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 De cómo el hambre me hizo escritor (Lucio V. Mansilla)

Historia y curiosidades literarias
Al señor don Mariano de Vedia.

Si vous voulez bien parler et bien écrire,

n´écoutez et ne lisez que des choses bien

dites et bien écrites


BUFFON


SALÍ de la cárcel..... así como suena, de la cárcel; no han leído ustedes mal, -puedo declararlo

bien alto y en puridad; tanto mas, cuanto que, siendo honrosos los motivos, como los míos lo

fueron, hace mas bien que mal saber prácticamente que diferencia hay entre la crujía y la

celda,- y, como Gil Blas, dueño de mi persona, y de algunos buenos pesos, me fui al Paraná.

Digo mal, no me fui precisamente como Gil Blas, porque éste le había hurtado algunos

ducados a su tío, y la mosca que yo llevaba habíamela dado mi queridísimo tío y padrino,

Gervasio Rozas. Pero llevaba cierto bagaje de malicia del mundo, que le hacía equilibrio a mi

buena fe genial.

Yo me decía, estando en el calabozo: "Cuando me pongan en libertad, -padecía por haber

defendido a mis padres,- haré tal o cual cosa"... La prisión me había hecho mucho bien. ¡Cuan

instructivas son las tinieblas! El hombre propone, Dios, o el Otro dispone.

No hay quien no tenga su ananké, prescindiendo de la lucha entre el bien y el mal, que será

eterna, como aquellos dos genios de lo bueno y de lo malo: Dios, o el Otro. Me pusieron en

libertad, -si en libertad puede decirse ser desterrado, y todos aquellos castillos en el aire,

hechos a la sombra y en las sombras, se desplomaron, zapados por lo inesperado de mi nueva

situación. Aquella transición fue como pasar de lo quimérico a lo real; tiene uno que volver a

hacer relación consigo mismo, que preguntarse: ¿Quién soy? ¿Qué quiero? ¿Adonde voy?- Y

no andarse con sofismas é imposturas.

Cuando me pregunté ¿quién soy? La voz interior me dijo: "un federal de familia". Y no digo

de raza, porque mi padre fue unitario, en cierto sentido. Cuando me pregunté lo otro, el eco

arguyo elocuentemente: "Vas donde debes, tendrás lo que quieres". Efectivamente, en el

Paraná gobernaba el espíritu de la Federación. Buenos Aires estaba, por eso, segregado.

Explico mi fenómeno, no discuto ni provoco discusión. Llegué al Paraná: llevaba la bolsa

repleta, e hice como la cigarra. Tuve amigos en el acto. Se acabo el dinero; los amigos

desaparecieron, como las moscas cuando se acaba la miel. El mundo es así; no hay que

creerlo tan malo por eso; es mejor imputar esos chascos a la insigne pavada de la imprevisión,

que es la más imperdonable de todas las pavadas.

Mi insolvencia de dinero era mayor que la insolvencia capilar de Roca o la mía propia, que

por ahí vamos ahora. Tout passe avec le temps, y el pelo, con las ilusiones. Me quedaban

cinco pesos bolivianos, y como dicen en Italia, la ben fatezza de mi persona, o la estampa,

como dicen en Andalucía. ¡Y qué capital suele ser! En Santa Fe se aprestaban para una fiesta;

querían, bajo los auspicios del pobre viejo don Esteban Rams y Rubert (él construyo la casa

donde esta el Club del Plata), hacer navegable el río Salado, -e inauguraban su navegación.-

Todo el mundo estaba loco en Santa fe: todos eran argonautas: era el descubrimiento del
vellocino de oro. Cinco pesos bolivianos, lo repito, me quedaban ¡nada mas!

Pues a Santa Fe, me dije, ya que aquí no me dan nada los federales; y me largué al puerto,

haciendo cuenta así: dos reales de pasaje, con el Monito. Era éste un botero muy acreditado, el

que llevaba la correspondencia, algo como un correo de gabinete, mulatillo de color, pero

blanco como la nieve en sus acciones. Doce reales de hotel, en tres días... (si no me quedo),

me sobra, tengo hasta las allumettes chimiques del estudiante... adelante. Llegué.

Al desembarcar, un federal me reconoció, -ya era tiempo- y me llevo a su casa: era un

excelente sujeto, listo, perspicaz, bien colorado, con su platita, con familia interesante, y

lindas hijas. Los dioses se ponían de mi lado. -Llega usted, me dijeron, en el mejor momento,

¡qué gusto para nosotros!- "Mañana estamos de fiesta, de gran fiesta"; y me explicaron y me

demostraron la navegación del Salado, que no había quien no conociera al dedillo, lo mismo

que en los placeres no hay quien no sepa lavar un poco de arena, para extraer un grano de oro.

La hospitalidad me había puesto en caja. Yo no era otro, pero me sentía otro. Vean ustedes lo

que es no estar solo; ¡Y después predican tanto contra las sociedades de socorros mutuos,

como la Bolsa! Dormí bien. ¡Oh! Sed siempre hospitalarios, hasta los que os llevan sus

primeras elucubraciones. Pensad cuantos no serán los ingenios que se esterilizan por no tener

donde ubicar.

Al día siguiente, a las 10 de la mañana, estábamos a bordo de un vaporcito, empavesado, que

era una tortuga, que no pudo con la corriente, contra la que podía las canoas criollas -y no se

navego el Salado; pero se navegaría... ¡Ay del que se hubiera atrevido a negarlo! Sería como

negar ahora, por ejemplo... a ver algo en lo que todos estemos de acuerdo, para no chocar a

nadie. Ya lo tengo... que hace mas frío en invierno que en verano.

La flor y la nata de ambos sexos santafesinos estaba allí. Yo me mantenía un tanto apartado,

dándome aires: tenía toda la barba, larga la rizada melena, y usaba un gran chambergo con el

ala levantada, a guisa de don Félix de Montemar. Mi postura, mi continente, mi esplendor

juvenil, llamaron la atención de don Juan Pablo López (a) Mascarilla (el pelafustán, según

otros), gobernador constitucional, en ese momento, y dirigiéndose a mi huésped, le dijo:

-¿Quién es aquel profeta? Romántica o poeta, o estrafalario, o algo por el estilo - algo de eso,

o todo eso, quiso implicar y no otra cosa. Tenía quizás el término, no le venía a las mientes.

Veía una figura discordante, en medio de aquel cuadro uniforme, de tipos de habituales -la

incongruencia lo chocaba sin fastidiarlo-, y expresaba su impresión vaga, confusa,

insaisissable, inagarrable, como caía, tomándola por los cabellos, y la sintetizaba,

calificándome de profeta.

¡Oh! Esta afasia de la mente, que no suele tener con ella alguna relaciona, no es solo una

enfermedad de la ignorancia supina. Cuantos que tienen cierta instrucción no emplean

términos que, para entenderlos ¡hay que interpretarlos al revés! Era este caudillo un curiosos

personaje; hablaba con mucha locuacidad, amontonaba a barrisco palabras y palabras, con

sentido para él, pero que el interlocutor tenía que escarmenar para sacar de ellas algo en

limpio. Fuimos amigazos después. Un día, queriendo significarme que él no era menos que

Urquiza -su émulo-, menos que otro, me dijo:

-"Porque, amigo, ni naides es menos nadas, ni nadas es menos naides".

¡Qué tiempos aquellos! Los santafesinos no vieron lo que esperaban, ni los santiagueños
tampoco: decididamente no era navegable el Salado, o los ingenieros sablunares no daban en

bolas. Había que recurrir a ésos de que nos hablan algunos astrónomos, los cuales pretenden

que en planeta Marte, se habían abierto canales y operado transformaciones -que de seguro no

sospecha aquí Pirovano, con todo su elenco selecto del Departamento de Ingenieros. Pero,

¿qué importaban que las cosas no hubieran andado, como se deseaba? ¡qué sería de la

humanidad sin esperanza! Era necesario contar, difundir, divulgar lo hecho, lo intentado y lo

tentado, sobre todo, describir la fiesta. Resolví acostarme, después de haber pasado un día

agradabilísimo, para los dos que lleva todo hombre dentro de sí mismo, porque observé y

comí.

Me despedí de mis huéspedes, me fui a mi cuarto, y cuando había comenzado a despojarme,

llamaron a mi puerta, preguntándome si podía entrar.

- ¿Como no? Repuse. Era el dueño de la casa.

- Amigo, vengo a ver si le falta algo.

-¡Nada, estoy perfectamente, gracias! Me miro, como quién no se atreve a atreverse, y

atreviéndose, por fin, me dijo:

-Tengo que pedirle a usted un servicio.

- Con mucho gusto, le contesté; pero estando a un millón de leguas de sospechar que yo

pudiera hacer otra cosa, que no fuera casarme otra vez (lo que había hecho pocos meses

antes), con alguna de sus hijas. Yo era muy pánfilo a los veintitrés años, a pesar de mis largos

viajes, de mis variadas lecturas, y de las picardía que había hecho y visto hacer. Fue mas lento

mi desarrollo moral, que mi desarrollo intelectual.

- Pues bien, necesito que usted me escriba la descripción de la navegación del Salado, para

mandarla a publicar en el diario Paraná.

-¿Yooo?

-Sí, pues; pero sin firmar: yo la mandaré como cosa mía.

-¡Si yo no sé escribir, señor!

-¡Cómo! ¡Usted no sabe escribir y ha estado en Calcuta! ¡Y habla una porción de lenguas!

¡No me diga, amigo!

-Le aseguro que no sé, que no he escrito en mi vida, sino cartas a mi mamita y a tatita, y

hecho una que otra traducios del francés.

-Ah, ve usted. ¿Y eso no es escribir? No hubo que hacer: yo tenía que saber escribir.

Aquel hombre lo quería: me había dado hospitalidad.

-Bueno, le dije, haré lo que pueda, Brillo un rayo de felicidad en sus ojos.

-Voy a traerle todo. Se fue y volvió trayéndolo - nos despedimos. Me puse a llorar en seco.
Me sentía desgraciado; ¿en castigo de qué pecado había ido yo a Santa Fe? Era toda mi

inspiración sobre la navegación del Salado. Mis cinco bolivianos no habían mermado, sino de

dos reales, importe del pasaje pagado al Monito. Pero, ¿qué era eso en presencia de la

fatalidad, que me sorprendía "hiriéndome como el rayo al desprevenido labrador"? ¿qué

pararrayos oponerle a mi malhadada suerte? Me senté, me puse a coordinar esas como ideas,

que no son tales, sino nebulosas informes del pensamiento.

Poco a poco, algo fue trazando la torpe mano: borraba mas de lo que quedaba legible. Tenía

que describir lo que no había visto: la navegación de lo innavegable, de lo que era peor, lo que

había visto, lo innavegable de la navegación - y solo me asaltaban en tropel - recuerdos de la

China y de la India, de la Arabia Pétrea y del Egipto, de Delhi, del Cairo y de Constantinopla;

no veía sino desierto en todo, pero desierto sin fantásticas Fata Morganas siquiera, y todo al

revés, dado vuelta. Era un pêle-mêle de impresiones en fermentación.

¡Qué noche aquella! Como quien espanta moscas, que perturban, las fui desechando,

desenmarañando, y pude, al fin, sentirme algo dueño de mí mismo, y haciendo pasar lo que

quería del cerebro a la punta de los dedos, escribir una quisicosa, que tomo forma y extensión.

Fue un triunfo de la necesidad y del deber, sobre la ineptitud y la inconsciencia. Yo no sabía

escribir, pero podía escribir. ¡Ah! Eso sí, no escribiría mas. No había nacido para tales

aprietos y conflictos. Al día siguiente, mi huésped llevome el mate a la cama, en persona, y

con la voz mas seductora me pregunto, "si ya estaba eso", echando al mismo tiempo una

mirada furtiva a la picota de mi sacrificio intelectual, donde yacía desparramada en carillas

ilegibles, para otro que no fuera yo, mi hazaña cerebral de héroe por fuerza.

- A ver - dijo con impaciencia. Me puse a leer, con no poca dificultad, pues yo mismo no me

entendía.

- Bien, muy bien, perfectamente - decía a cada momento, exclamando una vez que hube

concluido: ¡Ah! mi amigo, ¡qué servicio me ha hecho usted!

Yo estaba atónito. Positivamente, como Mr. Jourdain, había escrito prosa sin quererlo.

- Ahora, me dijo, me lo va usted a dictar.

Pusimos manos a la obra, y a las dos horas estaba todo concluido, con una atroz ortografía.

Pero yo me decía, como el cordobés del cuento, al que le observaron que el gallinaceo que

llevaba lo pringaba: "¡ para lo que es mía la pava! Mi huésped se fue. Almorzamos después y

el día se paso sin ninguno de esos incidentes, que se graban per in aeternum, en la memoria de

un joven. Pero mis cinco bolivianos disminuían... Y vosotros, solo comprenderéis mi

situación, los que os hayáis hallado, habiendo nacido en la opulencia, reducidos a tan mínima

expresión monetaria. Pensé en regresar; en el hotel Paraná tenía crédito; escribiría además a

Buenos Aires. Estaba escrito que me había de quedar allí.

¿Qué había pasado? Mi huésped había leído en pleno cenáculo oficial, como suya, mi

descripción; no le habían creído, lo habían apurado, había tenido que declarar el autor.

Entonces, el ministro de Mascarilla, que le debía su educación a mi padre, que no se me había

hecho presente, mirándome de arriba abajo, casi con desdén, exclamo: Discípulo mío en la

escuela de Clarmont, latinista, gran talento, se llevaban todos los premios, entre él y Benjamín
Victoria (falso, falsísimo por lo qué a mí respecta). Y al día siguiente se me presento, para

hacerme sus excusas, que yo acepté, encantado, pues solo mas tarde caí en cuenta.

Mi magnífica descripción había marchado para el Paraná. Allí se publicaría en el Diario

Oficial. En Santa Fe, no había diario; así hablo él, continuando:

-¿Y, qué piensa usted hacer? (Ya lo sabía por mi huésped, con el que yo había tenido mis

desahogos).Le tracé mi plan, lo reprobó y me dijo:

-No, usted no se va de acá. Yo voy a darle imprenta, papel, operarios, y un sueldo, y usted nos

hará un diario para sostener al gobierno.

-¿Yo? (Aquello era conjugación).

-Sí, usted.

-Yo no soy escritor.

- ¡Descripciones espléndidas, sublimes, admirables!

- ¡Señor!

- Nada, nada; usted se queda, reflexione. Es su porvenir.

Y se marcho, dejándome absorto. Caí en una especie de abatimiento soporífero. ¡Yo, escribir

para el público! Me decía. ¡Yo, periodista! ¡Yo! Me paseaba agitado por el cuarto: iba, venía;

en una de ésas, me detuve, me miré al espejo turbio, que era todo el ajuar de tocador, que allí

había, y mi cara me pareció grotesca. Había metido involuntariamente las manos en las

faltriqueras, sentí que mis cinco bolivianos se habían reducido a casi cero, y aquella sensación

dolorosa (¿o no es dolorosa?) decidió mi destino futuro, porque me incito a pensar, y del

pensamiento a la acción no hay mas que un paso.

Hice cuentas: me salían bien; ¡era la oferta tan clara! Pero los que no me salían bien era los

cálculos sobre el tiempo que tendría que invertir en escribir los artículos. Aquellas columnas

macizas me horripilaban de antemano. ¿Sobre que escribiría? El público, sobre todo, me

aterraba: tenía el mas profundo respeto por él. Ignoraba entonces, que a veces, lo mismo lee al

derecho que al revés. Presa de esas emociones, que otro nombre no tienen, era yo, cuando se

me presento mi huésped, y abrazándome me felicito: el ministro había dado por hecho, que yo

me quedaba a redactar un periódico.

Al día siguiente, tuvimos una segunda conferencia con él, y me decidí, urgido por la

necesidad ¿qué digo? Por el hambre. Una vez solo, cara a cara, con mis compromisos, - me

sentí desalentado y estuve por escribir una carta, diciendo: "Huyo, no puedo" -, y por fugar.

Me hacía a mí mismo el efecto de un delincuente. ¿O la audacia no es un delito algunas

veces? ¿Por qué había entonces en el templo de Busiris, esta inscripción? "Audacia",

"Audacia", -y en el segundo poético interior: "No, mucha audacia".

"El Chaco" salió. ¡Qué extravagante título! Y sin embargo, fue una intuición. "El Chaco
santafecino" es hoy día, sin la navegación del Salado, lo que yo profetizaba. Don Juan Pablo

López, ¿no había preguntado al verme: ¿Quién es aquel profeta? ¡Y después dirán que no es

uno profeta en su tierra! Mi colega y mi hermano en la Cámara de Diputados, el doctor

Basualdo, compartió conmigo las primeras tareas de la imprenta. Era un chiquilín; pero debe

acordarse de Juan Burki, el editor responsable, pro forma , un pobre colono sin trabajo, que

andaba casi con la pata en el suelo. La primera vez que le pagaron, lo primero que hizo fue

comprarse unas botas en la zapatería de enfrente; botas que fueron su martirio físico y moral.

Primero, por lo que le hacían doler; después, porque nadie reparaba en ellas, ex profeso, tanto

que, a las pocas horas de haberlas inaugurado, no pudo resistir, y reuniendo a los tipógrafos y

señalándoselas les observo, en su media lengua: "Ese botas, lindo".

Los tipógrafos soltaron una carcajada homérica, y le enseñaron colgadas en una aldaba, sus

alpargatas sucias y rotosas de la víspera, como diciéndoles: "Te conocemos; la mona, aunque

se vista de seda, mona se queda". ¿A qué contar mis primeras angustias, mis partos para

producir? Harían llorar y estoy harto de tristezas. Pero no omitiré aquí, que era yo tan pobre

entonces, que yo tenía mas cama que las resmas de papel: es un buen lecho de algodón.

Querido Vedia: Me decía usted ayer: "¿Qué es lo que hace usted, general, para escribir como

habla? "mientras me da la respuesta a esa pregunta y mientras me refiere, cual me lo tiene

prometido, como el hambre le hizo escritor, veamos qué otra dificultad se presenta para el

éxito de la conversación escrita?".

Contesto: me ha parecido mas natural, mas propio, mas concienzudo, pagar la deuda que

voluntariamente contraje, contándole primero como fue que el hambre me hizo escritor. Ya

esta pagada. La otra, que usted me imputa con su gentil curiosidad, también la acepto, la

reconozco, - mas será para después. Necesito tomarme para ello algún tiempo moral, siendo el

asunto o tema algo mas subjetivo que éste. Hoy por hoy, concluyo, sosteniendo que solo los

que han sido pobres merecen ser ricos. De ahí mi poca admiración por los grandes herederos,

que no tienen mas títulos que sus millones,-mi estimación, mi aprecio, mi respeto, por todo

hombre que se hace a sí mismo.




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