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 en torno a la metáfora

Técnica literaria
Y... ¿qué es una metáfora?, ¿para qué sirve una metáfora?, ¿cómo puedo reconocer una metáfora?, ¿también yo digo metáforas? Son preguntas que todos los apasionados de la literatura (por activa y por pasiva) nos hemos hecho alguna vez. Generalmente, son preguntas cuyas repuestas aclaran poco y resultan pobres.

Dice, por ejemplo, el Diccionario de la RAE:
metáfora. (Del lat. metaphŏra, y este del gr. μεταφορά, traslación). f. Ret. Tropo que consiste en trasladar el sentido recto de las voces a otro figurado, en virtud de una comparación tácita; p. ej., Las perlas del rocío. La primavera de la vida. Refrenar las pasiones. || 2. Aplicación de una palabra o de una expresión a un objeto o a un concepto, al cual no denota literalmente, con el fin de sugerir una comparación (con otro objeto o concepto) y facilitar su comprensión; p. ej., el átomo es un sistema solar en miniatura.

Parece una definición satisfactoria en cuanto al qué es una metáfora para el ámbito literario; pero deja el resto de preguntas sin contestación. Realmente, nos interesa saber por qué las metáforas “funcionan”, por qué son capaces de significar lo que pretendemos que signifiquen (y también, por supuesto, por qué no funcionan y hay tanto poeta fracasado por ahí suelto). ¿Realmente se parecen tanto todas las cosas en el mundo como para que hacer metáforas sea simplemente hacer visible uno de los múltiples hilos invisibles que las unen como si el mundo fuese una tela de araña?

Normalmente se asocia la palabra "metáfora" con la literatura y con los consabidos ejemplos de los "dientes que son perlas". En realidad, estamos rodeados de metáforas. Encendemos el ordenador y éste nos escupe la primera metáfora a la cara invitándonos a manipular en el "escritorio". A veces, nos metemos constantemente en la boca del lobo, nos comemos la olla, le damos vueltas a un problema, lloramos a mares porque no encontramos la solución y siempre sabemos que los demás van a entender lo que queremos decir.

Ahora imagínate que vas caminando por Roma (o por un espacio con cipreses) y le dices a tu compañero: mira qué hermoso surtidor de sombra. ¿Cómo puedes estar seguro de que te va a entender? Al hablar, muchas veces, nos arriesgamos y decimos que un ciprés es un surtidor de sombra; o que unos pechos son yunques ahumados; o llamamos, incluso, enemiga de la nieve a una cintura. Pero no tenemos la certeza de que vayamos a ser entendidos. ¿Por qué actuamos así, entonces?

En el primer caso parece bastante claro que estamos seguros de la comprensión con éxito de nuestro mensaje por parte de nuestros oyentes. Son metáforas que ya están fijadas en nuestra tradición, "lexicalizadas", si se quiere. Se trata casi ya de una convención.

En cambio, en el segundo caso, no podemos estar seguros de que nuestros interlocutores comprendan exactamente lo que queremos decir. Así, hablar metafóricamente es una apuesta: una apuesta por la comprensión del otro. Y por tanto, entraña un riesgo. Vamos, que hacer metáforas es como hacer puenting.

Pero seguimos sin saber cómo funcionan las metáforas, por qué llaman tanto la atención, por qué pueden convertir un conjunto de versos en un POEMA, cómo hacemos una metáfora, cómo la identificamos, si efectivamente se trata de un proceso extraordinario...

La metáfora ha sido, la pobre, maltratada a lo largo del tiempo: estirada para cubrir definiciones-corsé; reducida a la consideración de mero ornato conceptista; dejada por imposible; sobreutilizada para todo aquello que aún no tenía definición-corsé, y vuelta a empezar la danza...

Los profesores Rafael Núñez y Guillermo Lorenzo de la Universidad de Oviedo han tenido a bien escribir un librito en el que aportan sus originalísimas respuestas a todo este caos mental del literato incipiente. No se trata de un libro para amantes de la Verdad Mayúscula, sino para los amantes del aprendizaje y la revelación. Ante la metáfora no caben experimentos de laboratorio y probetas llenas de palabras que reaccionen metafóricamente en alambiques llenos de palabras y que arrojen resultados estadísticos sobre la posibilidad combinatoria de verbos, adjetivos y preposiciones. Claro que no. Pero la verdad (o mejor dicho, las verdades) con minúsculas que nos ofrecen estos dos autores tras haber flexionado, reflexionado y genuflexionado en torno a la metáfora durante mucho tiempo, cobra la forma de una teoría sólida, con columnas tan lujosas como Wittgenstein o Hilary Putnam sosteniendo este conjunto de respuestas.

Este libro supone una exquisitez para los interesados puesto que consigue dar respuesta de forma totalmente innovadora pero no carente de justificación, a todas estas cuestiones ya cansinas sobre la metáfora, y porque se plantea interrogantes nuevos, que se revelan mucho más útiles para comprender este empalabrado camino de las metáforas que los totalizadores ¿qué es? y ¿cuándo he de usarla?

Se trata de un punto de vista desmitificador (que no simplificador) que permite acercarse a las metáforas sin miedo a que se nos vuelvan en nuestra contra, sin miedo a que nos den la espalda puerco-espina y provoquen en nosotros una incomprensión literaria total y definitiva. El punto de partida de los autores es el siguiente:
”La esencia y razón de ser de las metáforas [...] no es otra que la esencia y razón de ser de las palabras mismas.”


Así pues, los autores tratan de explicar por qué consideran ellos que las metáforas funcionan como funcionan todas las palabras y cómo han llegado a la conclusión de que no son mecanismos esencialmente diferentes al decir “quiero pan” a la hora de comer.

Para conseguir desembocar en este planteamiento, el torrente de reflexión a dos cabezas (ayudadas eso sí por una galería simpatiquísima, particularísima y muy necesaria de autores como los ya mencionados Ludwig Wittgenstein, Hilary Putnam; Gottlob Frege, Noam Chomsky, W. Ong, Hannah Arendt, Miguel Pardeza, Gregory Bateson, Camarón de la Isla o Umberto Eco entre otros) sigue tres etapas:

La primera parte del libro se dedica a desentrañar qué son los significados de las palabras, cómo funcionan las palabras, por qué nos entendemos cuándo nos entendemos, qué tienen en común un chihuahua y un gran danés, qué es Londres y por qué Wittgenstein no se parecía a su prima Margaret Wittgenstein y a pesar de ello sigue siendo su primo. En definitiva, los autores van explorando, linterna wittgensteniana en mano, el funcionamiento de las palabras, partiendo del mismo punto que Wittgenstein: “el significado es el uso que hacemos de las palabras”.

En esta primera parte del libro, Lorenzo y Núñez se dedican a explicar por qué Wittgenstein se atreve a llegar a esa conclusión y por qué ellos se atreven a corroborarla: cómo nos hace funcionar el lenguaje, a qué aludimos cuando aludimos a algo... aquí se defiende una “teoría pragmática del significado”, lo que en palabras de andar por el blog viene a ser defender la idea de que las palabras no están unidas irrevocablemente al objeto que designan. De hecho, aquí se va más allá y se pretende esclarecer cómo todos los significados son, en realidad, difusos, y cómo esta difuminación de los significados es la vía para conseguir exprimir al lenguaje una gran capacidad de comunicación.
”Recuérdese que, en general, nosotros no usamos el lenguaje conforme a reglas estrictas, ni tampoco se nos ha enseñado por medio de reglas estrictas. [...] Somos incapaces de delimitar claramente los conceptos que utilizamos; y no porque no conozcamos su verdadera definición, sino porque no hay “definición” verdadera de ellos.”

Dicen los autores que dice Wittgenstein. Gracias a este primer capítulo podemos ver cómo esto es una realidad que experimentamos todos los hablantes pero de la que no somos plenamente conscientes hasta que Núñez, Lorenzo y Wittgenstein nos cogen de la mano. Se llama este capítulo: “Signos sin sentido”.

En el siguiente, “Sentidos sin signos”, nos sumergimos en la metáfora y su funcionamiento. Esta concepción innovadora de la metáfora permite explicar su esencia, su funcionamiento, su utilidad en el ámbito literario... Los lectores, una vez que hemos aceptado las premisas del capítulo anterior, vamos a aprender aquí que:
”[...] los procesos que se desarrollan en la comprensión y el sentido de las metáforas no difiere en lo esencial de los procesos de comprensión y producción de sentido en las demás expresiones lingüísticas [...]”


Lo que convierte a la metáfora en algo diferente, pues, no es el proceso por el que la “descodificamos”, sino la novedad absoluta en el uso de una palabra. Esta es la esencia de la metáfora: hacer un uso sin precedentes de una palabra que habitualmente se usaba para otra cosa. Aquí es donde entra la metáfora como apuesta, y por tanto, como juego. La comprensión de una metáfora es además reveladora porque pone de manifiesto el conjunto de cosas, experiencias, sentimientos y mundos que el que la profiere y el que la recibe comparten. Una metáfora es un lazo.

Por otra parte, en este capítulo, los autores tratan de huir de una concepción “ornamental” de la metáfora. (La metáfora no es un lazo). No sólo tratan de escapar, sino que explican por qué. Para ellos, la metáfora, la verdadera metáfora es la que
“nace para nombrar lo que todavía no tiene nombre.”
Así, un sentimiento especialísimo de un poeta encuentra su justo modo de expresión en la metáfora: así, el poeta sabe que eso será recibido como algo único: él mismo lo ha creado. La metáfora supone crear lenguaje: hacer nuevos usos de palabras viejas.

Este capítulo también se adentra en los procesos por los que la metáfora es recogida, captada y comprendida por los individuos y por las comunidades.

Los dos últimos capítulos son más breves y suponen una profundización en el contenido de la metáfora y en nuestra capacidad para asignar significados. En ellos, a través de ejemplos, se repite la idea básica del libro sobre el significado de las palabras:
”el significado de una palabra [...] consiste en toda la capacidad potencial de aplicaciones que reconocemos en ella”.


Estamos ante un libro densísimo, ante una mesa de disección de la metáfora en la que, honrando a su objeto de estudio, ni una sola palabra está de más, ninguna es un mero ornato inservible. La galería de personajes del mundo de la filosofía, la semiótica, el fútbol, la teoría de la comunicación, la psicología, el flamenco y la antropología que pueblan estas páginas son el conjunto de semáforos, señales y guardias de tráfico que velan porque nuestro recorrido a lo largo de las ideas de estos dos señores no se confunda, no se extravíe y no se accidente.

El libro puede parecer muy técnico, en algunos casos, quizás incluso resulte incomprensible para “el hombre de la calle” dubuffetiano. En cualquier caso, tampoco se puede decir que el libro sea muy complejo: la forma sencilla de expresar y de exponer las ideas (sin escatimar argumentos, explicaciones o ejemplos) lleva a pensar que no pueden haber sido expresadas de otro modo ni comprendidas de otra manera. En este libro hay chispazo, hay cortocircuito, hay luz donde antes no la había (o no sabíamos que la había).

Abren y cierran el libro dos “Metálogos” (o metadiálogos): se trata de conversaciones entre padre e hija destinadas a aclarar un “asunto problemático”. Esta forma de conversar fue creada por el antropólogo Gregory Bateson. Lo que se pretende con estas conversaciones no es únicamente discutir el famoso “asunto problemático”, sino también conseguir que la forma de discutir dicho “asunto” sea relevante para el propio esclarecimiento de la cuestión.

Podéis leer aquí el metalógo que introduce el libro: "¿Para qué sirve una metáfora?"El libro se cierra con otro que sirve para explicar el título del libro. Pero ese hay que leerlo ya siendo un poco más sabio, es decir, habiendo leído este libro.


Rafael Núñez Ramos (Vigo, 1951) es profesor de Teoría Literaria en la Universidad de Oviedo. Se doctoró por la misma universidad con el trabajo Poética semiológica. El Polifemo de Góngora. Ha escrito el libro La Poesía y ha colaborado en muchos otros. Es autor, asimismo de artículos sobre literatura y comunicación (humor, juego, deporte, teatro y cine).

Guillermo Lorenzo González (Oviedo 1966) es profesor de Lingüística General en la misma universidad. Se doctoró en Oviedo con Geometría de las estructuras nominales. Ha escrito, entre otros, el libro Comprender a Chomsky y ha colaborado en otros. Es autor, asimismo, de artículos sobre lenguaje y comunicación.

En colaboración han escrito los artículos: “Quién difama cuando yo difamo”, “El delito de difamación en el Anteproyecto de Nuevo Código Penal” y “On the Aesthetic Dimension of Humor”.

Que cómo se llama el libro, me dice el clip...
Título: Tres Cerditos. Uso, significado y metáforas.
Autores: Rafael Núñez Ramos y Guillermo Lorenzo González
La pega que tiene es que sólo se puede adquirir en el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Oviedo, que se ha encargado de la edición, y en la Librería Ojanguren.

http://blogs.ya.com/lomejordeloslibros/200501.htm



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