Presentó su antología ‘Amor y tiempo’ y ofreció una lectura. El escritor catalán aboga por el rigor y la austeridad retórica.
JULIA ZAFRA (25/03/2006) (25/03/2006) El poeta catalán Joan Margarit presentó ayer su poemario antológico Amor y tiempo y procedió a una lectura de poemas del mismo en el Palacio de Orive, dentro del ciclo del Aula de Poesía.
En el acto, presentado por el autor de la introducción de su libro, el también poeta, Antonio Jiménez Millán, Margarit se convirtió en el referente de una poesía contemporánea realista y urbana, testigo escrito de los sentimientos de transeúntes anónimos de diversas ciudades.
La "lucidez" es su herramienta de trabajo "para atravesar las capas de falsedad y engaños del mundo hasta llegar a estas personas", indica.
LUCIDEZ Y AUSTERIDAD
El autor de Luz de lluvia y Joana , indaga en el amor y la muerte "porque están indisolublemente unidos", y añade que esta dicotomía encarna el "contraste más maravilloso ya que sin la muerte, la vida no sería tan preciada".
Su obra se caracteriza por la austeridad y el rigor retórico y en su defensa afirma que "la poesía es ante todo economía, porque más es menos, de ahí que la poesía sea la faceta más exacta de las letras como las matemáticas son las más exactas de las ciencias", señala.
Joan Margarit, para quien la poesía supone "uno de los pocos instrumentos de consolidación y de poner orden en nuestro interior", considera el nacimiento de una nueva generación poética en España.
Actualmente, acaba de publicar Cálculo de estructuras , un homenaje al "oficio" de arquitecto que desempeña en Barcelona, y que compagina "muy bien" con la poesía, su "forma de vida", explica.
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Krauss cree que el poder de la literatura es la imaginación
EL PAÍS, 3 de abril de 2006
Krauss cree que el poder de la literatura es la imaginación
'La historia del amor', su segundo libro, parece marcado por la nostalgia del pasado
BÁRBARA CELIS - Nueva York
La escritora Nicole Krauss
La imaginación puede ser la única medicina para un pasado amargo que amenaza con destruir el futuro. Los habitantes de La historia del amor (Salamandra), el segundo libro de la estadounidense Nicole Krauss (Nueva York, 1974), abrazan vidas y mundos ficticios para huir de la sombra de sus propios recuerdos, porque "nuestro pasado construye nuestro presente, y siempre me ha fascinado cómo puede marcarnos".
Krauss, menuda, de aspecto frágil y mirada segura, creció en las afueras de Nueva York en el seno de una familia adinerada. Sus cuatro abuelos, polacos de origen judío, nunca regresaron a sus pueblos porque la guerra y los nazis los destruyeron. "La historia de mi vida empieza en cuatro sitios que ya no existen. Ese sentimiento de pérdida estaba presente en mi casa. Quizás por eso, el peso de la memoria sea tan importante en mis novelas. O quizás sea algo innato en mí, ya que siempre he sido una persona nostálgica", explica en un café en Nueva York.
El aroma de esa nostalgia marca La historia del amor. En el libro, alabado por J.M. Coetzee, sus dos protagonistas, la adolescente Alma Singer y el anciano Leo Gurnsky, necesitan olvidar para sentirse libres, así que reinventan sus recuerdos. "Todos lo hacemos. Recordamos sólo aquello que decidimos recordar y apartamos cosas que nos han hecho sufrir. Nuestras memorias se tejen con un hilo narrativo que, en cierto modo, es puramente ficcional", afirma Krauss.
En su primer libro, Man walks into a room, la pérdida se analizaba desde otro punto de vista. El protagonista de aquella novela sufría de amnesia. "No puedes ser nostálgico si tu pasado se ha borrado. Pero en ese caso el dolor viene de la necesidad de buscar lo perdido".
El denso tejido de los recuerdos también es parte de la temática narrativa en los libros de su marido, el escritor Jonathan Safran Foer, otra joven revelación de la literatura estadounidense. "Supongo que venimos de familias con experiencias similares y eso ha influido en nuestra manera de mirar hacia el pasado", explica Krauss, quien confiesa sentirse "frustrada" por los ataques que un sector de la prensa especializada ha lanzado contra ambos, a quienes se ha acusado de escribir libros demasiado similares. "Si no hubiéramos estado casados, se hablaría de 'las nuevas tendencias' de la literatura joven", se defiende la escritora, a quien toda la experiencia le ha dejado un cierto sabor amargo. "Una vez comencé a leer una biografía de Borges y la abandoné enseguida. Descubrí que su vida no era tan genial como su obra y no quise que arruinara el poder de sus libros. La biografía no debería importar más que la obra. El poder de la literatura está en la imaginación", dice.
Es inevitable preguntarle por la polémica que ha convulsionado el mundo editorial estadounidense tras descubrirse que las memorias de James Frey en realidad son ficción y que JT Leroy, un autor que se ocultaba tras una peluca y unas gafas de sol, es un personaje inventado por una mujer que firmaba bajo ese nombre. "El caso de JT Leroy es muy significativo porque demuestra que el mundo editorial también es víctima de la devoción hacia las celebridades. Nuestra cultura está contaminada por esta obsesión y estamos perdiendo la perspectiva de las cosas", afirma Krauss. Respecto a Frey, afirma que "le ha faltado honestidad".
Para esta autora, que comenzó su carrera entregada a la poesía, "un género muy preciso que tiene el potencial de la perfección", los escritores no son importantes: "Son los libros lo que importa, no pueden frenar guerras pero pueden mejorar nuestra calidad humana". En La historia del amor, que será adaptada al cine por Alfonso Cuarón, uno de los personajes escribe un libro titulado Palabras para todo. ¿Considera que existen palabras para todo? "No, la literatura es la búsqueda de la expresión de sentimientos y hechos para los que no tenemos palabras. Si hubiera palabras para todo, la vida sería menos interesante".
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Stevenson, Dumas y Dostoievski inmortalizaron la crueldad
LA JORNADA, 11 de abril de 2006
Exploran la veta en Doctor Jekyll y Mr. Hyde, El conde de Montecristo y Crimen y castigo
Stevenson, Dumas y Dostoievski inmortalizaron la crueldad
En días de guardar se pueden leer esas obras o asistir al estreno del montaje Poe y Baudelaire
ANA MONICA RODRIGUEZ
Francisco José de Goya y Lucientes en la obra El dos de mayo de 1808 en Madrid o La carga de los mamelucos en la Puerta del Sol (1814), presenta a los madrileños con ojos desorbitados por la rabia, la ira y la indignación, que acuchillan con sus armas blancas a jinetes y caballos, mientras los franceses rechazan el ataque e intentan huir.
El apacible Doctor Jekyll se transforma en el colérico Mr. Hyde. Un ilusionado Edmundo Dantés se convierte en el vengativo Conde de Montecristo. Y el joven Raskolnikov asesina a una usurera, cobijado en un ambiguo e inentendible perfil sicológico.
Robert Louis Stevenson, Alejandro Dumas y Fedor Dostoievski inmortalizaron así en la literatura al sexto pecado capital, la ira, veta en la que coincidieron los tres célebres escritores para re-crear en sus obras Dr. Jekyll y Mr. Hyde, El conde de Montecristo y Crimen y castigo, de manera respectiva, las acciones humanas bajo diversas circunstancias.
Appetitus inordinatus vindictae, es decir, un ''apetito desordenado de venganza. Que se excita -continúa la definición latina- en nosotros por alguna ofensa real o supuesta. Para que la ira sea pecado, se requiere que el apetito de venganza sea desordenado, es decir, contrario a la razón''.
, es decir, un ''apetito desordenado de venganza. Que se excita -continúa la definición latina- en nosotros por alguna ofensa real o supuesta. Para que la ira sea pecado, se requiere que el apetito de venganza sea desordenado, es decir, contrario a la razón''.
Hay también pecado en la aplicación de la venganza, aunque esta sea legítima, cuando uno se deja dominar por movimientos inmoderados de la pasión. La ira se convierte en pecado gravísimo porque vulnera la caridad y la justicia. De este pecado se desprenden: el maquiavelismo, el clamor, la indignación, la contumelia, la blasfemia y la riña.
Mutación en vindicta
Injusticia, como el encarcelamiento de Edmundo Dantés, quien mediante una conjura es preso en el lúgubre castillo de If, donde padece el aislamiento y, de ser un ingenuo marinero, se convierte en un hombre culto bajo la guía y cobijo del abate Faria, su mentor y protector hasta el momento de su muerte.
La ira se muta en venganza y convierte a Dantés en el Conde de Montecristo, individuo mundano, adinerado y dispuesto a someter a todos aquellos que se confabularon en su contra.
La novela, concluida en 1844, versa sobre la aventura de Dantés después de la ira en torno de la búsqueda de justicia, amor, venganza, compasión y perdón.
''La ira se convierte en pecado gravísimo cuando nuestro instinto de destrucción sobrepasa toda moderación racional y, desbordando todo límite dictado por una justa sentencia, se desea sólo la inexistencia del prójimo" y llega a la memoria la obra magistral de Dostoievski, cuando Raskolnikov, protagonista de Crimen y castigo, exhibe una extraña personalidad.
Su ira contra el entorno social se manifiesta en el homicidio de la avara y cruel prestamista.
Introvertido, antisocial y extravagante, el personaje planea el asesinato de la usurera, pero comete graves errores.
Repugnancia y maldad
Quizá donde la ira halla el mejor ejemplo es en la transformación del prestigiado Doctor Henry Jekyll en el aborrecible Mr. Hyde.
La búsqueda del Doctor Jekyll en separar las dos naturalezas del hombre mediante la ciencia, le permite crear una porción que separa el bien y el mal.
De su oscura doble personalidad emerge un semihombre con características que, según Stevenson, rayan en la repugnancia, la maldad y la ira que posee Mr. Hyde contra todo lo que le rodea.
La pócima para transformarse, por cierto, surge debido a un error en las sustancias de las cuales se provee sin saberlo Jekyll. Tras innumerables cambios de personalidad, el apacible doctor sucumbe ante su lado negativo. El investigador sabe que no existe una cura que revierta los efectos y se suicida antes de que Hyde adopte completamente su personalidad.
Al margen de esos escritores, los accesos de ira también se ocultan detrás de una supuesta víctima, que no lo es ni lo será, pues sus objetivos están delimitados en demérito o no de sus valores.
La más sensible e inofensiva persona, se ejemplifica en la literatura clásica, deviene poderoso destructor si no controla los accesos a los que conlleva el sexto pecado capital, que ''es el sentido emocional de desagrado y, generalmente, antagónico, suscitado por un daño real o aparente. La ira puede llegar a ser pasional cuando las emociones se excitan fuertemente".
Para abundar sobre el sexto pecado capital sugerimos leer o releer Crimen y castigo, Editorial Epoca, cuesta 77 pesos; El conde de Montecristo, Editorial Porrúa, 120 pesos y Dr. Jekyll y Mr. Hyde, del sello Tique, cuesta 37 pesos.
Asimismo, acudir al estreno de la obra Poe y Baudelaire o los limbos del mal, de Miguel Angel de Bernardi, a las 20:30 horas en el Foro Shakespeare (Zamora 7, colonia Condesa).
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Lorca no sería nada sin Antonio Machado
DIARIO DE BURGOS, 7 de abril de 2006
Ian Gibson:«Lorca no sería nada sin Antonio Machado» El hispanista inglés subraya en su última obra la relación de confianza que imperó entre Machado y Lorca
EFE / FUENTE VAQUEROS
Sin Antonio Machado, Federico García Lorca no sería el artista que hoy conocemos, según el hispanista Ian Gibson, quien presentó ayer en Fuente Vaqueros, pueblo natal del autor granadino, Antonio Machado, ligero de equipaje, una biografía del escritor sevillano.
Gibson recordó que «el primer encuentro entre Machado y Lorca tuvo lugar en Baeza, cuando Federico era pianista y no había dado aún el salto hacia la poesía».
Para entonces, el granadino conocía ya la obra del sevillano, ya que en 1917 había sido publicada una recopilación de los poemas de Machado por la Residencia de Estudiantes, en la que Federico era inquilino, y «yo creo que el encuentro con don Antonio fue importante» para que Lorca diera definitivamente ese salto, apuntó.
Sin embargo, el influjo fue mutuo, ya que, según relata el hispanista, Machado, aunque no pudo asistir al estreno de Bodas de sangre, sí acudió a su cuarto día de representación y salió de la obra «profundamente conmovido». Tanto que le envió a Lorca una carta en la que le describía el efecto que tuvo en él y le conminaba a «seguir escribiendo obras así».
Según Gibson, esta demostración de afecto es algo inusual en Machado, «un hombre tímido, retraído, que no tenía mucha relación con los poetas de la generación de Lorca, y que sin embargo le escribió esa misiva».
Para el hispanista, el origen de dicha reacción cordial está, seguramente, en que «Machado es un hombre que tuvo una vida amorosa muy difícil. En aquel momento está relacionado con Pilar de Valderrama, una relación imposible, casi trágica, de la cual hablo mucho en el libro, y cuando ve la obra de Federico y ve que esa relación tampoco puede ser, creo que se sintió identificado, y salió de la obra conmovido».
La biografía incluye algunos capítulos desconocidos hasta ahora de la vida de Machado, como el que revela el trauma que el escritor sevillano experimentó al perder a una «gran compañera», al tener que abandonar, con cuatro años, el Palacio de las Dueñas, «su paraíso perdido».
Aunque la identidad de esta compañera no ha trascendido, este capítulo de la infancia de Machado es fundamental para comprender «cómo revivió ese trauma posteriormente, con la pérdida de su joven esposa Leonor».
La presentación de la obra sobre Machado tuvo lugar en el marco de la inauguración, en la Casa Natal de Lorca en Fuente Vaqueros, de la exposición Federico García Lorca 1936: Documentos para la memoria, promovida por la Diputación de Granada, que incluye una selección de documentos, en buena parte del Archivo Ian Gibson, que sirvieron al hispanista para realizar su biografía sobre el poeta granadino, alguno de los cuales nunca se han exhibido.
Entre ellos, figuran la respuesta a una carta de Ian Gibson del poeta Jorge Guillén, donde éste recuerda la última vez que vio a Lorca, durante la lectura de La casa de Bernarda Alba, en 1936, u otra misiva de José Bergamín sobre el día en que Federico le fue a entregar Poeta en Nueva York, para su publicación en Cruz y Raya, que el poeta dio «en víspera de marcharse desgraciadamente a Granada».
Para Gibson, este «va a ser un magnífico año» ya que, con motivo del 70 aniversario de su caída, «va a haber mucho debate sobre la II República, espero que pacífico, que nos va a ayudar a conocerla mucho mejor», y en el que «habrá muchos descubrimientos de documentación desconocida».
El autor de La noche en que mataron a Calvo Sotelo confió en que se produzcan avances sobre las fosas comunes de la Guerra Civil, y recordó que «el Gobierno lo ha prometido».
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Huxley y Orwell: las antiutopías y un antídoto
FORUM LIBERTAS, 7 de abril de 2006
Huxley y Orwell: las antiutopías y un antídoto
Siguen vivos y terribles Un Mundo Feliz y 1984, y también la propuesta de Chesterton para combatir el desasosiego vital.
Sigue de rabiosa actualidad la lectura de dos joyas literarias del siglo XX: Un mundo feliz (1932), de Aldous Huxley, y 1984 (1949), de George Orwell. Y siguen siendo apetitoso pasto de nuestros pensamientos porque exploran las consecuencias de uno de los pilares de la modernidad y de la postmodernidad: la muerte de Dios.
A finales del siglo XIX, Nietzsche, en su fragmento del "hombre loco", nos dice: "¿Que dónde está Dios? [...] Os lo voy a decir: lo hemos matado; ¡vosotros y yo! Todos somos asesinos de Él. [...] Aquel que era el más Santo y Poderoso, Aquel que poseía todo el Universo, yace ahora desangrado por nuestras cuchilladas; y ¿quién podrá dejarnos limpios de su sangre?".
En 1984 ya no hay Dios; pero, eso sí, el Gran Hermano te vigila
La de Nietzsche es simplemente una constatación sociológica. Las antiutopías antes mencionadas no son más que desarrollos narrativos de la cuestión, paralelos a la sucesión de acontecimientos históricos que demostrarán que el hombre sigue manchado por ese asesinato.
Vigencia relativa de las antiutopías
En Un mundo feliz, escrito entre las dos guerras, se empiezan a proyectar imaginativamente los resultados de este sangriento giro copernicano. Huxley lleva a las últimas consecuencias la substitución de Dios por el Estado. La historia se desarrolla seiscientos años después de Ford (también llamado Freud).
Dios ha desaparecido del mapa, los hombres son creados por ingeniería genética, condicionados desde su origen en sus capacidades y gustos, predestinados en sus vidas por un estado planificador que les garantiza una pseudo felicidad fácil basada en la periódica ingesta de "soma" -una droga sin contraindicaciones-, el consumo, el sexo sistemático e infértil, la práctica de una suerte de religión místico-materialista y demás recursos hedonistas que permiten el olvido, incluso el olvido del olvido.
En 1984, escrito tras la segunda guerra mundial, se hace la misma proyección, pero con un mayor grado de conciencia histórica. Tras la morbosa exhibición bélica, Orwell piensa un Estado que ya no aplica la violencia al hombre con el fin de procurarle un paraíso en la tierra, un mundo de bienestar y felicidad material, sino que "El Gran Hermano", el mismísimo poder, el ojo que todo lo ve, tiene como único fin su perpetuación en el propio poder.
Para ello, falsifica sistemática e higiénicamente la historia y la información mediática, somete a férrea vigilancia a los ciudadanos y no se conforma con coartarlos en su actuación, sino que no ceja hasta poseerlos espiritualmente, porque, como dice O'Brien, el torturador del Partido: "Controlamos la materia porque controlamos la mente. La realidad está dentro del cráneo. [...] Somos nosotros quienes dictamos las leyes de la naturaleza".
Ambas antiutopías son, en cierta medida, aún vigentes, aunque en parte hayan sido superadas por los hechos. El Estado, desde el mayo del 68 y, sobre todo, tras la caída del muro de Berlín, parece que se bate en retirada ante el crecimiento de otras estructuras que lo substituyen progresivamente.
Aquel que en la modernidad se erigía en Dios Todopoderoso se revela ahora como un mero instrumento de la razón pura que hay que reajustar. El poder se revela como algo que no necesita del Estado para ejercer su violencia sobre el individuo, sino que se metamorfosea fácilmente, convirtiéndose ora en los grandes fraudes bursátiles, ora en la acción de determinados grupúsculos mínimamente organizados que son capaces de cometer atentados como el de las Torres Gemelas.
Chesterton, la esperanza
La solución parece lejana para un mundo como el nuestro, con el que las antiutopías guardan un parecido desasosegante. Y aquí es donde El Napoleón de Notting Hill, de G. K. Chesterton, una obra escrita mucho antes que las otras dos, en 1904, puede arrojar alguna luz decisiva a la hora de encontrar un antídoto contra ese nihilismo que parece invadirlo todo. Su acción está ambientada en el Londres de 1984, en un mundo dominado por las grandes potencias y gobernado por absurdas burocracias económicas. Inglaterra se parece mucho a la Inglaterra de 1904, pero su afán democrático ha hecho que el rey se escoja ahora a suertes entre los funcionarios.
Como nos dice el narrador: "La democracia había muerto porque nadie tenía interés en que la clase gobernante gobernase. Inglaterra se convirtió prácticamente en un despotismo, pero no hereditario. Algún miembro de la clase funcionarial era nombrado rey. A nadie le importaba cómo, a nadie le importaba quién fuera. No era más que un secretario universal".
Muerto el rey, se proclama uno nuevo, Auberon Quinn, un personaje dislocado, un romántico vencido por la locura que va a fracturar con sus inesperadas leyes la preciada normalidad de los londinenses. El resultado es lo que tanto le gustó a Chesterton, poner el mundo al revés y, entre paradojas, saltos y volatines, hacer confesar a sus personajes los secretos de la modernidad. Como dice el desnortado soberano: "Paseando por una calle con el mejor puro del cosmos en la boca y más borgoña en mi interior que el que hayas podido tomar en toda tu vida, he deseado ver convertirse una farola en un elefante para salvarme así del infierno de una existencia vacía. Hazme caso, mi evolucionista Bowler: no des crédito a quien te diga que la gente buscaba una señal y que creía en los milagros porque era ignorante. No, creía en ellos porque era sabia, cochina y vilmente sabia, demasiado sabia para tener la paciencia de comer, dormir o calzarse las botas. Tengo la deliciosa sensación de hallarme ante una nueva teoría del origen de la Cristiandad, de suyo no poco absurda. Anda, toma un poco más de vino".
Amistad versus antiutopía
Chesterton huye de la antiutopía porque sabe que es una hija de la utopía que ha perdido la esperanza de conseguir la felicidad humana, por la que él siente devoción. Por eso, parece decirles a Huxley y a Orwell: "Si, como dicen vuestros pudientes amigos, no hay dioses y vivimos bajo cielos oscuros, ¿por qué iba a pelear un hombre sino por el lugar donde conoció el Edén de la infancia y la brevedad celestial del primer amor? Si no hay templos ni escrituras sagradas, ¿puede haber algo sagrado aparte de la juventud del hombre?". Así, recuperamos la esperanza con Chesterton cuando, al final de la novela, dice: "No, no puede durar. Algo ha de acabar con esta incomprensible indolencia, con este incomprensible egoísmo ensoñador, con esta incomprensible soledad de millones de individuos. Algo tiene que cambiarnos. ¿Por qué no damos usted y yo el primer paso?".
Es decir, que no se crea una realidad nueva pronunciando discursos y organizando proyectos alternativos, sino viviendo una amistad verdadera entre hombres que buscan la felicidad. Se trata de un antídoto sencillo, de un antídoto que viene de antiguo y que no parte de la muerte de Dios, sino de su resurrección.
Jorge Martínez Lucena es profesor de la Universidad Abat Oliba
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