo donde el enemigo no es tan visible y está oculto entre los pliegues del Estado y las empresas transnacionales.


ADOLFO CORONATO

Con el fin de la Guerra Fría y el nacimiento del mundo unipolar, el clásico perfil del espía ha entrado en crisis. En paralelo con el reordenamiento de las cartografías entre el Este y el Oeste, con el fin de las disputas entre el llamado socialismo real y capitalismo, y con la pérdida de las utopías políticas, espías y espiados se desvanecen o cambian de forma. Ahora ya no hay que cazar un submarino que con una carga letal se apresta a hacer volar un continente. El fin de ese mundo binario se llevó consigo el alma misma de la literatura del espionaje, esa cara oculta de la literatura política. Pero otros relatos vienen en reemplazo y a dar cuenta de la nueva realidad.

Con el derrumbe del Muro de Berlín también se desplomó el teatro de los antagonismos y sus proezas. El nuevo mundo unipolar ha desdibujado los nombres y los rostros del "enemigo" y la posmodernidad ha creado un universo de guerras "invisibles". En este escenario inasible reina el desconcierto y no se reconocen los bandos. En el silencioso mundo cibernético rastreado por hackers autistas y silenciosos hay escaso olor a pólvora.

Entre las obras recientes que dan cuenta de esta transformación, hay dos que reflejan con fidelidad el abrupto cambio histórico producido. Una de ellas, la exhaustiva biografía Anthony Blunt. El espía de Cambridge, de Miranda Carter, recrea un mundo de valores, ideologías y lealtades definitivamente perdidos. La otra, Amigos absolutos, la última novela de John Le Carré, retrata la quimera de dos criaturas extraviadas en los juegos de poder del mundo bipolar que se desmorona y terminan inmoladas en el fantasmagórico umbral de la nueva época.

¿Qué queda entonces, cuando el "Gran Otro" se desintegra? El historiador británico Eric Hobsbawn advierte que "en los comienzos de este siglo, el mundo se caracteriza por cambios violentos cuya naturaleza resulta oscura". Hobsbawn sostiene que con la caída del Muro no sólo se hundió el socialismo, también se desmoronaron la economía mundial, las vanguardias artísticas, el sistema de valores establecido. Pero la transformación más drástica —dice— fue la desintegración de los modelos de relaciones sociales, la súbita ruptura entre generaciones, o sea el vínculo entre pasado y presente.

Ese quiebre dio de lleno en el corazón de la literatura del espionaje. Significó el extravío irremisible de una mística y, al mismo tiempo, la urgencia de abrevar en las fuentes de una realidad abruptamente modificada. La apertura de los archivos del KGB —un suceso sin parangón, aún en las democracias de Occidente— dio lugar a obras como El archivo Philby, de Genrik Boronvik y Philip Knightley; de Los archivos literarios del KGB, de Vitali Chantalinsky; Operaciones especiales, de Pavel Sudoplatov, y muchas otras. Ya en el Berlín unificado, el historiador inglés Timothy Garton Ash descubrió el dossier donde habían sido documentados sus propios pasos por la ex Alemania del Este, lo que dio origen a El expediente. Una historia personal. Al mismo tiempo, Markus Wolf, el ex jefe de la Stasi (los servicios secretos germano orientales) escribió su autobiografía El hombre sin rostro.

Esta "recreación" del género, con todo, no ocultó su tendencia a volver sobre el pasado. En los textos de no ficción, en general, los temas continúan anclados en la intimidad de los servicios secretos, su historia y los sucesos resonantes. Aun Gordon Thomas, el autor actual más prolífico, no escapa a la norma, aunque incorpora la denuncia como recurso literario, tal como lo expresan sus recientes Las torturas mentales de la CIA; El espía del Mossad, la apasionante historia del magnate Robert Maxwell o Semillas de odio, la conexión china con el terrorismo internacional. Otros, como Bob Woodward, autor de Las guerras secretas de la CIA, y Los hombres del presidente, hoy se inclinan hacia la investigación de temas políticos o bélicos, como lo revela su último libro Plan de ataque que refiere a la guerra de Irak.

En los textos de ficción, la tarea de configurar la temática del espionaje en la nueva realidad parece igualmente ardua. Hace tiempo que el más encumbrado representante del género, John Le Carré —en realidad David Cornwell, ex oficial del servicio secreto MI5— abandonó a sus héroes Hill Haydon y George Smiley después de haber recreado a espías reales durante la Guerra Fría en una docena de best séllers. Su despiadada parábola Amigos absolutos parece significar cierto retorno de Le Carré al género, que había abandonado para ocuparse de las mafias rusas en Single & Single y de las mafias farmacéuticas en El jardinero fiel. De todos modos, hay una gran distancia temática y de pertenencia entre sus obras clásicas y estos relatos recientes. En sus textos lejanos, en la atmósfera de la Guerra Fría, domina un Le Carré militante de los servicios secretos occidentales, inequívocamente anticomunista. En los cercanos, aflora un escepticismo descarnado frente a un mundo desintegrado en violencias y desigualdades sociales. Es ahí donde fija su mirada sarcástica y una implacable denuncia política, que alcanza a los gobiernos de Bush y de Blair, por la guerra de Irak, o a las corporaciones internacionales. En El jardinero fiel, recientemente llevada al cine, narra la odisea de un diplomático en Kenia que intenta descubrir al asesino de su esposa. En su ir y venir de Africa a Europa, de una ONG al Foreign Office, hallará terror, conspiraciones, violencia, y las complicidades del poder político con una multinacional que experimenta sus fármacos en tribus locales. Un escenario multicultural donde muestra su rostro el capitalismo salvaje.

Una vieja relación

El oficio de espiar, acaso la segunda actividad más vieja del mundo, estaba ya presente en la más lejana antigüedad, y a su fascinación no pudo escapar la política, la guerra, el comercio, la ciencia, las artes, la religión. Hay espías en la Biblia y prácticamente en todo acontecimiento histórico. Misioneros, geógrafos, comerciantes, militares, periodistas y escritores fueron agentes espontáneos durante la Revolución Industrial y el mundo colonial. El mito del agente secreto estaba ya en Rudyard Kipling, en John Buchan, y aún antes. Una de las más tempranas historias del género pertenece a Ti Jen-Chieh, un maestro espía chino del siglo VII, cuyos hechos pasaron a la ficción en el siglo XVIII con el título de Dee Gon An.

En la literatura occidental, el estadounidense James Fenimore Cooper está considerado el primer novelista del género. Cooper relató en El espía (1821) la actividad de Harvey Birch, un agente secreto de George Washington durante la guerra de la independencia: cinco años después, alumbraría su famosa El último de los mohicanos. Durante años, las historias de espías no volverían a aparecer en EE.UU., hasta que volvieron de la mano de historias de la guerra civil.

En Inglaterra, Daniel Defoe trabajó como espía contra los partidarios de la restauración en el trono de Jacobo II, antes de escribir su Robinson Crusoe (1719). También Charles Dickens se asomó al tema en Historia de dos ciudades.

En 1903 apareció The Riddle of the Sands, de Erskine Childers, con el argumento de que Alemania planeaba una invasión a Gran Bretaña. La novela inspiró al Almirantazgo británico para la creación de la Flota del Mar del Norte. Childers dio impulso a una ola de novelas de espionaje, incluidas dos de Joseph Conrad: El agente secreto (1907), donde retrata la figura de un anarquista, y Bajo la mirada de Occidente (1911), donde anticipa una nueva época.

Con el avance del siglo XX el género arrojó sus mejores disparos con Somerset Maugham, agente británico durante la Primera Guerra y G. K. Chesterton, en El hombre que fue jueves (1908) utiliza el argumento de una conspiración que busca apoderarse del mundo, un modelo de confrontación en el que habría de moverse el James Bond de Ian Fleming. Thomas E. Lawrence, inmortalizado como Lawrence de Arabia y autor de Los siete pilares de la sabiduría, era coronel del servicio secreto británico y destacado oficial en la guerra contra los turcos en el norte de Africa.

Graham Greene, miembro del MI6 británico, anticipó la Segunda Guerra en El agente confidencial (1939), siguió con Nuestro hombre en La Habana (1958), y en El factor humano (1978) se metió en las entrañas de la Guerra Fría.

Ian Fleming, oficial de Inteligencia Naval Británico inmortalizó a James Bond a partir de Casino Royale (1953) y a lo largo de otras once novelas famosas que fueron profusamente llevadas al cine.

John Le Carré, oficial del MI5 británico, inició con Llamada para el muerto (1961) y El hombre que vino del frío (1963) una serie de best-séllers sobre la Guerra Fría que lo convirtieron en un maestro del género. Le Carré introdujo al espía atormentado que no comparte del todo el ideal al que sirve. El narrador británico, con sus últimos relatos, aparece como el eslabón entre dos épocas.

En el escenario de Guerra Fría surgieron incontables agentes que desde Occidente espiaban para el Este, y otros en sentido contrario. Héroes y villanos se confundían en tareas de contrainteligencia, y a su vez eran espiados alternativamente por la CIA, el MI6 y el KGB.

El viraje

Los ilustres antecedentes, y tantos otros, no pudieron evitar que la novela de espionaje quedara atravesada por la inexorable mutación que produjo el derrumbe de la utopía de masas, un fenómeno que no ocurrió sólo del otro lado del Muro. En Mundo soñado y catástrofe, la filósofa estadounidense Susan Buck-Morss sostiene que la construcción de la utopía de masas fue el sueño del siglo XX, "la fuerza impulsora de la modernización industrial, tanto en la forma capitalista como en la socialista". A su amparo, tuvo lugar un portentoso desarrollo científico-técnico y una extraordinaria concentración económica y de poder político, pero también de destrucción bélica, de terror de masas y de explotación inaudita. Buck-Morss advierte que no fue la idea democrática y utópica la que produjo estas pesadillas, sino las estructuras de poder, que hoy sobreviven de hecho en una nueva atmósfera de cinismo. El sueño de la utopía de masas fue autodeclarado como un fracaso en el mundo del socialismo real y deliberadamente abandonado en las democracias occidentales.

Lo cierto es que la Guerra Fría ha terminado. La modernidad entró en una crisis agónica, y con ella, también su discurso y su narrativa. Así, la literatura de espionaje, parece haberse mudado al reducto de la investigación histórica.

Lo que ahora asoma es la predicción de Hobsbawn: horizontes violentos pero inciertos. Afloran nuevas guerras de conquista y muchedumbres hambrientas se lanzan sobre las metrópolis. El nacionalismo étnico surge como respuesta política a un mundo donde crece inexorable y traumática la mezcla de culturas y la movilidad de los individuos. El tradicionalismo cultural y el fundamentalismo religioso chocan con el telón de fondo de la comunicación global. Un terrorismo fantasmagórico, carente de Estado, resulta funcional a los afanes imperiales. Se abisman las desigualdades sociales. He aquí la sustancia de la narrativa política contemporánea.




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