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TÉCNICA LITERARIA: Textos de crítica

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 Iñigo Sota presenta su nuevo libro: Monika sonríe frente al espejo

Textos de críticaAnónimo escribió "Reseña literaria.

   “Monika sonríe frente al espejo” es el título del segundo libro del navarro Iñigo Sota Heras. Pese a su juventud, demuestra en cada una de sus páginas una capacidad literaria sorprendente para construir historias que invitan a pensar sobre temas sociales de actualidad. Historias que muestran pequeños retales de vida, escenas cotidianas cargadas de significado para el lector. Momentos que quedan abiertos a la imaginación. Y es que a veces, aunque parece que el autor no lo dice todo, sí que lo hace en un libro que exalta la importancia del lado positivo de la existencia humana. Quizá por eso, Monika sonríe frente al espejo en un acto metafórico de agradecimiento hacia sí misma. La obra trata temas tan universales como el amor, las relaciones interpersonales, la vejez… El arte de la vida alcanza su máxima expresión cuando se transforma en literatura porque en ese instante el hombre es a la vez sujeto y objeto de la investigación.               El autor muestra una extraordinaria capacidad de introspección a la hora de presentar unos personajes realmente humanos. Aunque el libro toma su título del relato principal, existen otras historias que también transmiten valores, enseñan e invitan a pensar en qué es lo adecuado cuando se trata de ser feliz y de quererse a uno mismo con una autoestima sana. En ocasiones como esta, la literatura es una oportunidad para el aprendizaje vital, la superación personal y el bienestar emocional. Además, conviene destacar que la autora del prólogo es Rosseta Forner que realiza una presentación magistral no sólo del libro (editado por Atlantis) sino también de la calidad literaria y personal del propio autor. Un autor joven y con talento que poco a poco convierte en realidad su sueño de escribir para el gran público desde la humildad y el agradecimiento.               Como buen periodista, Íñigo Sota muestra un gran dominio de la palabra puesto que no sólo escribe en prosa sino que también sorprende con la calidad y la madurez de sus versos. Además, domina el arte de la metáfora. La literatura de Iñigo no está cargada de artificios sino que contiene la elegancia de la sencillez para que la forma no reste protagonismo al fondo. Un fondo que no deja indiferente a un lector que seguramente sonríe al leer el libro igual que Monika cuando se mira en el espejo.                         Como dice el propio autor, debemos comenzar a querernos más a nosotros mismos e invertir el camino que tomamos habitualmente de la crítica negativa para potenciar todo lo bueno que hay en nosotros. Un mensaje profundamente esperanzador en una sociedad un tanto dada a la negatividad propia de la tristeza que aflora en forma de adicciones, complejos, depresiones, envidia… Es importante pararse a pensar para iniciar el cambio de rumbo hacia el optimismo que tiene su máxima expresión en la sonrisa que muestra por fuera cómo nos sentimos por dentro.               Iñigo Sota Heras tiene un largo camino por delante, sin embargo, este libro es su presente. Por esta razón, recomiendo la lectura de “Monika sonríe frente al espejo” a todo aquel que tenga algún tipo de inquietud vital, ganas de superación o que simplemente, quiera disfrutar y pasar un buen rato ante un libro de calidad que puede ser un buen regalo de Navidad. Maite Nicuesa Guelbenzu Doctora en filosofía"

Enviado por heathcliff el Domingo, 03 enero a las 01:01:56 (1562 Lecturas)
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 LA PARADOJA DE APOLLINAIRE

Textos de crítica
Con alguna evidente salvedad (Montaigne, Saint-Simon, Bloy), cabe afirmar que la literatura de Francia tiende a producirse en función de la historia de esa literatura. Si cotejamos un manual de la literatura francesa (verbigracia, el de Lanson o el de Thibaudet) con su congénere británico (verbigracia, el de Saintsbury o el de Sammpson), comprobaremos no sin estupor que éste consta de concebibles seres

humanos y aquél de escuelas, manifiestos, generaciones, vanguardias, retaguardias, izquierdas o derechas, cenáculos y referencias al tortuoso destino del capitán Dreyfus. Lo más extraño es que la realidad corresponde a ese frenesí de abstracciones; antes de redactar una línea, el escritor francés quiere comprenderse, definirse, clasificarse. El inglés escribe con inocencia, el francés lo hace a favor de a, contra b, en función de c, hacia d... Se pregunta (digamos): ¿Qué tipo de sonetos debe emitir un joven ateo, de tradición católica, nacido y criado en el Nivernais pero de ascendencia bretona, afiliado al partido comunista desde 1944? O, más técnicamente: ¿Cómo aplicar el vocabulario y los métodos de los Rougon-Macquart a la elaboración de una epopeya sobre los pescadores del Morbihan, que una al fervor de Fenelón la gárrula abundancia de Rabelais y que no descuide, por cierto, una interpretación psicoanalítica de la figura de Merlín? Esta premeditación que es la nota de la literatura francesa la hace abundar no sólo en composiciones de rigor clásico sino en felices, o infelices, extravagancias; basta, en efecto, que un hombre de letras francés profese una doctrina para que la aplique hasta el fin, con una especie de feroz probidad. Racine y Mallarmé (ignoro si la metáfora es tolerable) son el mismo escritor, ejecutando con el mismo decoro dos tareas disímiles... Hacer escarnio de esa premeditación no es difícil; conviene recordar, sin embargo, que ha producido la literatura francesa, acaso la primera del orbe.
De las obligaciones que puede imponerse un autor, la más común y sin duda la más perjudicial es la de ser moderno. Il faut être absolument moderne, decidió Rimbaud, limitación que corresponde, en el tiempo, a la muy trivial del nacionalista que se jacta de ser herméticamente danés o inextricablemente argentino. Schopenhauer (Welt als Wille und Vorstellung, II, 15) juzga que la mayor imperfección del intelecto humano es su carácter sucesivo, lineal, su encadenación al presente; venerar esa imperfección es un desdichado capricho. Guillaume Apollinaire lo abrazó, lo justificó y lo predicó a sus contemporáneos. Más aún, le entregó su destino. Lo hizo -recuérdese el poema La jolie rousse- con admirable y clara conciencia de los tristes peligros de la aventura. Esos peligros eran reales; hoy como ayer, el valor general de la obra de Apollinaire es más documental que estético. La visitamos para recuperar el sabor de la poesía «moderna» de los primeros decenios de nuestro siglo. Ni un solo verso nos permite olvidar la fecha en que fue redactado, falta en que no incurrieron, digamos, los coetáneos trabajos de Valéry, de Rilke, de Yeats, de Joyce... (Quizá, para el porvenir, el único fin de la literatura «moderna» sea el insondable

Ulises, que de algún modo justifica, incluye y supera a los otros textos.)
Quien yuxtapone al nombre de Apollinaire el nombre de Rilke parece cometer un anacronismo, tan cerca de nosotras está el segundo, tan lejos ya el primero. Sin embargo, Das Buch der Bilder, que incluye el inagotable Herbsttag, es de 1902; Calligrammes, de 1918. Apollinaire, a trueque de exornar sus composiciones con tranvías, aeroplanos y otros vehículos, no se compenetró con su tiempo, que es nuestro tiempo.
Para los escritores de 1918, la guerra fue lo que Tiberio Claudio Nerón para su profesor de retórica: «lodo amasado con sangre». Todos la percibieron así, Unruh como Barbusse, Wilfred Owen como Sassoon, el solitario Klemm como el concurrido Remarque. (Paradójicamente, uno de los primeros poetas que destacaron la monotonía, el tedio, la desesperación y las deshonras físicas de la guerra contemporánea fue Rudyard Kipling, en sus Barrack-Room Ballads de 1903). Para Guillaume Apollinaire, subteniente de artillería, la guerra fue ante todo un bello espectáculo. Así lo exponen sus poemas; así lo corroboran sus cartas. Guillermo de Torre, el más devoto y lúcido de sus comentadores, observa: «En las largas noches de las trincheras el soldado-poeta podía contemplar el cielo estrellado de obuses e imaginar nuevas constelaciones.» Así Apollinaire se figuraba asistir a un deslumbrante espectáculo en La nuit d'avril 1915:


Le ciel est étoilé par les obus des Boches

La forêt merveilleuse où je vis donne un bal...

Una carta del 2 de julio confirma: «La guerra es resueltamente una cosa hermosa y, a pesar de todos los peligros que corro, de las fatigas, de la falta absoluta de agua, en suma, de todo, no estoy descontento de hallarme aquí... El lugar es muy desolado: ni agua, ni árboles, ni aldea, ni nada más que la guerra suprametálica, architronante.»

El sentido de una oración, como el de una palabra aislada, depende del contexto, que, algunas veces, puede ser la vida de quien la dijo. Así, la frase «la guerra es una cosa hermosa» consiente muchas interpretaciones. En boca de un dictador sudamericano, puede significar su esperanza de arrojar bombas

incendiarias sobre la capital de un país vecino. En boca de un periodista puede significar su firme propósito de congraciarse con el dictador para obtener un buen puesto público. En boca de un sedentario hombre de letras, puede significar su nostalgia de una vida arriesgada. En boca de Guillaume Apollinaire, desde las batallas de Francia, significa, creo, un temple que sin esfuerzo ignora el horror, una aceptación del destino, una especie de fundamental inocencia. No de otra suerte aquel noruego que conquistó seis pies de tierra inglesa, o un poco más, apodó a la batalla fiesta de vikings; no de otra suerte el autor inmortal y desconocido de la Chanson de Roland cantó la claridad de una espada:

E Durandal, cum ies clere et blanche.

Cuntre soleil si reluis et refeambes.

El verso de Apollinaire La forêt merveilleuse où je vis donne un bal no es una descripción rigurosa de los duelos de artillería de 1915, pero es un buen retrato de Apollinaire. Éste, aunque vivió sus días entre los baladins del cubismo y del futurismo, no fue un hombre moderno. Fue algo menos complejo y más feliz, más antiguo y más fuerte. (Fue tan poco moderno que lo moderno siempre le pareció pintoresco, y hasta conmovedor.) Fue la «cosa alada y sagrada» del diálogo platónico; fue un hombre de sentimientos elementales y, por lo mismo, eternos; fue, cuando vacilaron los fundamentos de la tierra y del cielo, el poeta del antiguo coraje y del antiguo honor. Que lo atestigüen esas páginas suyas que nos conmueven como la cercanía del mar: La chanson du mal-aimé, Désir, Merveille de la guerre, Tristesse d'une étoile, La jolie rousse.




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Enviado por heathcliff el Martes, 16 diciembre a las 21:35:34 (2468 Lecturas)
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 LEONIDAS ANDREIEV. LAZARO

Textos de crítica
Es habitual hablar de la polémica del realismo y del simbolismo. Se olvida que esas escuelas antagónicas asumieron forma distinta en cada país y significan en cada caso cosas diversas: el realismo ruso, digamos, tiene poco o nada en común con el italiano. Leónidas Andréiev (1871-1919) fue, a su manera eslava, un eminente devoto de ambas capillas. Al realismo corresponden Savva y Anfisa; al simbolismo, La vida del hombre, Anatema, El océano y Las máscaras negras. Hemos elegido para este libro el cuento que se titula Lázaro. En 1855 el escritor inglés Robert Browning había tratado el mismo tema en un curioso y largo poema. El Lázaro de Browning redescubre, como un niño asombrado, las cosas mínimas y evidentes del mundo; el de Andréiev, después de haber estado en la muerte, siente que todo aquí es deleznable y que la aniquilación es el término. Desolado y aterido rehúye la compañía de los hombres; en su mirada atroz, que para los demás es intolerable, parece estar escrito ese fin. Este admirable relato, que puede, como si fuera un hecho personal, modificar nuestro concepto del mundo, refleja, en su cristal, el doloroso destino de Andréiev. Conoció muy de cerca la pobreza y fue acosado por la voluntad del suicidio. El éxito literario que lograron Los siete ahorcados y El abismo estuvo oscurecido por las persecuciones políticas que sufrió. Partidario de la Revolución e incomprendido por sus camaradas, huyó a Finlandia urgido por la amenaza de que lo asesinaran. Murió allí en la pobreza, despojado como Lázaro, su protagonista, su doble, de toda esperanza.


Enviado por heathcliff el Martes, 16 diciembre a las 21:33:48 (2764 Lecturas)
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 ELVIRA DE ALVEAR. REPOSO

Textos de crítica
Considero que la función del prólogo es entablar la dicusión que deb suscitar todo libro, y evitar al lactor las dificultades que una escritura nueva supone. Estas, claro está, son tanto mayores cuanto mayor es la novedad. En el libro común, el prefacio no tiene razón de ser, es un mero despacho de cortesías; en el excepcional, puede ser de alguna virtud. Entiendo que éste que propone Elvira de Alvear es de los segundos: por eso no me disculpo de prologarlo.

Tres consideraciones generales quiero dejar escritas aquí. La primera se refiere a lo circunstancial, a lo proljo y circunstancial, de sus versos. En lugar de los sentimientos abstractos -meditación ascética de la muerte, dicha de amor correspondido, pena de amor sin contestación, congoja diurna del poniente, semanal del domingo, anual de los mojados otoños- en que se suele demorar la poesía, éstos persiguen las vivas digresiones de la emoción, no desligada de los pormenores y alarmas del mundo externo. Esas intromisiones del paisaje y de los recuerdos empiezan por chocar, pero concuerdan bien con la realidad y si nos resolvemos a cotejar esos populosos poemas, no con poemas destilados de otros poemas, sino con nuestro abarrotado vivir, confesaremos que del todo se justifican. Algunas dichas y desdichas fundamentales componen el destino de cada hombre, pero esas vastas direcciones del alma no ignoran la diversa coloración del espacio y del tiempo. Ningún destino se resuelve sin resto en el apetito carnal, en el anhelo de obtener puestos públicos y en la perplejidad de la muerte, sino también (digamos) en el andén número catorce de Constitución, en el manejo de la Enciclopedia Británica, en el uso y abuso del café solo, en el amor de altas mujeres de traje negro, en el inagotable olor peculiar de la pasta española, en tal o cual aplicación de la música de los «Saint Louis Blues», en la variada infamia de un cáncer, en el recuerdo de una rosa amarilla después de una tormenta. Alguna vez yo premedité una poesía que eliminara todos los pormenores circunstanciales; Elvira de Alvear acaba de lograr lo contrario, y ello confiere a sus poemas una incomparable autenticidad.

Otra característica es la extensión de determinadas composiciones. Desde un renglón perdido de sus infatigables Obras Completas, el infinito predicador Baltasar Gracián sigue infiriéndonos aquella numérica verdad de «lo bueno si breve, dos veces bueno». A ese dictamen suelen agregar los atolondrados aquel otro de Poe, que niega la posibilidad de poemas largos. De acuerdo, pero dilucidemos que «largos» quiere sólo designar aquellos poemas que no se dejan leer de una vez (ejemplo, la epopeya de Milton) y que el mismo Poe reclama una determinada duración para que el hecho estético se produzca. Mi propósito es recobrar este desdeñado principio: la extensión puede ser intensidad, no lo contrario como deja entender la etimología. Hay quien propende a la brevedad, a cifrar muchas intenciones en una estrofa o tal vez en un verso; hay quien busca una lenta saturación, una ardiente y sabia monotonía de renglones unánimes. De éstos es Elvira de Alvear. De ello podemos inducir (claro que sin desmedro de su ejecución poética de hoy) que su definitivo porvenir está en la novela: adivinación que parece corroborada por el modo circunstancial de muchas poesías. Por lo demás, tampoco faltan memorables versos en este libro («Cielo espeso, el de la patria, encima» es un eficasísimo ejemplo), pero la plenitud de cada composición importa mucho más que sus partes. Ello es extraordinario en este tiempo en que todo escritor tiene líneas buenas aisladas y casi ninguno tiene otra cosa.

Una tercera observación quiero aventurar; el tema será la oscuridad de ciertos pasajes. Me consta que esa oscuridad no sobrevive a la relectura, pero eso no me impide dar este consejo al lector: Separar (al principio) el goce estético de la comprensión intelectual. El escándalo de esa prevención es sólo aparente. Su fin es legitimar una acción que todos practicamos. El verso funciona por el delicado ajuste verbal, por las «simpatías y diferencias» de sus palabras, no por la firmeza de las ideas en que lo resuelve después el conocimiento. Busco un ejemplo clásico, un ejemplo que el más insobornable de mis lectores no querrá invalidar. Doy con el insigne soneto de Quevedo al duque de Osuna, «horrendo en galeras y naves e infantería armada». Es fácil comprobar que en el tal soneto la espléndida eficacia del dístico

Su tumba son de Flandes las campañas,

I su Epitaphio la sangrienta luna

es anterior a toda interpretación y no depende de ella. Digo lo mismo de la subsiguiente expresión: el «llanto militar», cuyo «sentido» no es discutible, pero sí baladí: «el llanto de los militares». En cuanto a la «sangrienta luna», mejor es ignorar que se trata del símbolo de los turcos, eclipsado por no sé qué

piraterías de don Pedro Téllez Girón. En general, sospecho que la posible justificación lógica de esos versos (y de todos los versos) no es otra cosa que un soborno a la inteligencia. El agrado -el suficiente, máximo agrado- está en el equilibrio difícil, en el heterogéneo contacto de las palabras. Yo me atrevo a pensar que todos los artificios de la retórica son reductibkes a la oposición, al contraste, y que son tanto más afortunados cuanto menos burda es la oposición. Yo haría caber en el oximoron parcial todos los esplendores de la palabra, antiguos y futuros... Así, en este verso que destaco al azar

en la angustia de esperar una cifra

hay el contraste de la connotación de las palabras «angustia» y «esperar» y la connotación abstracta de «cifra».

Felices los poetas, y misteriosos. El honor del prosista reside en la adecuación exquisita del propósito y de la obra, en la justicia y la necesidad de las cláusulas; el del poeta, en que la obra sea inconmensurable con la intención y la rebase de algún modo, infinitamente. Amanuense de los rumores de un dios, cuyas distracciones debe suplir, el poeta ensaya la construcción de un orden posible. Sus intenciones nada importan, o sólo importan cuando la obra está malograda. Por consiguiente, nada escribiré de los propósitos especiales que fueron impulsión de Elvira de Alvear. Aquí están sus versos: autónomos.

Jorge Luis Borges


Enviado por heathcliff el Martes, 16 diciembre a las 21:33:17 (2038 Lecturas)
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 ALMAFUERTE. PROSA Y POESIA DE ALMAFUERTE

Textos de crítica 
Prosa y poesía de Almafuerte. Selección y prólogo de

J. L. B. Buenos Aires, Eudeba, Serie del Siglo y Medio,

1962.

Hace algo más de medio siglo un joven entrerriano, que venía todos los domingos a nuestra casa, nos recitó en el escritorio, bajo los azulados globos del gas, una tirada acaso interminable y ciertamente incomprensible de versos. Aquel amigo de mis padres era poeta y el tema que solía favorecer era la gente pobre del barrio, pero el poema que nos dio esa noche no era obra suya y de algún modo parecía

abarcar el universo entero. No me sorprendería que las circunstancías que he enumerado fueran erróneas; el domingo era acaso un sábado y la luz eléctrica habría sucedido ya al gas. De lo que estoy seguro es de la brusca revelación que esos versos me depararon. Hasta esa noche el lenguaje no había sido otra cosa para mí que un medio de comunicación, un mecanismo cotidiano de signos; los versos de Almafuerte que Evaristo Carriego nos recitó me revelaron que podía ser también una música, una pasión y un sueño. Housman ha escrito que la poesía es algo que sentimos físicamente, con la carne y la sangre; debo a Almafuerte mi primera experiencia de esa curiosa fiebre mágica. Otros poetas y otras lenguas lo oscurecieron o lo desdibujaron después; Hugo fue borrado por Whitman y Liliencron por Yeats, pero yo he recordado a Almafuerte a orillas del Guadalquivir y del Ródano. Los defectos de Almafuerte son evidentes y lindan en cualquier momento con la parodia; de lo que no podemos dudar es de su inexplicable fuerza poética. Esta paradoja o problema de una íntima virtud que se abre camino a través de una forma a veces vulgar me ha interesado siempre; entre las obras que no he escrito ni escribiré, pero que de algún modo me justifican, siquiera ilusorio o ideal, hay una que cabría intitular Teoría de Almafuerte. Borradores de caligrafía pretérita prueban que ese libro hipotético me visita desde 1932. Consta, diremos, de unas cien páginas en octavo; imaginarle más es afantasmarlo indebidamente. Nadie debe dolerse de que no exista o de que sólo exista en el mundo inmóvil y extraño que forman los objetos posibles; el resumen que ahora trazaré puede equivaler al recuerdo que deja, al cabo de los años, un libro extenso. Además, le conviene singularmente su candición de libro no escrito; el tema examinado es menos la letra que el espíritu de un autor, menos la notación que la connotación de una obra. A la teoría general de Almafuerte precede una conjetura particular sobre Pedro Bonifacio Palacios. La teoría (me apresuro a afirmarlo) puede prescindir de la conjetura.
Es fama que Palacios, a lo largo de su larga vida, fue un

hombre casto. El amor y la felicidad común de los hombres parecen haber suscitado en él una suerte de horror sagrado, que asumía la forma del desdén o de la severa reprobación. Sobre este punto, el lector puede interrogar la obra polémica de Bonastre (Almafuerte, 1920) y la refutación (Almafuerte y Zoilo, 1920) que ensayó Antonio Herrero. Por lo demás, el testimonio personal de Almafuerte es más válido que cualquier discusión; releamos las décimas finales de la primera poesía que redactó, intitulada En el abismo:
Yo soy de tal condición

que me habrás de maldecir,

porque tendrás que vivir

en eterna humillación.

Soy el alma, la visión,

el hermano de Luzbel

que imponente como él,

como él blasfema y grita.

¡Sobre mi testa gravita

la maldición del laurel!

Yo soy un palmar plantado

sobre cal y pedregullo:

la floración del orgullo,

del orgullo sublimado.

Soy un esporo lanzado

tras la procesión astral;

vil chorlo del pajonal

que al par del águila vuela . . .

¡Sombra de sombra que anhela

ser una sombra inmortal!

Yo, cada vez que me río,

pienso que ríe algún otro,

y cual si domase un potro

no me trato como a mío.

Soy la expresión del vacío,

de lo infecundo y lo yento,

como ese polvo desierto

donde toda hierba muere . . .

¡Yo soy un muerto que quiere

que no lo tengan por muerto!

Harto más importante que la desdicha que las estrofas anteriores declaran es la aceptación valerosa de esa desdicha. Otros -Boileau, Kropotkin, Swift- conocieron aquella soledad que cercó a Palacios; nadie ha concebido como él una doctrina general de la frustración, una vindicación y una mística. He señalado la soledad central de Almafuerte; éste logró imponerse la certidumbre de que el fracaso no era un estigma suyo, sino el

destino sustancial y final de todos los hombres. Así ha dejado escrito: «La felicidad humana no ha entrado en los designios de

Dios y No pidas más que justicia, pero mejor es que no pidas nada y Menosprécialo todo, porque todo tiene conciencia de su condición menospreciable (Nota: Parejamente Blake había escrito: "Como el aire para el pájaro o el mar para el pez, así el desprecio para el despreciable". Marriage of heaven and Hell, 1793). El puro pesimismo de Almafuerte excede los límites del Eclesiastés y de Marco Aurelio; éstos vilipendian el mundo pero alaban y admiran al hombre justo; al que se identifica con Dios. No así Almafuerte, para quien la virtud es un azar de las fuerzas universales.
Yo repudié al feliz, al potentado,

Al honesto, al armónico y al fuerte . . .

¡Porque pensé que les tocó la suerte,

Como a cualquier tahúr afortunado!

nos dice El misionero.
Spinoza condenó el arrepentimiento, por juzgarlo una forma de la tristeza; Almafuerte, el perdón. Lo condenó por lo que hay en él de pedantería, de condescendencia altanera, de temerario Juicio Final ejercido por un hombre sobre otro:

Cuando el Hijo de Dios, el Inefable,

Perdonó desde el Gólgota al perverso . . .

¡Puso, sobre la faz del Universo,

La más horrible injuria imaginable!

Más explícitos aún son estos dos versos:

... No soy el Cristo Dios, que te perdona.

¡Soy un Cristo mejor: soy el que te ama!

Almafuerte, para compadecer enteramente, hubiera querido ser tan oscuro como el ciego, tan inútil como el tullido y -por qué no?- tan infame como el infame. Ya hemos dicho que sintió que la frustración es la meta final de todo destino; cuanto más abatido un hombre, más alto; cuanto más humillado, más admirable; cuanto más ruin, mas parecido a este universo, que ciertamente no es moral. Así pudo escribir con sinceridad :

Yo veneré, genial de servilismo

En aquél que por fin cayó del todo,

La cruz irredimible de su lodo,

La noche inalumbrable de su abismo.

En otro lugar del mismo poema, dice del asesino:

¿Dónde oculta sus pálpitos de lobo?

¿Dónde esgrime su trágíca energía?

¡Para ponerme yo como vigía

Mientras urden su crimen y su robo.

De la poesía "Dios te salve", que esboza o prefigura la misma idea, básteme transcribir los versos finales :

Al que sufre noche y día

-Y en la noche hasta dunniendo-

La noción de sus miserias,

La gran cruz de su pasión :

Yo le agacho mi cabeza, yo le doblo mis rodillas

Yo le beso las dos plantas, yo le digo: ¡Dios te salve!

¡Cristo negro, santo hediondo, Job por dentro,

Vaso infame del Dolor!

Almafuerte debió desempeñarse en una época adversa. A principios de la era cristiana, en el Asia Menor o en Alejandría, hubiera sido un heresiarca, un soñador de arcanas redenciones y un tejedor de fórmulas mágicas; en plena barbarie, un profeta de pastores y de guerreros, un Antonio Conselheiro (Nota: Euclydes da Cunha (Os sertóes, 1902) narra que para Conselheiro, profeta de los "sertanejos" del Norte, la virtud "era un reflejo superior de la vanidad, una casi impiedad". Almafuerte hubiera compatido ese parecer. En la vispera de una desesperada batalla, T. E. Lawrence (Seven Pillars of Wisdom, LXXIV) predicó a la tribu de

los serahin una vindicación de la derrota y del fracaso, idéntica a la premeditada por Almafuerte), un Mahoma; en plena civilización, un Butler o un Nietzsche. El destino le deparó los suburbios de la provincia de Buenos Aires; lo redujo a los años 1854-1917; lo rodeó de tierra, de polvo, de callejones, de ranchos de madera, de comités, de compadritos ni siquiera iletrados. Leyó muy poco y también leyó demasiado; frecuentó los versículos de la Escritura según Cipriano de Valera, pero asimismo los debates parlamentarios y los artículos de fondo. En América del Sur, por aquellos años, no se veían otras posibilidades que el catecismo, con su divinidad que es una y es tres y con su jerarquía eclesiástica, y el negro laberinto de ciegos átomos que a lo largo de la eternidad se combinan, que enseñaban Büchner y Spencer. Almafuerte optó por el último; fue un místico sin Dios y sin esperanza. Despreció, como dice Bernard Shaw, el soborno del cielo; creía honradamente que la felicidad no es deseable. Su pensamiento acecha en los rincones de su obra; por ejemplo, en esta evangélica: «El estado perfecto del hombre es un estado de ansiedad, de anhelación, de tristeza infinita.

Federico de Onís (Antología de la poesía española e hispanoamericana, 1934) ha repetido que el ideario de Almafuerte

es vulgar. Este prólogo quiere razonar lo contrario. Más de un

escritor argentino rige una retórica no menos espléndida que la suya y harto más lúcida y constante; ninguno es tan complejo, intelectualmente; ninguno ha renovado, como él, los temas de la ética.

El poeta argentino es un artesano o, si se prefiere, un artífice; su labor corresponde a una decisión, no a la necesidad. Almafuerte, en cambio, es orgánico, como lo fue Sarmiento, como muy pocas veces lo fue Lugones. Sus fealdades están a la luz del día, pero lo salvan el fervor y la convicción.

Como todo gran poeta instintivo, nos ha dejado los peores versos que cabe imaginar, pero también, alguna vez, los mejores.




Columnas de prensa. Temas de actualidad. Otro enfoque



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Enviado por heathcliff el Martes, 16 diciembre a las 21:05:43 (3705 Lecturas)
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